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  • Homilía- La pesca milagrosa- 06/02/2022

    Homilía- La pesca milagrosa- 06/02/2022

    “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”

    El profeta Isaías vive la pequeñez de su persona ante la grandiosidad y majestad divina, la indignidad de sus flaquezas y limitaciones ante la santidad de Dios. Pero la visión no era gratuita, la finalidad era un encuentro con Dios, quien lo llamaba para enviarlo como Profeta.

    Por ello, esa experiencia se convierte sorpresivamente en la ocasión de ser tocado, y purificado, recibiendo la indispensable pureza de corazón para estar en la presencia de Dios: “Después voló hacia mí uno de los serafines. Llevaba en la mano una brasa, que había tomado del altar con unas tenazas. Con la brasa me tocó la boca, diciéndome: Mira: Esto ha tocado tus labios. Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados.

    Así aconteció el cambio radical de sentirse poca cosa ante Dios, tomando conciencia de su propia pequeñez, de ser un humilde servidor para ser enviado como portavoz, y confiar que el éxito de su misión no dependería de él, sino de quien lo llamaba y enviaba: “Escuché entonces la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía? Yo le respondí: Aquí estoy, Señor, envíame”

    El Evangelio narra una experiencia semejante en la persona de Pedro ante la inexplicable pesca, que hace surgir la pregunta, ¿quién es éste que tiene la increíble cualidad de conocer exactamente donde abundan los peces, estando fuera del lago, en la orilla; mientras que nosotros, pescadores de oficio, hemos intentado pescar toda la noche sin encontrar un solo pez.

    La Pesca milagrosa, es una intervención divina, que al no tener explicación alguna de cómo pudo suceder, es manifestación de la Divinidad para atraernos, llamarnos, y encomendarnos una misión. ¿He vivido ya esta experiencia?¿Cómo la he interpretado y cómo he respondido? ¿He preferido mantenerme en la primera reacción de Pedro, y dejar de lado la inquietud sembrada por Dios en mi corazón? ¿O he aceptado la misión de transmitir la Buena Nueva, de la presencia de Dios en medio de nosotros, mediante el cumplimiento de mis responsabilidades?

    Muchas veces nuestra primera reacción es como la de Pedro: “Apártate de mí, que soy un pecador”: Sin embargo, Dios llama de múltiples formas, pues Él siempre insiste una y otra vez, de forma personal o grupal. No rechacemos la encomienda por miedo a nuestra indignidad e imperfección, a nuestra limitación y fragilidad. Confiemos como Isaías y como Pedro y respondamos: !Aquí estoy! ¡Cuenta conmigo! Seamos como ellos, Profetas en el mundo de hoy, y constataremos la nobleza de la causa y la fortaleza de nuestra persona al recibir la asistencia del Espíritu Santo.

    Una objeción frecuente en nuestro tiempo son los grandes desafíos que afrontamos. Es muy común escuchar, qué podemos hacer ante esto o aquello. En este sentido es oportuno el testimonio que ofrece San Pablo en la segunda lectura: ser fieles transmisores del Evangelio recibido, y confiar en la acción divina ante lo que parece imposible de lograr, una sociedad fraterna y solidaria: “Les transmití, ante todo, lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según estaba escrito; que se le apareció a Pedro y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos reunidos, la mayoría de los cuales vive aún y otros ya murieron”.

    En el primer siglo se vivía un mundo paganizado y desenfrenado en todos los sentidos: un libertinaje pleno y desordenado de la sexualidad, la vigencia de la esclavitud con pérdida absoluta de la libertad, el ejercicio de un poder absoluto, que podía sentenciar a muerte, a voluntad de la autoridad. En ese ambiente social predicar las enseñanzas de Jesucristo, eran reconfortantes especialmente para los oprimidos; sin embargo fue indispensable el testimonio contundente de la trascendencia y de la vida después de la muerte, que manifestó Cristo al resucitar de entre los muertos.

    La fidelidad que mostró la Iglesia primitiva, en un contexto plenamente adverso y hostil, fue sin duda creer en la trascendencia posterior a esta vida, y en el destino que Dios nos ha comunicado para participar en la Casa del Padre por toda la eternidad. Esto se logró gracias al testimonio contundente de testigos, que vieron muerto al crucificado, y después lo volvieron a ver vivo, gloriosamente resucitado.

    En nuestro tiempo y en occidente en particular, estamos viviendo el tránsito de una cultura estable, que en buena parte estaba sostenida en los valores humano- cristianos, a una sociedad donde prevalece el individualismo y el ejercicio de la libertad sin límite, lo que genera, particularmente en las nuevas generaciones, una ausencia de un código de conducta social, que garantice la convivencia razonablemente respetuosa de los demás. Día a día constatamos conflictos, pleitos, agresiones verbales y con frecuencia golpes y maltrato; tanto en la calle, como en las redes digitales, e incluso lamentablemente en el interior de los hogares.

    Todo esto debe movernos de manera urgente para dar a conocer la Buena Nueva, Dios no nos ha abandonado, sino espera que reaccionemos favorablemente, abriendo el corazón a las inquietudes que siembra el Espíritu Santo en nosotros. Así daremos testimonio de que el amor es factible, y el camino es la sinodalidad, es decir: unir fuerzas y presencias, ejercer la caridad en favor de los necesitados, y testimoniar la autoridad como servicio.

    Preguntémonos ¿cuál es mi percepción sobre la realidad social que vivimos? y segundo, cuál es mi actitud: ¿miro con esperanza el futuro, o estoy despreocupado de lo que venga?

    Estamos aquí reunidos en torno a Cristo presente en esta Eucaristía, y a los pies de nuestra querida Madre, María de Guadalupe. Los invito a pedirle su ayuda para que descubramos, qué debemos promover en nuestros contextos y a través de nuestras responsabilidades.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Ayúdanos a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar lo que Dios quiere de nosotros, en esta prueba mundial de la Pandemia.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • Homilía- La fe, la esperanza y el amor- 30/01/22

    Homilía- La fe, la esperanza y el amor- 30/01/22

    Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones. Cíñete y prepárate; ponte en pie y diles lo que yo te mando. No temas, no titubees delante de ellos, para que yo no te quebrante”.

    Hoy la Palabra de Dios narra la misión del Profeta, desde distintas experiencias, de distintos tiempos, diferentes ambientes y personas. En la primera lectura escuchamos a Jeremías, a quien le tocó vivir los tiempos inmediatamente previos a la catástofre de la Destrucción de Jerusalén y del Templo, y el consecuente destierro de los israelitas a Babilonia, bajo la condición de esclavos. Jeremías cumplió su misión cabalmente, pero el pueblo no lo escuchó ni dió crédito a sus palabras. Al contrario, fue duramente perseguido y amedrentado por las autoridades. Sin embargo, fue siempre fiel a su misión, con frecuentes e insistentes intervenciones.

    En el Evangelio de hoy Jesús, desafiando el refrán: Ningún profeta es bien recibido en su tierra; se presenta para superar ese estigma popular. Lo hace en el lugar correcto, presentándose en la sinagoga, y precedido de una buena fama, ganada en el inicio de su ministerio en la Rivera del lago de Galilea.

    Jesús les advierte: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

    Con estas desafiantes palabras, a pesar de la inicial favorable reacción de la comunidad, ésta enfurece al punto de intentar desbarrancarlo: “Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí”.

    La reacción negativa es consecuencia de sentirse heridos ante la advertencia de Jesús al considerar que la Rivera del lago de Galilea, como Cafarnaúm, siendo un lugar de paso de las caravanas de Egipto al norte y viceversa, considerada lugar de negocios y de vicios, si respondía a su predicación. Nazaret en cambio pequeña y de montaña, estaba alejada del comercio y de transeúntes, y permanecía fiel a las tradiciones.

    ¿Cómo pues, Jesús se atreve a expresar esas odiosas comparaciones?

    Una enseñanza es clara, jamás debemos exigir a Dios una intervención milagrosa. La podemos pedir, pero será siempre un regalo el concedérnosla. Además, debemos considerar que la gracia de Dios y sus intervenciones tienen el objetivo de atraer a los pecadores más rebeldes, y transformar su corazón, descubriendo el amor, que Dios tiene por todos sus hijos.

    Jesús al obtener para nosotros, mediante el Bautismo, la condición de Hijos Adoptivos de Dios nos ha llamado a ser profetas; por tanto a dar a conocer los proyectos de Dios y testimoniar con nuestras propias vidas el amor de Dios por todas sus creaturas.

    La misión del Profeta consiste en escuchar la voz de Dios, discernir a través de los acontecimientos personales y sociales los signos de los tiempos, mediante la luz de la Palabra de Dios en los Evangelios y demás escritos bíblicos, y una vez descubierta y clarificada la voluntad de Dios, transmitirla a través de nuestro testimonio y de nuestras relaciones de colaboración solidaria, o de la ayuda fraterna.

    Desde nuestro Bautismo recibimos la participación en el Sacerdocio común o también llamado sacerdocio de los fieles. Preguntémonos si he desarrollado en mí la conciencia de ser profeta, y la experiencia de transmitir la presencia de Dios que camina con nosotros, mediante la asistencia del Espíritu Santo.

    Para ser auténticos profetas, hoy San Pablo ha recordado el camino del amor, describiendo sus características: “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites”.

    ¡Viviendo el amor seremos auténticos profetas! 

    Y para que no perdamos el rumbo ni nos desesperemos ante la injusticia, las calumnias, la violencia, el odio y las venganzas, también ha señalado: “El amor dura por siempre; … Ahora vemos como en un espejo y oscuramente, pero después será cara a cara. Ahora sólo conozco de una manera imperfecta, pero entonces conoceré a Dios como él me conoce a mí. Ahora tenemos estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor; pero el amor es la mayor de las tres”.

    La fe consiste en tener la confianza y fidelidad de creer en la Palabra de Jesucristo, y en sus enseñanzas. La esperanza es mantener encendida la luz de dichas enseñanzas por encima de cualquier adversidad, conflicto, confrontación, sufrimiento, o incomprensión. Y el amor vendrá como consecuencia, al confirmar de diversas maneras, casi siempre inesperadas y sorpresivas, que Dios no te abandona nunca, y siempre mantiene firmemente sus promesas.

    Acudamos a María de Guadalupe, como Madre de la Iglesia, como Madre nuestra, quien, en su vida, fue ejemplar la confianza que depositó en la palabra, que el Arcángel Gabriel le transmitió en nombre de Dios, aunque parecía imposible lo que se le pedía; sin embargo su respuesta fue clara y contundente “Hágase en mí, según lo que me has dicho”. Vivió bajo la sombra del misterio, pero con fe y plena confianza en Dios.

    Pidámosle ser profetas como ella, lo fue. Que aprendamos a creer con fidelidad, a vivir siempre la esperanza con plena confianza, y a dar testimonio del amor mediante la comprensión, el servicio, y la humildad.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Ayúdanos a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar lo que Dios quiere de nosotros, en esta prueba mundial de la Pandemia.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • Homilía- Dios se vale de su Palabra para entrar en el corazón- 23/01/22

    Homilía- Dios se vale de su Palabra para entrar en el corazón- 23/01/22

    Esdras, el sacerdote, trajo el libro de la ley ante la asamblea,… y se le dió lectura desde el amanecer hasta el mediodía, en la plaza que está frente a la puerta del Agua, en presencia de los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todo el pueblo estaba atento a la lectura del libro de la ley… Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicaban el sentido, de suerte que el pueblo comprendía la lectura”.

    Después de 70 años de esclavitud en Babilonia, Esdras convocó al pueblo de Israel, de nuevo en Jerusalén, para recordarle mediante la lectura del libro de la ley, que por amor y gracia de Dios, había logrado la libertad y regresado a la tierra prometida. Esta solemne jornada provocó el llanto en toda la asamblea, como escuchamos en la primera lectura: “todos lloraban al escuchar las palabras de la ley”. Es decir, el pueblo tomó conciencia en ese momento, que la destrucción de Jerusalén y el templo y el destino en Babilonia, había sido consecuencia de su infidelidad a la alianza con Dios.

    Es lo mismo que sucede, tanto personal como comunitariamente, cuando nos arrepentimos de algo que provocó mucho daño, y reconocemos nuestros errores,   y con grata sorpresa vemos que somos perdonados y auxiliados para recuperarnos. Nos sentimos entonces, amados y dispuestos a reiniciar con alegría y esperanza nuestras responsabilidades.

    Así comprenderemos la indicación de “Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote…, y los levitas que instruían a la gente, dijeron a todo el pueblo: Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén ustedes tristes ni lloren. Vayan a comer espléndidamente, tomen bebidas dulces y manden algo a los que nada tienen, pues hoy es un día consagrado al Señor, nuestro Dios”.

    Los participantes en la asamblea aprenden a llorar de alegría, al recordar el amor de Dios por su pueblo. Esta misma experiencia es la que pretende la Iglesia, al proponer como obligatoria la participación de todos los católicos a la misa dominical. Por eso tiene dos partes: la primera inicia con la toma de conciencia de pecadores, luego continua con la proclamación de la Palabra de Dios y la explicación en la homilía por el sacerdote celebrante; y la segunda consiste en la participación en la mesa del Pan Eucarístico, presencia de Jesucristo, que comienza invitando a los fieles a unir sus propios condicionamientos de vida, sus preocupaciones o satisfacciones a la ofrenda, que hace el sacerdote del pan y del vino, que serán luego consagrados, por mandato de Jesús a sus Apóstoles, para ser El mismo, alimento y consuelo de todos los participantes. Por eso, el Domingo es el día del Señor, de ahí viene su nombre, “Dominus” en latín, significa “Señor”.

    El Evangelio de hoy narra, que Jesús inicia su ministerio en Galilea, y va a su comunidad de Nazaret, donde se presenta en Sábado, día consagrado a Dios en el pueblo de Israel, asumido en razón que fue el día, en que Dios Creador descansó, según la narración del libro Génesis, y se levanta para hacer la lectura que le indican: “Jesús… impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas… Fue también a Nazaret donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó”.

    La sorpresa que causa Jesús es el comentario al texto que leyó: “Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Jesús venía ya enseñando en las diferentes sinagogas de Galilea, al llegar a Nazaret, y recibir este texto del Profeta Isaías, proclama que ese anuncio profético lo está cumpliendo en su persona, y que esa es su misión: La misión del Mesías esperado.

    La Palabra de Dios proclamada en la Asamblea es la ocasión de la que Dios se vale para entrar al corazón de quienes la escuchan. Así el Espíritu Santo siembra las inquietudes, y de distintas formas promueve, en la persona o en la comunidad presente, las iniciativas para colaborar con los demás miembros y generar la acción común y solidaria ante los diversos problemas, conflictos y situaciones de preocupación, que vive la comunidad o la sociedad en general.

    Es la realidad que refiere San Pablo sobre el cuerpo místico de Cristo, que integramos todos los bautizados en su nombre: “Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu”.

    Por tanto, la proclamación y escucha de la Palabra de Dios es el motor mediante el cual la Iglesia, y toda comunidad cristiana, podrá dar el testimonio creíble y atractivo de comunión y unidad, de servicio y expresión de la caridad; en una palabra, podrá hacer presente a Cristo en medio de nosotros, y manifestar así la presencia del Reino de Dios en el mundo de hoy. Esto es lo que se pretende y se logra con la participación en la misa dominical, de ahí la importancia de nuestra participación.

    El Papa Francisco ha pedido dedicar cada año, este tercer domingo para tomar conciencia de la indispensable proclamación y escucha de la Palabra de Dios. Como un signo visible de esta celebración hemos dejado el Evangeliario en este atril para recordar su importancia, y pedir la gracia de aprender a escuchar la voz de Dios y discernirla ante los acontecimientos que nos toca vivir, como lo es la actual Pandemia.

    Quien supo abrir su corazón a la Palabra de Dios y acogerla fue Nuestra Madre, María de Guadalupe, acudamos con plena confianza a pedir su ayuda e intercesión para saber corresponder a las inquietudes que mueva en nosotros el Espíritu Santo, al escuchar la Palabra de Dios.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Ayúdanos a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar lo que Dios quiere de nosotros, en esta prueba mundial de la Pandemia.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • Homilía- El mejor vino que alcanza para todos- 16/01/22

    Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús fue también invitado a la boda con sus discípulos”.

    El evangelista Juan abre la actividad pública de Jesús con las Bodas de Caná, acompañado de su Madre María y de sus discípulos. Las Bodas expresan la relación entre Dios y su pueblo elegido, una figura que simboliza y recuerda la alianza en la que Dios y su pueblo se comprometieron a una mutua fidelidad.

    Por esta fidelidad de Dios con su pueblo hemos escuchado expresar al profeta Isaías, siglos antes de la llegada de Jesús: “Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha”.

    El amor es la clave no solo para descubrir la vida como regalo de Dios, y experimentar su inconmensurable amor a nosotros, sus creaturas, sino especialmente para desarrollar en nosotros la imagen y semejanza de ese amor divino, aprendiendo a amar, al estilo de Dios; es decir procurar siempre el bien de mi prójimo, y de la comunidad, en la que me muevo y actúo.

    Ese camino para el que fuimos creados será posible recorrerlo si Jesús está presente en nuestra vida, y si somos conscientes de pertenecer a la comunidad de sus discípulos, de pertenecer a la Iglesia, descubriendo nuestros propios carismas y capacidades, nuestras habilidades y conocimientos para ponerlos al servicio y bienestar de mi familia, de mis amigos y vecinos, de los demás creyentes y no creyentes.

    Por eso es fundamental tener en cuenta la afirmación de San Pablo: “Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. El arte está en conocerme a mí mismo, y descubrir mis capacidades y mis limitaciones.

    Al descubrir mis propias capacidades, desde ellas, puedo colaborar para el bien común, y al reconocer mis propias limitaciones podré valorar y aceptar la capacidades de los demás, comprendiendo que en el conjunto de los dones que existen en todos y cada uno de los miembros de la comunidad está la riqueza de una sociedad.

    Así será más fácil superar las envidias, los celos y las rivalidades, y aprenderemos a valorar y agradecer a Dios, lo que nos regala en cada uno de nuestros prójimos. Éste es el camino, que muestra la escena del Evangelio, para integrar una sociedad fraterna y solidaria. Cuando obedecemos la voz de Dios y cumplimos su voluntad se da el milagro del mejor vino que alcanza para todos.

    En efecto, si la respuesta del hombre (personal) y del pueblo (comunitaria) son como la de María y la de los discípulos, seremos testigos y promotores de las intervenciones de Dios en favor del hombre. Así es como lograremos las intervenciones salvíficas y redentoras de Dios en favor de la Humanidad.

    Hay que subrayar la necesidad de las tinajas y del agua para que se dé la conversión del vino. Es decir, para que Jesucristo intervenga necesita disponer de lo que somos y tenemos.

    Por eso, nosotros debemos cumplir como el mayordomo, haciendo lo que tenemos que hacer, obedeciendo a Jesús como indica María: Hagan lo que él les diga. Así saborearemos el vino de la alegría, que no se agota y le da sentido a nuestra vida, sean cual sean nuestras circunstancias.

    Es pues muy conveniente preguntarnos: ¿Seré yo como los comensales del banquete que no se dieron cuenta del milagro, o seré como los discípulos que conocieron lo que Jesús hizo, creyeron en él, y se mantuvieron con él?

    Si me mantengo en la comunión y conservo mi identidad como miembro de la Iglesia, sin duda, seré como María y los discípulos, testigo de lo que hace Jesús en el mundo, y capaz de reconocer las intervenciones del Espíritu Santo, en la vida de los que me rodean. Así seré como María y los discípulos, testigo de lo que hace Jesús en el mundo, y podré transmitir mi experiencia con plena convicción que Cristo vive en medio y a través de nosotros.

    Reconoceré como el Mayordomo: “Todos ofrecen primero el vino mejor, y cuando ya están bebidos dan otro peor. Tú, en cambio, has reservado el mejor vino hasta ahora”. Experimentaré así la gradualidad creciente de mi espiritualidad, ofreciendo a los demás un mejor vino cada día; es decir desarrollaré mi persona con una capacidad de servir y auxiliar a mi prójimo, dando un testimonio creíble y atractivo de una persona que cree y que ama.

    Cuando la Iglesia cumpla su misión viviendo la obediencia a Dios, como lo expresa la narración de las bodas en Caná, será cuando veamos cumplida la profecía de Isaías: “Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano. Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia” y a tu tierra, “Desposada”, porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra”.

    Agradezcamos a María su ejemplar actitud de acudir a su Hijo en favor nuestro, y asumamos la clara indicación: ¡Hagan lo que él les diga! para que intervenga Jesucristo en nuestras vidas y podamos juntos dar el testimonio, que nuestra sociedad necesita y espera, de quienes somos discípulos de Jesucristo. Así es como mantendremos la alianza entre Dios y la humanidad, mediante la fidelidad de la Iglesia al anuncio de Jesús de Nazaret: ¡Conviértanse y crean: el Reino de Dios ha llegado!

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza. A ti nos encomendamos, Salud de los enfermos, que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que lo concederás para que, como en Caná de Galilea, vuelvan la alegría y la fiesta después de esta prueba mundial de la Pandemia.

    Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y hacer lo que Jesús nos diga, Él tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo y cargó con nuestros dolores para que descubriéramos, que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • Homilía en la Peregrinación de la Arquidiócesis de México- 15/01/22

    Homilía en la Peregrinación de la Arquidiócesis de México- 15/01/22

    “Había un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Quis. Era de gran valor. Tenía un hijo llamado Saúl, joven y de buena presencia….Un día se le perdieron las burras a Quis, y éste le dijo a su hijo Saúl: Toma contigo a uno de los criados y vete a buscar las burras”.

    Salió Saúl obedeciendo a su Padre para buscar lo que se había extraviado, y cuál fue la sorpresa, que Dios le tenía reservada, ser ungido como el primer Rey de Israel: “Recorrieron los montes de Efraín…, pero no las encontraron; atravesaron el territorio de Saalín y no estaban allí; después, la tierra de Benjamín y tampoco las hallaron. Entonces se dirigieron a la ciudad donde vivía Samuel, el hombre de Dios. Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le dijo: Este es el hombre de quien te he hablado. Él gobernará a mi pueblo”.

    En la cotidianidad de nuestra vida, obedeciendo y cumpliendo lo que nos corresponde hacer, descubrimos la inquietudes del nuestro corazón, y las personas adecuadas para confirmar la respuesta, que Dios espera de nosotros.

    Es una gran tentación, siempre presente en muchos creyentes, esperar que Dios nos hable de manera extraordinaria y sorprendente, sin embargo, cuando nos adentramos en nuestras propias responsabilidades y las cumplimos lo mejor que podemos, encontraremos siempre las inesperadas sorpresas del Señor, y experimentaremos su amorosa presencia.

    La escena del Evangelio muestra la respuesta de Mateo: “Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Mateo cumplía su oficio, pero escuchó a Jesús, lo siguió y le abrió no solo las puertas de su corazón, sino también las de su casa, la relación de sus amigos, independientemente de sus credos y convicciones, y también sentó a la mesa a los acompañantes de Jesús.

    Mateo no lo pensó dos veces siguió su corazonada y cambió plenamente su vida, dedicada a su oficio que le redituaba un género de vida envidiable. Estos son los riesgos, que debemos asumir al ir descubriendo la voluntad de Dios y aceptando dicha voluntad divina, el Señor nos corresponde siempre de manera inesperada y sorprendente; aunque no conforme a los criterios meramente mundanos, sino a los criterios, conforme a las enseñanzas de Jesús.

    La escena del Evangelio ante los comentarios de quienes cuestionaban por qué estaban invitados a la mesa, tanto las personas consideradas de buena fama, como personas públicamente de conducta reprobable, Jesús expresa la razón de su ministerio para el que fue enviado por su Padre: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”. No descarta a los justos, pero reclama que debemos preocuparnos y atender a quienes andan extraviados.

    ¿Qué hacemos como Iglesia, como Arquidiócesis para salir en ayuda de nuestros hermanos más necesitados? Sin duda somos muchos los que deseamos, y en efecto, damos ayuda al prójimo, que encontramos en nuestra cotidianidad; sin embargo no es suficiente porque siendo un país de mayoría católica no logramos dar el testimonio fuerte, intenso y constante de la caridad para expresar los valores del Evangelio en la vida pública de nuestra sociedad.

    Necesitamos promover dos objetivos: 1) fortalecer nuestra convicción de discípulos de Jesucristo, y ofrecer nuestra disponibilidad de colaborar de alguna forma, y 2) establecer instancias de servicio y coordinación para la operatividad de una vivencia de la fraternidad, de la solidaridad, y de la caridad.

    -Nuestro ser de discípulos implica escuchar y asumir las enseñanzas de Jesús Maestro; es decir, alimentar la fe y compartirla mediante la lectura de la Palabra de Dios, llamada LECTIO DIVINA, en pequeñas comunidades. Así nuestra convicción de fe generará la indispensable esperanza, que suscita la fortaleza para obedecer la Voluntad de nuestro Padre Dios, y mantener la constante relación con quien nos ha mostrado su inmenso amor, enviando a su Hijo, quien a su vez ha entregado su vida hasta el extremo de la misma muerte para garantizarnos la vida eterna y guiarnos hacia la Casa del Padre.

    -Toda comunidad parroquial debe ofrecer a su feligresía no solo el indispensable servicio del Culto Divino, sino también las estructuras de conducción mediante los Consejos Parroquiales de Pastoral, y de Asuntos Económicos. Y las estructuras de servicios para responder a las variadas necesidades de los fieles sea en la formación de su fe (Pequeñas comunidades) sea en la ayuda a los miembros más necesitados de la sociedad.

    Esto es lo que estamos promoviendo los Obispos, Vicarios Episcopales, Decanos, Párrocos y Sacerdotes Vicarios en la Visita Pastoral a los Parroquias. Deseamos que todos los fieles colaboremos en tomar conciencia de nuestra vocación de discípulos de Jesucristo y de apóstoles evangelizadores en el mundo de hoy.

    Hoy hemos peregrinado, recordando nuestra condición humana: temporal y de tránsito hacia la vida eterna, para participar de la vida divina. Es conveniente y oportuno reafirmar juntos la decisión de colaborar para que los valores del Evangelio prevalezcan en nuestra Ciudad. Queremos sin duda alguna, que Cristo nos acompañe en nuestro camino y viva en medio de nosotros para garantizar llegar a la Casa del Padre. Por esta razón el lema de la Visita Pastoral es: ¡Cristo, Vive en medio de nosotros!

    Hoy estamos aquí con nuestra querida Madre, María de Guadalupe, abramos nuestro corazón y digámosle que estamos dispuestos a edificar el Reino de Dios, con nuestra conducta, para atraer a tantos hermanos extraviados, que van por el mundo sin saber su verdadero destino.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y de esperanza. A ti nos encomendamos, para que aprendamos como Iglesia a caminar juntos, para formar comunidades de escucha y discernimiento.

    Ayúdanos, Madre, a descubrir la voluntad del Padre y cumplirla, siguiendo el ejemplo de Jesús. Él tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo y cargó con nuestros dolores para guiarnos asumiendo la cruz, a la alegría de la resurrección.

    Tú que eres la Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos; y estamos seguros de que nos ayudarás para que sigamos tu camino de obediencia a la voluntad de Dios, y llegar a la Casa del Padre.

    Como Iglesia Arquidiocesana de México anímanos a ser como tú, una Iglesia en salida, una Iglesia que busque y acompañe a quienes necesitan ayuda; acógenos bajo tu amparo, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas ante nuestras necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • Homilía -La Sagrada Familia, modelo a seguir- 26/12/21

    Homilía -La Sagrada Familia, modelo a seguir- 26/12/21

    “El Señor honra al padre de los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre”.

    Retomando algunas ideas y expresiones de la Encíclica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”, cuyo título “La Alegría del Amor”, describe en dos palabras, la finalidad del matrimonio y la familia como el proyecto de Dios para la humanidad. Expongo cinco puntos en base a los Nros. 11, 13, y 15 de la Encíclica.

    “El Señor honra al padre de los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre”.

    Retomando algunas ideas y expresiones de la Encíclica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”, cuyo título “La Alegría del Amor”, describe en dos palabras, la finalidad del matrimonio y la familia como el proyecto de Dios para la humanidad. Expongo cinco puntos en base a los Nros. 11, 13, y 15 de la Encíclica.

    La familia imagen de Dios. La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro, que el Decálogo prohíbe—, sino la que es capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios, porque la capacidad de generar de la pareja humana es el camino, por el cual se desarrolla la historia de la salvación.

    Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el fundamental misterio de Dios Trinidad, ya que la visión cristiana contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente.

    Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor en la familia divina, en la Santísima Trinidad, es el Espíritu Santo. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina.

    La sexualidad al servicio del amor. El verbo «unirse» en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: «Mi alma está unida a ti» canta el orante en el Salmo 63,9. Se evoca así la unión matrimonial no solamente en su dimensión sexual y corpórea sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es «ser una sola carne», sea en el abrazo físico, sea en la unión de los corazones y de las vidas y, quizá, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí, uniéndolas no sólo genéticamente sino también espiritualmente, las dos «carnes».

    De aquí las recomendaciones que hemos escuchado en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Quien honra a su padre, encontrará alegría en sus hijos y su oración será escuchada; el que enaltece a su padre, tendrá larga vida y el que obedece al Señor, es consuelo de su madre. Hijo, cuida de tu padre en la vejez y en su vida no le causes tristezas; aunque chochee, ten paciencia con él y no lo menosprecies por estar tú en pleno vigor”.

    La familia célula de la Iglesia. Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina cuando el Apóstol San Pablo afirma: “Gran Misterio es éste, que yo relaciono con la unión entre Cristo y la Iglesia” (cf. Ef 5,33). Éste es el contexto en el cual comprendemos la recomendación que hemos escuchado del apóstol en la segunda lectura, y que lamentablemente ha sido con frecuencia mal interpretada en nuestro tiempo: “Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos, como lo quiere el Señor. Maridos, amen a su esposas y no sean rudos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque eso es agradable al Señor. Padres, no exijan demasiado a sus hijos, para que no se depriman”.

    La familia es la Iglesia doméstica. Bajo esta luz recogemos otra dimensión de la familia. Sabemos que en el Nuevo Testamento se habla de «la iglesia que se reúne en la casa». El espacio vital de una familia se podía transformar en iglesia doméstica, en sede de la Eucaristía, de la presencia de Cristo sentado a la misma mesa. En efecto, durante los primeros siglos la Iglesia nació y creció, reuniéndose en alguna de las casas de los creyentes, donde se congregaban para escuchar la Palabra de Dios, y para la celebración de la Eucaristía.

    Teniendo en cuenta esa historia de la Iglesia naciente, podemos meditar y profundizar la recomendación que hoy escuchamos de San Pablo dirigida a la comunidad de Colosas:   “Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza. Enséñense y aconséjense unos a otros lo mejor que sepan. Con el corazón lleno de gratitud, alaben a Dios con salmos, himnos y cánticos espirituales; y todo lo que digan y todo lo que hagan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dándole gracias a Dios Padre, por medio de Cristo”.

    La Sagrada Familia modelo a seguir. La Providencia divina ha querido plasmar un ejemplo edificante en la experiencia hermosa de la Sagrada Familia, que hoy celebramos, con sus diversas experiencias en donde el diálogo y la comunicación entre sus miembros, y sobretodo el espíritu de humildad y de profunda convicción para aceptar la Voluntad de Dios, los fortaleció en las variadas y difíciles situaciones que vivieron.

    Así hemos escuchado hoy en el Evangelio cómo resolvían favorablemente en un espíritu de plena solidaridad, y de amor y respeto de uno al otro: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia. Él les respondió: ¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas”.

    Hoy día es muy frecuente encontrar familias heridas, cuyos miembros se mantienen con sentimientos de rencor, envidia, y celos entre sí; y no pocas veces enfrentamientos violentos en su interior. Cuánto necesitamos en nuestro tiempo meditar y contemplar a la Sagrada Familia de Jesús, María, y José.

    Aprendamos de ellos para practicar el respeto a la autoridad del Padre y de la Madre sin descartar el diálogo conciliador que escucha, responde, y mirando el bien común alcanza la comprensión y la disposición de caminar juntos, a la luz de la Palabra de Dios. Los invito a repetir en su corazón la siguiente oración, formulada por el Papa Francisco para invocar a la Sagrada Familia.

    Oración a la Sagrada Familia

    Jesús, María y José en Ustedes contemplamos el esplendor del verdadero amor, y a Ustedes, confiados, nos dirigimos:

    Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.

    Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.

    Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

    Jesús, María y José, escuchen y reciban benignamente nuestra súplica confiada. Amén.

  • Homilía- El regalo que Dios nos ha dado- Misa Navidad- 25/12/21

    Homilía- El regalo que Dios nos ha dado- Misa Navidad- 25/12/21

    Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

    Dios ya había hablado y se había comunicado con la humanidad a través de su obra creadora, y especialmente de la hermosa Casa Común que le preparó, y especialmente se dirigió a su pueblo elegido Israel, enviándole diversos mensajeros.

    Así lo hemos escuchado en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por medio del cual hizo el universo”.

    El Hijo de Dios es la Palabra que comunica, con la fuerza del Espíritu Santo, lo que escucha del Padre. El Hijo al encarnarse se ha hecho Palabra para establecer el diálogo permanente que generará vida y vida en abundancia, en todo aquel que la escuche y la ponga en práctica.

    La misma Carta afirma: “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser y el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa. Él mismo, después de efectuar la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la majestad de Dios, en las alturas, tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más excelso es el nombre que, como herencia, le corresponde”.

    De ahora en adelante el hombre sabrá comunicarse con Dios, como un hijo se relaciona con su padre, y que teniendo semejante Padre tomará conciencia que ha nacido para la eternidad; y descubrirá que la gracia y la verdad son mayores dones que el conocimiento de la ley y de las normas, éstas son indicadores para señalar el camino de la vida, pero escuchar y dialogar con el Hijo es comunicarse con Dios Trinidad. Por eso Jesús se definió como el Camino, la Verdad, y la Vida.

    ¿Descubres que este camino se realiza como comunidad y no aisladamente ni individualmente? De ahí se desprende la necesidad de la Iglesia, como expresión de la experiencia comunitaria, lugar de encuentro con Dios y con los hermanos creyentes.

    El profeta Isaías con gran alegría anunció lo que en Jesús se concretó: “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, al mensajero que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: Tus centinelas alzan la voz y todos a una gritan alborozados, porque ven con sus propios ojos al Señor, que retorna a Sión”.

    El envío de un mensajero, Juan Bautista, quien anunció que él era solo testigo de la luz, tuvo buena respuesta, pero se quedó corta ante la llegada de la luz, que era la misma vida. La promesa que Dios había hecho a su pueblo de enviar un Mesías para establecer un Reino superior al de David, la ha cumplido de una manera tan sorprendente e inimaginable, que el propio pueblo preparado para recibirla, no supo reconocer la inmensa gracia de recibir al mismo Hijo de Dios.

    Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios”.

    Son dos aspectos indispensables a considerar para adentrarnos y valorar el gran don, con el que Dios Padre ha manifestado su inmenso e inconmensurable amor por todos los hombres: el cumplimiento de la promesa y la superación a la expectativa mesiánica del pueblo elegido.

    Dios ha asumido nuestra condición humana en la persona del Hijo, de Jesús de Nazaret: para enseñarnos a recorrer el camino de la vida, para aprender a disfrutar los gozos y esperanzas, y cómo afrontar las tristezas y angustias, los sufrimientos e injusticias. Esto es lo que con gran alegría celebramos en la Solemnidad de la Navidad.

    La maravilla no es solamente que ha llegado la vida misma, fuente de la luz que ilumina las tinieblas, sino que, quien la acepta nace de nuevo y es engendrado como hijo de Dios, y como tal está invitado a participar de la gloria de Dios, y a recibir la gracia y la verdad. En una palabra, como hijo verá a Dios y participará de su vida divina.

    Por eso la Navidad culmina con la Pascua. La encarnación del Hijo de Dios ha tenido la clara finalidad de redimir al hombre de sus extravíos y pecados, de sus angustias y ansiedades, de sus fallas y limitaciones para llevarnos a disfrutar de la auténtica alegría, que propicia el amor auténtico de saber, que quien nos regaló la vida lo ha hecho por el inmenso amor que nos tiene.

    ¿Comprendo la grandeza del regalo que Dios nos ha dado al enviarnos a su Hijo como Mesías, y al destino que nos ha preparado? ¿Te llena de confianza y de esperanza?

    Escuchando a Dios Hijo, la humanidad podrá caminar con la luz necesaria para superar las tinieblas del error, y convertirse en discípulo y miembro de la comunidad mesiánica, proyectada desde y para la eternidad.

    La Navidad se ha celebrado como fiesta familiar, una ocasión de encuentro entre quienes más viven y expresan el amor y se mantienen en él, convirtiéndose en células de la sociedad para fomentar y acrecentar la fraternidad y la solidaridad.

    Expresémosle a Dios, Nuestro Padre, nuestra gratitud por el gran don que hemos recibido en la persona de Jesús, y por sus Padres María y José, quienes aceptando la voluntad divina hicieron posible la Encarnación del Hijo de Dios. ¡Feliz Navidad!

  • Homilía- Necesitamos hacer nuestro el testimonio de María- 19/12/21

    Homilía- Necesitamos hacer nuestro el testimonio de María- 19/12/21

    De ti, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel… Él se levantará para pastorear a su pueblo con la fuerza y la majestad del Señor, su Dios. Ellos habitarán tranquilos, porque la grandeza del que ha de nacer llenará la tierra y él mismo será la paz”.

    Esta profecía del envío de un pastor, que hará presente la fuerza y la majestad de Dios, se ha cumplido cabalmente en la persona de Jesucristo, incluso superando la expectativa generada de la llegada del Mesías, ya que Dios mismo en la persona del Hijo tomó cuerpo en el seno de María; uniendo así la divinidad con la humanidad, misterio, que sobrepasa la mente humana, pero hecho realidad en Jesucristo.

    Desde este acontecimiento el autor de la carta a los Hebreos, en la segunda lectura ha manifestado el cambio radical de la relación del hombre con Dios: “No quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo. No te agradan los holocaustos ni los sacrificios por el pecado; entonces dije – porque a mí se refiere la Escritura –: “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”.

    En el Antiguo Testamento se consideró que el pueblo de Israel debía cumplir las normas y los ritos establecidos para agradar y obtener de Dios respuesta a sus necesidades materiales y espirituales, mientras que, a partir de la vida, pasión, muerte y resurrección, Jesús se ofreció a sí mismo para obtener el perdón de nuestros pecados, y garantizar con su entrega el camino de la vida y la esperanza de la eternidad: “Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo. Y en virtud de esta voluntad, todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez por todas”.

    En la Celebración de cada Eucaristía se actualiza en beneficio de sus participantes el perdón y la reconciliación con Dios; y para todos aquellos que presentan en el ofertorio su ofrenda existencial, sus buenos propósitos, sus obras de caridad y sus esfuerzos de vivir como buenos discípulos de Cristo, con el pan y vino que serán consagrados como signo de la presencia de Cristo, reciben el auxilio del Espíritu Santo, que los fortalece para continuar en el camino de esta vida de la mano de Dios, Nuestro Padre.

    De esta manera en cada Eucaristía que participamos, no solo encontramos a Jesucristo, sino a cada una de las tres personas divinas:

    Al Padre al descubrir mediante la luz de la Palabra de Dios lo que espera de nosotros, y luego se prolonga dicho encuentro al cumplir su voluntad.

    Al Hijo en el signo sacramental de su cuerpo y de su sangre mediante el pan y el vino consagrado en su memoria.

    Al Espíritu Santo cuando le damos cabida a las inquietudes que se mueven en nuestro interior y abrimos nuestro corazón a la escucha de la Palabra y a la respuesta que dentro de nosotros suscita su presencia, y en consecuencia el Espíritu Santo nos fortalece para llevar a la práctica sus inspiraciones.

    ¿Qué necesitamos para recorrer este camino? Seguir el ejemplo de Nuestra Madre María: Creer lo que celebramos y escuchamos, compartir lo que vivimos con los que integramos nuestra comunidad sea la familia, sea los amigos y/o los vecinos, sea con la comunidad de creyentes en la misma fe.

    Recordemos el camino de María: Al anuncio del Arcángel Gabriel que sería la madre del Salvador, ella respondió: “Yo soy la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que me has dicho”. Al compartir su experiencia con su prima Isabel, la confirmó en su fe: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

    Creer es causa de alegría, de la dicha de comprobar no solamente la veracidad de lo anunciado y prometido, sino del gozo que causa vivirlo, y a través de la experiencia descubrir el amor, de quien nos ha creado y regalado la vida.

    María es la discípula fiel y ejemplar de Jesucristo, fiel porque mantuvo en todo momento su fe y su confianza en Dios, incluida en la pasión y muerte injusta de su amado Hijo. La contemplamos dolorosa, pero de pie acompañando hasta el final a su querido Hijo. Nos muestra así el camino de quien tiene fe y confianza, de quien se sabe elegida y amada por Dios, su Padre y su Creador.

    La visita de María a su prima Isabel, y sus positivos efectos del encuentro, son una expresión de la conveniencia y aún más de la necesidad de compartir nuestra vida interior entre quienes confesamos la misma fe. Así se fortalece el caminar de los cristianos, y ésta es la razón de integrar y formar parte de un grupo de meditación y reflexión de la Palabra de Dios.

    Esta experiencia conducirá a los miembros de la comunidad a desarrollar fuertes lazos de amistad y a reconocerse hermanos solidarios, no solo con los mismos miembros, sino con los demás que profesamos la misma fe en Jesucristo, dando por consecuencia el ejercicio habitual de la responsabilidad social.

    De la mano de Nuestra Madre, María de Guadalupe, elevemos nuestra oración a Dios Nuestro Padre, como lo proclamábamos en el Salmo responsorial: “Escúchanos, Pastor de Israel;… manifiéstate; despierta tu poder y ven a salvarnos. Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”.

    Hoy más que ayer, dados los nuevos y acelerados cambios sociales, necesitamos recordar el testimonio de María para hacerlos nuestros y renovar nuestra querida Iglesia; y al imitarla, no solamente descubriremos la causa de nuestra alegría, y la esperanza fundada de la vida eterna; sino también daremos testimonio en nuestra sociedad, de que es posible promover y vivir la fraternidad y la solidaridad como hermanos y miembros de la familia de Dios, Nuestro Creador y Redentor. En este Adviento pidámosle a Nuestra Madre, que nos acompañe para seguir su ejemplo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, en la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, con plena confianza, mueve nuestro corazón para promover que cada persona cuente con la alimentación y los demás recursos que necesita.

    Que podamos sentir ahora más que nunca que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, permítenos escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Madre de Dios y Madre nuestra, buscamos refugio bajo tu protección. Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía en la Misa de las Rosas-Virgen de Guadalupe-12/12/21

    Homilía en la Misa de las Rosas-Virgen de Guadalupe-12/12/21

    “Hermanos: Alégrese siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! Que la benevolencia de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca”.

    La alegría es la expresión humana de sentirse plenamente satisfechos de la vida y los acontecimientos. Al invitar San Pablo a los filipenses a estar alegres, no es solo una motivación de aliento, sino un señalamiento a descubrir la causa, que invariablemente proporcionará la alegría, esa causa es la permanente cercanía del Señor Jesús.

    La relación de amor que espontáneamente surge entre Padres e Hijos, se debe a la procreación, que de la misma carne y sangre en la unión del varón con la mujer surge la vida, nacen los hijos; y si esa relación está fundamentada y se mantiene en el amor recíproco de los esposos, reflejará siempre la atención y el cuidado de los hijos como el más grande tesoro.

    El matrimonio y la familia es por ello, el proyecto fundamental de Dios para la humanidad. Es la piedra sobre la cual se sostiene el amor incondicional y de pleno servicio, buscando el bien del otro. Así se prepara la humanidad para trascender a la vida eterna y compartir la vida divina en plenitud. Aquí la vida es aprendizaje y por tanto, preparación transitoria, que tiene su término con la muerte terrenal.

    La sexualidad es una herramienta al servicio del amor, y una vez practicado, la persona se va capacitando para descubrir, especialmente en la relación de amor a los hijos y de los esposos entre sí, que el amor es más que la sexualidad, ésta es un camino, el amor es la meta.

    Por tanto la sexualidad es una herramienta, un camino, una manera para descubrir y aprender a amar; pero no es el único camino y disponemos de muchos ejemplos, especialmente entre los Santos, que siguiendo el ejemplo de Jesús, asumiendo el celibato para anunciar y testimoniar el Reino de los Cielos, y sostenidos en la oración y relación con Dios, han aprendido amar al prójimo, sirviéndolos y auxiliándolos.

    Encontramos aquí una explicación del por qué María es Virgen y Madre a la vez, porque su hijo se generó por obra y gracia del Espíritu Santo, de una acción divina directamente creadora, y tomó carne de su carne, pero no mediante el ejercicio de la sexualidad. La Virginidad y el Celibato son primicia de la vida eterna.

    ¿Qué nos ayuda a descubrir y comprender esta reflexión? Que la Virgen María vivió una gracia extraordinaria, al aceptar la voluntad de Dios Padre, expresada por el Arcángel Gabriel, y por ello, María le manifiesta a su prima Isabel: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”. El profeta Isaías anunció 7 siglos antes al Rey Ajaz, descendiente del Rey David: “Entonces dijo Isaías: Oye, pues, casa de David: … el Señor mismo les dará por eso una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”.

    Nadie imaginó entonces, que ese Hijo nacido de una Virgen, sería la Encarnación del mismo Hijo de Dios, el Mesías prometido.

    María es pues, Virgen y Madre, Madre de Jesús y Madre Nuestra. Que sea Madre de Jesús nadie lo niega, ni le cuesta trabajo entenderlo; pero, ¿por qué Madre Nuestra? Jesús desde la Cruz, le expresó a María que moría él y volvía con su Padre, pero que ahora ella cuidara y acompañara a su discípulo Juan, presente en el Calvario, diciendo “ahí esta tu hijo”. El resto de su vida María acompañó no solamente a Juan sino a todos los demás discípulos de Jesús, y juntos a los 50 días de aquel acontecimiento en el Calvario, recibieron el Espíritu Santo.

    Por eso, María es la Madre de la Iglesia, Nuestra Madre. Ella ha querido seguir manifestando su amor, como Madre de la Iglesia, por eso vino a México, a buscarnos para expresarlo a todos sus hijos, como lo manifestó a San Juan Diego al revelarle su deseo con estas palabras:

    «Escucha hijo mío el menor, juanito: Sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la Perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación.

    Porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.

    Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré; que por ello te enriqueceré, te glorificaré, y mucho de allí merecerás con que yo te retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte”.

    Recordando estas palabras de Nuestra Querida Madre hagamos nuestra la recomendación de San Pablo: “El Señor está cerca. No se inquieten por nada: más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud. Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y su pensamientos en Cristo Jesús”. En un breve momento de silencio digámosle lo mucho que la queremos y pidámosle que siga mostrando su amor, especialmente a nuestros sufridos pueblos del continente.

     

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, este 12 de diciembre, te pedimos especialmente por los jóvenes para que acompañados por guías sapientes y generosos, respondan a la llamada que tú diriges a cada uno de ellos, para realizar el propio proyecto de vida y alcanzar la felicidad.

    Que aprendan de ti, y mantengan abiertos sus corazones a los grandes sueños, descubran que la felicidad y la alegría son frutos del amor y del servicio en favor de sus hermanos, superando la tentación de la búsqueda del placer por el placer, y logren orientar sus instintos, buscando siempre el bien del ser amado por encima del propio bien.

    También te pedimos por todos tus hijos que hemos sido llamados a vivir el celibato para expresar desde esta vida el Reino de los cielos, con generosidad y alegría.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía en la Solemnidad de la Virgen de Guadalupe- 12/12/21

    Homilía en la Solemnidad de la Virgen de Guadalupe- 12/12/21

    “Los que me coman seguirán teniendo hambre de mí, los que me beban seguirán teniendo sed de mí”.

    La sabiduría es como un árbol de hermosos y atractivos frutos, sacia y agrada, invita y ofrece, y quien los prueba y saborea queda satisfecho, pero a la vez surge la atracción para seguir acudiendo a esos frutos, que produce el árbol.

    La dialéctica de la sabiduría es saciar y producir hambre; es decir, genera satisfacción, pero también surge el gusto y apetito por continuar recibiendo ese alimento. Es un deseo satisfecho, pero a la vez insaciable. Lo cual significa que es un camino de constante crecimiento, que en esta vida no quedará plenamente saciado, pero cada paso dado para adquirir la sabiduría va satisfaciendo y conduciendo a continuar cada vez con mayor convicción del beneficio recibido. Es un camino de gradual y eterno crecimiento, que da satisfacción y nuevo apetito para seguirla buscando.

    La creación misma mediante el conocimiento de la ecología sustentable, que produce fruto y al mismo tiempo que se consume, no se agota, y sigue produciendo debido a la interconexión de una vida que da fruto y una muerte que renace permanentemente. Eso sí, mientras se respetan los ciclos de la naturaleza. Es una expresión de la vida eterna y un testimonio de la sabiduría de Dios Creador del Universo.

    Es bueno preguntarnos hoy, en esta noche, ¿cómo puedo encontrar el árbol de la sabiduría, caminar alimentado por sus frutos, y conocer al verdadero Dios, por quien se vive?

    La Virgen María aprendió de su Hijo Jesucristo, a descubrir en Él la fuente y expresión de la Sabiduría. Como buena discípula vivió lo que contempló en su hijo y se convirtió en la primera criatura en ser también como Él, expresión de la sabiduría, y lo transmite a través de la ternura y el amor de Madre.

    De ella podemos expresar, que manifiesta la afirmación: “Yo soy como una vid de fragantes hojas y mis flores son producto de gloria y de riqueza. Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud”.

    Así comprenderemos mejor por qué vino como misionera de su Hijo Jesús a manifestarse a los pueblos originarios, que estaban sumidos en las sombras, que vivían por la conquista y por la consecuente pérdida de su autonomía, que generó la decepción y frustración de sus creencias religiosas.

    Con el testimonio de San Juan Diego recuperaron su propia dignidad al conocer las palabras de María: “Escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que no es nada lo que espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?

    Quienes escuchan el testimonio de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y se acercan a ella, expresándole sus tristezas y angustias experimentarán a través del amor y la ternura de María de Guadalupe, las palabras de la primera lectura: “Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos. Porque mis palabras son más dulces que la miel y mi heredad, mejor que los panales”.

    Así nos reconoceremos como hijos, al ser amados entrañablemente por ella, y comprenderemos la afirmación: “los que me escuchan no tendrán de qué avergonzarse y los que se dejan guiar por mí no pecarán. Los que me honran tendrán una vida eterna”.

    En efecto, como afirma San Pablo en la segunda lectura: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos

    El amor que se alcanza mediante la sabiduría, libera al ser humano de sentir como una carga o una presión moral, que condiciona el cumplimiento de la ley, de los diez mandamientos, y de las leyes de la Iglesia. Porque estas leyes son indicadores de lo que debemos hacer, pero la fortaleza que ayuda a nuestra voluntad para cumplirlas es el amor, y el camino para alcanzar el amor es la sabiduría, que viene de la relación con quien me ama.

    De aquí procede la necesidad de la oración, concebida como la practicó Jesucristo, momento para relacionarse con Dios Padre, para descubrir su voluntad, y para pedirle nos conceda la gracia necesaria para cumplirla.

    Para generar esa confianza con Dios Padre, hagamos nuestra la afirmación de San Pablo: “Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá¡, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

    Por este camino de oración a Dios Padre seremos capaces de expresar ante el auxilio divino la afirmación de la Virgen María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

    Si alguno tiene dudas sobre su capacidad para transformarse en discípulo de Jesús y unirse a la comunidad de discípulos, que es la Iglesia, para ser su apóstol y mensajero en su contexto de vida, diríjase a Nuestra querida Madre, María de Guadalupe, y escuchará en su interior: “que no se perturbe tu rostro, tu corazón: ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre?”.

    En un breve momento de silencio, ¡abramos nuestro corazón a nuestra madre!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, ayúdanos a ser conscientes de que nuestra casa común no sólo nos pertenece a nosotros, sino también a todas las criaturas y a todas las generaciones futuras, y que es nuestra responsabilidad preservarla.

    Mueve nuestro corazón para promover que cada persona cuente con la alimentación y los demás recursos que necesita. Hazte presente entre los necesitados en estos tiempos difíciles, especialmente los más pobres y los que corren más riesgo de ser abandonados.

    Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.