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  • «Y según ustedes, ¿quién soy yo?»- Homilía- 19/06/22

    «Y según ustedes, ¿quién soy yo?»- Homilía- 19/06/22

    Jesús pregunta a sus discípulos: según ustedes, ¿quién soy yo? Si le preguntamos a las nuevas generaciones, ¿quién es Jesús y qué significa para ellos en su vida? Me atrevo a afirmar que serían muy pocos los que responderían como el apóstol Pedro: el Mesías de Dios; y menos aún encontraríamos quienes afirmaran, que son sus fieles discípulos, que practican cabalmente sus enseñanzas.

    ¿A qué se debe, que en nuestro país se conozca tan poco a Jesús, no obstante que los mexicanos en el pasado Censo del 2020 cerca del 80%, hemos declarado que somos católicos? ¿Por qué se alejan los jóvenes de la participación litúrgica de los sacramentos y de la práctica devocional de las tradiciones religiosas, si precisamente esa práctica proporciona la fortaleza y la sabiduría para recorrer el camino que conduce ya desde esta vida a la felicidad y la paz?

    Los factores de esta situación son varios, sin embargo hay dos muy importantes: primero la transmisión de la fe y de los valores humano-espirituales se ha fracturado aceleradamente en los últimos 30 años.

    La familia había sido por siglos, la principal transmisora, pero dada la creciente inconsistencia de los matrimonios y la consecuente debilidad de la vida familiar, van generando una ausencia de diálogo entre padres e hijos, que debilita su autoridad moral, y que va siendo sustituida por las nuevas tecnologías de la comunicación, cuya intensa presencia y facilidad de consulta, asumen, en la práctica, el tradicional papel educador, que tenía el núcleo familiar, especialmente de los Padres y los Abuelos con los hijos.

    Además lamentablemente hay que añadir la escasa presencia evangelizadora en las redes sociales. La poca que hay es frecuentemente devocional y cultual, lo cual ciertamente tiene influencia positiva en el ámbito de quienes ya están evangelizados y formados en la fe, que son al máximo un 20% de los católicos; pero el resto de creyentes necesita más bien una presencia digital, que transmita la espiritualidad cristiana de forma clara y pedagógica para auxiliar a las nuevas generaciones, facilitándoles las respuestas a sus angustias existenciales, que viven muchas veces en la soledad.

    El segundo factor es la consecuencia del Cambio de Época, éste ha provocado la fractura de la cultura, entendida como el estilo de la vida social. Es decir, la conducta social está fragmentada, ya no hay una referencia establecida en el proceder de las relaciones interpersonales y sociales; los comportamientos públicos han quedado al arbitrio de cada persona, propiciando con frecuencia enfrentamientos y conflictos, que violentan el respeto mutuo y la dignidad de las personas.

    ¿Y qué nos ofrece Jesús? Un testimonio contundente de dar la vida hasta el extremo de ser crucificado, en vista de mostrar el camino que lleva a la verdad y a la vida. Mirar al otro como hermano, a quien se ama, se respeta y auxilia como explica san Pablo en la segunda lectura: “Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, pues, cuantos han sido incorporados a Cristo por medio del bautismo, se han revestido de Cristo. Ya no existe diferencia entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, son también descendientes de Abraham y la herencia que Dios le prometió les corresponde a ustedes”.

    Ante la sed de Dios, hay que ofrecer los manantiales de agua viva. La satisfacción espiritual solamente la llena y alimenta el encuentro con Dios Vivo. ¿Qué nos hace falta promover en nuestro tiempo y en nuestra sociedad? Sin duda dar a conocer el proyecto de Dios, para el que fuimos creados. ¿Y cómo podemos ofrecerlo?

    Por ello es necesario responder, desde lo profundo del corazón a la pregunta planteada por Jesús a sus discípulos, y no simplemente como quien ha escuchado algo de la vida de Jesús, quien ha visto una película, una serie sobre acontecimientos de la vida de Jesús, eso sería conocer a Jesús de oídas, pero la pregunta para nosotros que somos sus discípulos, como lo recuerda San Pablo, que hemos sido bautizados en nombre de Jesús, es fundamental que respondamos, ¿quién es Jesús para mí?

    La vida no es sólo éxito material y bienestar, no consiste en que todas las cosas salgan bien. La libertad con quienes nos toca coexistir, y las decisiones de los demás, sea en la familia, en el barrio, en la ciudad, en un país, en el mundo, nos afectan para bien o para mal. Por ello hay que aprender a perdonar y a propiciar la reconciliación, como lo hizo Jesús.

    La falta de respeto a la dignidad humana de cualquier manera que se haya ejercido es precisamente una situación trágica, dramática y esas situaciones, que nos corresponde abordar, las tenemos que asumir, siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Por eso advierte a sus discípulos: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

    Si los discípulos de Jesucristo damos testimonio fidedigno, siguiendo su advertencia, será un camino, que ofrecerá vida y vida en abundancia, según la profecía del profeta Zacarías: «Derramaré sobre la descendencia de David y sobre los habitantes de Jerusalén, un espíritu de piedad y de compasión y ellos volverán sus ojos hacia mí, a quien traspasaron con la lanza”.

    Confiemos en Nuestra Madre, María de Guadalupe, ustedes vienen con inmensa alegría a su casa, porque la reconocen como madre, tierna, compasiva, llena de piedad, que nos acompaña sea cuál sea la cruz que estemos viviendo, llorando si es necesario llorar, o cargándonos en sus brazos, como lo hizo al descendimiento de Jesús de la cruz, así estará siempre María a nuestro lado.

    Oración

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, en la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, con plena confianza, mueve nuestro corazón para promover que cada persona cuente con la alimentación y los demás recursos que necesita.

    Que podamos sentir ahora más que nunca que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, permítenos escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Madre de Dios y Madre nuestra, buscamos refugio bajo tu protección. Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • La presencia viva de Dios entre nosotros- Homilía en Corpus Christi 2022

    La presencia viva de Dios entre nosotros- Homilía en Corpus Christi 2022

    “Hermanos: Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.

    “Hagan esto en memoria mía”. De ordinario restringimos esta expresión a la celebración litúrgica del Sacramento de la Eucaristía; sin embargo nuestra consideración y visión debe ser mas amplia; ya que la explicación teológica del Sacramento indica que uniéndonos a Jesucristo en el Pan Eucarístico, no solo nutrimos nuestra fe y fortalecemos nuestro espíritu para vivir como Jesús, y dar testimonio de sus enseñanzas a través de nuestra conducta, viviendo la espiritualidad de la comunión con los demás cristianos; sino también, al unirnos a Jesucristo en la Eucaristía, nos unimos a todos los cristianos que participan de ella, y expresamos así, como Cuerpo Místico de Cristo la presencia del Misterio de Dios Encarnado, es decir la presencia viva y actual del Reino de Dios entre nosotros y a través de nosotros.

    En efecto, prolongamos así la Encarnación de Dios Trinidad en nuestras vidas, siguiendo el modelo de vida de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia. Es decir, aceptando como ella la Voluntad del Padre: “Hágase en mí según tu palabra” y recibiendo como ella el Espíritu Santo para engendrar al Hijo de Dios en su seno: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”; María es la primera criatura en la que inhabitó Dios Trinidad, mediante la concepción del Hijo de Dios en su seno, porque donde está el Hijo, está el Padre y el Espíritu Santo. Nosotros estamos llamados a prolongar esa Encarnación del Hijo de Dios realizada en María, a quien con pleno rigor llamamos Madre de la Iglesia.

    Por tanto, ésta es nuestra vocación como Iglesia, prolongar la presencia de Dios Trinidad en el mundo de hoy. Esta vocación es imposible cumplirla individualmente, solo es posible, como Iglesia en comunión. Debemos seguir el ejemplo de Nuestra Madre María: la aceptación de la Voluntad del Padre y no la mía, confiar en la asistencia del Espíritu Santo, y asumir nuestra propia cruz.

    Por eso, la presencia constante y continua de Jesús, el Hijo de Dios en el Pan Eucarístico es el centro y sustento de nuestra fe. En efecto, después de la palabras de la Consagración el Presbítero aclama: “Este es el misterio de la Fe”. Prolongar el Misterio de Dios Trinidad Encarnado en la Historia de la Humanidad es el mandato de Jesús a sus discípulos: “Hagan esto en memoria mía”.

    La Eucaristía es el centro y culmen de nuestra fe y de nuestro caminar como comunidad de discípulos, como Iglesia. Sin embargo, ante la maravilla de vivir la comunión con Dios y con nuestros hermanos, somos siempre conscientes de nuestra frágil condición humana. Por ello, aunque la Redención y su consecuencia salvífica de rescatarnos del mal se efectuó una sola vez y para siempre, en la crucifixión y muerte de Jesucristo, su aplicación en cada uno de nosotros, depende de nuestra ofrenda existencial de aceptar nuestra propia cruz y seguir a Jesucristo.

    Aquí viene muy bien el relato del Evangelio de hoy: “No tenemos más que 5 panes y dos pescados”. Esta expresión muestra nuestra pobreza y limitación para resolver las necesidades materiales, humanas, y espirituales que encontramos en nuestro prójimos y en nosotros mismos. Esta situación de limitación y pobreza personal permite descubrir que debemos actuar unidos solidariamente, superando cualquier tendencia al protagonismo y búsqueda de reconocimiento por el bien que pretendamos realizar en favor de los pobres y necesitados. Debemos poner nuestros 5 panes y dos pescados, es decir, lo que podamos ofrecer. Así interviene la acción del Espíritu Santo para proveer lo necesario, a corto, mediano o largo plazo, según la Divina Providencia lo decida.

    En efecto, testimoniar nuestra condición, como comunidad de discípulos de Cristo, nos desborda. Transformar la sociedad en una comunidad de hermanos es imposible para nuestras fuerzas, pero si damos lo poco o mucho que tengamos, que siempre será poco para la finalidad requerida, sin embargo desde la pobreza de nuestro aporte, el Espíritu Santo lo multiplicará abundantemente.

    Por lo anterior, es de suma importancia mantenernos fieles, confiando en la mano providente de Dios. Ante la fragilidad de nuestra condición humana, que hoy pensamos en grande y mañana al enfrentar la realidad cunde el desánimo, que apaga el fuego que se había encendido en nuestro corazón, la Providencia Divina nos ofrece el Sacramento de la Eucaristía

    Así al escuchar la Palabra de Dios se enciende el corazón, y al recibir el pan de la vida recibimos a Jesucristo, quien nos acompaña para fortalecer nuestro espíritu. Por eso es indispensable habitualmente frecuentar la participación en la Celebración de la Eucaristía, al menos cada Domingo, para vivir el Misterio de la Fe, y encontrarnos con los demás cristianos en el banquete Eucarístico. Es así que será posible dar un testimonio atractivo y convincente en la vida social, de la presencia del Reino de Dios en las relaciones con todo tipo de personas.

    Ante esta reflexión comprenderemos a profundidad, la necesidad e importancia vital del Ministerio Sacerdotal para ofrecer la Eucaristía a las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo.

    Hoy Jueves de Corpus Christi es una hermosa ocasión de juntos agradecer a Dios su Providencia por regalarnos el inconmensurable don del Sacramento de la Eucaristía, por nuestros actuales Presbíteros, y por el llamado que ha hecho a nuestros jóvenes para ser Presbíteros al servicio de la Iglesia. Oren siempre por nosotros sus ministros.

    A la luz del Misterio Eucarístico comprenderemos mejor el lema de la Visita Pastoral a las Parroquias: ¡Cristo Vive! ¡En medio de nosotros!

  • Homilía- Vivamos la semana Laudato si’- 22/05/22

    Homilía- Vivamos la semana Laudato si’- 22/05/22

    El Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas, y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

    Hoy Jesús en el Evangelio, además de ofrecernos la promesa del Espíritu Santo, afirma también: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz, ni se acobarden”. Confiando en esta promesa de la asistencia del Espíritu Santo, obtendremos la fortaleza para colaborar a construir la ciudad santa, proyectada por Dios, como lo profetiza hoy el apóstol San Juan: “Un ángel,… me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios”.

    Ahora bien, en nuestro tiempo estamos reconociendo que el modo y estilo de nuestra sociedad está dañando gravemente a la Tierra, nuestra Casa Común. Ninguno en particular, es capaz de afrontar este grave deterioro; necesitamos la participación de todas las personas, de todos los sectores sociales, y desde luego de los gobiernos. Es responsabilidad común colaborar para detener la degradación de nuestro planeta.

    Especialmente en las grandes metrópolis, como la nuestra, es urgente la toma de conciencia de todos los ciudadanos, sobre la necesidad de una ecología integral que garantice el uso de los recursos naturales, sin causar su deterioro y degradación. Por ello, los invito a responder a la solicitud del Papa Francisco de dedicar esta semana para leer, meditar y asumir la Carta Encíclica Laudato si’, y convencernos del indispensable compromiso de cuidar nuestra Casa Común.

    En el No. 93 el Papa afirma: “Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos.

    Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social»”.

    Éste es el camino para lograr una sociedad más justa, solidaria y fraterna, y garantizar que nuestra Casa Común sea el principio feliz de la Casa Eterna del Padre. Es decir, que el final de los tiempos sea glorioso su término, y se transforme gozosamente en la morada de Dios con los hombres. Como lo recuerda hoy Jesús mismo: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.

    Ciertamente es un enorme y urgente desafío detener el proceso de la actual degradación, y la habitual indolencia de muchos sectores sociales, que no se percatan de la emergencia o pretenden ignorarla.

    A pesar de las frecuentes voces, que con frecuencia escuchamos de considerar una dificultad insuperable, más el desaliento que provoca la violencia, las injusticias, y las contrariedades cotidianas, desatadas por la envidia, los celos, los desaires y las burlas ante las propuestas por el bien de la sociedad: La fe nos anima a afrontar con esperanza el gran desafío de hacer presente el Reino de Dios en nuestro tiempo.

    En la mirada del amor de Dios Padre y en la confianza en su Palabra, el Hijo de Dios que nos prometió la asistencia del Espíritu Santo, sin duda encontraremos la fortaleza necesaria para afrontar las adversidades. El Papa Francisco expone en el No. 2 de la Encíclica Laudato si’ que:

    Esta hermana nuestra la madre tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla.

    La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22).

    Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura”.

    Ya que hemos sido bendecidos con el sol, el agua y la tierra, y las diversas especies de minerales, vegetales, y animales tan variablemente abundantes en fertilidad para que todos pudiéramos alcanzar una vida digna; abramos nuestras mentes y nuestros corazones para que podamos responder al don de la creación.

    Depende de nosotros el destino de nuestra casa: hacerla morada de Dios con los hombres o llevarla a una degradación insospechada de escenarios catastróficos. Trabajemos por extender entre nuestros familiares, amigos, y vecinos, la conciencia de un nuevo estilo de vida, en base a una ecología integral, que sin duda las nuevas generaciones mucho lo agradecerán.

    Pidamos a Dios, nuestro Padre, por nuestras autoridades y por todos los que tienen posición de liderazgo para que, con el auxilio divino, colaboremos los ciudadanos a edificar, en nuestra Patria y en el mundo entero, la prometida ciudad santa.

    Los invito a que oremos a Dios, nuestro Padre que nos regaló esta tierra, y a María de Guadalupe, que como madre entiende la importancia de cuidar la casa de sus hijos y proveer todo lo que necesitan.

    Oración

    Acudimos a tí Madre Nuestra, y a Nuestro Padre Dios para que nos ayuden a ser conscientes, que es nuestra responsabilidad heredar en buenas condiciones nuestra Casa Común a todas las criaturas y especialmente a las generaciones futuras.

    Tú, Madre querida, bien conoces que Dios es amor, y que nos ha creado a su imagen para hacernos custodios de toda la creación. Abre nuestras mentes y toca nuestros corazones para que respondamos favorablemente al don de la creación.

    Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo alcance y con un espíritu de solidaridad.

    Ahora, que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, ayúdanos a ser capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres; para que que todos los actuales sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Enséñanos a ser valientes para acometer los cambios, que se necesitan en busca del bien común de toda la humanidad.

    Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ‘Ámense los unos a los otros como yo los he amado’- 15/05/22

    Homilía- ‘Ámense los unos a los otros como yo los he amado’- 15/05/22

    Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”.

    La interpretación de este mandamiento nuevo se refiere a la relación entre las personas, que debe ser movida por el amor. Y el concepto se clarifica con el testimonio de Jesús “como yo los he amado”.  Jesús pasó haciendo el bien. Su persona no se centró en sí mismo, sino en el otro, cumpliendo la misión que el Padre le encomendó: manifestar la vida trinitaria, que es el amor incondicional que mira siempre el bien del otro por encima del propio.

    ¿Acudo a Jesús, para aprender de su ejemplo y fortalecer mi espíritu en vista de amar al prójimo como Él lo hizo? Porque amar al prójimo significa no solamente cuidar de la persona, sino de todo aquello que necesita para una vida digna: casa, vestido y sustento. Ciertamente nadie es capaz de resolver las necesidades de todos. La tarea es promover la colaboración de los demás para edificar una sociedad con espíritu solidario y subsidiario que ofrezca las condiciones favorables a todos sus miembros.

    ¿Cómo iniciar y desarrollar tan desafiante misión? Hoy la primera lectura recuerda que los primeros discípulos eran conscientes de afrontar las dificultades y para ello se animaban compartiendo sus experiencias: “Pablo y Bernabé… animaban a los discípulos y los exhortaban a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

    Por tanto, lo primero es recordar con frecuencia, que la edificación de una sociedad, que manifieste en su estilo de vida la Civilización del Amor, es el proyecto que Dios quiere, y espera de la humanidad. El Auxilio Divino es la base y el sustento de nuestra esperanza para colaborar en dicho proyecto.

    En segundo lugar, y como consecuencia de confiar y experimentar la ayuda divina, es comprometernos a vivir en comunidad: familia, vecindad, colonia, ámbito laboral, y recreativo. Para lo cual es indispensable promover y testimoniar en la relación con los demás, el respeto a la dignidad de toda persona, desde los valores de la Justicia y la Verdad.

    La acción comunitaria y organizada es la gran labor a la que estamos llamados por Dios. Además, así encontraremos el sentido fundamental de nuestra vida. ¿Descubro, la importancia de promover el bien de la comunidad para vivir como buen cristiano? Para ello es indispensable dejarnos conducir por el Espíritu Santo, prometido por Jesús a su Iglesia, al Pueblo de Dios.

    ¿Y cómo realizamos ese aprendizaje? Como lo hacía la primitiva Iglesia: “reunieron a la comunidad y les contaron lo que había hecho Dios por medio de ellos y cómo les había abierto a los paganos las puertas de la fe”.

    Con razón el Papa Francisco ha propuesto y solicitado a la Iglesia, que la Sinodalidad es la manera indicada. La cual consiste en caminar juntos, y para ello se requiere tres pasos fundamentales:

    Primero: Capacidad de dialogar en escucha recíproca.

    Segundo paso: Discernir en común para clarificar las situaciones, conflictos, y necesidades del Pueblo de Dios;

    Tercer paso: Proponer a las respectivas autoridades las acciones convenientes, con actitud y disposición corresponsable, para realizar de forma solidaria y subsidiaria, las que decida la autoridad competente.

    Estos tres pasos: capacidad de escucha recíproca, discernimiento eclesial, y acción en equipo, debe permear todas las estructuras e instancias de conducción y decisión pastoral para animar y realizar las actividades acordadas.

    Así aprenderemos a caminar juntos bajo la acción del Espíritu Santo, que nos proporcionará la sabiduría y la fortaleza necesaria para no bajar la guardia ante las adversidades, dificultades, e incluso discusiones y conflictos, que de ordinario aparecen en el proceso. Al realizar este camino sinodal haremos un aporte especialmente valioso a nuestra sociedad, ante los nuevos contextos socioculturales y políticos.

    Siempre los cambios de estilo en llevar la conducción social plantea enormes retos, y uno de ellos es superar la polarización que genera naturalmente lo nuevo, lo distinto. Nuestro País vive con frecuencia una polarización que enfrenta a los distintos sectores sociales, impidiendo el diálogo fecundo y creador, que conduzca a visualizar y promover las iniciativas convenientes, y la participación convencida para la ejecución. Es urgente por ello, generar caminos de reconciliación y entendimiento en todos los niveles de la sociedad.

    Para aprender la escucha recíproca que exige el auténtico diálogo, es indispensable la libertad de expresión en todas sus modalidades, solo así conoceremos los argumentos y opiniones de todos; y es la base para la conciliación de los distintos puntos de vista aun los contrastados; ya que escuchar al otro me ayuda a reconocer aspectos no considerados, máxime cuando se trata de confrontaciones en las mismas informaciones.

    La Iglesia tiene por misión servir a la sociedad, y para realizar esta tarea necesita generar entre los fieles una constante actitud de escucha y comprensión, ante quien piensa lo contrario. Toda comunidad eclesial debe estar siempre dispuesta a promover el diálogo para mediar y superar las polarizaciones, colaborando en la reconciliación, recordando que es el camino de la paz social.

    De esta manera colaboraremos adecuadamente para hacer realidad la visión de San Juan, y participar en ella: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva…Es la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo”.

    Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien ya participa en plenitud de la morada de Dios, para que nos auxilie en nuestro caminar hacia la Casa del Padre.

    Oración

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, en la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, con plena confianza, mueve nuestro corazón para promover que toda persona cuente con Casa, Vestido y Sustento.

    Que podamos sentir ahora más que nunca, que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, permítenos escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Madre de Dios y Madre nuestra, buscamos refugio bajo tu protección. Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón, que nos comprometa en colaborar en la integración del Pueblo de Dios.

    Te encomendamos a todos los educadores y maestros para que orienten y ayuden a las nuevas generaciones en asumir los valores espirituales humanos y cristianos para que sean capaces de edificar la anhelada civilización del amor en nuestra Patria.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía – ¿Por qué Jesús es a la vez cordero y pastor?- 8/05/22

    Homilía – ¿Por qué Jesús es a la vez cordero y pastor?- 8/05/22

    «El cordero que está en el trono será su pastor, y los conducirá a las fuentes del agua de la vida y Dios enjugará de sus ojos toda lágrima» (Apocalipsis 7, 15-17).

    Esta visión se ha cumplido cuando Jesús afirma su rol de Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo les doy la vida eterna”. ¿Por qué Jesús es a la vez cordero y pastor? El pastor es el que cuida el rebaño, lo acompaña, lo defiende, lo protege, lo cura, lo guía, lo va acompañando en el camino, lo lleva a buenos pastos. El cordero es un miembro del rebaño, es una experiencia distinta, es aquel que va atravesando por las mismas dificultades y por las mismas alegrías que va viviendo el rebaño.

    Es importante distinguir los perfiles y descubrir la complementariedad de ambos roles. Jesús los realiza a la perfección y por ello se convierte en camino, verdad y vida, y además lo ofrece a todos sus discípulos.

    Jesús es el pastor porque él es el maestro, que conoce al Padre y el único que lo puede revelar, por eso es el maestro perfecto. No nos transmite solamente doctrina, como un perito en una especialidad concreta, es algo más que eso, ya que la enseñanza la ha puesto en práctica existencialmente, él mismo la ha vivido con ejemplar coherencia. Por tanto atrae, enseña, y convence más con el testimonio por ser el Cordero de Dios, que con el discurso y la exposición de conceptos.

    Jesús es el pastor-maestro, porque ha asumido la misión del Padre de venir a ser cordero, y en ese trance de ser cordero, de atravesar por la vida humana, ha sido acompañado por el Espíritu Santo como cordero, y esa es la vocación de todos nosotros, ser corderos, teniendo siempre nuestros oídos abiertos a la voz de nuestro pastor, y ser conducidos por el Espíritu del Señor.

    Un cordero, una oveja no deben dispersarse y andar solos porque ignoran el camino y cómo superar los peligros. No podrán salir adelante, al ser atacados por el lobo, figura que representa el mal en todas sus seducciones del poder, del tener y de la búsqueda insaciable del placer.

    Por ello, necesitamos de estar unidos al rebaño, que es la familia, la comunidad, la iglesia para afrontar y superar la tendencia de ejercer la libertad por encima del bien común, tendencia que propicia el individualismo y conduce fácilmente al libertinaje, consistente en libertad absoluta y sin límites para que cada quien haga de su vida lo que quiera, sin entenderse de los demás, y que está enraizándose intensa y aceleradamente en la sociedad; y lamentablemente su consecuencia es la angustia existencial en sus múltiples modalidades.

    En la noche de la vida, en la oscuridad y la soledad estéril es más indispensable la compañía del Pastor y de la comunidad. De ahí que haya que evitar el aislamiento y la soledad buscada como evasión de los demás. La noche es momento de compartir la intimidad espiritual del Pastor con su rebaño, y los corderos entre sí, con la mirada en el nuevo amanecer, que suscita la esperanza. Hay tantos cristianos que se alejan cuando más necesitan del compartir la escucha y la puesta en común de lo acaecido.

    Jesús atravesó por todas la dificultades de la vida, como también vivieron sus primeros discípulos, predican, enseñan y dan testimonio en qué consiste ser cordero, discípulo de Jesús y con su testimonio de vida generan conflicto ante los instalados en sus interpretaciones egoístas, que defienden a toda costa sus intereses, sus seguridades, y no toleran que se les cuestione su estilo de vida. Así los Escribas y Fariseos se molestan movidos por el celo y la envidia de ver que los discípulos de Jesús empiezan a tener éxito y a ser seguidos, como lo narra la primera lectura de hoy.

    Seguir a Jesús pastor y cordero es nuestra vocación, esa es la vocación que hoy la Iglesia está tratando de renovar en la conciencia de todos los fieles, ser discípulos de Jesucristo, miembros de la comunidad de los discípulos, porque somos corderos y necesitamos unos de los otros para formar el Pueblo de Dios, es decir, para integrar la familia de Dios.

    Preguntémonos por tanto, si reconozco y valoro la importancia de la comunión y de la unidad en la Iglesia. Pues aunque seamos discípulos-corderos llamados a ser evangelizadores de nuestros prójimos, especialmente de los más alejados, es una tarea que no podemos hacerla aisladamente. Sólo Jesús, porque era quien conocía al Padre, y era acompañado por el Espíritu Santo, puede ser el pastor-cordero, como dice el texto del Apocalipsis, que está en el trono y los conducirá a las fuentes de la vida y Dios enjugará de sus ojos toda lágrima.

    Por eso es conveniente cuestionarnos con frecuencia: ¿Descubro en mi experiencia a Jesús como la Puerta, y como mi guardián y guía, en mi vida? ¿Lo percibo a través de mis padres, de los sacerdotes, de mis mayores?

    El tener una libertad que no va unida con la decisión de un compromiso, me pone en grave riesgo de ser atado irremediablemente a dar satisfacción sin ningún control de mis pasiones. De ahí la importancia de descubrir la vocación que me permitirá descubrir para qué me ha concedido Dios la vida. Habitualmente se le tiene miedo a un compromiso y a una responsabilidad definitivas, cuando es precisamente el camino para desarrollar en plenitud las capacidades y habilidades de cada ser humano.

    Hoy celebramos la 59 Jornada Mundial de la Vocaciones, tomemos conciencia de la necesidad de orar, para que todos descubramos nuestra vocación y la misión que Dios suscita en medio de mis circunstancias.

    De manera específica oremos por los adolescentes y jóvenes para que encuentren la ayuda necesaria y asuman un camino fecundo de discernimiento vocacional, que los lleve a las decisiones maduras y responsables, que les sean fuente de alegría y esperanza, al descubrir, asumir y vivir la misión, que Dios les confía.

    Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quién mejor que ella nos ayudará para seguir su ejemplo, y poder decirle a Dios, Nuestro Padre como ella lo hizo: He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mi tu palabra.

    Oración

    Madre Nuestra, María de Guadalupe, la Iglesia en camino hacia el Sínodo 2023 dirige su mirada a todos los jóvenes del mundo.

    Te pedimos para que con audacia se hagan cargo de la propia vida, vean las cosas más hermosas y profundas y conserven siempre el corazón libre.

    Acompañados por guías sapientes y generosos, ayúdalos a responder a la llamada que tu Hijo Jesús ha dirigido a cada uno de ellos, para realizar el propio proyecto de vida y alcanzar la auténtica felicidad.

    Mantén abiertos sus corazones a los grandes sueños y haz que estén atentos al bien de los hermanos.

    Ayúdanos para que estén también ellos al pie de la Cruz, y como Juan el Discípulo amado, formen parte de la Iglesia, recíbelos y anímalos como tu Hijo te encomendó desde la Cruz, para que sean testigos de la Resurrección, y sepan reconocerlo y anunciar su presencia en medio de nosotros.

    Amén.

  • Homilía- El encuentro con Jesús – 01/05/22

    Homilía- El encuentro con Jesús – 01/05/22

    Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Nosotros también vamos contigo. Salieron y se embarcaron con él, pero aquella noche no pescaron nada”.

    Ha quedado atrás Jerusalén, han superado el temor, y vuelven a Galilea y a sus actividades como pescadores. Se encuentran siete de los discípulos de Jesús, y Simón Pedro los invita a retomar las actividades propias de la pesca, todos se suman gustosos a la iniciativa de Pedro; sin embargo esa noche no pescaron nada. Siete es número de plenitud, Pedro es la cabeza, pero volver a las antiguas labores de pescadores no era la misión para la que Jesús los había llamado. Todavía no han comprendido, que serán pescadores de hombres.

    Jesús con bondad y paciencia se presenta como un hombre cualquiera a la orilla del mar: “Al amanecer, Jesús estaba en la orilla del mar, pero los discípulos no lo reconocieron”. Han trabajado en vano, regresan cansados y sin la satisfacción de haber logrado el objetivo; pero en esas circunstancias adversas reciben la sorpresa de reencontrarse con el Maestro, con Jesús vivo.

    ¡Cuántas veces hemos vivido esa experiencia de frustración cuando hemos puesto todo nuestro empeño en algo, que consideramos importante, y que por nuestra experiencia lo hacemos con plena confianza que lo lograremos, pero no obstante nuestro esfuerzo, el resultado es nulo! Y, si además se trataba de una tarea o misión apostólica, que haría mucho bien a los demás y a la misma Iglesia, sentimos que Dios nos ha abandonado, que no le ha agradado nuestra iniciativa, o que algo hicimos mal.

    Sin embargo esta escena, expresa que son ocasiones donde, de manera imprevista y sorprendente, se hace presente el Señor Jesús para suscitar la revisión y el discernimiento, que conducirá a lo que realmente Dios Padre quiere de nosotros.

    Así lo expresa el fracaso de la pesca y la presencia de Jesús que les indica: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos obedecen y descubren que con Jesús podrán pescar en abundancia. “Jesús les dice: Traigan algunos de esos pescados”, y es Simón Pedro, quien arrastró hasta la orilla los pescados grandes. Pedro es el que les dijo a los otros vamos a pescar. Pedro es quien escucha del discípulo amado, Juan, que el hombre de la playa es el Señor, y se tira para ir rápido junto a Él.

    La acciones que acontecen cuando la lógica humana no los espera, serán de ahora en adelante la forma de encontrar a Jesús resucitado, quien está detrás de esas acciones, como lo manifiesta esta escena. Así Jesús indica a sus discípulos la misión que necesita para ofrecer eficazmente la Redención al mundo. En esto consiste, que sean pescadores de hombres. pescadores en los mares de la humanidad. Es así como los momentos de fracasos, sufrimientos y desolación se convertirán en encuentro con Dios, que generan la paz y la esperanza, y que fortalecen al discípulo para llevar a cabo la misión.

    Lo cual contemplamos en la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, donde expresan la valentía para resistir azotes que no merecen, tormentos que no son justificables. Lo hacen no solamente aceptándolos con resignación, sino alegremente, y felices de testimoniar, que Dios se hace presente a través de su generosa entrega: Los miembros del Sanedrín mandaron azotar a los apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos se retiraron del Sanedrín felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús”. ¿Cómo es posible eso? Solamente mediante el discernimiento de la voluntad de Dios Padre, y la decisión y cumplimiento de esa voluntad divina.

    ¿Cómo podremos obtener la experiencia de encuentro con Jesucristo? A partir del gesto de Jesús, que prepara el fuego para freir los peces, y los invita a compartir el pan y el fruto de lo que pescaron ellos. De esta puesta en común descubriremos que la misión de la Iglesia, una parte la hará Dios y la otra el hombre con su trabajo.

    Así alude a la Celebración litúrgica para compartir nuestros proyectos y trabajos con el pan de la Eucaristía. Por esto es conveniente preguntarme con frecuencia si, la Eucaristía es para mí el momento de encuentro con Jesucristo para recibir el pan de la vida que me ofrece. Y también recordar que necesito prever momentos habituales de oración para tomar conciencia del permanente acompañamiento de Dios, mediante el Espíritu Santo.

    Cuando acabaron de comer, Jesús le preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. El sustento para seguir a Jesús y recibir la encomienda de cuidar a los demás es el amor. Pero también es necesario descubrir que toda encomienda eclesial deberá ser en equipo. “Pedro miró hacia atrás y vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre el pecho de Jesús, preguntándole: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Cuando Pedro lo vio le preguntó a Jesús: Señor, ¿y éste qué? Jesús le contestó: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué te importa? ¡Tú, sígueme!”.

    La Iglesia en medio de las marejadas propias de la fragilidad y limitación humanas se mantendrá gracias al amor sin límites. Para ello Pedro debe estar alerta para superar cualquier tentación de envidia y celo que todo lo arruina. Jesús llama a Pedro para ser cabeza, pero le advierte con firmeza que necesita cuerpo, y ese cuerpo lo formará la comunidad de discípulos.

    Juan, el discípulo amado, será modelo de otra tarea indispensable: dar testimonio veraz por escrito de Jesús, en efecto, Juan anuncia el final de los tiempos mediante una visión: “Oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, debajo de la tierra y en el mar -todo cuanto existe-, que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”.

    Acudamos a María, como Madre de la Iglesia, sin duda nos ayudará a cumplir en comunión eclesial y fraterna ayuda, la misión de la Iglesia, afrontando los grandes desafíos de nuestro tiempo.

    Oración

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, en la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, con plena confianza, mueve nuestro corazón para promover que cada persona cuente con la alimentación y los demás recursos que necesita.

    Que podamos sentir ahora más que nunca que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, permítenos escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Madre de Dios y Madre nuestra, buscamos refugio bajo tu protección. Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¡Cristo está vivo, resucitado! -Domingo de Resurrección- 17/04/22

    ¡Cristo está vivo, resucitado! -Domingo de Resurrección- 17/04/22

    Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

    ¿Qué significa aspirar a los bienes de arriba y no a los bienes de la tierra? ¿Acaso no son dos realidades distintas cielo y tierra? ¿Y nosotros que vivimos en la tierra, no deberíamos aspirar solamente a los bienes de la tierra? Ciertamente son realidades distintas, pero íntimamente relacionadas: la vida en la tierra es preparación y camino para la vida del cielo, que es el destino, para el que fuimos creados.

    En efecto, una fase es preparar una fiesta y otra es celebrarla. La fase de preparación necesita tener en cuenta, qué tipo de fiesta deseo, y qué debo prever para que así suceda. Por tanto, aspirar los bienes de arriba es poner los bienes actuales: lo que soy, lo que tengo, las relaciones con los demás, y las responsabilidades presentes, en función de prepararme para participar de la gran fiesta eterna.

    ¿En qué consiste esa preparación? En aprender a amar y ejercitarme a vivir el amor. ¿Quién puede conducirme para aprender a amar? Sin duda, el mejor maestro es Jesucristo, quien se entregó plenamente al servicio de sus hermanos, y en consecuencia de esa entrega sufrió en carne propia la violencia extrema hasta la muerte.

    Con la muerte termina nuestra travesía en esta vida, y siguiendo el ejemplo de Jesús, entregándonos al servicio de nuestros hermanos, buscando siempre el bien de los demás, obtendremos la nueva vida, resucitaremos como Jesús, quien confió en el amor de Dios Padre, como afirma el Apóstol Pedro: “que lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos”.

    ¿Cómo podemos nosotros dar testimonio, con esa fuerza y convicción propia de quienes vieron a Cristo resucitado? Para que pudiéramos hacerlo, Jesús dejó la Eucaristía.

    En la Eucaristía escuchamos la Palabra, la voz, la orientación de Dios; y al escuchar la Palabra, y la atendemos, adquirimos la capacidad de descubrir a Jesús resucitado en nuestra propia vida. Pero además, al participar en la Eucaristía, también podemos decir como los primeros discípulos: “hemos comido y bebido con Él” (Hch. 10,41).

    ¡Cristo está vivo, resucitado! Cuando comulgamos el pan y el vino, que es transformado en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibimos a Cristo, viene a nuestro encuentro en la comunión. Esto es lo que nos hace capaces de dar testimonio de Él.

    Entre la Palabra de Dios escuchada, y la fortaleza del Espíritu a través de la comunión con Él, domingo a domingo, el discípulo de Jesús se hace capaz de descubrir la intervención de Dios en las circunstancias, que le toca vivir durante la semana. Mediante la oración y la revisión de vida, tanto personal como comunitaria, el discípulo descubre cómo se hace presente el Espíritu Santo, en los acontecimientos de su entorno y contexto de vida.

    Lenta pero firmemente se adquiere la convicción, que Dios nos acompaña siempre, en las buenas y en las malas, con las buenas fortalece nuestro espíritu, con las situaciones más difíciles, dramáticas o trágicas que afrontamos, el discípulo descubre el inmenso amor misericordioso, que nos acompaña de múltiples maneras, y a través de tantas otras personas.

    Y éste es nuestro gran reto hoy: testimoniar en la vida de todos los días, y en todos los ambientes sociales los valores, que Cristo nos ha anunciado. Somos elegidos por Dios. Él ha puesto sus ojos en cada uno de nosotros, y nos ha ofrecido una misión: ser testigos del amor.

    Nuestra sociedad hoy está viviendo tantas situaciones contrarias a la dignidad humana: injusticia, odio, violencia y muerte sin ninguna justificación. Es urgente manifestar que Dios, el Dios del Amor, no está ausente y distante, sino presente y activo en medio y a través de nosotros. Por ello, es indispensable nuestro testimonio, en los diversos círculos de relación, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en cualquier circunstancia de encuentro con los demás. La vida en la tierra es peregrinación, es camino, es preparación. Por eso, los bienes temporales deben estar orientados a los bienes eternos.

    Hoy es urgente ayudar a la humanidad a redescubrir el camino que conduce a la vida, a salir del desconcierto y tribulación que causa la violencia, y la muerte; y a plantear de nuevo la pregunta del evangelio de hoy: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.”

    A Jesús no lo encontraremos en la muerte sino en la vida pero: “¿Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo: es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite”. Lo cual significa que las adversidades se presentarán siempre, pero practicando las enseñanzas de Jesús Maestro iremos en camino de la resurrección, en camino de la vida.

    Retomemos por tanto, nuestra propia realidad existencial, nuestro contexto socio cultural, con la mirada de fe en la resurrección de Jesús, y observemos el mundo con los ojos del creyente, con los ojos del que tiene fe. Y preguntémonos: ¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, partiendo del testimonio de las Sagradas Escrituras, de la tradición de la Iglesia, y de quienes me han transmitido la fe?

    Con San Pablo, animémonos los unos a los otros afirmando: “Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. ¡Que así sea!

  • Homilía en la Misa Crismal- Las cercanías de los sacerdotes-14/04/22

    Homilía en la Misa Crismal- Las cercanías de los sacerdotes-14/04/22

    “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres”.

    San Pablo exhorta a Timoteo que es necesario mantener vivo el don de Dios que recibió por la imposición de sus manos, que no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad (cf. 2 Tm 1,6-7).

    El Papa Francisco el pasado 17 de febrero dirigió un mensaje a los sacerdotes, indicando 4 cercanías, que considero muy oportuno tener en cuenta para revitalizar nuestra espiritualidad sacerdotal: La cercanía con Dios, con el Obispo propio, entre los hermanos sacerdotes, y con el pueblo. Un sacerdote es invitado ante todo a cultivar esta primera cercanía, la intimidad con Dios, y de esta relación podrá obtener todas las fuerzas necesarias para su ministerio. La relación con Dios es, por decirlo así, el injerto que nos mantiene dentro de un vínculo fecundo. Sin una relación significativa con el Señor, nuestro ministerio está destinado a ser estéril.

    Un aspecto clave para desarrollar esta cercanía, señala el Papa: es aprender a “substituir el verbo “hacer” de Marta para aprender el “estar” de María. Es difícil aceptar dejar el activismo que es agotador, porque cuando uno deja de estar ocupado, la paz no llega inmediatamente al corazón, sino la desolación; y para no entrar en desolación, estamos dispuestos a no parar nunca. Es una distracción el trabajo, para no entrar en la desolación. Pero la desolación es un poco el punto de encuentro con Dios. Es precisamente la aceptación de la desolación que viene del silencio, del ayuno de activismo y de palabras, del valor de examinarnos con sinceridad, así todo adquiere una luz y una paz que no se apoyan en nuestras fuerzas y capacidades.

    La segunda cercanía con el Obispo, es vivir “la obediencia que no es un atributo disciplinar, sino la característica más profunda de los vínculos que nos unen en comunión. Obedecer significa aprender a escuchar y recordar que nadie puede pretender ser el poseedor de la voluntad de Dios, y que ésta sólo puede entenderse a través del discernimiento. La obediencia, por tanto, es escuchar la voluntad de Dios, que se discierne precisamente en un vínculo. Esta actitud de escucha permite madurar la idea de que cada uno no es el principio y fundamento de la vida, sino que necesariamente debe confrontarse con otros”.

    Esto pide necesariamente que los sacerdotes recen por los obispos y se animen a expresar su parecer con respeto, valor y sinceridad. Pide también de los obispos, humildad, capacidad de escucha, de autocrítica y de dejarse ayudar. Si defendemos este vínculo, avanzaremos con seguridad en nuestro camino”.

    La tercera cercanía entre los sacerdotes la fundamenta el Papa diciendo: “Es precisamente a partir de la comunión con el obispo que se abre la tercera cercanía, que es la de la fraternidad. Jesús se manifiesta allí donde hay hermanos dispuestos a amarse: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos” (Mt 18,20). También la fraternidad como la obediencia no puede ser una imposición moral externa a nosotros. La fraternidad es escoger deliberadamente ser santos con los demás y no en soledad. Un proverbio africano dice: “Si quieres ir rápido tienes que ir solo, mientras que si quieres ir lejos tienes que ir con otros”.

    “Me atrevería a decir que ahí donde funciona la fraternidad sacerdotal, la cercanía entre los sacerdotes, y hay lazos de auténtica amistad, también es posible vivir con más serenidad la elección del celibato. El celibato es un don que la Iglesia latina custodia, pero es un don que para ser vivido como santificación requiere relaciones sanas, vínculos de auténtica estima y genuina bondad que encuentran su raíz en Cristo. Sin amigos y sin oración, el celibato puede convertirse en un peso insoportable y en un anti testimonio de la hermosura misma del sacerdocio”.

    Finalmente la cuarta cercanía con el pueblo es la que caracteriza a un buen pastor: “El amor fraterno para los presbíteros no queda encerrado en un pequeño grupo, sino que se orienta y vive mediante la caridad pastoral (cf. Pastores dabo vobis, 23), que impulsa a vivirlo concretamente en la misión. La relación con el Pueblo Santo de Dios no es para cada uno de nosotros un deber, sino una gracia. “El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios” (Evangelii gaudium, 272). El lugar de todo sacerdote está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo”.

    “Una de las características cruciales de nuestra sociedad de “redes” es que abunda el sentimiento de orfandad. Conectados a todo y a todos, pero falta la experiencia de “pertenencia”, que es mucho más que una conexión. Con la “cercanía” del pastor, se puede convocar a la comunidad y ayudar a crecer el sentimiento de pertenencia; pertenecemos al Santo Pueblo fiel de Dios, que está llamado a ser signo de la irrupción del Reino de Dios en el hoy de la historia”.

    Viviendo estas cuatro cercanías revitalizaremos nuestra fe y nuestro ministerio. Así seremos dignos y eficientes discípulos de Jesucristo para cumplir la misión del ministerio sacerdotal en favor de nuestros fieles, y podremos decir como Jesús: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

    Además comprenderemos por qué es necesario “caminar juntos”, a Dios, al Obispo, a los demás sacerdotes y al Pueblo; y obtendremos la convicción necesaria para generar en nuestra Arquidiócesis un proceso sinodal, que sea expresión de la cercanía, de la compasión y de la ternura de Dios, que camina en medio de nosotros y a través de nosotros.

    Los exhorto a expresar la renovación de nuestros compromisos sacerdotales desde el corazón, lugar íntimo donde Dios habla y mueve a nuestro espíritu para descubrir su presencia y llegar a ser testigos fieles de Jesucristo y hacer presente el Reino de Dios en nuestro tiempo y en nuestra querida Arquidiócesis Primada de México. ¡Que así sea!

  • Homilía- Domingo de Ramos- 10/04/22

    Homilía- Domingo de Ramos- 10/04/22

    “Los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey”.

    La Semana Santa la iniciamos, recordando la Pasión de Jesús, que sufrió como testimonio ejemplar, para anunciar que Dios no abandona jamás a sus hijos; pero que no evita que experimentemos el dolor, el sufrimiento, la injusticia o la misma muerte; porque en esas situaciones es cuando se fortalece el espíritu y se experimenta de una manera ciertamente inconcebible a los razonamientos humanos, la presencia del amor de Dios por sus hijos.

    Por eso San Pablo afirma: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”.

    El relato de la Pasión según San Lucas, con varios detalles narra por una parte la fortaleza espiritual de Jesús para afrontar la injusta sentencia de muerte y las calumnias, las burlas, y los tormentos; ya que a la autoridad, no le interesó la verdad y la justicia, sino el control y sometimiento del desbordamiento popular, y mantener la relación de poder entre el Imperio Romano y las autoridades locales.

    Ante lo cual, Jesús recurrió a Dios su Padre, poniendo en Él su confianza, para recibir la ayuda divina, que le diera fortaleza ante la adversidad, como ya lo había anunciado el profeta Isaías: “El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado”.

    Además, Jesús vivió en carne propia la impotencia de los suyos para defenderlo, y el abandono de la muchedumbre, que en su ministerio y predicación lo habían admirado y se habían asombrado de las maravillas, que realizaba en favor de los enfermos, pobres y desamparados.

    Todo un conjunto de adversidad, que le generó la necesidad de invocar a Dios, con el Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Al verme, se burlan de mí: Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere… me taladran las manos y los pies… Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme”.

    Estas situaciones tan extremas y dolorosas las ha vivido la humanidad, a lo largo de la Historia. Por eso, era necesario contar con la luz, que ilumina toda tragedia humana; para eso el Hijo de Dios se encarnó, le dio sentido al sufrimiento y al dolor, y alentó la esperanza, al clarificar que esta vida terrestre no es el final, sino solo tránsito a la vida verdadera, que proporciona la alegría y la felicidad eternamente.

    Estamos viviendo las consecuencias de la Pandemia covid, y a distancia el conflicto aterrador de la guerra en Ucrania, ante estos acontecimientos estamos despertando a la necesaria colaboración solidaria de la sociedad para superarlas.

    Revitalicemos nuestra fe en Cristo, crezcamos en la esperanza, y ante las injusticias y toda clase de violencia, sepamos siempre buscar la reconciliación y la paz, y expresar como Jesús con plena convicción: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

    Elevemos nuestra oración para que esta Semana Santa sea la ocasión oportuna que nos lleve a replantearnos las tendencias dominantes negativas de la cultura actual, y logremos rectificar el camino de la conducta personal y social de nuestro tiempo para alcanzar la anhelada Civilización del Amor.

  • Homilía- La parábola del hijo pródigo – 27/03/22

    Homilía- La parábola del hijo pródigo – 27/03/22

    En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo: por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.

    Jesús afronta con la parábola de los dos hijos, las frecuentes críticas de los fariseos y escribas, que recibía por mantener una actitud abierta y de diálogo con todo tipo de personas, incluidos los pecadores públicos, que eran considerados contrarios a la propuesta religiosa establecida en el pueblo de Israel.

    La parábola cuestiona fuertemente la crítica de los fariseos, ya que el Padre representa a Dios en su amor por todos sus hijos, el hijo mayor que se siente el privilegiado y heredero único, representa a los escribas y fariseos, y el hijo menor a los pecadores públicos que derrochan sus bienes en los vicios. El mensaje se centra en el amor del Padre, que respeta plenamente la libertad de los hijos, pero conserva siempre la esperanza de que los hijos vuelvan a la casa paterna, y compartan su vida en la plenitud del amor.

    Es también parte del mensaje descubrir, que al extraviar el camino y perderse en los vicios, queda la persona con mente y corazón atado a la esclavitud de lo acontecido, y llega con frecuencia a perder la propia dignidad, de ya no considerarse hijo amado, y por tanto, indigno de ser perdonado: “Se puso entonces a reflexionar y se dijo:

    ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”.

    El Padre en cambio ama inmensamente a sus hijos, nunca da por perdido al pecador, y siempre está dispuesto a perdonar y a prodigar su amor a sus hijos: “Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; … traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado? Y empezó el banquete”.

    Sin embargo el hijo mayor, representa al que se siente justo porque cumple con todas sus responsabilidades, pero con frecuencia sin tomar conciencia de que detrás lo sostiene el amor del Padre, llegando a pensar que él, se merece ser hijo y disfrutar de los bienes del padre; por eso no entiende el perdón a su hermano menor, se enoja, al escuchar la noticia: “Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo”.

    En cambio la actitud del Padre es plena de bondad y de amor hacia los dos hijos: “Salió entonces el padre y le rogó que entrara… Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

    Cuando se vive el amor se ingresa a la experiencia de una vida nueva, todo tiene color y sentido, es la vida en el espíritu, conducida ante todo tipo de contextos favorables y adversos, ambos encuentran sentido, porque hay siempre esperanza, y todo se considera un don de Dios. Es el amor incondicional, que le da sentido a la vida, cualquiera que sea el derrotero que vivan las personas, los pueblos y las familias.

    Las alegrías intensifican la convicción de ir por el camino correcto, y generan siempre la confianza necesaria para afrontar con entereza las tristezas y preocupaciones, los sufrimientos y enfermedades, porque se toma conciencia de la transitoriedad de esta vida, y crece la expectativa cierta de la futura, porque el cristiano ya conoce que Cristo entregó su vida por él, como bien expresa San Pablo: “El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo”.

    Este camino es el camino pascual al que hoy se refiere la primera lectura, con la experiencia del pueblo de Israel de atravesar a duras penas el desierto, para llegar a la tierra prometida: “Los israelitas acamparon en Guilgal, donde celebraron la Pascua,.. en la llanura desértica de Jericó. El día siguiente a la Pascua, comieron del fruto de la tierra, panes ázimos y granos de trigo tostados. A partir de aquel día, cesó el maná…y desde aquel año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán”.

    Cada año la Cuaresma invita a los fieles, discípulos de Cristo, a examinar el recorrido vivido y renovar la fe en los misterios de la Encarnación del Hijo de Dios y en la consecuente Redención, que ha realizado para beneficio de todos los creyentes, y hombres de buena voluntad.

    Ésta es la razón del Sacramento de la Reconciliación, que ha encomendado el Señor Jesús a sus apóstoles, como recuerda San Pablo a los Corintios: “Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación… renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”.

    Al llegar a esta cuarta semana de Cuaresma, como secuencia a este año, que hemos proclamado con el objetivo “Revitalicemos nuestra fe”, las Parroquias de la Arquidiócesis de México han preparado algunas iniciativas de actividades socio- caritativas para abrir nuestro corazón a las necesidades de los más pobres, y nuestra disposición para colaborar de manera solidaria y en comunidad.

    La Caridad es la expresión del amor, el testimonio de vida que atrae y evangeliza a través de las obras de misericordia, mostrando el amor de Dios Padre, que ha enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir el amor, y ha llamado a sus discípulos para que a lo largo de la historia, como Iglesia, hagamos presente el amor misericordioso, de quien nos ha creado y destinado a participar en la Casa de Dios Padre por toda la eternidad.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe, durante 5 siglos nos ha transmitido mediante su ternura ese amor incondicional. Pidámosle su ayuda para aprender a imitarla, como buenos discípulos de su Hijo.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza; porque has venido aquí para mostrarnos el cariño y la ternura necesaria, que nos permite confiar en tí y en tu Hijo Jesucristo.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar lo que Dios Padre espera de nosotros, en esta prueba mundial de la Pandemia.

    Ayúdanos en esta Cuaresma a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, guíanos con la luz de la Fe y la fortaleza de la Esperanza para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Auxílianos para que en familia crezcamos en el Amor, y aprendamos a compartir lo que somos y tenemos con nuestros hermanos más necesitados.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste; y convertirnos en sembradores y promotores de la paz.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.