Categoría: Arzobispo

  • Homilía del Domingo de Ramos 2023: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

    ¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”.

    Con esta expresión entendemos la oración de Jesús crucificado, expresando el sentimiento de soledad y abandono, cuando 4 días antes había escuchado del Pueblo congregado en Jerusalén: ¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el Cielo!

    Esta experiencia inesperada, que Dios Padre pidió a su querido Hijo que la viviera, se le llama Kénosis, es decir, el vaciamiento de sí mismo, en este caso: dejar la condición divina para asumir la condición de creatura, y hacerse así, semejante en todo al ser humano, menos en el pecado. De esta manera, Jesús asume el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios para realizar el misterio de la Redención, en favor de la Humanidad.

    La meditación a la que invita la Semana Santa, es para asumir en la esperanza cualquier situación que hayamos vivido de Kénosis, sea de forma personal o al acompañar a un ser querido en dicho trance. De esta manera comprenderemos que no basta ser simplemente admirador de Jesús, sino ser fiel discípulo suyo, que sigue su ejemplo, sus actitudes, sus criterios, y acepta el camino de contrastes, que habitualmente vivimos a lo largo de nuestra existencia.

    Dios no ha querido someter forzadamente al hombre por el camino del bien, porque no le interesa simplemente que el hombre cumpla con lo marcado por la ley; sino que aprendamos a vivir como Jesús; ya que solo en la libertad, el hombre descubre y experimenta el amor: y esa es nuestra vocación.

    Así desarrollaremos la conciencia necesaria para entender y aceptar la vida del espíritu, asumiendo la voluntad de Dios Padre, con plena confianza, y descubriendo la compañía y la fuerza del Espíritu Santo, a lo largo de las experiencias personales y comunitarias.

    Sin duda, progresaremos en el conocimiento de sus enseñanzas, aplicándolas en nuestra vida, especialmente ante los problemas, la dificultades de relación humana, las injusticias sufridas, las calumnias, las incomprensiones, o por la consecuencia de nuestros mismos errores, o ante las epidemias y enfermedades.

    Así creceremos en la experiencia y desarrollo de la vida espiritual, con la que seremos testigos de primera mano, de intervenciones de Dios en nuestra persona, y muchas veces también de lo que Dios realiza en favor de otras personas.

    Aprovechemos la Semana Santa, viviéndola en la expectativa del tercer día, en que Dios Padre rescató de la muerte a su Hijo, resucitándolo. Con esta experiencia afrontaremos cualquier adversidad y conflicto, experimentando la compañía del Espíritu Santo, que fortalece la fe y la necesaria confianza para vivir con la paz interior del discípulo fiel, integrados en la comunidad eclesial. ¡Que así sea!

  • ¿Cómo puede la Iglesia ser luz en la sociedad? Homilía del 19 de marzo

    ¿Cómo puede la Iglesia ser luz en la sociedad? Homilía del 19 de marzo

    ¿A qué despertar se refiere el Apóstol? ¿Por qué invita a ya no dormir? Hoy constatamos con gran claridad, que las tendencias y los dinamismos de la sociedad en general, son para atender el cuerpo. Y se descuida notablemente el desarrollo del espíritu, que hace vivir el cuerpo.

    Estamos dormidos, y por tanto ciegos al no reconocer nuestra vocación a la trascendencia, nuestro destino a la vida eterna. Despierta, tú que duermes; porque solamente en la conjugación del cuerpo y del espíritu se encuentra el sentido de la vida, la razón por la que hemos sido creados, y se encuentra a la par, el camino de la verdad, y de la auténtica y estable felicidad.

    ¿Por qué está la sociedad atraída solo por lo sensible a los ojos y por las necesidades corporales, y notablemente miope o ciega para atender las realidades del espíritu que nos da vida? ¿Por qué nos preocupamos solamente del presente inmediato, sin tener en cuenta el futuro? ¿Qué nos ha faltado a la Iglesia para ser luz y levadura de la semilla del Reino de Dios, que ha traído Jesucristo al mundo? Por tanto, preguntémonos: ¿Cómo puede y debe la Iglesia cumplir su misión de ser luz en la sociedad?

    Un primer criterio es aprender a mirar el corazón. Lo presenta la primera lectura, al narrar cómo es elegido David, el hijo menor de Jesé, quien ni su padre consideró que podría ser el elegido por el profeta Samuel para ser Rey. Dios le advirtió al profeta: “No te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura, pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.

    Debemos pues adentrarnos en nuestro interior, conocernos a nosotros mismos, y compartir con los demás miembros de mi comunidad, lo que Dios siembra en nuestros corazones. Es el momento de pensar, ¿cómo me mira Dios? ¿Quién soy yo? ¿Me siento digno, contento, satisfecho de su amor? Necesitamos darnos cuenta que el Señor mira y está atento a cada persona, está pendiente y esperando una respuesta. Y tener claro, que esa respuesta individual y personal sólo cobrará vida y fuerza, sí se une con los demás, si entra en comunión.

    Este proceso nos ayudará a descubrir la personalidad de mis prójimos, superando la barrera de las apariencias, y desarrollando el arte de fijarnos en el corazón del prójimo.

    Así aprenderemos a superar la ceguera espiritual y a despertar nuestra conciencia. Así recuperaremos el horizonte del destino para el cual fuimos creados.

    Un segundo criterio es dar a conocer a Cristo, narrado en los cuatro Evangelios, y vivido por la Iglesia naciente, como lo atestiguan los escritos del Nuevo Testamento; debemos convertirnos en testigos de sus enseñanzas, dando testimonio con mi vida.

    Por eso, necesitamos participar habitualmente los domingos para encontrarnos con el Señor de la Vida, la Fuente de la Luz, y fortalecer nuestro interior, encontrándonos con Cristo, Palabra y Pan de la vida.

    Un tercer criterio para ser luz en el mundo de hoy es reconocer nuestra propia fragilidad. Para reconocemos frágiles ante los demás, debo permanentemente examinar si soy atraído por la corrupción, por el delito, por el pecado. Así tomaré conciencia de mi propia fragilidad, lo que me facilitará entender al prójimo, sin dejarme impresionar por las apariencias, y a mirar su corazón.

    En el evangelio de hoy, el ciego de nacimiento pide limosna y da a conocer su ceguera. Reconociendo su fragilidad y su impotencia para mantenerse y vivir, y acude a la compasión y ayuda de quienes acuden al templo.

    Jesús es el que se acerca al ciego de nacimiento que pedía limosna. No es el ciego el que busca a Jesús, es Jesús quien busca al ciego. Jesús además provoca con su acercamiento no solo curar al ciego, sino también para enseñanza de sus discípulos, quienes al preguntarle: ¿Quién pecó para que éste fuera ciego, él o sus padres?

    Aparece su errónea y frecuente concepción de considerar los males corporales, como consecuencia del pecado y por tanto un castigo de Dios.

    Jesús corrige esa interpretación: Las realidades y acontecimientos son ocasión para manifestar la intervención de Dios en la Historia de la humanidad, convirtiéndola así en Historia de Salvación.

    La curación del ciego muestra a Jesús tomando tierra y modelando con su saliva el barro, provocando una alusión de la Creación del Hombre y la Mujer. Así Jesús se manifiesta como el Mesías capaz de generar una nueva criatura, lo cual hace referencia a la Nueva Vida del Espíritu, que Jesús explicó a Nicodemo.

    Para responder a la pregunta ¿cómo seré luz en el mundo de hoy? Debo con frecuencia examinar si me quedo en lo sucedido, sin descubrir lo que Dios quiere decirme a través de los acontecimientos; si no percibo lo que Dios me ha ofrecido como signos de su presencia y acción en mi persona y entre mis prójimos.

    Aprendamos y constatemos que la vida de nuestro espíritu, es luz y orientación en los contextos sociales y culturales de nuestro tiempo. Por eso les pregunto: ¿Qué mirada nueva provoca hoy en mí la Palabra de Dios? ¿Me impulsa a transmitir, que he descubierto a Jesús como la luz del mundo, y me convence en ser misionero transmisor de esa experiencia, siguiendo el ejemplo del ciego de nacimiento?

    Nuestra fragilidad nos conduce al temor, que frena manifestarnos como discípulos de Jesús, y así no cumpliremos como Iglesia la misión, de ser Luz del mundo y Sal de la tierra.

    Pidamos el auxilio de Nuestra Madre, María de Guadalupe para que seamos impulsados por su amor, a ser testigos de la presencia de su Hijo Cristo en el Mundo.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza; porque has venido aquí para mostrarnos el cariño y la ternura necesaria, que nos permite confiar en tí y en tu Hijo Jesucristo.

    Te pedimos fortalezcas al Papa Francisco, quien hoy cumple 10 años de haber iniciado su ministerio pontificio, como Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. Y durante este periodo ha insistentemente alentado para que seamos una Iglesia en salida, que vaya al encuentro de quienes no han desarrollado su vida espiritual, su relación con Dios, y por eso duermen y viven en las tinieblas.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar, lo que Dios Padre espera de nosotros, en este tiempo tan desafiante.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, guíanos con la luz de la Fe y la fortaleza de la Esperanza para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Auxílianos para que nuestras familias crezcan en el Amor, y aprendan a compartir lo que somos y tenemos con nuestros hermanos más necesitados.

    Ayúdanos en esta Cuaresma a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir, que a través de la cruz, conseguiremos la alegría de la resurrección.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste; y convertirnos en sembradores y promotores de la paz.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

  • ¿Cómo puedo tener una relación personal con Jesús? Homilía del 5 de marzo de 2023

    ¿Cómo puedo tener una relación personal con Jesús? Homilía del 5 de marzo de 2023

    “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición…En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”.

    Respondiendo al Señor, seremos siempre acompañados y bendecidos por su amor. En la misma tónica San Pablo lo reafirma en el cumplimiento de la misión, que Dios solicita especialmente ante el sufrimiento y obstáculos, que se encuentren en el camino. Para lo cual es fundamental centrar nuestra vida teniendo siempre en cuenta a Jesucristo, en su testimonio y en sus enseñanzas, en las que encontraremos la orientación ante las interrogantes existenciales; y la fortaleza ante las adversidades, incluidas la persecución y la misma muerte.

    “Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente”.

    Esto se ve reflejado en la escena del evangelio, que ofrece un pasaje asombroso y lleno de elementos para vivir el discipulado con fidelidad y entrega. En primer lugar el establecer la relación personal con el Señor Jesús: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado”.

    Pero, ¿cómo puedo yo generar una relación personal e íntima con Jesús, si a Él no lo puedo ver ni acompañar como Pedro, Santiago y Juan?

    La formas cambian, pero las posibilidades del Encuentro con Jesucristo no se limitan a las corporales, se extienden mediante la relación espiritual, aunque intangible, no se toca corporalmente pero es real; ya que puedo desarrollar una experiencia de relación que transforma mi vida.

    Ahora, ¿cuál es el camino? Indudablemente es indispensable el silencio ante el mundo exterior para encontrarme conmigo mismo, descubriendo lo que Dios ha sembrado en mi corazón, y aprendiendo a dar cauce a las buenas inquietudes, que surjan de ese descubrimiento.

    Este arranque es el inicio de un proceso que llamamos Oración desde el corazón: y consiste en la relación con el Espíritu Santo, quien siembra las inquietudes y desarrolla la experiencia para conocer la Voluntad de Dios Padre ante las diversas y variadas circunstancias de mi vida, de mis relaciones interpersonales, y de mis respuestas a los contextos familiares, laborales, y sociales.

    Este proceso de aprendizaje para orar necesita la herramienta fundamental, que debe acompañarme durante toda mi vida: la lectura, meditación y reflexión comunitaria de los Evangelios, para conocer las enseñanzas de Jesucristo y la manera como él respondió en sus circunstancias a su vocación.

    A esto se refiere San Pablo hoy: “Este don, que Dios ya nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio”.

    Estas reflexiones sobre la necesidad de transmitir a las nuevas generaciones la importancia para desarrollar el camino espiritual, en relación con la vida cotidiana y el cumplimiento de las responsabilidades respectivas, es y será indispensable, contar con guías espirituales. El ideal es que en la primera etapa de la niñez sean conducidos por los propios padres en el contexto familiar, vecinal y escolar.

    Se desprende por tanto, la necesaria asistencia que debemos ofrecer a las familias, particularmente como Iglesia. Por esta razón, los Obispos de México hemos acordado intensificar cada año en el mes de Marzo, la atención y ayuda a la Familia. Tanto en la etapa previa de preparación al matrimonio, como posteriormente ofrecer la asistencia para la formación y mutua ayuda entre los matrimonios constituidos.

    La existencia de Movimientos y Asociaciones Apostólicas en favor de la familia, son una enorme ayuda a nuestra sociedad, y por ello debemos apoyarlos en nuestras comunidades parroquiales, tanto en estructuras materiales, facilitando los espacios, como en la asistencia espiritual con los agentes de pastoral, sean sacerdotes, religiosas, o laicos preparados y comprometidos en esta dimensión.

    También llega el próximo miércoles el Día Internacional de la Mujer. Cristo dio testimonio que somos complementarios, que tenemos la misma dignidad, y que sólo en una relación fraterna y solidaria nos conducirá a edificar la anhelada Civilización del Amor. Es urgente e indispensable generar una cultura, sustentada en la misma dignidad de ser hijos de Dios, y desarrollar las Instituciones necesarias para ofrecer una sociedad, en la que todos tengamos opción a la educación, salud, empleo, y vida digna.

    Los invito para que en esta Cuaresma desarrollemos una reflexión personal, familiar, social, en los diversos círculos de nuestra vida, para replantearnos el aprendizaje para ejercer la libertad, aprendiendo a optar siempre el bien, y a evitar el mal. Y de esta manera, superar el individualismo y el subjetivismo, que tanto dañan a nuestra sociedad; ya que están mal encauzados, y conducen al libertinaje y a las adicciones.

    Pidámosle ayuda a Nuestra Madre, María de Guadalupe, a quien le tenemos tanto cariño y confianza, ella supo darle todo su afecto a Jesús, acompañándolo hasta el final en el Calvario, y recibiendo por ello, la gracia de ver a su hijo resucitado.

    Oh María, Madre nuestra, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza; porque has venido aquí para mostrarnos el cariño y la ternura necesaria, que nos permite confiar en tí y en tu Hijo Jesucristo.

    Tú, Esperanza del pueblo mexicano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que nos ayudarás a interpretar, lo que Dios Padre espera de nosotros, en este tiempo tan desafiante.

    En ti confiamos, Madre del Divino Amor, guíanos con la luz de la Fe y la fortaleza de la Esperanza para cumplir la voluntad del Padre, discerniendo en comunidad, lo que el Espíritu Santo siembra en nuestros corazones.

    Auxílianos para que nuestras familias crezcamos en el Amor, y aprendamos a compartir lo que somos y tenemos con nuestros hermanos más necesitados.

    Ayúdanos en esta Cuaresma a convertir nuestras penas y llantos en ocasión propicia para descubrir, que a través de la cruz conseguiremos la alegría de la resurrección.

    A ti nos encomendamos, Madre de la Iglesia, para ser buenos y fieles discípulos de Jesucristo, como tú ejemplarmente lo fuiste; y convertirnos en sembradores y promotores de la paz.

    Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

     

  • ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Homilía del 29 de enero de 2023

    ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Homilía del 29 de enero de 2023

    Si todo lo hemos recibido por Jesucristo, démoslo también por Él.

    “Busquen al Señor, ustedes los humildes de la tierra, los que cumplen los mandamientos de Dios. Busquen la justicia, busquen la humildad”.

    Con estas palabras el Profeta Sofonías anima a los miembros del Pueblo de Israel, que se sienten confundidos ante la trágica muerte del Rey Josías, quien había corregido los malos gobiernos que le precedieron, y restaurado el culto en fidelidad a Dios. Por lo cual, particularmente los más desprotegidos comenzaban a desconfiar si Dios está o no con ellos, e incluso a sentirse abandonados por la Providencia divina.

    En esas circunstancias, el profeta les dirige estas alentadoras palabras: “yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor. No cometerá maldades ni dirá mentiras”.

    Así, el profeta señala que la gente pobre y humilde, minusvalorada, resto de la sociedad, es elegida para transmitir la presencia y la continuidad del pueblo de Israel como el Pueblo elegido por Dios para manifestarse a los demás pueblos. Esta vocación que continúa la Iglesia por mandato de Jesucristo, la reitera el apóstol San Pablo al dirigirse a la comunidad cristiana de Corinto:

    “Hermanos: Consideren que entre ustedes, los que han sido llamados por Dios, no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, según los criterios humanos. Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios”.

    San Pablo aclara contundentemente que la obra de Dios solamente será efectiva si estamos unidos a Cristo Jesús, y que a través de esta comunión con Él, desarrollaremos la sabiduría necesaria para conducirnos rectamente en el cumplimiento de nuestra particular vocación, obteniendo la justicia, la santificación y la redención: “por obra de Dios, ustedes están injertados en Cristo Jesús, a quien Dios hizo nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención.

    La consecuencia es que debemos ser humildes y reconocer que todo lo hemos recibido gracias a Jesucristo, el Señor: “Por lo tanto, como dice la Escritura: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.
    El Evangelio reitera en labios de Jesús esta misma afirmación sobre la necesidad de la humildad en el discípulo de Cristo, al proclamar que la pobreza de espíritu es indispensable para obtener la participación y la experiencia del Reino de los Cielos:

    “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Por tanto, la pobreza de espíritu es consecuencia de la humildad, virtud que genera el reconocimiento que todo lo que poseemos y adquirimos a lo largo de nuestra vida es don y regalo de Dios.

    Ahora bien, si lo que tenemos nos viene por la generosidad divina, debemos atender a las personas que no cuentan habitualmente en la vida social de una población; es decir, los pobres y todo tipo de marginados, deben ser siempre atendidos y auxiliados en sus necesidades temporales, por quienes si hemos recibido dones materiales, y reconocemos que provienen de la Providencia divina.

    En esta reflexión entenderemos mejor porque la Caridad es la máxima de las virtudes que debe practicar un discípulo de Cristo, como tantas veces lo ha señalado el Magisterio de la Iglesia; y en estos años el Papa Francisco, lo ha mostrado en su ministerio, indicándonos que al encontrarnos con ellos y asistirlos, nos encontramos con Cristo.

    Hay otras dos bienaventuranzas en la parte final que completan nuestra reflexión: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Es decir, también los hijos de Dios debemos promover y practicar la justicia, y procurar la buena relación entre los miembros de una sociedad. Lo cual, sin lugar a dudas, afectará a todos los que proceden arbitrariamente, buscando solo su beneficio y dejando de lado la práctica de la justicia. Esto precisamente es lo que, en muchas ocasiones, provoca la injuria, la calumnia y la persecución contra los que buscan la justicia, la reconciliación y la paz.

    El discurso de las Bienaventuranzas, culmina afirmando: “Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Lo cual sin duda sorprende el estilo de la vida humana, que aprecia más a quien tiene riquezas temporales, o poder por la autoridad que ejerce.

    Así Jesús previene a sus discípulos, que siguiendo sus enseñanzas no obtendrán reconocimiento y éxito en esta vida; sino al contrario, estarán expuestos a la injuria, la persecución y la calumnia. Porque con el estilo de vida que mira a la vida eterna y no se queda con la mirada miope de la vida terrena, siempre se tocarán intereses meramente humanos, que buscan el placer, las riquezas y el poder.

    Por eso los invito a retomar y apropiarnos del Salmo 145, con el que hoy respondíamos a la Palabra de Dios: “El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo. Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado. A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos”.

    Dirijamos ahora nuestra mirada y nuestra súplica a Nuestra Madre, María de Guadalupe, para aprender de ella a ser humildes y reconocer que todo bien procede de Dios, Nuestro Padre; y pidamos su auxilio para fortalecer nuestra generosidad con el pobre y el necesitado.

    Madre de Dios y Madre nuestra, conscientes del tiempo tan desafiante que vivimos ante tanta ambigüedad y confusión de mundo actual, donde ha crecido la violencia y el odio, y aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, ayúdanos a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, orienta nuestro camino para estar vigilantes, buscando el bien, la justicia y la verdad.

    Con tu cariño y ternura transforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad, para lograr una verdadera conversión del corazón, y generemos una Iglesia Sinodal, aprendiendo a caminar juntos; así seremos capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a manifestar a través de nuestras vidas que Cristo, tu Hijo Jesús, vive en medio de nosotros, y nos convirtamos así en sus discípulos y misioneros en el tiempo actual.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino, como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Tres condiciones para recibir la bendición de Dios. Homilía del 1 de enero de 2023

    “El Señor habló a Moisés y le dijo: Dí a Aarón y a sus hijos: De esta manera bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz”.

    ¿Qué necesitamos para recibir la bendición de Dios?

    Hay tres características fundamentales: la primera es la conciencia de recibir con la bendición, la protección de Dios para conducirnos en la vida, en nuestra peregrinación terrestre.

    La segunda, consiste en decidir nuestras actividades, según la voluntad de Dios, esclarecida en el cotidiano proceso de discernimiento espiritual para descubrir lo que Dios nos pide, y no simplemente actuar según mi voluntad y mi querer.

    La tercera es desarrollar la confianza en la benevolencia de Dios, así Él nos transmitirá la paz interior, que será la clara señal, de que hemos obrado en consonancia con la voluntad divina; es decir, hemos hecho lo que esperaba Dios que hiciéramos; y por esta razón lo que hagamos tendrá consecuencias muy positivas, y muchas veces de manera inesperada y sorprendente.

    “En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre”. Los pastores supieron responder a la bendición de Dios, que mediante el ángel recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús; fueron a todo prisa a buscarlo, y encontraron al niño recostado en un pesebre, acompañado de María y de José. Ellos, a su vez, se convirtieron en transmisores de lo que habían visto y oído:

    “Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos los oían quedaban maravillados”. Al recibir conscientemente la bendición de Dios podremos, como los pastores, convertirnos en discípulos misioneros, capaces a nuestra vez, de transmitir la presencia de Dios, la paz interior, que solo Dios sabe regalar.

    Siguiendo este ejemplo de los pastores, la Iglesia será una comunidad de discípulos, que transmiten la bendición de Dios a sus prójimos, y transforma las relaciones personales y sociales, fortaleciendo a las instituciones, que garantizan el orden y la paz social.

    La Iglesia cumplirá así su misión de ser factor de la anhelada paz al interior de una nación, y entre las naciones, superando los conflictos y las guerras, que siempre son producto de intereses egoístas y parciales, que propician el olvido y abandono de la conciencia de ser habitantes peregrinos, que vivimos en una misma Casa Común, que es la Tierra, nuestro planeta.

    A este respecto una vez más, el Papa Francisco, nos alienta en el mensaje, enviado a toda la Iglesia y a los hombres de Buena Voluntad, con motivo de la quincuagésima sexta Jornada Mundial por la Paz en el Mundo: “¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico.

    Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común”.

    Con la llegada de Jesucristo ha llegado la plenitud de los tiempos, como lo recuerda San Pablo: “Hermanos: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”. Es decir con Jesucristo, que es la bendición de Dios en persona, hemos recibido la capacidad y hemos conocido el camino para lograr reconocernos hermanos e hijos de un mismo Dios y Padre.

    Pero, debemos advertir que no alcanzaremos la plenitud absoluta en este peregrinaje hacia la Casa del Padre, pues aunque ya Dios ha hecho lo que tenía que hacer, depende de cada generación lograrlo. Queda a nuestra disposición y libertad recorrer ese camino, depende de la libertad de cada ser humano y de la conjugación de los esfuerzos puestos en comunión.

    El Papa Francisco en su mensaje, citando a San Pablo, permite culminar nuestra reflexión de manera esperanzadora: “Hermanos, en cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente, que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche” (1 carta a los Tesalonicenses 5,1-2).

    Con estas palabras, el apóstol Pablo invitaba a la comunidad de Tesalónica, mientras esperaban su encuentro con el Señor, a permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en la tierra, con capacidad de una mirada atenta a la realidad y a los acontecimientos de la historia.

    Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, orienta
    nuestro camino. Con este ánimo san Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante, buscando el bien, la justicia y la verdad: «No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios» (5,6). Es una invitación a permanecer despiertos, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras.

    Este primer día del 2023, a los 8 días de la Navidad, celebramos la festividad de Santa Maria, Madre de Dios. A ella acudamos como Madre nuestra y Madre de la Iglesia que nos acompañe y auxilie para seamos la Iglesia discípula y misionera, como ella lo ha sido.

  • ¿Cómo es el consuelo que nos da Dios? Homilía 06/11/22

    ¿Cómo es el consuelo que nos da Dios? Homilía 06/11/22

    “Hermanos: Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y nuestro Padre Dios, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, conforten los corazones de ustedes y los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras”.

    ¿Cuál es el consuelo eterno, que Dios nos proporciona en Cristo Jesús?

    Estos últimos domingos del año litúrgico, la liturgia presenta textos que recuerdan el destino del hombre, que muestran ese horizonte final, y ayudan a contemplar para qué ha llamado Dios a cada persona; y así orientados por esta luz, podamos mantener el rumbo y fortalecer siempre la esperanza, no obstante las circunstancias en las que se pueda vivir.

    La razón de esta vida terrestre, no termina con la muerte, sino al contrario, con la muerte se afianza y se llega al destino final. De ahí la relación indispensable entre lo que se vive y el futuro que se espera.

    Por esta razón la mirada del hombre no debe clavarse de manera miope ante las adversidades; tiene que contemplar el más allá, evitando quedarse en el momento presente en que se viven. Es en esos momentos cuando el horizonte de la resurrección de los muertos se vuelve indispensable.

    Indudablemente la promesa garantizada, mediante la Resurrección de Jesucristo, de un destino eterno, de una vida que no tendrá fin, que será participar de la vida divina, que es el amor pleno, que relaciona, une y, mantiene el entendimiento y la comunión entre todos los participantes en la Casa de Dios Padre en una eterna alegría, es la roca firme que nos sostendrá con gran entereza y paz interior.

    La resurrección de Jesucristo de la injusta y escandalosa muerte en cruz, es la luz que da sentido a la muerte, sea cual sea la manera en que acontezca. La Fe generada al aceptar el testimonio de Jesucristo, mediante los Apóstoles y sus sucesores, proporciona la fortaleza necesaria para afrontar la enfermedad, las adversidades, el sufrimiento, la injusticia y toda clase de males, que hallamos afrontado en esta peregrinación terrestre.

    En el Evangelio, Jesús responde a los Saduceos, que no creían en la resurrección y que solamente pensaban que Dios concedía la vida, pero que terminaba con la muerte. Por tanto, consideraban que la relación con Dios era para obtener con su favor, la abundancia de bienes terrenales.

    Los Saduceos eran la clase más rica y poderosa en la época de Jesús. Consideraban que cumpliendo con las tradiciones religiosas obtendrían: dinero, riquezas, y poder. Su gran preocupación era satisfacer el presente: sus necesidades, sueños y proyectos, aún más allá de lo ordinario, y por eso justificaban poder extralimitarse con su poder económico, político o social para lograr todos sus deseos, negociando con cualquier tipo de autoridad en la tierra. Se concentraban en el hoy, menospreciando a quienes aceptaban la trascendencia.

    El Evangelio de hoy relata cómo los Saduceos, que no creían en la resurrección de los muertos, cuestionan a Jesús con un problema ridículo, ¿cómo va a ser la vida de siete hermanos que sucesivamente se casaron con la misma mujer sin tener descendencia, qué pasará con ellos en la vida futura? Jesús les responde a fondo: la vida futura, no tiene los condicionantes de la vida terrena.

    Mientras que aquí la sexualidad y otras categorías de la materia y del cuerpo tienen sentido, en la dimensión de la vida eterna pasarán a una dimensión espiritual como la de los ángeles. Es decir, así como nuestro cuerpo mortal se transformará, también las condiciones de la vida eterna se transformarán para poder entrar en plena relación e intimidad con la vida divina, con la vida de Dios.
    Cada persona que está en el mundo es un reflejo, una imagen de Dios, especialmente al ejercer la libertad y desarrollar la capacidad de amar. Estos son los elementos que son primicia de la vida, que se tendrá en el más allá.

    De ahí la importancia de centrar la vida en la generosidad, en el compartir, en la solidaridad con los demás, especialmente con los más necesitados; ya que éste es el ejercicio que permitirá aprender a amar. El amor es la naturaleza de Dios, por tanto el hombre debe prepararse para la vida eterna, ejercitándose en aprender a amar.

    Jesús también afirma que para Dios todos están vivos. De ahí surge la pregunta, ¿aquellos que hicieron tanto daño a los demás, que pasará con ellos? La Iglesia tradicionalmente ha contemplado tres fases, en el desarrollo de un ser humano para que alcance la vida eterna.

    La primera fase es esta vida, la vida terrena. Se le da el nombre de Iglesia peregrinante, la iglesia que camina a su destino. La segunda fase es la etapa intermedia, purificatoria, se le llama Iglesia purgante; es decir, aquellos que no desarrollaron el amor, que no aprendieron a entregarse generosamente en el amor, tendrán una etapa de purificación, para obtener ese aprendizaje indispensable y poder compartir la vida eterna con Dios. La fase final, la definitiva, es la vida eterna. La llamada Iglesia triunfante, la que llega al destino final

    Esta consideración ayuda a entender los consejos que da San Pablo, y que recomienda a la comunidad de Tesalónica: Sean unos con otros amables, dense un consuelo fraterno, conforten sus corazones, dispónganse a toda clase de obras buenas, y oren por nosotros, para que Dios nos libre de la maldad. Dios es fiel y les otorga la fortaleza.

    Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien ha venido para acompañarnos en el aprendizaje de amar, manifestándonos su ternura y su comprensión. Aprendamos de ella, y confiemos con plena confianza en su amor.

    «Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa, haznos valientes para generar y promover los cambios que se necesitan en busca del bien común. Con tu cariño y ternura transforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad, para lograr una verdadera conversión del corazón, y generemos una Iglesia Sinodal, aprendiendo a caminar juntos; así seremos capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Madre de Dios y Madre nuestra, conscientes de la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, ayúdanos para que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Ha crecido mi confianza en Dios? – Homilía 16/10/22

    “Cuando Moisés tenía las manos en alto, dominaba Israel, pero cuando las bajaba, Amalec dominaba”.

    Las lecturas de hoy proponen como tema central la necesidad de la oración. Entendida no solamente como la expresión de la súplica confiada a Dios para invocar y recibir su ayuda, sino para aprender a reconocer la ayuda recibida de parte de Dios.

    El gesto de levantar las manos que realiza Moisés para dirigirse a Dios significa que, tanto en la mente y en el corazón, como en la misma vida, es decir en la cotidianidad de nuestra conducta y acciones, debemos descubrir la presencia del Espíritu Santo, que acompaña al creyente para lograr adecuar su comportamiento al cumplimiento de la voluntad de Dios Padre.

    De la misma manera debemos aprender a descubrir como Moisés, que al conectar nuestras acciones con la voluntad divina causa inmensa alegría y una profunda satisfacción de nuestro proceder.

    Pero hay muchas ocasiones en las que nuestra voluntad flaquea ante las atracciones y seducciones para buscar solo nuestro propio bien, descuidando la repercusión de las mismas, que causa a los demás. Esto significa el cansancio de Moisés de tener las manos levantadas tanto tiempo. Ante esta situación, muy humana y frecuente, necesitamos como Moisés, quién nos ayude a mantener nuestra mirada y nuestro corazón levantado hacia Dios, Nuestro Padre.

    ¿Preguntémonos de qué manera, o de quién, podremos auxiliarnos en nuestros cansancios y agotamientos, ante el constante esfuerzo de cumplir la Voluntad de Dios en nuestra vida?

    Hoy San Pablo ofrece la respuesta, al compartirla a su discípulo Timoteo: “Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación”.

    Evidente, que no todos la han aprendido desde niños, pero si consideramos nuestra ignorancia sobre la Palabra de Dios y la reconocemos que está en un nivel inicial, y acudimos a quienes pueden acompañar el aprendizaje para conocer las Sagradas Escrituras, adquiriremos “la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”.  De aquí se desprende que así como recibimos ayuda, así también la deberemos ofrecer posteriormente, a quienes nos lo pidan, o a quienes veamos propicio compartirla.

    Nuestra convicción al adentrarnos en la escucha de la Palabra de Dios, y en el discernimiento para la toma de decisiones, que sin duda nos conducirá su aplicación a nuestra vida, nos irá manifestando la verdad de lo afirmado por San Pablo: “Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena”.  Así nos convertiremos no solo en discípulos de Jesucristo, sino pasaremos a ser Apóstoles, es decir transmisores de sus enseñanzas a nuestros prójimos.

    En esto consiste la evangelización, y es lo que necesita la Iglesia para prolongar la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.

    En el Evangelio, Jesús advierte a sus discípulos que los desafíos provocan de ordinario el desencanto y sentimientos de frustración cuando no se alcanzan los objetivos planteados, y por eso les propone la Parábola de la viuda necesitada de justicia, y que no encontraba respuesta del Juez injusto.

    “En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario; por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando”.

    La paciencia acompañada de la constancia todo lo alcanza, y mueve montañas, que bien sabemos es posible con la ayuda de Dios. Además Jesús les anima diciéndoles: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar”.

    Pero también debemos advertir que Jesús deja en claro, que Dios respetará nuestras decisiones, y no obligará por la fuerza de una imposición, la manera de actuar y de relacionarse. ¡Nos deja en plena libertad!

    Por eso, lanza una duda extremadamente dolorosa, que está en la posibilidad de suceder: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Preguntémonos a la luz de esta advertencia:

    – ¿Ha crecido mi confianza en Dios, y levanto mis manos en oración, pidiendo la ayuda divina?
    _ ¿Soy consciente de la libertad que me ha dado Dios para elegir el bien o el mal?
    _ ¿Respeto a los demás, y evito imponerle lo que yo creo?
    – ¿Descubro que he realizado la experiencia de ayudar a alguien en la búsqueda
    de la Voluntad de Dios Padre, y en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo acompañándolo, pero dejándolo en libertad para dar sus respuestas?

    En un breve momento de silencio presentemos a Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras aspiraciones y necesidades, confiando en su amor y su auxilio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa, haznos valientes para generar y promover los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Con tu cariño y ternura trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad, para lograr una verdadera conversión del corazón, y generemos una Iglesia Sinodal, aprendiendo a caminar juntos; así seremos capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres.

    Madre de Dios y Madre nuestra, conscientes de la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, ayúdanos para que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía -La Sagrada Familia, modelo a seguir- 26/12/21

    Homilía -La Sagrada Familia, modelo a seguir- 26/12/21

    “El Señor honra al padre de los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre”.

    Retomando algunas ideas y expresiones de la Encíclica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”, cuyo título “La Alegría del Amor”, describe en dos palabras, la finalidad del matrimonio y la familia como el proyecto de Dios para la humanidad. Expongo cinco puntos en base a los Nros. 11, 13, y 15 de la Encíclica.

    “El Señor honra al padre de los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre”.

    Retomando algunas ideas y expresiones de la Encíclica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”, cuyo título “La Alegría del Amor”, describe en dos palabras, la finalidad del matrimonio y la familia como el proyecto de Dios para la humanidad. Expongo cinco puntos en base a los Nros. 11, 13, y 15 de la Encíclica.

    La familia imagen de Dios. La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro, que el Decálogo prohíbe—, sino la que es capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios, porque la capacidad de generar de la pareja humana es el camino, por el cual se desarrolla la historia de la salvación.

    Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el fundamental misterio de Dios Trinidad, ya que la visión cristiana contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente.

    Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor en la familia divina, en la Santísima Trinidad, es el Espíritu Santo. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina.

    La sexualidad al servicio del amor. El verbo «unirse» en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: «Mi alma está unida a ti» canta el orante en el Salmo 63,9. Se evoca así la unión matrimonial no solamente en su dimensión sexual y corpórea sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es «ser una sola carne», sea en el abrazo físico, sea en la unión de los corazones y de las vidas y, quizá, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí, uniéndolas no sólo genéticamente sino también espiritualmente, las dos «carnes».

    De aquí las recomendaciones que hemos escuchado en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Quien honra a su padre, encontrará alegría en sus hijos y su oración será escuchada; el que enaltece a su padre, tendrá larga vida y el que obedece al Señor, es consuelo de su madre. Hijo, cuida de tu padre en la vejez y en su vida no le causes tristezas; aunque chochee, ten paciencia con él y no lo menosprecies por estar tú en pleno vigor”.

    La familia célula de la Iglesia. Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina cuando el Apóstol San Pablo afirma: “Gran Misterio es éste, que yo relaciono con la unión entre Cristo y la Iglesia” (cf. Ef 5,33). Éste es el contexto en el cual comprendemos la recomendación que hemos escuchado del apóstol en la segunda lectura, y que lamentablemente ha sido con frecuencia mal interpretada en nuestro tiempo: “Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos, como lo quiere el Señor. Maridos, amen a su esposas y no sean rudos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque eso es agradable al Señor. Padres, no exijan demasiado a sus hijos, para que no se depriman”.

    La familia es la Iglesia doméstica. Bajo esta luz recogemos otra dimensión de la familia. Sabemos que en el Nuevo Testamento se habla de «la iglesia que se reúne en la casa». El espacio vital de una familia se podía transformar en iglesia doméstica, en sede de la Eucaristía, de la presencia de Cristo sentado a la misma mesa. En efecto, durante los primeros siglos la Iglesia nació y creció, reuniéndose en alguna de las casas de los creyentes, donde se congregaban para escuchar la Palabra de Dios, y para la celebración de la Eucaristía.

    Teniendo en cuenta esa historia de la Iglesia naciente, podemos meditar y profundizar la recomendación que hoy escuchamos de San Pablo dirigida a la comunidad de Colosas:   “Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza. Enséñense y aconséjense unos a otros lo mejor que sepan. Con el corazón lleno de gratitud, alaben a Dios con salmos, himnos y cánticos espirituales; y todo lo que digan y todo lo que hagan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dándole gracias a Dios Padre, por medio de Cristo”.

    La Sagrada Familia modelo a seguir. La Providencia divina ha querido plasmar un ejemplo edificante en la experiencia hermosa de la Sagrada Familia, que hoy celebramos, con sus diversas experiencias en donde el diálogo y la comunicación entre sus miembros, y sobretodo el espíritu de humildad y de profunda convicción para aceptar la Voluntad de Dios, los fortaleció en las variadas y difíciles situaciones que vivieron.

    Así hemos escuchado hoy en el Evangelio cómo resolvían favorablemente en un espíritu de plena solidaridad, y de amor y respeto de uno al otro: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia. Él les respondió: ¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas”.

    Hoy día es muy frecuente encontrar familias heridas, cuyos miembros se mantienen con sentimientos de rencor, envidia, y celos entre sí; y no pocas veces enfrentamientos violentos en su interior. Cuánto necesitamos en nuestro tiempo meditar y contemplar a la Sagrada Familia de Jesús, María, y José.

    Aprendamos de ellos para practicar el respeto a la autoridad del Padre y de la Madre sin descartar el diálogo conciliador que escucha, responde, y mirando el bien común alcanza la comprensión y la disposición de caminar juntos, a la luz de la Palabra de Dios. Los invito a repetir en su corazón la siguiente oración, formulada por el Papa Francisco para invocar a la Sagrada Familia.

    Oración a la Sagrada Familia

    Jesús, María y José en Ustedes contemplamos el esplendor del verdadero amor, y a Ustedes, confiados, nos dirigimos:

    Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.

    Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.

    Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

    Jesús, María y José, escuchen y reciban benignamente nuestra súplica confiada. Amén.

  • Homilía- El regalo que Dios nos ha dado- Misa Navidad- 25/12/21

    Homilía- El regalo que Dios nos ha dado- Misa Navidad- 25/12/21

    Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

    Dios ya había hablado y se había comunicado con la humanidad a través de su obra creadora, y especialmente de la hermosa Casa Común que le preparó, y especialmente se dirigió a su pueblo elegido Israel, enviándole diversos mensajeros.

    Así lo hemos escuchado en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por medio del cual hizo el universo”.

    El Hijo de Dios es la Palabra que comunica, con la fuerza del Espíritu Santo, lo que escucha del Padre. El Hijo al encarnarse se ha hecho Palabra para establecer el diálogo permanente que generará vida y vida en abundancia, en todo aquel que la escuche y la ponga en práctica.

    La misma Carta afirma: “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser y el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa. Él mismo, después de efectuar la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la majestad de Dios, en las alturas, tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más excelso es el nombre que, como herencia, le corresponde”.

    De ahora en adelante el hombre sabrá comunicarse con Dios, como un hijo se relaciona con su padre, y que teniendo semejante Padre tomará conciencia que ha nacido para la eternidad; y descubrirá que la gracia y la verdad son mayores dones que el conocimiento de la ley y de las normas, éstas son indicadores para señalar el camino de la vida, pero escuchar y dialogar con el Hijo es comunicarse con Dios Trinidad. Por eso Jesús se definió como el Camino, la Verdad, y la Vida.

    ¿Descubres que este camino se realiza como comunidad y no aisladamente ni individualmente? De ahí se desprende la necesidad de la Iglesia, como expresión de la experiencia comunitaria, lugar de encuentro con Dios y con los hermanos creyentes.

    El profeta Isaías con gran alegría anunció lo que en Jesús se concretó: “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, al mensajero que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: Tus centinelas alzan la voz y todos a una gritan alborozados, porque ven con sus propios ojos al Señor, que retorna a Sión”.

    El envío de un mensajero, Juan Bautista, quien anunció que él era solo testigo de la luz, tuvo buena respuesta, pero se quedó corta ante la llegada de la luz, que era la misma vida. La promesa que Dios había hecho a su pueblo de enviar un Mesías para establecer un Reino superior al de David, la ha cumplido de una manera tan sorprendente e inimaginable, que el propio pueblo preparado para recibirla, no supo reconocer la inmensa gracia de recibir al mismo Hijo de Dios.

    Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios”.

    Son dos aspectos indispensables a considerar para adentrarnos y valorar el gran don, con el que Dios Padre ha manifestado su inmenso e inconmensurable amor por todos los hombres: el cumplimiento de la promesa y la superación a la expectativa mesiánica del pueblo elegido.

    Dios ha asumido nuestra condición humana en la persona del Hijo, de Jesús de Nazaret: para enseñarnos a recorrer el camino de la vida, para aprender a disfrutar los gozos y esperanzas, y cómo afrontar las tristezas y angustias, los sufrimientos e injusticias. Esto es lo que con gran alegría celebramos en la Solemnidad de la Navidad.

    La maravilla no es solamente que ha llegado la vida misma, fuente de la luz que ilumina las tinieblas, sino que, quien la acepta nace de nuevo y es engendrado como hijo de Dios, y como tal está invitado a participar de la gloria de Dios, y a recibir la gracia y la verdad. En una palabra, como hijo verá a Dios y participará de su vida divina.

    Por eso la Navidad culmina con la Pascua. La encarnación del Hijo de Dios ha tenido la clara finalidad de redimir al hombre de sus extravíos y pecados, de sus angustias y ansiedades, de sus fallas y limitaciones para llevarnos a disfrutar de la auténtica alegría, que propicia el amor auténtico de saber, que quien nos regaló la vida lo ha hecho por el inmenso amor que nos tiene.

    ¿Comprendo la grandeza del regalo que Dios nos ha dado al enviarnos a su Hijo como Mesías, y al destino que nos ha preparado? ¿Te llena de confianza y de esperanza?

    Escuchando a Dios Hijo, la humanidad podrá caminar con la luz necesaria para superar las tinieblas del error, y convertirse en discípulo y miembro de la comunidad mesiánica, proyectada desde y para la eternidad.

    La Navidad se ha celebrado como fiesta familiar, una ocasión de encuentro entre quienes más viven y expresan el amor y se mantienen en él, convirtiéndose en células de la sociedad para fomentar y acrecentar la fraternidad y la solidaridad.

    Expresémosle a Dios, Nuestro Padre, nuestra gratitud por el gran don que hemos recibido en la persona de Jesús, y por sus Padres María y José, quienes aceptando la voluntad divina hicieron posible la Encarnación del Hijo de Dios. ¡Feliz Navidad!

  • Homilía- Necesitamos hacer nuestro el testimonio de María- 19/12/21

    Homilía- Necesitamos hacer nuestro el testimonio de María- 19/12/21

    De ti, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel… Él se levantará para pastorear a su pueblo con la fuerza y la majestad del Señor, su Dios. Ellos habitarán tranquilos, porque la grandeza del que ha de nacer llenará la tierra y él mismo será la paz”.

    Esta profecía del envío de un pastor, que hará presente la fuerza y la majestad de Dios, se ha cumplido cabalmente en la persona de Jesucristo, incluso superando la expectativa generada de la llegada del Mesías, ya que Dios mismo en la persona del Hijo tomó cuerpo en el seno de María; uniendo así la divinidad con la humanidad, misterio, que sobrepasa la mente humana, pero hecho realidad en Jesucristo.

    Desde este acontecimiento el autor de la carta a los Hebreos, en la segunda lectura ha manifestado el cambio radical de la relación del hombre con Dios: “No quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo. No te agradan los holocaustos ni los sacrificios por el pecado; entonces dije – porque a mí se refiere la Escritura –: “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”.

    En el Antiguo Testamento se consideró que el pueblo de Israel debía cumplir las normas y los ritos establecidos para agradar y obtener de Dios respuesta a sus necesidades materiales y espirituales, mientras que, a partir de la vida, pasión, muerte y resurrección, Jesús se ofreció a sí mismo para obtener el perdón de nuestros pecados, y garantizar con su entrega el camino de la vida y la esperanza de la eternidad: “Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo. Y en virtud de esta voluntad, todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez por todas”.

    En la Celebración de cada Eucaristía se actualiza en beneficio de sus participantes el perdón y la reconciliación con Dios; y para todos aquellos que presentan en el ofertorio su ofrenda existencial, sus buenos propósitos, sus obras de caridad y sus esfuerzos de vivir como buenos discípulos de Cristo, con el pan y vino que serán consagrados como signo de la presencia de Cristo, reciben el auxilio del Espíritu Santo, que los fortalece para continuar en el camino de esta vida de la mano de Dios, Nuestro Padre.

    De esta manera en cada Eucaristía que participamos, no solo encontramos a Jesucristo, sino a cada una de las tres personas divinas:

    Al Padre al descubrir mediante la luz de la Palabra de Dios lo que espera de nosotros, y luego se prolonga dicho encuentro al cumplir su voluntad.

    Al Hijo en el signo sacramental de su cuerpo y de su sangre mediante el pan y el vino consagrado en su memoria.

    Al Espíritu Santo cuando le damos cabida a las inquietudes que se mueven en nuestro interior y abrimos nuestro corazón a la escucha de la Palabra y a la respuesta que dentro de nosotros suscita su presencia, y en consecuencia el Espíritu Santo nos fortalece para llevar a la práctica sus inspiraciones.

    ¿Qué necesitamos para recorrer este camino? Seguir el ejemplo de Nuestra Madre María: Creer lo que celebramos y escuchamos, compartir lo que vivimos con los que integramos nuestra comunidad sea la familia, sea los amigos y/o los vecinos, sea con la comunidad de creyentes en la misma fe.

    Recordemos el camino de María: Al anuncio del Arcángel Gabriel que sería la madre del Salvador, ella respondió: “Yo soy la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que me has dicho”. Al compartir su experiencia con su prima Isabel, la confirmó en su fe: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

    Creer es causa de alegría, de la dicha de comprobar no solamente la veracidad de lo anunciado y prometido, sino del gozo que causa vivirlo, y a través de la experiencia descubrir el amor, de quien nos ha creado y regalado la vida.

    María es la discípula fiel y ejemplar de Jesucristo, fiel porque mantuvo en todo momento su fe y su confianza en Dios, incluida en la pasión y muerte injusta de su amado Hijo. La contemplamos dolorosa, pero de pie acompañando hasta el final a su querido Hijo. Nos muestra así el camino de quien tiene fe y confianza, de quien se sabe elegida y amada por Dios, su Padre y su Creador.

    La visita de María a su prima Isabel, y sus positivos efectos del encuentro, son una expresión de la conveniencia y aún más de la necesidad de compartir nuestra vida interior entre quienes confesamos la misma fe. Así se fortalece el caminar de los cristianos, y ésta es la razón de integrar y formar parte de un grupo de meditación y reflexión de la Palabra de Dios.

    Esta experiencia conducirá a los miembros de la comunidad a desarrollar fuertes lazos de amistad y a reconocerse hermanos solidarios, no solo con los mismos miembros, sino con los demás que profesamos la misma fe en Jesucristo, dando por consecuencia el ejercicio habitual de la responsabilidad social.

    De la mano de Nuestra Madre, María de Guadalupe, elevemos nuestra oración a Dios Nuestro Padre, como lo proclamábamos en el Salmo responsorial: “Escúchanos, Pastor de Israel;… manifiéstate; despierta tu poder y ven a salvarnos. Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”.

    Hoy más que ayer, dados los nuevos y acelerados cambios sociales, necesitamos recordar el testimonio de María para hacerlos nuestros y renovar nuestra querida Iglesia; y al imitarla, no solamente descubriremos la causa de nuestra alegría, y la esperanza fundada de la vida eterna; sino también daremos testimonio en nuestra sociedad, de que es posible promover y vivir la fraternidad y la solidaridad como hermanos y miembros de la familia de Dios, Nuestro Creador y Redentor. En este Adviento pidámosle a Nuestra Madre, que nos acompañe para seguir su ejemplo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, en la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, con plena confianza, mueve nuestro corazón para promover que cada persona cuente con la alimentación y los demás recursos que necesita.

    Que podamos sentir ahora más que nunca que todos estamos interconectados y que somos interdependientes, permítenos escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres. Que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

    Madre de Dios y Madre nuestra, buscamos refugio bajo tu protección. Trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad para que podamos experimentar una verdadera conversión del corazón.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.