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  • Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. Él les dijo: ¿Qué es lo que desean? Le respondieron: Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria. Jesús les replicó: No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado? Le respondieron: Sí podemos”.

    Ojalá que también nosotros tengamos la decisión firme, como Santiago y Juan, que efectivamente entregaron sus vidas por la causa del Evangelio, incluso hasta la muerte sufrida en el martirio, siguiendo el camino de entrega de la vida, como Jesucristo lo hizo al ser crucificado.

    Recordemos también lo que hoy escuchamos en la segunda lectura: “En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno”.

    Muchas veces sin duda viene a nuestra mente el cuestionamiento del por qué Dios se queda impasible y en silencio ante la multiplicación del mal en el mundo. Ciertamente nuestra mirada es muy limitada, somos miopes y no alcanzamos a ver más allá de los años siguientes, y nos preocupa habitualmente solo el presente y el futuro inmediato.

    Además nos cuesta mucho trabajo aprender del pasado, y proyectar y comprometernos para un futuro, que consideramos difícil de alcanzar, e incluso muchas veces, cuando advertimos que no nos tocará disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos, dejamos de colaborar en bien de la nuevas generaciones.

    Esta mirada corta, por la misma brevedad de la vida, nos dificulta comprender el mal en el presente. Por esta razón Dios Padre envió a su Hijo al mundo para que asumiera la condición humana y proyectara en su conducta el camino a seguir ante la presencia del mal, y el sufrimiento en general. Este es el bautismo al que se refiere Jesús a la pregunta de Santiago y Juan: ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?

    En la mística cristiana del sacrificio redentor podremos entender la profecía de Isaías, que la Iglesia ve cumplida en Jesucristo: “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos”.

    El mal y los sufrimientos que origina son propiciados porque Dios nos creó en y para la libertad, condición indispensable para aprender a amar, porque nos creó con la capacidad para entender, valorar y compartir la vida divina, la vida de Dios Trinidad, que es la vida del amor, que se caracteriza por actuar siempre buscando el bien de los demás por encima del bien personal.

    Por eso la advertencia de Jesús a sus discípulos: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

    El proceso sinodal que hoy formalmente iniciamos todas las Diócesis del mundo es la oportunidad para aprender a servir juntos, recogiendo nuestras experiencias de vida, compartiéndolas y fortaleciéndonos para vivir acordes a nuestra vocación como hijos de Dios, integrándonos como una familia, y siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de dar nuestra vida por la redención de la humanidad.

    El aprendizaje del amor ningún ser humano lo adquiere solo, individualmente, por que dicho aprendizaje exige superar el egoísmo y aprender a vivir para servir y ayudar a los prójimos. Nuestras relaciones deben conducirse en libertad personal y del otro, superando la manipulación, y siempre actuando con sinceridad, honestidad y transparencia de nuestras reales intenciones. El engaño y la mentira rompen siempre el proceso de este aprendizaje. Si caemos en estas situaciones, debemos reconocer nuestros errores y pedir perdón a Dios y a quien hayamos afectado.

    Ciertamente el mal y sus consecuencias nunca son deseables, pero afrontándolas unidos en la fe, fortalecidos en la esperanza al caminar juntos, y sinodalmente practicando la caridad como fieles discípulos y apóstoles de Jesucristo, experimentaremos la asistencia del Espíritu Santo, y constataremos que Dios nunca abandona a sus hijos. En la Arquidiócesis Primada de México lo estamos promoviendo en las comunidades parroquiales con los fieles del territorio correspondiente, también en las comunidades religiosas, en los movimientos apostólicos, en las asociaciones y fraternidades católicas.

    Es importante recordar que la Sinodalidad es el método para caminar juntos y tiene tres pasos fundamentales: Escucha recíproca, Discernimiento eclesial y Presentación de las propuestas consensadas a la autoridad eclesial en su correspondiente nivel. Expresaremos así nuestras necesidades y los posibles caminos de superación. Ciertamente este proceso será un factor determinante para impulsar la anhelada renovación de la Iglesia, haciéndola capaz de auxiliar a los fieles para aprender a responder satisfactoriamente a los desafíos de nuestro tiempo, y así renazca el gozo de ser cristianos y la esperanza de edificar la civilización del amor.

    Los invito a poner en manos de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe nuestra confianza, para que los procesos sinodales en todas las Diócesis logren renovarlas, y convertirlas en la Iglesia en comunión, por la que entregó su vida, su amado hijo Jesús.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser una Iglesia en comunión.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía en la Misa de las Rosas- 12/10/21

    Homilía en la Misa de las Rosas- 12/10/21

    Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.

    El profeta Isaías anuncia el nacimiento de quien vendrá para anunciar, proclamar e iniciar un Reino, cuya cabeza será un príncipe que tendrá la sabiduría para aconsejar adecuada y oportunamente, para librar todo tipo de batallas y luchas que el ser humano enfrenta para vivir en libertad, y que siempre se comportará como un Padre fiel y amante de su pueblo, cuya preocupación principal será establecer la paz en la convivencia social.

    Del anuncio del profeta Isaías proclamado en el siglo VII antes de Cristo, el pueblo tuvo que atender pacientemente su cumplimiento, ejercitando la virtud de la esperanza y confiando en el respaldo de Dios que garantizó esa profecía como verdadera.

    Siete siglos pasaron para que se diera el nacimiento de Jesús, cientos de generaciones vivieron en la esperanza del surgimiento del mesías salvador. Jesucristo nació y proclamó la llegada del Reino de Dios en su persona, y convocó a creer y aceptar el cumplimiento de la promesa de Dios: el Mesías Redentor había llegado.

    Los tiempos desbordan a todo ser humano, nuestra vida terrena es breve y corre con enorme rapidez. ¿Cómo podremos vivir de promesas que no vemos cumplidas cabalmente a lo largo de nuestra vida? No hay otra manera que vivir de la esperanza sostenida por la confianza y el amor que experimentamos, cuando aprendemos a conducirnos guiados por la luz de la fe.

    Esa es la luz a la que hace referencia el profeta cuando anuncia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló”.

    Sin embargo es oportuno recordar lo que afirmó en su Encíclica sobre la Esperanza el Papa Benedicto XVI: “En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?” ( Spes Salvi No. 1).

    Hoy hemos escuchado en la segunda lectura la contundente afirmación de San Pablo a la comunidad de los Corintios, en la que transmite esa certeza, que fundamenta la esperanza: “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”.

    Y también el elocuente testimonio de Nuestra Madre María, que ante la inicial perturbación que le causó el anuncio del Ángel al decirle “«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»”, la llenó de incertidumbre, pero al conocer el contenido del anuncio y dar su respuesta en la confianza que le dio su fe en Dios, comenzó a recorrer su vida, dejándose conducir por el Espíritu Santo.

    Y ya sabemos que su misión no fue nada fácil, pero la realizó admirablemente bien, al tener a su lado un hombre de fe como lo fue san José, y dando a luz en la pobreza al hijo de Dios, protegiéndolo ante la persecución; acompañándose con Jesús, en la muerte del esposo y padre de su hijo, en medio de una sociedad patriarcal; afrontando las críticas de los parientes, cuando consideraban que Jesús había enloquecido; y sobretodo, padeciendo dolorosamente la pasión y la crucifixión de su adorado hijo. Así llegó al momento glorioso de la Resurrección, y continuó el acompañamiento de la Iglesia naciente, fortalecida con la fuerza del Espíritu Santo, que descendió sobre ellos.

    Ella no preguntó al ángel Gabriel como sería su futuro, se dejó conducir por el Espíritu y caminó en la esperanza, con este testimonio admirable, comprendemos muy bien la enseñanza del Papa Benedicto sobre la esperanza cristiana cuando afirma en la Encíclica “Spes Salvi”:

    Un elemento distintivo de los primeros cristianos es el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo ». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva( Spes Salvi No. 2).

    Hoy también caminamos en tinieblas y sombras ante muchas situaciones y planteamientos de nuestro tiempo; pero ante la realidad por más desafiante que sea debemos reforzar nuestra fe y nuestra confianza en quien nos ama y nos auxilia, y los cristianos estamos llamados a dar testimonio al reunirnos y al colaborar en los servicios sociales de nuestra ciudad, así seremos luz para todos los que caminan en tinieblas. Ésta es la razón del llamado, que nos hace el Papa Francisco, a caminar juntos, a vivir la sinodalidad y la misión. Por eso estamos realizando la Visita Pastoral a las Parroquias de nuestra Arquidiócesis, ahí estamos conociendo las realidades de sus distintos ambientes y escuchando las necesidades y proyectos, que se han planteado en la respectiva asamblea parroquial.

    Renovemos la confianza y la esperanza en Nuestra Madre, María de Guadalupe, dirigiéndole la oración que hoy hace 126 años recitaron los Obispos y el pueblo de México, al ser coronada su imagen.

    Salve, Augusta Reina de los Mexicanos, Madre Santísima de Guadalupe, Salve. Ante tu Trono y delante del Cielo,

    Renuevo el juramento de mis antepasados, Aclamándote Patrona de mi Patria, México; Confesando tu milagrosa aparición en el Tepeyac Y consagrándote cuanto soy y tengo.

    Tuyo soy gran Señora, Acéptame y bendíceme. Amén

  • Homilía- Superar el apego a las riquezas materiales- 10/10/21

    Homilía- Superar el apego a las riquezas materiales- 10/10/21

    La palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Toda creatura es transparente para ella. Todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel, a quien debemos rendir cuentas”.

    La Palabra de Dios es viva y está personalizada por Jesucristo, Él es la voz de Dios Padre, es la voz que necesitamos escuchar, si queremos reconocernos como discípulos de Jesucristo, caminar en la verdad y obtener la vida eterna. Hay dos instancias para escuchar la Voz de Dios, una es la Sagrada Escritura, es decir la Biblia, y especialmente los Evangelios, que son el faro de luz para interpretar el resto de los libros bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento. La segunda instancia son los Signos de los Tiempos, es decir, a partir de lo que sucede, interpretar los acontecimientos para descubrir, con la ayuda de los Evangelios, qué nos dice Dios a través de los hechos.

    Una vez escuchada la voz de Dios y sus repercusiones en nuestro interior, hay que compartirlos con otros discípulos de Cristo, en la propia familia, en algún grupo parroquial o movimiento apostólico. Es un paso crucial para realizar un buen discernimiento, y llegar a decisiones y proyectos de vida en obediencia a la voz de Dios.

    Este camino eclesial conduce ágilmente y con gran alegría, a la puesta en práctica de las decisiones. La persona se ve motivada y acompañada no solo con quienes ha compartido el discernimiento, sino especialmente por sentir la fuerza del Espíritu Santo en la puesta en práctica de sus decisiones y en los resultados de su experiencia de vida.

    En realidad éste es el camino de la sinodalidad, que con gran insistencia ha señalado el Papa Francisco, para que lo promovamos en todos los niveles de la Iglesia. Sin ninguna duda este proceso sinodal renovará a la Iglesia para hacerla atractiva y convincente, mediante el testimonio de los fieles cristianos que desarrollarán un excelente camino espiritual.

    ¿Cuál puede ser el detonante para que nosotros nos veamos atraídos y de manera firme y constante llevemos a cabo este recorrido? El evangelio de hoy ofrece una respuesta en el diálogo entre el joven rico y Jesús. La misma narración presenta a un joven, que desde niño ha sido formado en el conocimiento de la Ley de Dios y sus mandamientos que ha cumplido cabalmente, y que ahora se ha sentido atraído por la persona de Jesús y por ello le expresa su inquietud.

    Con esta información suponemos que el joven no se sentía del todo pleno en su vida y quería saber qué más hacer. Cuando Jesús le propone que deje todo y lo siga, el joven declinó la invitación, pues era muy rico y seguramente pensaba que esas riquezas le garantizaban su bienestar. Finalmente el joven se alejó y decidió no seguir a Jesús.

    Jesús no oculta su tristeza ante la renuncia del joven rico, y expresa abiertamente la dificultad tan grande de superar el apego a las riquezas materiales: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios!”.

    El joven rico conocía desde niño los 10 mandamientos, y normaba su conducta para cumplir con ellos. A este proceso lo llamamos Conversión personal, que consiste en la adecuación de la conducta a los Mandamientos de la ley de Dios. Pero hoy la Iglesia señala con diáfana claridad que necesitamos además la Conversión pastoral; es decir, creer que Jesús es la presencia del Reino de Dios, y por esta razón aceptarlo como Maestro y decidir ser su discípulo, para tener en cuenta su modo de vivir y practicar su doctrina en comunión y unidad con la Iglesia, comunidad de discípulos y cuerpo de Cristo.

    La Conversión pastoral nos conduce para descubrir la importancia y la manera de poner a Jesucristo en el centro de nuestra vida. Por este sendero obtendremos la plenitud anhelada de encontrarnos con Dios, Nuestro Padre misericordioso, que nos creó y nos ama entrañablemente.

    Es ésta la manera para obtener la sabiduría que hoy exalta la primera lectura como la riqueza mayor que puede adquirir el ser humano, como la piedra preciosa que sobrepasa con creces a todos los demás bienes:

    Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza. No se puede comparar con la piedra más preciosa, porque todo el oro, junto a ella, es un poco de arena y la plata es como lodo en su presencia. La tuve en más que la salud y la belleza; la preferí a la luz, porque su resplandor nunca se apaga. Todos los bienes me vinieron con ella; sus manos me trajeron riquezas incontables.”.

    Esta mañana el Santo Padre ha celebrado la apertura de los procesos sinodales diocesanos hacia el Sínodo a celebrarse en octubre de 2023 en el Vaticano. El próximo domingo, 17 de octubre, cada Obispo celebrará en su Diócesis el inicio de dicho proceso sinodal.

    La primera fase consiste en ponernos a la escucha de todo el Pueblo de Dios, sin excluir a nadie, y con particular atención para involucrar también a los más alejados y que son consultados con mayor dificultad. Pero que ciertamente hemos conocido sus críticas o sus objeciones sobre el proceder de la Iglesia y que debemos recoger esos pareceres para discernir a la luz de la Palabra de Dios, lo que tenemos que corregir en nuestras actitudes y manera de relacionarnos con los demás.

    Confiemos en Dios y pidámosle que este proceso sinodal, en un sentido de renovada comunión, ayude a todas las Diócesis del mundo para afrontar los grandes desafíos de nuestro tiempo. Pongamos en manos de nuestra Madre, María de Guadalupe esta súplica en beneficio de todos sus hijos que integramos la Iglesia.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser misioneros como tú lo has sido con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Esta vez se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. 

    Nínive era una ciudad enorme; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás caminó por la ciudad durante un día pregonando: ‘Dentro de 40 días Nínive será destruida’. Cuando Dios vio sus obras, cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles. (Jonás 3:3-10).

    El profeta Jonás se resistió a esa voz que le decía: ‘Ve y profetiza, ve y háblale a esa ciudad para que cambie su forma de proceder, y su conducta’. Sin embargo, el Señor tuvo a bien hacerle ver que no se escaparía de esa misión que le ordenaba hacer.

    Finalmente, él va a Nínive, predica y la gente se convierte; cuando Jonás mismo pensaba que era inútil, que era por demás, que no había nada más que hacer para evitar que viniera la catástrofe de la ciudad.

    Es gracias a su predicación que la gente recapacita, desde la autoridad mayor hasta los ciudadanos de todas las categorías, y el Señor los perdona. Podemos sacar como conclusión que el Señor necesita de nosotros -quiere necesitar de nosotros- para hacer presente su mensaje también en esta inmensa Ciudad de México.

    Pero necesita profetas como Jonás. Muchos se resisten, no saben cómo empezar su labor. Otros no se animan, sienten que no tienen la capacidad de llegar al corazón de la gente. Pero todos los bautizados estamos llamados a ejercer nuestra misión profética. Hoy, la Ciudad de México necesita de todos ustedes para que mejore la calidad de vida de los que aquí vivimos. Esta es la misión de la Iglesia.

    En el evangelio hemos escuchado que Jesús llega a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, y se pone a instruirlos, a enseñarles; les abre el corazón y se propone hacerles conscientes de la necesidad que tenemos de relacionarnos con Dios.

    María se sentó y se puso a escuchar al Maestro. Su hermana Marta no escuchaba; servía a la comunidad, a los grupos que se juntaban en su casa, los atendía: ‘¿Qué se le ofrece?’ ‘¿Quiere un tecito, un café o un pedacito de pan?’. Se sentía atareada por no poder ella sola atender a todos, y le reclama a Jesús: ‘Maestro, dile a mi hermana que me ayude; ahí está sentada, sin hacer nada’. Pero la respuesta de Jesús es contundente: ‘Ella ha elegido la mejor parte’.

    No quiero decir que se contraponga el escuchar al Maestro con el servir. Pero es mejor elegir la primera parte. Porque si eliges escuchar al Maestro, no te vas a cansar nunca de servir. Y Marta sí se cansó de servir, por eso le reclamaba a Jesús.

    La fortaleza interior que nos da conocer a Jesús Maestro, y asumir sus enseñanzas, nos pone en relación con Dios. Y al ponernos en relación con Dios -porque Él es el camino, la verdad y la vida-, dispone nuestro corazón, nuestra persona, para ayudar al prójimo, a nuestro hermano.

    Por eso ustedes están integrando esta comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen, con la presencia y espiritualidad de los Carmelitas. No sé si ustedes lo escogieron, pero tienen una espiritualidad para entender al Maestro Jesús, a través de la mística del Carmelo y de sus grandes sabios: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús.

    Les ha tocado la mejor parte, denle gracias a Dios. Yo le doy gracias a Dios de ustedes. Pero ahora hay que ponerlo en práctica. 

    Que el señor nos dé la fuerza para cumplir con nuestra misión profética. ¡Como Jonás a Nínive, nosotros a esta gran Ciudad de México! Amén.

  • Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Josué,… que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: Señor mío, prohíbeselo». Pero Moisés le respondió: ¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.

    Qué magnífico deseo de Moisés: “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”. De manera semejante le sucedió a Jesús con sus discípulos: “Juan le dijo a Jesús: Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. El celo, el sentirse privilegiados y únicos de recibir las enseñanzas de Jesús, y de haberlo conocido y haber recibido la invitación a ser sus discípulos, les propiciaba la mirada corta sobre la misión universal de Jesús.

    “Jesús le respondió: No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está en favor nuestro”. Jesús actuó como Moisés, aclarando la amplitud de su misión, y la necesidad de aceptar en la comunidad a todos los que lo aceptan y lo invocan para actuar en su nombre. Ser profeta consiste en desarrollar la experiencia de un dinamismo entre la escucha de la Palabra de Dios y el discernimiento sobre mis decisiones y acciones, en dar testimonio de ellas, en mi cotidianidad, transmitiéndolas entre mis compañeros de vida: familia, amistades, ambiente laboral y social.

    El profetismo cristiano se fundamenta en la recepción de los Sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación, y Eucaristía, en los dos primeros recibimos el Espíritu Santo, en el bautismo para ser adoptados como hijos de Dios, en la confirmación para dar testimonio de mi seguimiento de Cristo, como buen discípulo suyo; y en la Eucaristía soy fortalecido por el mismo Cristo para darlo a conocer a mi prójimo. Así se comprende, que el profetismo es “hablar en nombre de Dios” con el testimonio de mi vida y mi conducta para darlo a conocer, y proclamar sus acciones e intervenciones en favor de la comunidad y de la humanidad.

    Preguntémonos qué entiendo por ser profeta, y descubramos la importancia, tanto personal como social, del desarrollo y puesta en práctica del profetismo. En todo tiempo, pero especialmente ante los grandes desafíos actuales, la sociedad necesita escuchar la voz de Dios, para vivir y transmitir los auténticos valores como es el respeto a la vida, desde su concepción y hasta la muerte. Es una magnífica oportunidad para ejercitar nuestro profetismo, participar el próximo domingo 3 de octubre en la marcha por la vida.

    El apóstol Santiago ofrece un elemento complementario al advertir la necesidad de tomar conciencia de la transitoriedad de la vida terrestre y de todos sus atractivos. Por ello, el Apóstol habla muy fuerte a quienes solo buscan lujos y placeres, y comenten graves injusticias con tal de obtenerlos: “El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes;… Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer… Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse”. Estos señalamientos del Apóstol deben servirnos para descubrir la importancia de vivir los Principios del “Destino universal de los bienes”, “la solidaridad”, y “la subsidiaridad” como lo enseña la Doctrina Social de la Iglesia.

    La recomendación de Jesús va todavía más allá que la de Santiago, ésta es un inicio. Jesús amplia el horizonte al afirmar : “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. Indica así la gravedad de seducir y propiciar que un inocente mienta para cometer una injusticia o un grave daño a un prójimo o a una comunidad; es decir, Jesús denuncia la manipulación de la conciencia.

    Este daño a la gente sencilla hay que evitarlo a toda costa, por eso Jesús advierte de manera fuerte, intensa y radical con afirmaciones contundentes para dejar muy clara la gravedad de toda manipulación: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo,….

    Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

    ¿Cómo podemos prepararnos para ser fieles discípulos de Jesucristo y no caer en semejante pecado? En el Salmo 18 hemos escuchado la importancia de invocar el auxilio divino para superar la soberbia: “Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados. Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre”.

    Por tanto, nos conviene trabajar por ser humildes, es decir, reconocer mi fragilidad, dominar el orgullo, superar los celos y envidias. Generar este proceso es difícil al inicio, pero a medida que desarrollamos la humildad, cada vez será más fácil mantenerla. Además la superación de la soberbia nos ayuda a ser libres, a superar tensiones, y a gozar y agradecer lo que otros hacen en favor de los necesitados.

    En otras palabras la superación de la soberbia me conduce a la libertad, y la libertad me capacita para experimentar el verdadero amor, el amor de Dios. Y una vez iniciado así el camino de seguimiento a Jesucristo, encontraremos siempre la verdad, la capacidad para discernir entre el bien y el mal, y descubriremos en qué consiste la verdadera vida que nos espera para toda la eternidad. La misión de la Iglesia es precisamente ofrecer las enseñanzas de Jesucristo, y acompañar a los fieles para que seamos todos profetas. Nos convertiremos así en levadura que fermenta la masa de la sociedad, logrando que emerja la civilización del amor.

    Invoquemos a nuestra Madre, María de Guadalupe, que vino a nuestras tierras precisamente para dar a conocer a su Hijo, cumpliendo así su misión profética para bien de nuestro pueblo. Sigamos su ejemplo y ciertamente recibiremos su auxilio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a ser profetas como tú lo fuiste con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía – 3 pasos para ser buen discípulo de Cristo- 19/09/21

    Homilía – 3 pasos para ser buen discípulo de Cristo- 19/09/21

    Los malvados dijeron entre sí: Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley, nos reprende las faltas contra los principios en que fuimos educados.

    Hablar con la verdad casi siempre molesta a los demás, porque pone de manifiesto los errores y las equivocaciones, las faltas a las normas, o las conductas desviadas, imprudentes o injustas. Si somos honestos y flexibles podemos superar la inicial reacción de los señalamientos, pero si somos autoritarios o soberbios reaccionaremos con facilidad a criticar y a descalificar las opiniones e indicaciones sobre nuestra manera de proceder; y aún peor, es posible desear y promover el castigo o la muerte, a quien ha dirigido las afirmaciones y opiniones que no aceptamos.

    Ésta es precisamente la reflexión del libro de la Sabiduría, siglos antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, quien sufrió en carne propia lo que expresa el texto sagrado de la Sabiduría: “Veamos si es cierto lo que dice, vamos a ver qué le pasa en su muerte. Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará y lo librará de las manos de sus enemigos. Sometámoslo a la humillación y a la tortura, para conocer su temple y su valor. Condenémoslo a una muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él”.

    El Apóstol Santiago profundiza en su carta, las raíces de esta negativa actitud, con frecuencia presente en la historia: “¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

    Así advierte, que debemos aprender de Jesús a conducir nuestra vida conforme los criterios y valores de la fe católica, con que hemos sido educados, y confiando plenamente en la ayuda divina para afrontar las críticas injustas y acusaciones sin sustento en la verdad, que pudiéramos recibir en el transcurso de la vida.

    Tres son los elementos que ofrece el Apóstol para prepararnos a seguir el camino de todo buen discípulo de Cristo y colaborar cordial y eficazmente en nuestras relaciones con los demás.

    -Lo primero es reconocer y aceptar que cada uno libramos una batalla interna ante las seducciones y atracciones del mal.

    -Segundo, descubrir nuestras ambiciones y codicias para identificarlas.

    -Tercero, renunciar a todo aquello que supere mis fuerzas y posibilidades, a todo lo que de entrada me sea imposible obtener por caminos honestos, y renunciar a dañar y perjudicar a mi prójimo.

    Al inicio no somos capaces de entender cómo recibiremos la ayuda divina ante la injusticia, pero a medida que avanzamos en la vida, siguiendo las enseñanzas de Jesús, experimentamos cercana la presencia y el auxilio del Espíritu Santo, que nos fortalece y nos hace capaces de afrontar las adversidades.

    Así le pasó a los discípulos, según narra el Evangelio de hoy: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones”. Jesús percibió su ignorancia y su temor a preguntar y los confrontó: “Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutían por el camino? Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

    El servicio y la mirada puesta en ayudar a nuestros semejantes es la clave para adquirir la confianza y la fortaleza espiritual. ¿Cómo podemos ser servidor de todos? Para dar respuesta a esta pregunta y facilitar nuestra disposición y colaboración de servicio, la Iglesia propone una institución diocesana y parroquial a través de Caritas, para coordinar los servicios necesarios para los necesitados, en el entorno de nuestras colonias y barrios. Es bueno recordar que el ejercicio de la Caridad también auxilia nuestro desarrollo solidario y fraterno al descubrir la transparencia de nuestras aspiraciones, percepciones y sueños.

    Por eso Jesús recomienda, que debemos aprender a compartirlos como lo hacen los niños, por eso pone en el centro a uno de ellos y señala la obligación de cuidarlos y protegerlos: “Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Ésta es una entre otras muchas razones, del señalamiento que constantemente hace la Iglesia de cuidar a los menores, y de promover la responsabilidad de los Padres y de la familia para orientar y educar a los niños, en estos valores que Jesús expresó.

    A la luz de esta Palabra de Dios, conviene preguntarnos, si he expresado alguna vez a mis padres, hermanos, familiares y amigos, mi gratitud por el cuidado, que tuvieron en mi infancia, la educación que me ofrecieron en mi adolescencia y juventud, y el testimonio de sus vidas cristianas para consolidar los valores humanos y espirituales de nuestra fe. De la misma manera es provechoso revisar, mediante un examen de conciencia y de oración, mis propias actitudes y criterios, conforme a los cuales he orientado mi vida, y agradecer a Dios, Padre de toda bondad, cuando haya vivido situaciones ante adversidades injustas y acusaciones sin fundamento en la verdad, y en ellas hubiera yo percibido la intervención del Espíritu Santo.

    Si acaso me encuentro actualmente en una dura experiencia, hagamos nuestra las expresiones del salmo, que hoy hemos cantado: “Sálvame, Dios mío, por tu nombre; con tu poder defiéndeme. Escucha, Señor, mi oración y a mis palabras atiende. Gente arrogante y violenta contra mí se ha levantado. Andan queriendo matarme. ¡Dios los tiene sin cuidado! Pero el Señor Dios es mi ayuda, él, quien me mantiene vivo. Por eso te ofreceré con agrado un sacrificio, y te agradeceré, Señor, tu inmensa bondad conmigo. El Señor es quien me ayuda”.

    Y claro, que crezca nuestra devoción a María, quien con San José supo cuidar a su hijo en su infancia, y acompañarlo en su adolescencia y juventud, y especialmente en los momentos difíciles de la Pasión y Crucifixión de Jesús.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre – 12/09/21

    Homilía- Toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre – 12/09/21

    Jesús… Por el camino les hizo esta pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas. Entonces él les preguntó: Y ustedes,  ¿quién dicen que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Mesías«.

    Descubramos la importancia de la doble pregunta, que Jesús hace a los discípulos: qué dice la gente, y qué dicen ustedes. Así Jesús les ayuda a descubrir si ellos se dejan llevar más por las opiniones que escuchan sobre la identidad de Jesús, o si ellos que han convivido de cerca con Jesús han ido adquiriendo su propia opinión y han discernido en profundidad y diálogo entre ellos, quién es Jesús.

    Jesús una vez ganada la confianza y la autoridad ante sus discípulos propicia que ellos manifiesten su percepción y le expresen qué han descubierto sobre su persona, su identidad, y su misión. Es conveniente también cuestionarnos, si ya he alcanzado un conocimiento de la persona de Jesús y su misión, o si es superficial y solamente en base a la opinión que he escuchado de otros.

    Pedro le manifiesta en nombre de todos, que lo reconocen como el Mesías esperado. Sin embargo fue una percepción muy humana y fuertemente influenciada por la concepción de un Mesías, que contando con la fuerza y el poder de Dios, tendría una autoridad y aceptación, triunfante y avasalladora.

    Jesús les anuncia que no será triunfante, sino que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y que resucitaría al tercer día. Ante lo cual, “Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo”, lo trata de convencer que no será así, y que cuenta con el suficiente apoyo del pueblo para convencer a las autoridades de la procedencia divina de su mesianismo.

    En una palabra el discípulo asumió el papel de maestro ante el mismo maestro para corregirle sus afirmaciones. Quizá porque temió que cundiera la decepción y el abandono de sus once compañeros. Jesús de frente ante los doce reprende duramente el atrevimiento de Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

    Esta escena del Evangelio advierte que a Jesús hay que conocerlo y entenderlo no según nuestros modos de pensar, no con criterios meramente humanos, pues nuestra visión de la vida y sus proyecciones habituales son transitorias, nuestra mirada es terrenal, por tanto miope para descubrir las maravillas de la vida verdadera.

    En efecto, Pedro comprenderá solamente a la luz de la Resurrección, la indispensable necesidad de asumir la Cruz y afrontar el sufrimiento y la injusticia, después de haber sido testigo de cómo Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre, ejemplarmente, como lo anunció siglos antes el Profeta Isaías: “Yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”.

    Cuántas veces tendremos que recordar ante la presencia del mal, de las injusticias y desigualdades, ante las diversas formas de adversidades y problemas, que nosotros somos discípulos y el único maestro es Jesucristo. Así comprenderemos en toda su dimensión la frase de Jesús “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

    Debemos adentrarnos en la meditación y oración para retomar, cuantas veces sea necesario, nuestra condición de discípulos, y no querer asumir el papel de maestro, que todo lo sabe. Es pues indispensable crecer en la humildad ante las tentaciones y las incomprensiones de la voluntad de Dios; y como Pedro, reconocer de nuevo la voz del verdadero Maestro, Jesucristo, y aceptarla en la confianza de su amor, y sin resistencia, no obstante las adversidades que en el camino se irán presentando.

    El apóstol Santiago clarifica con un ejemplo claro y contundente, que las enseñanzas de Jesús, además de conocerlas, las debemos poner en práctica: “Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice: Que te vaya bien; abrígate y come, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso?”. La fe se muestra con la obras, una fe sin obras está muerta. Recordemos que la fe es un don que recibimos de Dios, y que debemos desarrollar. Mientras más vivamos con una conducta acorde a la fe que profesamos, mas fuerte y fecunda llega a ser la fe. Las obras son una evidencia de que hemos desarrollado nuestra fe.

    Jesús reveló que todo ser humano está llamado a ser hijo de Dios, y que por tanto, debemos reconocernos como hermanos, miembros de una misma familia, auxiliándonos en las diversas necesidades, y reconociendo que toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre.

    Necesitamos conocer a Jesús, en su vida y sus enseñanzas, para tomar las decisiones, convencidos de que Él es el camino, la verdad y la vida. Es oportuno revisar con frecuencia, si estamos viviendo de manera acorde a la fe que profesamos, y preguntarnos si asumo que la vida es sagrada, y por ello acepto y respeto la dignidad de todo ser humano desde su concepción hasta la muerte.

    Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien ha vivido de manera ejemplar como discípula, descubriendo desde su propia experiencia que su Hijo era el Mesías esperado, el Maestro que revela al verdadero Dios por quien se vive.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Todos estaban asombrados y decían: ¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

    Esta escena transmite dos detalles importantes, pretendidos por el evangelista Marcos: El primer detalle es mostrar que la expectativa del Mesías anunciado por los profetas y largamente esperado se ha cumplido en la persona de Jesús. En la primera lectura el Profeta Isaías anuncia que Dios se hará presente: “Digan a los de Corazón apocado: ¡Ánimo, no teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos”. Y en la la persona de Jesús, Hijo de Dios Vivo, se ha hecho presente Dios en el mundo, asumiendo nuestra propia condición humana.

    El segundo detalle es manifestar que el milagro lo realiza con la fuerza del Espíritu de Dios; por tanto tocar con los dedos los oídos para que escuche el sordo, y con saliva la lengua para que pueda hablar, y expresando una orden con la palabra “Ábrete”, manifiesta la fuerza del Espíritu que actúa en Él para sanar. Es la característica del verdadero Dios, actuar por medio de la Palabra, como lo hizo Dios al crear el mundo: “Hágase”. Así actúa Jesús y se muestra que encarna al verdadero Dios Creador.

    El Apóstol Santiago en la segunda lectura con sencillez y claridad ha recordado que el testimonio esperado de los miembros de la comunidad de discípulos de Cristo es priorizar siempre la dignidad de toda persona humana, independientemente de sus condiciones sociales: “Hermanos: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos. Supongamos que entran al mismo tiempo en su reunión un hombre con un anillo de oro, lujosamente vestido, y un pobre andrajoso, y que fijan ustedes la mirada en el que lleva el traje elegante: Tú siéntate aquí, cómodamente. En cambio le dicen al pobre: tú, párate allá, o siéntate aquí en el suelo a mis pies. ¿No es esto tener favoritismos y juzgar con criterios torcidos?

    Por ello, debemos ejercitarnos siempre para mirar con respeto a toda persona, independientemente de su situación, condicionamientos y conducta. Por esto es oportuno preguntarnos, ¿en mis relaciones con los demás soy consciente de respetar la dignidad de la otra persona?

    Sin embargo no se trata de aceptar las conductas, injusticias, o exigencias de los demás; sino reconocer en todo ser humano su dignidad, y tratarlo como una persona que merece ser escuchada, antes que ser juzgada.

    Es pues una actitud que nos evitará siempre conflictos, pleitos, y discusiones inútiles y desgastantes. También por lo anterior, conviene educar nuestra manera de dialogar y de relacionarnos con los demás. Así con mayor facilidad aprenderemos a conocer a las personas en sus actitudes y motivaciones interiores, y propiciaremos incluso buenas relaciones y amistad.

    ¿Hemos vivido esta experiencia de respeto a los demás desde el seno de mi propia familia? ¡Si lo hemos hecho agradezcamos a Dios el paso dado; pero si no hemos actuado así, pidamos perdón a Dios y a nuestros familiares y amigos, e iniciemos un nuevo camino, una manera digna de tratarnos!

    Regresando a la intervención de Jesús narrada en el Evangelio de hoy, no es solamente una acción movida por la compasión para aliviar la concreta situación del sordomudo, sino también y principalmente la ocasión para manifestar con el milagro, los aspectos que de manera simbólica expresan a Jesús como el auténtico Mesías anunciado por los profetas y esperado durante siglos por el Pueblo de Israel.

    Por esta razón curar la sordera significa, dar la capacidad de escuchar la voz de Dios, y soltar la lengua expresa que lo escuchado lo debemos transmitir a los demás. Así manifestaremos la presencia y la intervención de Dios en nuestras actividades. En otras palabras, debemos dar testimonio de lo que Dios hace a través de nuestras responsabilidades, realizadas siguiendo su voz y poniendo en práctica sus enseñanzas.

    De esta manera descubriremos las maravillas que hace el Señor cuando cumplimos nuestra misión de ser fieles discípulos de Cristo; se generarán los torrentes de agua viva, que convierten los desiertos en lugares fértiles según la promesa mesiánica anunciada por el Profeta Isaías: ”Brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque y la tierra sedienta en manantial”.

    ¡Qué maravilla! ahí donde nos parecía imposible un cambio de actitud, una conversión de corazón, donde pensábamos que serían inútiles nuestras palabras y actitudes, de ahí nacerán conductas e iniciativas jamás soñadas, con lo cual seremos testigos de la mano de Dios, que se hace presente en la cotidianidad de nuestras vidas. Pero además, si lo hacemos en comunidad, compartiendo los sueños con proyectos realizados entre todos los miembros de la Parroquia, movimientos, agentes de pastoral, ámbitos juveniles, laborales, empresariales, etc. haremos presentes las primicias del Reino de Dios entre nosotros.

    Así, la Iglesia ofrecerá el sentido de la vida, y la espiritualidad que comunica con los dones del Espíritu Santo, que se nos ha dado, mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación; y cumpliremos con nuestra misión, como Comunidad de discípulos de Cristo, en estos desafiantes tiempos en los que nos ha tocado vivir.

    Con estas buenas intenciones que provoca la Palabra de Dios, dirijamos nuestra mirada a Nuestra Madre, María de Guadalupe, invocando su auxilio maternal para que sigamos sus pasos, y sepamos reconocer la voz de Dios, en medio de nuestras actividades y, ¡la presencia del Espíritu Santo en nuestras tareas habituales para testimoniar así como ella lo hizo, las maravillas, que Dios hace en medio de su pueblo!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Ordenación episcopal Mons. García Jasso- 24/08/21

    Homilía- Ordenación episcopal Mons. García Jasso- 24/08/21

    Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca: Señor, que todos tus fieles te bendigan”.

    La transmisión de responsabilidades y la mano de Dios en sus intervenciones contempla el bien de todos sus hijos. Recogió a Mons. Francisco Daniel porque lo amaba, y quiso que nos ayudara en una fase muy difícil para la tarea episcopal y lo hizo adecuadamente, su breve colaboración fue un gran aporte y es lo que ciertamente Dios tenía previsto. Ahora goza de su amor eternamente: ¡Demos gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!

    En su lugar, Dios Padre nos regala en la persona de Mons. Andrés Luis, una sustitución que enriquece la mirada conjunta del actual equipo episcopal, que me corresponde presidir, al servicio de esta Arquidiócesis de México.

    Tanto Mons. Daniel como Mons. Andrés Luis han sido antes de la elección episcopal, sacerdotes ejemplares y con visión de Iglesia, que en la experiencia de vida y de ministerio han manifestado la indispensable comunión con sus colaboradores, en favor de los fieles.

    Mons. Andrés Luis ha aceptado seguir la experiencia de vivir juntos los Obispos Auxiliares, y compartir las alegrías y las preocupaciones, los gozos y las esperanzas, al poner en comunicación constante, el ejercicio de sus específicas responsabilidades; lo cual, ha enriquecido la comunión eclesial, que tanto beneficia a nuestros fieles, a nuestros presbíteros y diáconos, y a los agentes de pastoral, consagrados o laicos.

    Los Obispos somos el Colegio de los Sucesores de los Apóstoles, y como tal, necesitamos para cumplir nuestras responsabilidades, sumarnos y tenernos en cuenta unos a otros; presididos por el Sucesor de Pedro, en este tiempo en la Persona del Papa Francisco.

    Hemos escuchado en el Evangelio la alabanza que Jesús expresa en su encuentro con Natanael: “Éste es un verdadero israelita, no hay engaño en él”, de ahí la promesa que le pronostica “mayores cosas has de ver: el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

    Se trata de un auténtico israelita, en quien no hay doblez, no acepta alabanzas gratuitas, y su limpio y honesto corazón le permite descubrirse ante Jesús, quien conoce su interior; y desde la intimidad le abre el camino de crecer y desarrollar todos los sueños y maravillas, que solo Dios es capaz de generar: Vas a ver cosas mas grandes que éstas.

    A través del Hijo del Hombre es posible relacionar el cielo con la tierra, y poner en comunicación vital y constante a Dios con el Hombre. Por eso el caso de Natanael es muy ejemplar para un Sucesor de los Apóstoles.

    En esta Fiesta de San Bartolomé, uno de los doce Apóstoles, invito a todos los aquí presentes a dar gracias a Dios, Padre providente, que ha manifestado su amor y su misericordia entre nosotros, al concedernos en la persona de Mons. Andrés Luis un nuevo Obispo Auxiliar para ejercer su ministerio en servicio de esta Arquidiócesis Primada de México.

    Recitemos agradecidos esta estrofa del Salmo 144: ¡Que te alaben, Señor, todas tus obras y que todos tus fieles te bendigan, que proclamen la gloria de tu reino y den a conocer tus maravillas!

    Escuchemos ahora en qué consiste el ministerio episcopal, encomienda que hoy recibirá nuestro hermano Obispo Andrés Luis.

  • Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Muchos discípulos de Jesús que lo habían oído, decían: «¡Es dura esta enseñanza! ¿Quién puede aceptarla?”.

    De todos los que seguían a Jesús, la mayoría lo hacía por las obras de Jesús en favor de los enfermos, necesitados o hambrientos, no lo seguían por sus enseñanzas. Por eso no se preguntaban, ¿quién es Jesús?

    Cuando Jesús les habla del alimento espiritual, del pan de la vida, y les confiesa que él es el pan de la vida, y que habrán de comer su carne y su sangre para obtener esa vida del Espíritu, la mayoría de los discípulos ni lo entienden ni lo aceptan.

    Dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, Jesús les preguntó: ¿Esto los escandaliza? Entonces, ¿qué sucederá cuando vean al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne de nada ayuda. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.

    Ante el escándalo que causan sus enseñanzas, Jesús interpela a sus discípulos, aclarándoles que para aceptar su doctrina y seguirlo, es indispensable la Fe: Creer que Jesús viene de lo alto, que se ha encarnado, y creer en esta verdad es aceptar que el Padre de Jesús es Dios. Por eso Jesús les advierte: “Hay algunos entre ustedes que se niegan a creer”…”Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo abandonaron y no andaban más con él”.

    Ante la deserción de los seguidores, que debió ser una situación dolorosa y quizá frustrante, Jesús plantea la pregunta al grupo de los doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Es necesario expresar pública y abiertamente la decisión de seguir con Jesús. Hay que definirse. Después de un tiempo de conocerlo, escucharlo y relacionarse con Jesús, es necesario optar por él, asumir conscientemente la decisión de seguirlo y convertirse en un discípulo que se suma al grupo.

    El pueblo de Israel debió optar claramente y expresar su aceptación: “Josué dijo al pueblo: Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir… en cuanto a mi toca, mi familia y yo serviremos al Señor…El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor…El fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y en los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

    ¿Agradezco a Dios el haber conocido a Jesús? ¿Agradezco la llamada, la vocación que he recibido para ser su discípulo? ¿Pido la gracia para corresponder a la llamada? ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?

    Es interesante considerar que es el mismo Jesús, quien suscita el cuestionamiento, y provoca la deserción. Está convencido que necesita discípulos creyentes de su palabra, y que sostenidos por la fe puedan dar testimonio con su vida, de que creen en sus enseñanzas y viven acorde a ellas.

    La respuesta de Pedro en plural manifiesta que es el sentir de todos: “Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros hemos creído y reconocido que tú eres el Santo de Dios”.

    Jesús había aclarado: “Les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. La llamada y la elección es del Padre, a través de Jesucristo, y la decisión de responder al llamado es del discípulo.

    ¿Asumo como Pedro y los doce mi identidad de pertenencia al grupo de discípulos de Cristo? Si he asumido esta identidad, entonces debo ser consecuente y preguntarme:

    ¿Me identifico con la Iglesia, me siento perteneciente a ella, contemplo el misterio que entraña?¿Amo a la Iglesia y estoy dispuesto a servirla?

    La fe que sostiene mi opción por Cristo, necesita ser nutrida por el Pan de la vida, que se nos ofrece en la misa. ¿Es la Eucaristía, el momento pleno de mi participación en la vida de la Iglesia y en la comunión con Dios? Esta experiencia de vida manifestará la coherencia de mi fe, al compartir con la comunidad eclesial mi identidad y pertenencia como miembro activo de la comunidad de discípulos de Cristo.

    En este contexto entenderemos muy bien la exhortación de San Pablo que hoy hemos escuchado sobre la relación del esposo con su esposa, fundamento de la familia como Iglesia doméstica: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor…Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

    La familia así constituida y bien fundamentada en el amor, transmitirá de manera contundente y convincente la fe a los hijos. De ahí que se le llame a la familia, la célula básica, no solamente de la Iglesia, sino también de la sociedad. Será una sociedad, que estará expresando los valores evangélicos, que son los mismos valores humano-espirituales, que anhela el ser humano por instinto natural, valores que Dios Padre ha sembrado en el corazón de la humanidad entera.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe ha venido a nuestras tierras para testimoniar el amor que su Hijo Jesucristo manifestó al mundo, entregando su vida por la redención de la humanidad. Pidámosle a ella, que seamos discípulos fieles de su hijo, y demos testimonio del amor en nuestros tiempos tan desafiantes.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén