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  • Animar nuestra conversión pastoral- Homilía- 6/12/2020-Domingo II de Adviento

    Animar nuestra conversión pastoral- Homilía- 6/12/2020-Domingo II de Adviento

    “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados….Proclamaba: Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

    Este segundo Domingo del Adviento la liturgia presenta a Juan Bautista, cumpliendo su misión, la cual tiene dos aspectos: invitar al arrepentimiento de los pecados, de las equivocaciones, de las negligencias, de los atropellos y del incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios; el arrepentimiento de corazón obtiene el perdón de los pecados y su consecuencia es el cambio de conducta, adecuando la vida personal a la observancia de los Mandamientos; esto es lo que llamamos: Conversión personal.

    El segundo aspecto de la misión de Juan Bautista es anunciar la inminencia de la llegada del Mesías y sus características. La misión del Mesías, es más grande e importante, por eso Juan ha dicho: “viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias”. Juan predica el arrepentimiento, anuncia la llegada del Mesías, y señala con claridad que el Mesías ofrecerá algo totalmente nuevo y sorprendente: “él los bautizará con el Espíritu Santo”.

    Para responder a la llamada de Juan Bautista basta reconocer nuestras faltas y pedir perdón. Para responder a la misión de Jesucristo, el Mesías anunciado, es indispensable recibir el bautismo con el Espíritu Santo y aprender a dejar conducirnos por él, con plena fidelidad y generosa entrega, creyendo en el anuncio y presencia del Reino de Dios entre nosotros; es decir, creer y proclamar que Dios camina con nosotros para edificar la civilización del amor. A este proceso la Iglesia lo ha llamado Conversión Pastoral.

    En efecto, la Conversión Pastoral es creer el anuncio de la Buena Nueva, Dios está en medio de nosotros, y esa presencia ha llegado con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y trae el encargo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón:… Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo… Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

    En nuestros días, son muchos los que habitualmente reaccionan a este gozoso anuncio, afirmando que la venida de Jesús, el Hijo de Dios vivo, el mundo no ha cambiado nada en estos 21 Siglos, que sigue siendo vapuleado por la maldad, y la relación entre los pueblos y naciones continúa siendo belicosa, y que en general los criterios de la sociedad y de la gente, favorecen la actitud de someter y controlar al débil y desprotegido.

    Para explicar esta constante afirmación, san Pedro recuerda con gran claridad, que Dios Padre ama entrañablemente a todas las creaturas, al afirmar: “No olviden que, para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”.

    En efecto, Dios vive en la eternidad, y para él, todo es presente, no hay pasado ni futuro, conoce a fondo nuestros pensamientos y nuestras acciones, sabe nuestro recorrido existencial, y propicia los caminos de salvación para el pecador, a través de quienes lo reconocemos como el verdadero Dios, de quien procede la vida y por quien se obtiene la vida eterna. En una palabra, Dios interviene en la Historia a través de quienes le corresponden aceptando y testimoniando las enseñanzas del Evangelio. Por eso san Pablo exhorta a los que creemos en Jesucristo, camino, verdad, y vida: “nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”.

    El Adviento, al prepararnos para el recorrido hacia la Navidad, en que recordaremos el inicio de la Encarnación del Hijo de Dios, que asumió la condición de creatura, para hacer presente en el mundo el amor y la misericordia de Dios Padre, es la oportunidad para todos los cristianos, discípulos de Jesús de renovar nuestra convicción en la Buena Nueva: El reino de Dios ha llegado y está presente en semilla, en desarrollo, dependiendo su fuerza del dinamismo con que asumamos las enseñanzas de nuestro Maestro Jesús en nuestra propia vida.

    Pero, para eso nos necesitamos, nadie puede aisladamente hacer esa hermosa y siempre urgente misión evangelizadora. En esto consiste la Conversión pastoral, en asumir el compromiso de acción conjunta, en favor del prójimo necesitado. Cuando el Papa Francisco convoca a la comunión y a ser una Iglesia en salida y misionera, está llamando a la Conversión Pastoral. Es conveniente reconocer la diferencia y la complementariedad entre la Conversión personal y la Conversión pastoral. La primera es mi convicción de cuidar que mi conducta esté acorde a los mandamientos de Dios, la segunda es la expresión de mi conciencia para testimoniar, con mi participación eclesial en comunión, la presencia del Reino de Dios.

    Así edificaremos la única familia, la familia de Dios, y por ello, colaboraremos por la vida digna de todo ser humano y por la relación fraterna con todos, hombres y mujeres, independientemente de sus contextos culturales, sociales, y económicos, conjugando los esfuerzos necesarios para tener como objetivo de todas las actividades la previsión del bien común, por encima de intereses de grupo. Estos deben subordinarse, respetando lo que afecta a todos. Un claro ejemplo es el cuidado de nuestra casa común, la tierra.

    Pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que anime nuestra Conversión Pastoral y acompañe nuestro caminar como testigos del Evangelio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Qué significa permanecer alerta?-Homilía- 29/11/20- Domingo I de Adviento

    ¿Qué significa permanecer alerta?-Homilía- 29/11/20- Domingo I de Adviento

    “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre… Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”.

    Al iniciar un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, la Palabra de Dios recuerda la relación filial de Dios con nosotros los humanos, que siempre debe estar en nuestra mente y en nuestro corazón: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor”.

    Nuestro Creador, quien nos ha dado la vida, es alguien que nos ama entrañablemente como un buen Padre, que está atento al desarrollo y al comportamiento de sus hijos para redimirlos; es decir, para rescatarlos cuando se encuentran en peligro, cuando han extraviado el camino, cuando su conducta se ha desviado, y en lugar de corresponder al amor, se han entregado al odio y la violencia contra sus hermanos.

    Además, afirma el Profeta: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Entonces, si estamos en sus manos y somos hechura de Dios, por qué no obramos el bien como Él lo hace, por qué permite que obremos mal y en contra de su voluntad y de sus proyectos. Incluso el Profeta va más allá al lanzar la pregunta con sabor a reclamación: “¿Por qué, Señor,  has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”.

    También nosotros, cuántas veces hemos considerado ante las injusticias y crímenes horrendos, que Dios parece impasible, indiferente, y que tarda en intervenir. Dichos acontecimientos cuestionan especialmente al hombre que los sufre y con frecuencia se pregunta: ¿Dónde está Dios? La impaciencia y desesperación humana en esos casos elevan ruegos como lo hace el profeta Isaías: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”. En una palabra, se desea en esas circunstancias que Dios actúe y resuelva favorablemente las injusticias provocadas por el mismo hombre. Pero no sucede así, Dios no parece intervenir para corregir y castigar al hombre criminal, ni a las organizaciones delincuenciales.

    La explicación es muy sencilla, Dios nos ha creado para el amor, pero para lograr el aprendizaje y alcanzar la experiencia de amar, es indispensable la libertad. Si Dios interviniera cada vez, penalizando una mala acción, entonces nuestra experiencia de Dios sería de temor, por el miedo actuaríamos conforme a la normatividad, así jamás alcanzaríamos la experiencia de amar; y seríamos incapaces de la eternidad, ya que ésta consiste en compartir la vida divina que es el amor.

    ¿Cuál es el camino para afrontar las tragedias, los dramas, y cualquier desastre? Seguir el ejemplo de Jesucristo, que precisamente vino al mundo para redimirnos, para rescatarnos de esas situaciones, para que no quedemos en la orfandad y la desesperanza. Él asumió la injusta sentencia de muerte en la cruz, con plena confianza en Dios, su Padre, quien envió al Espíritu Santo para fortalecerlo en el sufrimiento y muerte, y para devolverlo a la vida, resucitándolo de entre los muertos.

    Es evidente que en Cristo vemos el caso extremo del sufrimiento que lleva a la muerte, pero hay muchas formas menores de sufrimiento que padecemos en esta vida, y en ellas, quien sigue el ejemplo de Cristo, recibe la fortaleza y la sabiduría para superarlas y salir adelante, logrando más convicción y experiencia del amor de Dios, nuestro Padre.

    A este propósito entendemos la recomendación de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: “Velen y estén preparados, porque… no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

    En estas palabras está una indicación final muy contundente: “permanezcan alerta”. ¿Qué significa esta recomendación? Permanecer alerta significa tomar conciencia de la naturaleza pasajera de la vida terrena. Nuestra vida es transitoria, y tiene la finalidad de prepararnos para la vida eterna. No debemos perder de vista nuestro destino, por ello Jesús advierte que recordemos siempre, que no sabemos a qué hora terminará nuestro viaje.

    ¿Qué debemos hacer? San Pablo ofrece su experiencia y recomienda la gratitud de los dones que vamos recibiendo de Jesucristo al escuchar su palabra, al conocerlo, y al seguirlo fielmente: “Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por Él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento… Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es, quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

    En este tiempo del Adviento, para prepararnos a la Navidad, la Palabra de Dios ofrecerá con insistencia elementos para generar la esperanza. Hoy se ha centrado en el amor que Dios tiene por todas sus creaturas, en el destino final que nos ha preparado, y en la fidelidad absoluta para cumplir sus promesas. Pero especialmente en este tiempo de pandemia, que ha generalizado e intensificado las partidas inesperadas de tantos seres queridos, encontramos un gran consuelo en recordar que han partido a la casa del Padre, y que el dolor y el sufrimiento experimentados son transitorios y su final es la vida eterna.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe así lo vivió, acompañando a su Hijo en la Cruz, y recibió ella primero, la gran noticia de su resurrección. Nuestro Pueblo de México hace 5 siglos sufría la gran desolación generada por la conquista, y entonces vino ella a visitarnos, como un faro de luz y de esperanza, y se ha quedado con nosotros para acompañarnos y consolarnos durante estos siglos, como una madre pendiente de sus hijos, y ahora en este tiempo de pandemia permanece alerta, para recordarnos que, con su Hijo Jesús, resucitaremos también nosotros a la vida eterna.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Cristo Rey, su reino está en nosotros- Homilía- 22/11/20- Fiesta de Cristo Rey

    Cristo Rey, su reino está en nosotros- Homilía- 22/11/20- Fiesta de Cristo Rey

    “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’. Y el rey les dirá: Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

    Esta página del Evangelio suele interpretarse como el momento del Juicio final sea el particular al fallecer o el universal al final de los tiempos. Sin embargo, también y sobre todo es una motivación muy fuerte y alentadora para mover nuestro corazón a la médula del mensaje y a la práctica de las enseñanzas de Jesús, para invitar de manera convincente a vivir el amor a los pobres, especialmente a los más necesitados, como camino para ejercitarnos en el amor, y encontrar experiencialmente en esta vida la comunión con el Espíritu de Jesús.

    Dios, nuestro Padre sabe perfectamente de la fragilidad y de la debilidad de nuestra condición humana ante las tendencias y pasiones originadas en la relación interpersonal. Por eso, la Parábola que hoy hemos escuchado del Profeta Ezequiel manifiesta el interés y la prontitud de Dios para auxiliar y proporcionar a la comunidad humana, en todas las expresiones culturales, su inmenso amor y misericordia: “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas… e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad”.

    ¿Qué significa dispersarse en un día de niebla y oscuridad? Dispersarse consiste en separarse de la habitual relación establecida, donde la ayuda mutua fortalece la voluntad y proporciona la motivación necesaria para mantener las buenas y positivas relaciones con los demás.

    La dispersión sin embargo está latente cuando se pierde la luz y la claridad para seguir caminando ante la niebla, que no permite ver las cosas a distancia; es decir, cuando se pierde un proyecto que me ilusionaba, una amistad o una persona que me acompañaba favorablemente, cuando el futuro que confiaba alcanzar se ha diluido o perdido, cuando una situación y estado de vida se quiebra, se fractura y no se ve cómo recuperarla.

    En este tiempo de pandemia hemos entrado en una fuerte experiencia de dispersión, y sobretodo estamos caminando en un tiempo de niebla y oscuridad. En estas circunstancias es cuando mas necesitamos ayuda, aliento para generar de nuevo la esperanza, por eso dice Dios: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

    El Señor está pendiente de nosotros, tanto para atender al que sufre como para robustecer a quien se encuentra en una condición de vida favorable y se disponga a ayudar. Ambas situaciones a la vez, explican la fuerte exhortación de Jesús, incluso expresando como condición necesaria e indispensable, que debemos ayudar, y acompañar, levantar y consolar al prójimo, porque ahí encontraremos a Cristo sufriente en la cruz. Y además, viviendo este proceso para desarrollar y descubrir que en el prójimo necesitado se hace presente Jesús, aprenderemos a amar sin condiciones, a la manera como Dios nos ama, preparándonos así para la vida eterna, que consiste en participar de la naturaleza de Dios Trinidad, que es el Amor.

    Por eso al final de nuestra vida escucharemos a Jesucristo que nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”.

    Este hermoso y consolador futuro que Jesús nos anuncia hoy, debemos asumirlo con el realismo indispensable de la presencia del mal en el mundo. San Pablo expresa con claridad que la victoria sobre el mal está garantizada, pero eso no significa que lo esté mientras seguimos peregrinando en esta vida terrestre: “Cristo… resucitó como la primicia de todos los muertos…En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo. Enseguida será la consumación… después de haber aniquilado todos los poderes del mal”.

    Ahora queda esclarecido que el Reino de Dios está ya presente a través de cada uno de nosotros, que hemos decidido seguir a Jesús, ser sus discípulos, y disponer nuestra voluntad y corazón para practicar la caridad, para ejercitarnos en el amor, atendiendo a nuestros prójimos necesitados.

    Hoy es la fiesta de Cristo Rey, hoy es la celebración del Reino de Dios en medio de nosotros, y hoy es el día del Laico; es decir, del bautizado en el nombre de Cristo, que hace presente el Reino de Dios en nuestros días. Hoy los Obispos, Presbíteros y miembros de la Vida consagrada, pedimos muy especialmente a Dios Padre por todos Ustedes los laicos, discípulos de Cristo, que en sus ambientes y contextos de vida hacen presente el amor de Dios, auxiliando al necesitado que encuentran en su diario caminar.

    Y, ¿quién es la primera laica, que nos ha da ejemplo constante de cómo vivir fielmente las enseñanzas de Jesucristo? Ya lo han recordado, claro, es Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien con ternura nos auxilia y nos fortalece para salir adelante en la lucha contra el mal, nos consuela y nos alienta a descubrirnos hermanos, miembros de la familia humana, y nos llena de esperanza ante cualquier adversidad.

    Pidámosle a ella por todos nuestros laicos, para que todos manifestemos en el mundo de hoy, que el Reino de Dios está en marcha, y con ella, proclamemos que su Hijo Jesucristo es nuestro Rey. ¡Viva Cristo Rey!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Cierre de la Megamisión 2020- Homilía- 15/11/20- Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

    Cierre de la Megamisión 2020- Homilía- 15/11/20- Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

    “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno” (Mt. 25, 14-15).

    ¿A quién representa ese hombre, que sale de viaje a tierras lejanas, y que sirve de ejemplo para explicar en qué consiste el Reino de los Cielos? Sin duda es Jesucristo, que se ha encarnado para manifestar el Reino de los Cielos, y ha regresado a esas tierras lejanas; es decir, la casa de su Padre, dejando a sus discípulos, servidores de confianza, la tarea de anunciar, explicar y compartir los dones, que expresan el Reino de los Cielos.

    Pero este Señor volverá cuando menos lo esperemos, como afirma la parábola: Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Representa el transcurso de nuestra vida terrestre, del cual al final de nuestra vida daremos cuenta al Señor sobre la encomienda que ha dejado, a todos y cada uno de los discípulos suyos, de hacerlo presente en el mundo, y dar a conocer el inmenso amor que nos tiene.

    Quienes hayamos cumplido nuestra misión, conforme a nuestras capacidades y recursos, escucharemos con asombro: “Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”. En cambio, serán reprobados, quienes hayan tenido miedo y no hayan aprovechado sus pocas o muchas cualidades y dones, como el tercer servidor de la Parábola: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

    Casi siempre al escuchar esta Parábola consideramos el aspecto personal de poner a trabajar los recursos y habilidades, que hemos recibido o adquirido sin embargo la aplicación de esta enseñanza se extiende mas allá de las responsabilidades individuales, como lo ha desarrollado la enseñanza y doctrina social de la Iglesia. Tenemos una responsabilidad social fundamentada en la enseñanza de Jesús, al clarificar que el mandamiento más importante y fundamento de todos los demás, es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a tí mismo.

    Bajo esta enseñanza entran realidades importantes que debemos atender, como el cuidado y la eficaz responsabilidad de todas las Instituciones para que presten servicios de calidad, de acuerdo a la finalidad para la que fueron establecidas. Aquí corresponden la honesta administración financiera, la profesionalidad del personal, la buena gestión de los servicios, y el respetuoso trato, a quienes acuden para ser atendidos. Buenas Instituciones y bien calificadas en su servicio expresan, como sociedad, que manifestamos el Reino de Dios en medio de nosotros.

    Por eso toda administración, incluidas las mismas Iglesias, no debe tener como primer objetivo enriquecerse, ya que la bonanza económica viene por añadidura, de acuerdo al dicho de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y hacer su voluntad, todo lo demás les vendrá por añadidura” (Mt. 6, 33). Toda administración debe tener siempre la finalidad de producir de manera eficiente y honesta los recursos y productos que requiere la Institución; y destinarlos para servicio de la sociedad.

    Por tanto, la responsabilidad personal se extiende a todos los campos, y la primera instancia para formar, con esta mentalidad y actitud, es la familia. En este sentido es elocuente escuchar el elogio de la Mujer hacendosa, que complementa con su trabajo el esfuerzo de su marido para bien de su hogar, de sus hijos, y de los pobres: Adquiere lana y lino y los trabaja con sus hábiles manos. Sabe manejar la rueca y con sus dedos mueve el huso; abre sus manos  al pobre y las tiende al desvalido.

    De ahí la claridad del texto afirmando, que es mayor el valor del capital humano, que el valor del capital monetario: Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa: muy superior a las perlas es su valor. Su marido confía en ella y, con su ayuda, él se enriquecerá; todos los días de su vida le procurará bienes y no males.

    No dudemos en desarrollar nuestras capacidades, habilidades y recursos para ser bien administrados, y den el mayor fruto posible; ya que es ésta la manera para caminar en esta vida terrestre como Hijos de la Luz, como testigos del Reino de Dios, como mensajeros de la Paz y el Amor. Hagamos así nuestra la recomendación de San Pablo: “ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.

    Este Domingo, previo a la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, el Papa Francisco lo ha declarado día de la Jornada Mundial de los Pobres. En ella estamos concluyendo la Megamisión 2020, realizada en el contexto de la pandemia. Demos gracias a Dios por lo que se ha hecho, y pidamos que recompense a todos los que de una u otra forma han participado. ¡Pero la Misión de la Iglesia no termina, ésta debe estar siempre presente en todas las actividades de los bautizados!

    Unámonos a este gran esfuerzo, que requiere anunciar y testimoniar con nuestra vida que el Reino de Dios ya está presente entre nosotros. Cada quien en su campo, en sus contextos, mirando y apreciando siempre a los demás como hermanos, y auxiliando las necesidades más apremiantes de los pobres que encontremos en nuestro camino.

    Esta ha sido la razón, de la presencia en nuestra Patria, de nuestra Madre, María de Guadalupe, siempre atenta y dispuesta a mostrarnos el camino para encontrar a su Hijo Jesucristo, a través del servicio a los demás, especialmente a los necesitados. Pidámosle a ella nos anime y fortalezca en la misión de la Iglesia: anunciar y testimoniar que ¡Cristo vive y está en medio de nosotros!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Qué es la sabiduría?- Homilía- 8/11/20- Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

    ¿Qué es la sabiduría?- Homilía- 8/11/20- Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

    “Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean” (Sab 6, 12-13).

    ¿A qué sabiduría se refiere este texto? Indudablemente a la sabiduría que procede de Dios. ¿Cómo podemos describir en general la sabiduría? Primero es conveniente diferenciar los conceptos entre la ciencia y la sabiduría humana. La ciencia es el conocimiento de las realidades del mundo, de las cosas existentes en esta vida, y de la relación entre ellas. Mientras que la sabiduría humana es el arte de aprender cómo proceder correctamente en las relaciones y situaciones de la existencia terrestre.

    Pero la sabiduría descrita en este texto, y en general, en los libros sapienciales, y entre ellos el libro de la Sabiduría, la describen con rasgos y actitudes de un ser vivo. Algunos la personificaron en el Rey Salomón; sin embargo, quien la personifica plenamente es Jesucristo, quien siendo el Hijo de Dios y Palabra de Dios Padre, revela en su persona todas las características de la sabiduría descritas en la Biblia.

    La Sabiduría que proviene de Dios, permite iniciar y recorrer el aprendizaje sobre la naturaleza de Dios, y obtener el conocimiento de lo que Dios ha proyectado para el desarrollo de la humanidad. Pero, ¿cómo se logra semejante propósito? A través de la propia revelación que Dios ha realizado mediante los profetas y su intervención divina, y llevada a término por la Sabiduría Divina, que es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

    En Cristo se hace realidad la descripción que hemos escuchado de la Sabiduría: con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones. A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos.

    Así podemos entender que al conocer y contemplar a Cristo, nos atrae y lo buscamos, y él se anticipa a quienes lo desean conocer y amar. Y en efecto, las dos cualidades descritas de la Sabiduría, radiante e incorruptible, las manifiesta Jesucristo en plenitud, porque El es la Luz del mundo que irradia y da sentido pleno a todas las circunstancias de la vida humana; El es la Verdad incorruptible e imperecedera que nada la mancha ni deteriora, El es la Vida verdadera y eterna porque es la revelación del verdadero Dios, que es amor.

    La afirmación de San Pablo en la segunda lectura queda clarificada, reconociendo que Jesucristo ofrece la Vida Eterna y la ha garantizado al vencer la muerte y resucitando de entre los muertos: “no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”. La resurrección es la raíz de toda esperanza. Es fundamental adquirir la convicción de la eternidad y de la vocación a esa eternidad. De aquí la razón de afirmar que si Cristo no resucitó vana es nuestra fe.

    También la parábola que hoy escuchamos de labios de Jesús, la interpretamos mejor a la luz de la reflexión sobre la Sabiduría: Las 10 jóvenes representan a la humanidad destinada a compartir la vida divina, que necesita estar preparada para el momento del encuentro con el esposo, que llegará a medianoche, de repente, y será necesario disponer de luz, proporcionada por suficiente aceite, para recorrer en medio de la oscuridad y de las tinieblas, que siempre se encuentran en el camino de la vida.

    El aceite para la luz, es la experiencia personal de conocer a Cristo, Luz imperecedera, para entrar al Reino de los cielos. Por eso no se trata de egoísmo, el no compartir el aceite cuando “las descuidadas dijeron a las previsoras: Dénnos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”. Hay que vivir la experiencia de encender la luz con el aceite, que es la relación con Cristo. Por eso la clave de interpretación está al final de la Parábola: Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.

    Naturalmente todos entendemos que las experiencias son imposibles de compartir, al igual que sus efectos; se puede sin embargo hablar de ellas y de su valor para invitar a otros a vivirlas. Se puede indicar dónde encontrar el aceite, que en este caso de la Parábola se está refiriendo a una experiencia personal, que no es posible vender ni traspasar.

    En esta vida hay la oportunidad y garantía de conocer a Jesús, para eso se encarnó y se hizo semejante a nosotros. En conclusión a todos se les ofrece la oportunidad de acceder y entrar en relación con Cristo, Sabiduría divina y Luz del mundo, y obtener el aceite necesario, que es la experiencia eclesial de conocerlo, amarlo, y servirlo.

    De ahí la necesidad de orar para pedir la Sabiduría, que es un don, un regalo del Espíritu Santo. A partir de la Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se ha abierto la puerta para el aprendizaje de la Sabiduría, la verdadera, la que salva. Quien la busca la encuentra y quien la practica adquiere la prudencia para ser de los previsores que al final de la vida, al tocar la puerta del cielo, nos abra Cristo y nos diga: yo te conozco entra a participar del banquete eterno del Reino de Dios.

    En el recorrido de la vida terrestre no se necesitan influencias para entrar en relación con Cristo. Basta con buscarlo, atendiendo al anuncio de la Iglesia y de sus miembros, que somos todos los bautizados.

    Por eso, la Iglesia debe siempre proclamar a Jesucristo, y darlo a conocer, por eso siempre debe ser misionera. Así ha sido Nuestra Madre, María de Guadalupe, discípula y misionera, pidámosle a ella, que nos fortalezca con su ejemplo y su cariño para que la Iglesia de nuestro tiempo sea intensamente misionera.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

  • Solemnidad de Todos los Santos- Homilía- 1/11/20

    Solemnidad de Todos los Santos- Homilía- 1/11/20

    “Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel. Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap. 7, 9).

    El apóstol Juan narra su visión, en la que escucha el número de los convocados: 144,000 procedentes de las doce tribus de Israel, provenientes de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y de todas las lenguas. Se trata de una narración reveladora del destino al que está llamada y convocada la humanidad entera. El número de los convocados, simbólicamente expresa la plenitud 12x12xmil y representa a todos los que proceden de las 12 tribus de Israel y a todos los que proceden de la convocatoria de los 12 apóstoles que eligió Jesús, el Cordero, quien ha obtenido, en beneficio nuestro, un destino glorioso y triunfante, proyectado y realizado por Dios, así lo declara la misma multitud: «¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

    Sí, Dios participa la Santidad a todos, como lo expresa San Juan en la segunda lectura: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos… ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él”.

    Así expresa el apóstol Juan, el proyecto salvífico de Dios, que ha sido diseñado para todos sin excepción, pero para ello es indispensable la respuesta de cada uno, aceptando las tribulaciones y sufrimientos, no por la firmeza del carácter sino por la fortaleza obtenida gracias a unirse al sacrificio de Jesucristo en la cruz. Eso es lo que significa lavar y blanquear la túnica con la sangre del Cordero: “Entonces uno de los ancianos me pregunto: “¿quiénes son y de dónde han venido los que llevan la túnica blanca?”. Yo le respondí: “Señor mío, tú eres quien lo sabe». Entonces él me dijo: « son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero»”.

    Pero, ¿cuál es el concepto que habitualmente piensa el común de la gente sobre la Santidad? De ordinario la Santidad es considerada una exigencia a la heroicidad, fruto del esfuerzo y de la voluntad del hombre. Así la Santidad se convierte en una meta casi inalcanzable para la inmensa mayoría. Pero además, quienes asumen esa concepción y buscan por sus propias fuerzas el cumplimiento de las leyes y normas, desarrollan la terrible soberbia espiritual, que los conduce irremediablemente a la ceguera espiritual, se incapacitan para descubrir la intervención de Dios en sus vidas y en la vida de los demás, como lo muestra en tiempo de Jesús, la actitud de los fariseos y saduceos, que no supieron reconocer la presencia de Dios en la persona de Jesucristo ni en sus obras.

    Entonces, ¿la Santidad en qué consiste, cómo se logra? La Santidad es la participación de la vida divina, que el hombre acepta como regalo de Dios, y que nutre y alimenta con la indispensable lectura y meditación de los Evangelios, con el seguimiento en el propio contexto de vida, del ejemplo dado por Cristo, y confiando en la asistencia del Espíritu Santo para asumir a la luz de la Fe las diversas situaciones vividas sean dolorosas o gozosas, compartiéndolas en comunidad eclesial, y adquiriendo la buena disposición con todo ser humano, con quien se encuentre a lo largo de la vida.

    Las bienaventuranzas expresan la alegría y el consuelo, que experimenta el discípulo de Jesucristo, al seguir su ejemplo ante las distintas experiencias y contextos de la vida humana: “Dichosos los pobres en el espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia: porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

    Los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia son el parámetro para clarificar que mi conducta refleja mi respuesta al amor de Dios. Recordemos siempre, la Santidad no la adquirimos por mérito de nuestra buena conducta, sino por consecuencia de nuestra correspondencia al amor de Dios; así, recibimos la gracia para imitar a Jesús y vivir acordes al testimonio de su vida, y de quienes han logrado corresponder a la Santidad, que Dios les regaló; por ello, la Iglesia los declara Santos.

    La Iglesia, consciente del proyecto de Dios de compartir la Santidad a la Humanidad, proclama una y otra vez la Vocación Universal a la Santidad, ¿pero realmente es para todos? En efecto, es el deseo explícito de Dios. Por eso es tan importante entender, que la Santidad no se obtiene por la práctica de las virtudes y las buenas obras que hagamos en favor del prójimo, éstas son la consecuencia que verifican con nuestra conducta, que hemos emprendido el camino a la Santidad.

    En la Eucaristía, nosotros una y otra vez, al participar en ella, blanqueamos nuestra túnica y garantizamos nuestra participación en la multitud gloriosa de los santos. Por tanto, no es por el mérito de nuestras buenas obras que ganamos el cielo, sino por creer, confiar, y unir nuestra frágil condición humana con el único Santo, Jesucristo a través de Él, y por el Espíritu Santo la comunidad cristiana entra en comunión con Dios Trinidad y con los difuntos.

    Por eso, la Iglesia enseña que mientras llega el final de la Historia, hay tres sectores de la Iglesia: La triunfante que ya está en comunión permanente con Dios, la purgante que son los difuntos que no han logrado entrar aún al cielo, y la peregrinante, que somos nosotros los que aún transitamos en la vida terrestre. En la Solemnidad de este día la Iglesia celebra a todos los que ya forman parte de esa multitud, que llegará a la plenitud con nuestra llegada. Ellos ya gozan de la vida divina, de la Santidad, de la vivencia plena del amor.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe vivió y experimentó las bienaventuranzas, ella ha venido para auxiliarnos en nuestro camino a la Santidad, invoquémosla con esperanza y gratitud:

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

  • Homilía- ¿Existe todavía idolatría en nuestro tiempo?- 25/10/20

    Homilía- ¿Existe todavía idolatría en nuestro tiempo?- 25/10/20

    “Ellos mismos cuentan de qué manera tan favorable nos acogieron ustedes y cómo, abandonando los ídolos, se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, esperando que venga desde el cielo su Hijo, Jesús, a quien Él resucitó de entre los muertos, y es quien nos libra del castigo venidero” ( 1Tes. 1, 9-10).

    Para seguir a Jesucristo y servirlo es indispensable abandonar a los ídolos; pero, ¿acaso existen todavía ídolos en nuestro tiempo? ¿Hay idolatría actualmente en nuestro mundo, tan avanzado en los descubrimientos científicos y tan desarrollado en las impresionantes tecnologías? Aclaremos primero, ¿qué entendemos por idolatría, en qué consiste, y cuáles son sus expresiones?

    Inicialmente consistió en divinizar y ofrecer culto religioso a la personificación de las fuerzas de la naturaleza, a personajes mitológicos, o a esculturas mágicas. Posteriormente como lo testimonia el libro de la Sabiduría (13-14), y diversos pasajes del Nuevo Testamento, entre ellos San Pablo en la carta a los Romanos (1,18-32); ahí expresa que la idolatría es el pecado universal de los hombres que, en lugar de reconocer al Creador a través de su creación, cambiaron la gloria del Dios Incorruptible por una representación de sus criaturas, trayendo como consecuencia la decadente esclavitud en todas las dimensiones de la vida humana.

    La idolatría en nuestro tiempo la genera el ser humano cuando centra su vida y toda su pasión e inteligencia en adquirir dinero, poder, o placer para poseer, controlar y obtener el dominio sobre los demás a su arbitrio, para dar satisfacción a su ambición, codicia, o pasiones desordenadas, dejando de lado su destino final, desconociendo la común dignidad de todo ser humano y, atropellando los derechos de los demás, con tal de obtener los beneficios que se ha propuesto, para su beneficio egoísta.

    ¿Cuál es el remedio para superar las idolatrías? Descubrir al único y verdadero Dios Creador y Redentor a través de Jesucristo, manifestado en su vida al encarnarse en el seno de la Virgen María, y enviado por Dios Padre para expresar a todo ser humano su amor y misericordia, y mostrar en su único Hijo el camino, la verdad y la vida para quien quiera seguirlo. Porque Dios es amor y misericordia, fuente de la vida.

    La respuesta de Jesús al Doctor de la ley es muy clara y contundente: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

    La manera de mantenerse en el verdadero culto, y practicar con fruto la religión, se logra, centrando nuestra vida en la oración y la liturgia para la relación personal con Dios, y ejercitándonos en el amor al prójimo. En ambos casos las celebraciones litúrgicas, y los servicios pastorales propiciarán el indispensable encuentro con los demás cristianos, favoreciendo organizaciones, que faciliten el auxilio y la ayuda a los pobres y necesitados.

    ¿Cómo educar para el amor y desarrollar las cualidades y capacidades para afrontar las situaciones adversas y los testimonios contrarios de odio, rivalidad, discordia, pleitos e injusticias? En la primera lectura del libro del Exodo, hemos escuchado algunas indicaciones muy precisas sobre cómo practicar el amor al prójimo:

    – No hagas sufrir ni oprimas al extranjero,… – No explotes a las viudas ni a los huérfanos, … – Cuando prestes dinero … no te portes con él como usurero, cargándole intereses…- Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol…

    Sin duda hay aún muchas más formas de expresar y testimoniar el amor al prójimo, cada quien en sus propios contextos los encontrará a diario. Al ver las necesidades de los demás, recordemos que es una invitación de parte de Dios para que ayudemos al pobre, y de esta manera, Dios nos hará participe de su ser, aprenderemos a ser como  Él, como lo expresa la primera lectura: Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso”.

    Esta imitación de la manera de ser de Dios Padre, está al alcance de todo ser humano, ya que cuenta con inteligencia, sensibilidad, y está creado para amar. Así fue según narra San Pablo su experiencia con la comunidad de Tesalónica: “Ustedes, por su parte, se hicieron imitadores nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la Palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la palabra del Señor; y su fe en Dios ha llegado a ser conocida, no solo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes”.

    Es oportuno recordar que este camino propuesto por Dios, de abandonar los ídolos y centrarnos en Él y en nuestros prójimos, como razón de nuestra vida, es necesario vivirlo y animarlo en comunidad. Solos no podremos; ante tantos problemas cada vez más complejos, cunde el desánimo, y se manifiesta el desaliento y la desesperanza. Pero cuando vamos juntos como Iglesia, entonces nos fortalecemos y somos capaces de llevar a cabo no solo lo propuesto, sino incluso descubriremos más opciones y alternativas para prestar auxilio al necesitado.

    Para este propósito hemos lanzado la experiencia de la Megamisión 2020, para auxiliarnos y fortalecernos en esta tarea, para encontrarnos con el verdadero Dios, y compartir las maravillas que Dios hace mediante la pequeñez de nuestras acciones. No dejes de participar, hay muchas y diversas formas de hacerlo: promoviendo la vida y la familia, auxiliando a los enfermos, acompañando a los discapacitados, a los huérfanos y desamparados, a los indigentes, a los reclusos, generando actitudes ecológicas en favor del ambiente; participando desde tus posibilidades.

    Animados por la ternura y el amor de Nuestra Madre, María de Guadalupe, que hemos experimentado de distintas circunstancias, y siguiendo su excelente testimonio, como discípula y misionera, participemos en la misión. Pidámosle nos acompañe y auxilie:

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para
    hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía – Misa de envío a la Megamisión 2020 – 18/10/20

    Homilía – Misa de envío a la Megamisión 2020 – 18/10/20

    “Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios” (1a. Tim. 2, 3-4).

    Con qué claridad San Pablo expresa la raíz del Ecumenismo y la indispensable conveniencia de una buena relación entre todas las religiones: “No hay sino un solo Dios”, por tanto, la manera como busquemos a Dios y como desarrollemos nuestra relación con Él es secundaria. Unas religiones ayudan más, tienen más historia recorrida, más experiencia, otras tienen más herramientas para acrecentar la espiritualidad de la persona, mejor pedagogía, pero todas las búsquedas sinceras de Dios, de una u otra forma llevarán al único Dios Creador.

    Segundo aspecto, san Pablo al declarar que Dios es único y que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, está afirmando que Dios quiere que toda religión, que busca a Dios se convierta en un camino, que finalmente conduzca al verdadero y único Dios. Por tanto, como Iglesias y religiones debemos establecer relaciones positivas, cordiales, y propositivas, que ayuden a la humanidad a entender que creer en Dios, es lo mejor que nos puede pasar en la vida.

    El sustrato que descubrimos de estas afirmaciones, conduce a la confirmación del diálogo como el camino, que debe aprender y vivir en la cotidianidad toda sociedad. Cuando el diálogo es la escucha del otro en reciprocidad, no solamente facilita entender las posiciones del otro, sino completa y enriquece la visión y concepción del mundo y de la vida humana; cuando el diálogo es sobre la experiencia de Dios, él interviene para conducir más temprano que tarde a la comunión.

    Además, el Profeta Isaías anuncia que Dios está en la mejor disposición de actuar en favor de la humanidad, está esperando que nosotros expresemos la necesidad de su ayuda, y señala cómo debemos prepararnos: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse”.

    Él entrará en acción si nosotros cuidamos que se respeten los derechos de los demás, y practicamos la justicia, estas dos condiciones pide Dios para intervenir en favor de la humanidad. Por eso afirma el Profeta Isaías en nombre de Dios: “mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”. Y por Jesucristo, sabemos que el verdadero templo de Dios somos nosotros, los que formamos su cuerpo y Él es nuestra cabeza.

    La Iglesia católica en el tiempo contemporáneo, particularmente desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) al día de hoy, viene afirmando la necesidad del Ecumenismo (diálogo entre las distintas Iglesias que creemos en la Revelación de Jesucristo) y del diálogo interreligioso (diálogo con todas las religiones). El mismo Concilio definió a la Iglesia peregrinante, es decir a la Iglesia que integra cada generación en esta vida terrena, afirmando que por su propia naturaleza está fundada para transmitir lo que de Dios ha recibido; tiene su razón de ser en y para la misión.

    Así lo define el Decreto “Ad Gentes”: La Iglesia peregrina es por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre (No. 2).

    Entonces, si la Iglesia está llamada a promover las buenas relaciones con las demás religiones, ¿cuál es la razón de la misión definida en el mismo Concilio como parte integrante de la naturaleza de la iglesia católica? ¿Qué tipo de misión debe promover?

    Convencidos por la fe y la experiencia desarrollada a través de la Historia y actualmente a través de los actuales cristianos, que el amor al prójimo, especialmente a los más necesitados es la mejor manera para intensificar nuestra experiencia de relación con Dios, la misión debe desarrollarse por el testimonio. Al preocuparnos y dar una mano al pobre, al que sufre por enfermedad, por discapacidad, por marginación, por reclusión, por discriminación daremos no solamente una ayuda, sino un testimonio del amor de Dios a través de nosotros.

    Envío a la Megamisión

    Hoy que celebramos el Domingo Mundial de la Misión, y que inauguramos la experiencia de la Megamisión 2020 de la Arquidiócesis Primada de México, es conveniente clarificar su razón de ser y entender su necesidad.

    En primer lugar es fundamental orar por el éxito de la misión, así preparamos nuestro corazón y disponemos nuestra voluntad, por eso san Pablo recomienda a Timoteo: “Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido”.

    La experiencia de misión promueve el bien de la sociedad y además fortalece ciertamente nuestro espíritu, por que al entrar en contacto con el prójimo necesitado, descubrimos más fácil y rápidamente la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Las experiencias de misión permiten evangelizar con acciones, dejando las ideas y los conceptos sobre Dios en el silencio.

    El desarrollo de los conceptos tienen su tiempo y su lugar en la educación del cristiano, y siempre serán indispensable ayuda para comprender mejor los designios de Dios. Pero debemos evitar que sean objeto de discusiones inútiles, que enfrentan y dividen, que radicalizan las posiciones y polarizan las relaciones. Solo debemos dar cuenta de la doctrina, a quienes se interesan por conocer al Dios revelado por Jesucristo.

    De esta manera llevaremos a cabo una experiencia misionera que superará cualquier tentación de proselitismo, y será fuerte testimonio, capaz de generar una atracción al bien. Confiemos en la palabra de Jesús: “sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien con su vida, más que con palabras, dio el testimonio y ejemplo de cómo ser discípula y misionera del amor de Dios.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía – ¿Qué es la Eucaristía? – 11/10/2020

    Homilía – ¿Qué es la Eucaristía? – 11/10/2020

    “El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo” (Mt.22, 2).

    La Parábola es una invitación a participar en el banquete del Reino de Dios. Jesús comenzó su misión anunciando: El Reino de Dios ha llegado, conviértanse y crean en
    esta buena nueva” (Mc. 1, 15).

    Con la llegada de Jesucristo ha iniciado el Reino de Dios en esta vida terrena, porque Él es Hijo de Dios, que al encarnarse asumiendo la condición humana hace presente a
    Dios en medio de la humanidad, en medio de nosotros.

    La Parábola está dirigida a los Sumos Sacerdotes y a los Ancianos del pueblo para advertirles que al iniciar el Reino de Dios, ellos eran los primeros destinatarios para participar en el banquete de bodas, sin embargo al rechazar a Jesús, están rechazando a Dios mismo, y por ello la sentencia es tajante y firme en la narración: “La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos”.

    Lo mismo sucederá con todos aquellos que acepten la invitación pero no lleven el traje de fiesta para el banquete: “Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’. Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, … Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Por eso es tan importante entender y meditar esta Parábola, ya que nosotros hemos recibido la invitación y debemos participar con traje de fiesta.

    Los beneficios de participar en el banquete

    La profecía de Isaías (Is 25,6-10), ofrece los elementos necesarios para ubicar dónde y cómo se realiza el banquete, y cuáles son los beneficios que recibiremos al participar:

    1) Lo primero es recordar que la invitación es general, todos están invitados: “En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos”.

    2) ¿Cuál es el monte sobre el cual se ha preparado el banquete? Dios nuestro Padre, conociendo nuestra frágil condición humana, ha preparado un banquete impensable y sorprendente en el monte Calvario, donde con su muerte Jesús nos redimió, y entregando su vida, se ofreció a sí mismo, siendo obediente a su Padre, hasta la muerte y muerte en cruz.

    3) La Eucaristía actualiza la Muerte y Resurrección de Jesucristo, se celebra sobre el altar, memorial del monte calvario, y transmite los beneficios de la Redención de N.S. Jesucristo. Por eso, la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana. La Eucaristía es el banquete que ofrece a todo el que participa en ella, platillos suculentos: vino exquisito y manjar sustancioso. El Pan de la vida, alimento para fortaleza del espíritu, vigoriza el cuerpo de cada discípulo para aceptar y cumplir la concreta misión recibida de Dios Padre.

    4) La Eucaristía, con la proclamación de la Palabra de Dios y con la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada, proporciona la luz para descubrir qué hay más allá de la muerte, y para recibir el consuelo ante cualquier sufrimiento, adversidad, enfermedad o tragedia. Como lo anuncia el profeta Isaías: “Él arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo”.

    5) La Eucaristía es presencia misteriosa y sacramental, pero presencia real de Jesucristo, el Hijo de Dios, con lo cual se cumple la profecía de Isaías: “En aquel  día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara”.

    6) ¿Y, cuál es el vestido de fiesta que debo llevar, para participar en el banquete de la Eucaristía? La disposición de entregar generosamente mi vida en el cumplimiento de la Voluntad de Dios Padre, y ofrecerla junto al sacrificio de Jesús en la cruz.

    7) Finalmente, con estos elementos descritos, quien participa en la Eucaristía, no solo con presencia física, sino con la propia ofrenda existencial como lo hizo Jesús, experimentará una inmensa felicidad y transmitirá en su entorno familiar, social, laboral el anuncio del Profeta: “Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte”.

    En síntesis: La Profecía de Isaías se ha cumplido en plenitud en la persona de Jesucristo, y se actualiza en cada Eucaristía para los fieles que en ella participan, ofreciendo junto con el pan y con el vino, su voluntad para cumplir la vocación y misión personal y comunitaria.

    Por eso es indispensable para la vida cristiana, participar al menos cada domingo en la Eucaristía. No es un simple mandamiento, es una necesidad y un auxilio para ser fiel y leal discípulo de Jesucristo, y colaborar en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, y en la contribución para construir una sociedad fraterna y solidaria. Además descubriremos la acción del Espíritu Santo en nuestra propia persona y en los demás: con lo que desarrollaremos una experiencia viva de nuestra relación con Dios.

    Así da testimonio San Pablo: “Hermanos, yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo, lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza”. Por eso expresa con firme convicción a su querida comunidad de los filipenses: “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes, por medio de Cristo Jesús” (Fil. 4,12-14 y 19).

    Estamos invitados no solo a participar sino a dar testimonio de lo que Dios hace a través de nosotros. En esto consiste la misión de la Iglesia, esto explica por qué María de Guadalupe vino a nuestras tierras a dar testimonio de la generosa y dolorosa entrega que hizo de su Hijo querido al pie del Calvario. Pidámosle a ella, que interceda para que también nosotros seamos generosos misioneros del amor de Dios.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

  • Homilía – Aprendamos de san Francisco de Asís – 04/10/2020

    Homilía – Aprendamos de san Francisco de Asís – 04/10/2020

    “Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña” (Is. 5,1).

    El poema sobre la Viña que escuchamos del Profeta Isaías y la Parábola que hoy Jesús propone para nuestra reflexión, conviene interpretarlas a partir del amor de Dios por su pueblo, y que a pesar de la pésima correspondencia que históricamente ha recibido Él mantiene su infinito amor. Sin duda por ello, el mismo Jesús, alude a Isaías, para relacionar el poema y su Parábola.

    La relevancia del mensaje a través de la Parábola es el envío del Hijo a cuidar y proteger la Viña, es decir, el pueblo de Israel, el pueblo elegido para rendir fruto, para dar testimonio del amor que Dios tiene por su Viña amada, por su pueblo elegido.

    Jesús pretende manifestar que Él es el enviado del Padre, y que su misión es cuidar de la Viña. El Padre lo ha decidido porque los viñadores, que deberían haber cumplido su misión, han fallado y se han aprovechado, haciendo suyos los beneficios, y explotando a quien deberían cuidar y ayudar a dar fruto. Por eso las duras palabras de Jesús dirigidas a los Sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

    A pesar de los malos viñadores y de la muerte del propio Hijo, la viña seguirá, el Señor llamará a otros viñadores, y continuará dando frutos, testimoniando el amor de Dios, pero dependiendo de la fidelidad de los viñadores.

    Esta parábola ofrece la posibilidad de dos interpretaciones muy importantes y oportunas para la vida de la Iglesia:

    Una sobre la responsabilidad de los viñadores de cuidar los vides para que den fruto, y en su tiempo rendir buenas cuentas al dueño de la vid, por eso advierte: “¿Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?. Ellos le respondieron: Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

    La otra sobre los viñedos mismos, cuya responsabilidad es dar uvas maduras y sabrosas, y no uvas agrias, que no tienen buen sabor, al contrario destemplan los dientes: “Él esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias”.

    La primera interpretación la refiero a los pastores, conductores de la comunidad eclesial: Obispos, Presbíteros, Consagrados, Diáconos y Agentes de Pastoral, que en su nivel de servicio, cumplimos nuestra misión, cuidando la Viña del Señor, y cultivándola para que dé los mejores frutos posibles. Para ello es indispensable ofrecer todos los elementos que necesita cada persona y cada comunidad parroquial para rendir buenas cuentas al Dueño de la Viña, es decir, lograr que conozcan y descubran el gran amor que nos tiene Dios Padre, y corresponder a ese amor de la mejor manera, que es reconocer y aceptar al prójimo como mi hermano, miembro de la familia de Dios.

    Pidamos por esta razón con insistencia por los nuevos viñadores que somos nosotros los pastores del Pueblo de Dios. Desde el Papa hasta los Obispos, sacerdotes, consagrados, y agentes de pastoral que colaboran en la Viña del Señor. Para que lleguemos a ser como el apóstol Pablo, testimonio convincente y apasionado, que promueva mucho fruto en bien de la misma comunidad eclesial y de la sociedad en general: “Hermanos aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”.

    La segunda interpretación la refiero a todos los bautizados, cada uno es una vid que debe producir uvas, de la que se obtenga el buen vino que alegra el corazón del hombre; es decir, engendrar y formar personas, que descubriendo su propia vocación cumplan sus responsabilidades, de manera que generen ambientes de vida fraternos y solidarios, que den sentido y razón de ser al gran don de la vida, que hagamos lo que hagamos procuremos siempre el bien de los demás, haciendo caso a la recomendación de San Pablo: “No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”.

    Preguntémonos pues, cada uno desde su propia responsabilidad, si hemos cuidado la viña del Señor y hemos dado fruto de uvas dulces y maduras. En otras palabras, conviene revisar, ¿cuáles son las obras buenas que con mi actitud y mis acciones he promovido y cuáles los frutos que se han generado?

    Hoy por ser domingo no hemos celebrado la fiesta de San Francisco, pero si podemos recordarlo, pidiendo su intercesión para seguir su ejemplo. Aprendamos de la sencillez y la humildad de San Francisco, para reconocer a todo prójimo como hermano, como hoy nos motiva el Papa Francisco al ofrecer en este día la Encíclica “Fratelli tutti» “todos hermanos”. Los invito a leer y reflexionar su contenido para luego ponerlo en práctica. Construyamos así un mundo que reconozca la común dignidad de toda persona.

    San Francisco se caracterizó por vivir y dar una gran testimonio de la Creación como huellas que nos conducen al Creador, camino que todo ser humano tiene a su alcance para descubrir la necesidad de una Inteligencia superior al hombre, ante la grandeza inmensa y la perfección del Universo y de nuestra Casa Común, la Tierra.

    Hoy se presenta una gran oportunidad al concluir este domingo la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, convocada por el Papa Francisco, ahora nos corresponde pasar de la oración a la acción, promoviendo con entusiasmo la ecología integral, y recordando el principio fundamental de la Ecología: Somos los administradores de la Creación y no los dueños.

    Hagamos lo que nos corresponde, y el Señor hará maravillas de nuestras pequeñas acciones; Así podremos exclamar y dar testimonio, como Nuestra Madre, María de Guadalupe: El Señor, nuestro Dios, ha estado grande con nosotros, y estamos alegres, porque ha hecho maravillas a través de nuestra pequeñez.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

     Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.