Etiqueta: Carlos Aguiar Retes

  • Homilía en la Jornada Mundial de los Pobres 2021- 14/11/21

    Homilía en la Jornada Mundial de los Pobres 2021- 14/11/21

    Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando lleguen aquellos días, después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá”.

    Con estas palabras hoy Jesús recuerda que la vida del Universo, y en particular de la Tierra tendrá un final, lo que hemos llamado “final de los tiempos”. Ante estas predicciones de Jesús a lo largo de todas las generaciones, que nos han precedido, las han recibido siempre con temor, con inquietud y zozobra. Sin embargo Jesús no intenta amedrentarnos sino más bien tomar conciencia, que tanto el Universo como la Humanidad han tenido un principio y tendrán un final. De la misma manera que sucede con nosotros que nacemos y morimos, y es lo más cierto, ya que se constata todos los días al despedir a nuestros hermanos que nos van precediendo.

    La Creación entera ha tenido un principio y tendrá un final, de la misma manera que cada uno de nosotros conoce cuando nació, pero ignora cuando morirá. Lo que también hemos aprendido es que la mayor prolongación de la vida o su brevedad depende en buena medida de nosotros. Así llegamos a ser conscientes de la importancia del cuidado de la salud, de la manera de comportarnos, de los riesgos o peligros que debemos afrontar con cautela y prudencia.

    Respecto de la Creación, es decir, de la duración de nuestra Casa común debemos también aprender que su prolongación o su término depende del cuidado que tengamos. El ser humano es la única criatura que puede romper los ritmos y la indispensable relación y el equilibrio de los ecosistemas y biomas, ellos cumplen perfectamente su función, y le dan así una constante sustentabilidad a la tierra.

    Hoy tenemos información suficiente de la degradación, que viene padeciendo nuestra Casa común, provocado por la explotación de los recursos naturales sin control ni límites, ha llegado a un punto de resquebrajamiento de los ciclos ecológicos que pone en grave riesgo la sustentabilidad de la tierra. Es lo que llamamos “Cambio climático”.

    Por eso, viene muy oportuna la recomendación de Jesús: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.

    Haciendo eco a esta necesaria interpretación de los acontecimientos, el Papa Francisco lanzó hace 6 años la Encíclica “Laudato Si´”. En ella advierte la urgencia de propuestas y acciones de todos los pueblos para respetar los ciclos de la naturaleza, ya que lamentablemente se ha fracturado y acelerado el deterioro de los ecosistemas.

    El Papa Francisco afirma en el No. 75: “Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, «en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza».

    También hace una serie de denuncias muy valientes como leemos en el No. 105: “El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia. En ese sentido, está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación”.

    En la misma línea afirma: “No hay ecología sin una adecuada antropología. Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, «se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad»… No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad”.

    En este espíritu descubramos la relevancia de la Jornada Mundial del Pobre, que hoy celebramos desde hace 5 años, promovida por el Papa Francisco para orientar nuestra preocupación por los marginados y necesitados, y que lamentablemente suelen ser los más afectados por las catástrofes climáticas.

    El Evangelio de Cristo impulsa a estar especialmente atentos a los pobres y pide reconocer las múltiples y demasiadas formas de desorden moral y social que generan siempre nuevas formas de pobreza…Un mercado que ignora o selecciona los principios éticos crea condiciones inhumanas que se abaten sobre las personas que ya viven en condiciones precarias. Se asiste así a la creación de trampas siempre nuevas de indigencia y exclusión, producidas por actores económicos y financieros sin escrúpulos, carentes de sentido humanitario y de responsabilidad social” (JMP No. 5).

    La humanidad entera somos responsables del cuidado de la Creación, somos los únicos seres que podemos dañarla o protegerla. Por ello es indispensable generar la conciencia de nuestra responsabilidad colectiva como administradores de nuestra Casa común.

    Escuchando la voz de Dios aprenderemos el camino de la vida. Hoy en la primera lectura el Profeta Daniel señala: “Los guías sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que enseñan a muchos la justicia, resplandecerán como estrellas por toda la eternidad”. Por tanto, la Sabiduría y la Justicia son dos virtudes para responder positivamente a nuestra responsabilidad, y garantizarnos que al final de nuestras vidas despertemos a la vida eterna y libremos el eterno castigo.

    Respondamos con presteza para promover la conciencia y amor por los más pobres y demos testimonio de nuestro compromiso, cuidando el medio ambiente y respetando los ciclos de la naturaleza. Pongamos nuestra disposición en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe y aprendamos de su amor por los más pequeños y necesitados, siguiendo su ejemplo cuando abrió su corazón y actuó en favor de San Juan Diego, y de su tío Bernardino.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados. Ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa con los más afectados por el cambio climático y para hacer frente a las consecuencias de la pandemia mundial; haznos valientes para promover los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, generosamente salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser testigos del amor de Dios, como tú lo has sido con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía: No dejarnos seducir por las apariencias- 07/11/21

    Homilía: No dejarnos seducir por las apariencias- 07/11/21

    «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso”.

    Con estas duras palabras Jesús enseñaba a la gente a no dejarse seducir por las apariencias, a saber descubrir que la dignidad de una persona no consiste en la elegancia del vestido, ni en detentar puestos de honor, tampoco en ser invitados a un banquete relevante. También nos invita a detectar a los auténticos maestros de la oración y pedagogos eficientes, que en verdad busquen nuestro bien y no en aprovecharse de nuestra generosidad.

    Para este propósito es fundamental aprender a mirar el corazón, el interior de una persona. Por ello, inmediatamente Jesús señala como ejemplo el testimonio de una pobre mujer que da todo lo que tiene: «Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

    Mediante este señalamiento Jesús indica la importancia de educarnos para adquirir el hábito característico, de quienes queremos ser sus discípulos: la generosidad. La vida que hemos recibido es un don; la Casa Común y todos los recursos de la naturaleza son regalo del Creador, nuestra condición de ser hijos de Dios y la promesa de la vida eterna son una muestra de la generosidad divina. La generosidad, por tanto, es una expresión del Amor.

    Por esta razón es muy importante educar nuestro corazón, que naturalmente está creado para la compasión. Es una responsabilidad personal el educar nuestro corazón, nuestro interior, de nosotros depende que se endurezca o que sea generoso.

    Esta enseñanza la vemos reflejada también en la primera lectura del primer libro de los Reyes. El profeta Elías de camino para cumplir su misión al entrar a una población expresa la necesidad de beber y de comer a una pobre viuda, quien accedió a compartir lo poco que tenía para ella y su hijo. Admirablemente ese poco no se acabó, y los sostuvo el tiempo necesario para sobrevivir: “Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

    Además de la enseñanza sobre la generosidad, el texto expresa la importancia de aprender a obedecer la voluntad de Dios y cumplir lo mandado; así seremos testigos en primera persona de las maneras inéditas e inesperadas, en que recibimos la ayuda divina para salir adelante en la vida. Lo cual avanzará y desarrollará nuestra fe, crecerá nuestra esperanza y viviremos la caridad de forma genuina y espontánea.

    Sin embargo, bien sabemos lo frágiles que somos, la facilidad con la que rompemos nuestras promesas, y la dificultad que en determinados tiempos de estrechez nos cuesta desprendernos de algo que necesitamos. Este condicionamiento de nuestra naturaleza lo podremos superar si nos dejamos ayudar, si ponemos nuestra confianza en quien siempre está dispuesto a fortalecernos, a perdonarnos, y a acompañarnos para reiniciar nuestros buenos propósitos.

    ¿Quién es esa persona? Sin duda alguien que ha manifestado en plenitud su amor por mí. Por esta razón encontramos en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos a Jesucristo como mediador para garantizar la ayuda de Dios y vencer al mal: “Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo”.

    Asumió nuestra condición humana para mostrarnos desde nuestra misma experiencia de la vida terrena, cómo afrontar las situaciones de injusticia, de persecución, de tormento, y de muerte. Entregó su vida hasta el extremo de morir en la cruz. El velo que cubre la vida verdadera la manifestó con la Resurrección.

    Todo esto lo hizo de una vez para siempre, y su entrega lo convirtió en el mediador eficaz para recibir nosotros la misma ayuda que él tuvo en su paso terrenal, el acompañamiento del Espíritu Santo.

    Quizá alguno se preguntará: ¿Por qué Jesucristo es un mediador perfecto entre Dios y los hombres? ¿Por qué le bastó entregar su vida una sola vez?

    Porque al resucitar regresó a su condición de Hijo de Dios, decimos en el Credo, está sentado a su derecha. Con esta expresión se manifiesta la autoridad que tiene para hablar con Dios Padre, para actuar en su nombre, y para cumplir su palabra: “Yo estaré siempre con ustedes”.

    Un mediador que a la vez es Juez y es uno de nosotros, es decir tiene el poder y la autoridad divina, y conoce a fondo nuestra condición humana, puede intervenir siempre en favor nuestro. Como lo expresa Jesús: “les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes. Pero si me voy, lo enviaré” (Jn16,7). Y hoy respondimos cantando en el Salmo: “El Señor siempre es fiel a su palabra”.

    Preguntémonos: ¿Qué mueve esta Palabra de Dios en nuestro interior? ¿Me siento respaldado y decidido a seguir a Jesús como buen discípulo? Si alguno todavía desconfía, mire a Nuestra Madre, María de Guadalupe y recuerde sus palabras a San Juan Diego: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Ella fue la discípula ejemplar de su hijo Jesús. Por eso también a ella la invocamos y la amamos para pedirle que seamos fieles discípulos de su Hijo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes y generosos para promover los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, expresemos nuestra generosidad, saliendo en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser testigos del amor de Dios, como tú lo has sido con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía: ¿Qué hacen los sacerdotes católicos?- 31/10/21

    Homilía: ¿Qué hacen los sacerdotes católicos?- 31/10/21

    Hermanos: Durante la antigua alianza hubo muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer en su oficio. En cambio, Jesús tiene un sacerdocio eterno, porque él permanece para siempre”.

    El Sacerdocio de Jesucristo es eterno porque el Hijo de Dios, fue enviado por Dios Padre para encarnarse, y asumir en su persona nuestra frágil condición humana. Así realizó la tarea de mediador perpetuo entre Dios y la humanidad. En ella unió a Dios y a todo ser humano, que quiera relacionarse con Dios. “No necesita, como los demás sacerdotes, ofrecer diariamente víctimas, primero por sus pecados y después por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”.

    Jesús entregó su vida sirviendo y manifestando el amor de Dios Creador, y revelando así la naturaleza del verdadero Dios Trinidad, que siendo tres personas distintas son un solo Dios. Esa comunión se mantiene eternamente en el amor.

    Entonces, ¿qué hacen los sacerdotes católicos, y por qué los necesitamos si mueren igual que los antiguos sacerdotes? Para responder esta pregunta es necesario recordar que el Sacerdocio de Cristo tiene dos dimensiones, como bien lo expresó en su momento el Concilio Vaticano II: El sacerdocio común y el sacerdocio ministerial. Por el Sacerdocio común recibimos el beneficio de la reconciliación y el don de ser aceptados como hijos de Dios para participar de su santidad. En cambio el Sacerdocio ministerial es para servir a todo ser humano, actualizando cuantas veces sea necesario, la mediación de Jesucristo, Redentor y Santificador.

    El Sacerdocio de Cristo, consistió en la ofrenda existencial de Jesús mediante la entrega de su vida: proclamando e iniciando el Reino de Dios en la tierra, asumiendo la muerte en Cruz, y al ser resucitado por Dios Padre quedó de manifiesto, que todo ser humano que siga su ejemplo, participará eternamente de la vida divina. La Eucaristía ofrece la Palabra de Dios y la oportunidad de presentar nuestras acciones, proyectos, y necesidades para ser fortalecidos, y así asumirlos con la confianza de ser acompañados por el Espíritu Santo para llevarlos a término.

    La misa no repite el sacrificio de Cristo, sino lo actualiza para beneficio de todos los participantes. Por tanto, el Sacerdocio ministerial sirve a los fieles, ofreciendo la oportunidad a todo bautizado de unir su propia ofrenda existencial a la de Cristo; y por el Sacerdocio Común reciben el Beneficio de la redención: es decir, reciben el perdón de sus pecados, la gracia de renovar su ser de discípulo y de fortalecer su espíritu para servir a sus hermanos los hombres sin distinción alguna. Son dos dimensiones distintas del mismo Sacerdocio pero complementarias.

    Sin embargo el Sacerdocio ministerial no se limita al servicio litúrgico, expresión central de la vida de fe; sino también desarrolla la conducción de la comunidad parroquial en el ámbito profético, es decir alimenta la fe de los fieles, ayudando a interpretar los signos de los tiempos; y en el ámbito social, promoviendo la acción socio-caritativa en favor de los más necesitados.

    La conducción pastoral de la comunidad cristiana necesita de pastores que favorezcan la apertura de espacios para la participación de los fieles, que reunidos en la fe, disciernan lo que el Espíritu del Señor pide a la Iglesia.

    El primer paso a dar es el conocimiento de los mandamientos de la ley de Dios, para adecuar nuestra conducta a su cumplimiento. Así lo hizo Dios en la primera etapa de la historia de la salvación al elegir a un pueblo, el de Israel, y dándoles a conocer esos mandamientos, que regulan la buena relación entre los miembros de una comunidad.

    Moisés fue el profeta y líder elegido por Dios para realizar el servicio de la conducción de la comunidad como lo recuerda la primera lectura de hoy: “habló Moisés al pueblo y le dijo: Teme al Señor, tu Dios, y guarda todos sus preceptos y mandatos que yo te transmito hoy, a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos. Cúmplelos siempre y así prolongarás tu vida. Escucha, pues, Israel: guárdalos y ponlos en práctica, para que seas feliz y te multipliques. Así serás feliz, como ha dicho el Señor, el Dios de tus padres, y te multiplicarás en una tierra que mana leche y miel”.

    Los mandamientos son un primer paso fundamental para conducirnos en la vida conforme a la voluntad de Dios. A partir de ellos es necesario recordar la indicación que hoy Jesús ha señalado: al cumplir los mandamientos lo debemos hacer “amando a tu prójimo como a ti mismo”.

    Sin embargo no basta la respuesta personal de cada individuo, sin duda es indispensable, pero se necesita además la conjugación de los esfuerzos personales en una acción comunitaria y eficiente para animar a los débiles, levantar a los caídos, sobrellevar las cargas de los enfermos y de los inválidos, auxiliar a los niños y jóvenes, a los indigentes, migrantes, y reclusos, y cuidar de los adultos mayores y de los ancianos. Esto lo facilita el ejercicio de la sinodalidad.

    A la par de estas acciones será más fácil transmitir los valores a las nuevas generaciones, respondiendo a sus inquietudes, y animándolos a desarrollar sus iniciativas, ofreciéndoles la confianza de quien por años ha hecho camino al andar.

    No debe faltar la promoción de la experiencia de la oración para desarrollar la relación personal y comunitaria con Dios, y expresarle con gratitud la respuesta que hoy cantamos en el Salmo: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera”. Aprender a sentirse amado por el Dios que te ha creado, y que ha enviado a su Hijo para mostrar el inmenso amor que nos tiene, y establecerlo como nuestro permanente mediador. Proceso que se inicia y se culmina en la participación de la Eucaristía, especialmente los domingos.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe es un modelo a seguir, y ella puede auxiliarnos a dar los pasos necesarios para recorrer nuestro camino en la vida de la mano de su Hijo Jesús. Pidámosle su ayuda por la confianza que le tenemos por ser ella la Madre de la Iglesia, es decir, Nuestra Madre.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser testigos del amor de Dios, como tú lo has sido con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. Él les dijo: ¿Qué es lo que desean? Le respondieron: Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria. Jesús les replicó: No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado? Le respondieron: Sí podemos”.

    Ojalá que también nosotros tengamos la decisión firme, como Santiago y Juan, que efectivamente entregaron sus vidas por la causa del Evangelio, incluso hasta la muerte sufrida en el martirio, siguiendo el camino de entrega de la vida, como Jesucristo lo hizo al ser crucificado.

    Recordemos también lo que hoy escuchamos en la segunda lectura: “En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno”.

    Muchas veces sin duda viene a nuestra mente el cuestionamiento del por qué Dios se queda impasible y en silencio ante la multiplicación del mal en el mundo. Ciertamente nuestra mirada es muy limitada, somos miopes y no alcanzamos a ver más allá de los años siguientes, y nos preocupa habitualmente solo el presente y el futuro inmediato.

    Además nos cuesta mucho trabajo aprender del pasado, y proyectar y comprometernos para un futuro, que consideramos difícil de alcanzar, e incluso muchas veces, cuando advertimos que no nos tocará disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos, dejamos de colaborar en bien de la nuevas generaciones.

    Esta mirada corta, por la misma brevedad de la vida, nos dificulta comprender el mal en el presente. Por esta razón Dios Padre envió a su Hijo al mundo para que asumiera la condición humana y proyectara en su conducta el camino a seguir ante la presencia del mal, y el sufrimiento en general. Este es el bautismo al que se refiere Jesús a la pregunta de Santiago y Juan: ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?

    En la mística cristiana del sacrificio redentor podremos entender la profecía de Isaías, que la Iglesia ve cumplida en Jesucristo: “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos”.

    El mal y los sufrimientos que origina son propiciados porque Dios nos creó en y para la libertad, condición indispensable para aprender a amar, porque nos creó con la capacidad para entender, valorar y compartir la vida divina, la vida de Dios Trinidad, que es la vida del amor, que se caracteriza por actuar siempre buscando el bien de los demás por encima del bien personal.

    Por eso la advertencia de Jesús a sus discípulos: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

    El proceso sinodal que hoy formalmente iniciamos todas las Diócesis del mundo es la oportunidad para aprender a servir juntos, recogiendo nuestras experiencias de vida, compartiéndolas y fortaleciéndonos para vivir acordes a nuestra vocación como hijos de Dios, integrándonos como una familia, y siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de dar nuestra vida por la redención de la humanidad.

    El aprendizaje del amor ningún ser humano lo adquiere solo, individualmente, por que dicho aprendizaje exige superar el egoísmo y aprender a vivir para servir y ayudar a los prójimos. Nuestras relaciones deben conducirse en libertad personal y del otro, superando la manipulación, y siempre actuando con sinceridad, honestidad y transparencia de nuestras reales intenciones. El engaño y la mentira rompen siempre el proceso de este aprendizaje. Si caemos en estas situaciones, debemos reconocer nuestros errores y pedir perdón a Dios y a quien hayamos afectado.

    Ciertamente el mal y sus consecuencias nunca son deseables, pero afrontándolas unidos en la fe, fortalecidos en la esperanza al caminar juntos, y sinodalmente practicando la caridad como fieles discípulos y apóstoles de Jesucristo, experimentaremos la asistencia del Espíritu Santo, y constataremos que Dios nunca abandona a sus hijos. En la Arquidiócesis Primada de México lo estamos promoviendo en las comunidades parroquiales con los fieles del territorio correspondiente, también en las comunidades religiosas, en los movimientos apostólicos, en las asociaciones y fraternidades católicas.

    Es importante recordar que la Sinodalidad es el método para caminar juntos y tiene tres pasos fundamentales: Escucha recíproca, Discernimiento eclesial y Presentación de las propuestas consensadas a la autoridad eclesial en su correspondiente nivel. Expresaremos así nuestras necesidades y los posibles caminos de superación. Ciertamente este proceso será un factor determinante para impulsar la anhelada renovación de la Iglesia, haciéndola capaz de auxiliar a los fieles para aprender a responder satisfactoriamente a los desafíos de nuestro tiempo, y así renazca el gozo de ser cristianos y la esperanza de edificar la civilización del amor.

    Los invito a poner en manos de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe nuestra confianza, para que los procesos sinodales en todas las Diócesis logren renovarlas, y convertirlas en la Iglesia en comunión, por la que entregó su vida, su amado hijo Jesús.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser una Iglesia en comunión.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía en la Misa de las Rosas- 12/10/21

    Homilía en la Misa de las Rosas- 12/10/21

    Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.

    El profeta Isaías anuncia el nacimiento de quien vendrá para anunciar, proclamar e iniciar un Reino, cuya cabeza será un príncipe que tendrá la sabiduría para aconsejar adecuada y oportunamente, para librar todo tipo de batallas y luchas que el ser humano enfrenta para vivir en libertad, y que siempre se comportará como un Padre fiel y amante de su pueblo, cuya preocupación principal será establecer la paz en la convivencia social.

    Del anuncio del profeta Isaías proclamado en el siglo VII antes de Cristo, el pueblo tuvo que atender pacientemente su cumplimiento, ejercitando la virtud de la esperanza y confiando en el respaldo de Dios que garantizó esa profecía como verdadera.

    Siete siglos pasaron para que se diera el nacimiento de Jesús, cientos de generaciones vivieron en la esperanza del surgimiento del mesías salvador. Jesucristo nació y proclamó la llegada del Reino de Dios en su persona, y convocó a creer y aceptar el cumplimiento de la promesa de Dios: el Mesías Redentor había llegado.

    Los tiempos desbordan a todo ser humano, nuestra vida terrena es breve y corre con enorme rapidez. ¿Cómo podremos vivir de promesas que no vemos cumplidas cabalmente a lo largo de nuestra vida? No hay otra manera que vivir de la esperanza sostenida por la confianza y el amor que experimentamos, cuando aprendemos a conducirnos guiados por la luz de la fe.

    Esa es la luz a la que hace referencia el profeta cuando anuncia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló”.

    Sin embargo es oportuno recordar lo que afirmó en su Encíclica sobre la Esperanza el Papa Benedicto XVI: “En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?” ( Spes Salvi No. 1).

    Hoy hemos escuchado en la segunda lectura la contundente afirmación de San Pablo a la comunidad de los Corintios, en la que transmite esa certeza, que fundamenta la esperanza: “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”.

    Y también el elocuente testimonio de Nuestra Madre María, que ante la inicial perturbación que le causó el anuncio del Ángel al decirle “«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»”, la llenó de incertidumbre, pero al conocer el contenido del anuncio y dar su respuesta en la confianza que le dio su fe en Dios, comenzó a recorrer su vida, dejándose conducir por el Espíritu Santo.

    Y ya sabemos que su misión no fue nada fácil, pero la realizó admirablemente bien, al tener a su lado un hombre de fe como lo fue san José, y dando a luz en la pobreza al hijo de Dios, protegiéndolo ante la persecución; acompañándose con Jesús, en la muerte del esposo y padre de su hijo, en medio de una sociedad patriarcal; afrontando las críticas de los parientes, cuando consideraban que Jesús había enloquecido; y sobretodo, padeciendo dolorosamente la pasión y la crucifixión de su adorado hijo. Así llegó al momento glorioso de la Resurrección, y continuó el acompañamiento de la Iglesia naciente, fortalecida con la fuerza del Espíritu Santo, que descendió sobre ellos.

    Ella no preguntó al ángel Gabriel como sería su futuro, se dejó conducir por el Espíritu y caminó en la esperanza, con este testimonio admirable, comprendemos muy bien la enseñanza del Papa Benedicto sobre la esperanza cristiana cuando afirma en la Encíclica “Spes Salvi”:

    Un elemento distintivo de los primeros cristianos es el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo ». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva( Spes Salvi No. 2).

    Hoy también caminamos en tinieblas y sombras ante muchas situaciones y planteamientos de nuestro tiempo; pero ante la realidad por más desafiante que sea debemos reforzar nuestra fe y nuestra confianza en quien nos ama y nos auxilia, y los cristianos estamos llamados a dar testimonio al reunirnos y al colaborar en los servicios sociales de nuestra ciudad, así seremos luz para todos los que caminan en tinieblas. Ésta es la razón del llamado, que nos hace el Papa Francisco, a caminar juntos, a vivir la sinodalidad y la misión. Por eso estamos realizando la Visita Pastoral a las Parroquias de nuestra Arquidiócesis, ahí estamos conociendo las realidades de sus distintos ambientes y escuchando las necesidades y proyectos, que se han planteado en la respectiva asamblea parroquial.

    Renovemos la confianza y la esperanza en Nuestra Madre, María de Guadalupe, dirigiéndole la oración que hoy hace 126 años recitaron los Obispos y el pueblo de México, al ser coronada su imagen.

    Salve, Augusta Reina de los Mexicanos, Madre Santísima de Guadalupe, Salve. Ante tu Trono y delante del Cielo,

    Renuevo el juramento de mis antepasados, Aclamándote Patrona de mi Patria, México; Confesando tu milagrosa aparición en el Tepeyac Y consagrándote cuanto soy y tengo.

    Tuyo soy gran Señora, Acéptame y bendíceme. Amén

  • Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Esta vez se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. 

    Nínive era una ciudad enorme; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás caminó por la ciudad durante un día pregonando: ‘Dentro de 40 días Nínive será destruida’. Cuando Dios vio sus obras, cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles. (Jonás 3:3-10).

    El profeta Jonás se resistió a esa voz que le decía: ‘Ve y profetiza, ve y háblale a esa ciudad para que cambie su forma de proceder, y su conducta’. Sin embargo, el Señor tuvo a bien hacerle ver que no se escaparía de esa misión que le ordenaba hacer.

    Finalmente, él va a Nínive, predica y la gente se convierte; cuando Jonás mismo pensaba que era inútil, que era por demás, que no había nada más que hacer para evitar que viniera la catástrofe de la ciudad.

    Es gracias a su predicación que la gente recapacita, desde la autoridad mayor hasta los ciudadanos de todas las categorías, y el Señor los perdona. Podemos sacar como conclusión que el Señor necesita de nosotros -quiere necesitar de nosotros- para hacer presente su mensaje también en esta inmensa Ciudad de México.

    Pero necesita profetas como Jonás. Muchos se resisten, no saben cómo empezar su labor. Otros no se animan, sienten que no tienen la capacidad de llegar al corazón de la gente. Pero todos los bautizados estamos llamados a ejercer nuestra misión profética. Hoy, la Ciudad de México necesita de todos ustedes para que mejore la calidad de vida de los que aquí vivimos. Esta es la misión de la Iglesia.

    En el evangelio hemos escuchado que Jesús llega a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, y se pone a instruirlos, a enseñarles; les abre el corazón y se propone hacerles conscientes de la necesidad que tenemos de relacionarnos con Dios.

    María se sentó y se puso a escuchar al Maestro. Su hermana Marta no escuchaba; servía a la comunidad, a los grupos que se juntaban en su casa, los atendía: ‘¿Qué se le ofrece?’ ‘¿Quiere un tecito, un café o un pedacito de pan?’. Se sentía atareada por no poder ella sola atender a todos, y le reclama a Jesús: ‘Maestro, dile a mi hermana que me ayude; ahí está sentada, sin hacer nada’. Pero la respuesta de Jesús es contundente: ‘Ella ha elegido la mejor parte’.

    No quiero decir que se contraponga el escuchar al Maestro con el servir. Pero es mejor elegir la primera parte. Porque si eliges escuchar al Maestro, no te vas a cansar nunca de servir. Y Marta sí se cansó de servir, por eso le reclamaba a Jesús.

    La fortaleza interior que nos da conocer a Jesús Maestro, y asumir sus enseñanzas, nos pone en relación con Dios. Y al ponernos en relación con Dios -porque Él es el camino, la verdad y la vida-, dispone nuestro corazón, nuestra persona, para ayudar al prójimo, a nuestro hermano.

    Por eso ustedes están integrando esta comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen, con la presencia y espiritualidad de los Carmelitas. No sé si ustedes lo escogieron, pero tienen una espiritualidad para entender al Maestro Jesús, a través de la mística del Carmelo y de sus grandes sabios: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús.

    Les ha tocado la mejor parte, denle gracias a Dios. Yo le doy gracias a Dios de ustedes. Pero ahora hay que ponerlo en práctica. 

    Que el señor nos dé la fuerza para cumplir con nuestra misión profética. ¡Como Jonás a Nínive, nosotros a esta gran Ciudad de México! Amén.

  • Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Josué,… que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: Señor mío, prohíbeselo». Pero Moisés le respondió: ¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.

    Qué magnífico deseo de Moisés: “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”. De manera semejante le sucedió a Jesús con sus discípulos: “Juan le dijo a Jesús: Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. El celo, el sentirse privilegiados y únicos de recibir las enseñanzas de Jesús, y de haberlo conocido y haber recibido la invitación a ser sus discípulos, les propiciaba la mirada corta sobre la misión universal de Jesús.

    “Jesús le respondió: No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está en favor nuestro”. Jesús actuó como Moisés, aclarando la amplitud de su misión, y la necesidad de aceptar en la comunidad a todos los que lo aceptan y lo invocan para actuar en su nombre. Ser profeta consiste en desarrollar la experiencia de un dinamismo entre la escucha de la Palabra de Dios y el discernimiento sobre mis decisiones y acciones, en dar testimonio de ellas, en mi cotidianidad, transmitiéndolas entre mis compañeros de vida: familia, amistades, ambiente laboral y social.

    El profetismo cristiano se fundamenta en la recepción de los Sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación, y Eucaristía, en los dos primeros recibimos el Espíritu Santo, en el bautismo para ser adoptados como hijos de Dios, en la confirmación para dar testimonio de mi seguimiento de Cristo, como buen discípulo suyo; y en la Eucaristía soy fortalecido por el mismo Cristo para darlo a conocer a mi prójimo. Así se comprende, que el profetismo es “hablar en nombre de Dios” con el testimonio de mi vida y mi conducta para darlo a conocer, y proclamar sus acciones e intervenciones en favor de la comunidad y de la humanidad.

    Preguntémonos qué entiendo por ser profeta, y descubramos la importancia, tanto personal como social, del desarrollo y puesta en práctica del profetismo. En todo tiempo, pero especialmente ante los grandes desafíos actuales, la sociedad necesita escuchar la voz de Dios, para vivir y transmitir los auténticos valores como es el respeto a la vida, desde su concepción y hasta la muerte. Es una magnífica oportunidad para ejercitar nuestro profetismo, participar el próximo domingo 3 de octubre en la marcha por la vida.

    El apóstol Santiago ofrece un elemento complementario al advertir la necesidad de tomar conciencia de la transitoriedad de la vida terrestre y de todos sus atractivos. Por ello, el Apóstol habla muy fuerte a quienes solo buscan lujos y placeres, y comenten graves injusticias con tal de obtenerlos: “El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes;… Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer… Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse”. Estos señalamientos del Apóstol deben servirnos para descubrir la importancia de vivir los Principios del “Destino universal de los bienes”, “la solidaridad”, y “la subsidiaridad” como lo enseña la Doctrina Social de la Iglesia.

    La recomendación de Jesús va todavía más allá que la de Santiago, ésta es un inicio. Jesús amplia el horizonte al afirmar : “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. Indica así la gravedad de seducir y propiciar que un inocente mienta para cometer una injusticia o un grave daño a un prójimo o a una comunidad; es decir, Jesús denuncia la manipulación de la conciencia.

    Este daño a la gente sencilla hay que evitarlo a toda costa, por eso Jesús advierte de manera fuerte, intensa y radical con afirmaciones contundentes para dejar muy clara la gravedad de toda manipulación: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo,….

    Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

    ¿Cómo podemos prepararnos para ser fieles discípulos de Jesucristo y no caer en semejante pecado? En el Salmo 18 hemos escuchado la importancia de invocar el auxilio divino para superar la soberbia: “Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados. Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre”.

    Por tanto, nos conviene trabajar por ser humildes, es decir, reconocer mi fragilidad, dominar el orgullo, superar los celos y envidias. Generar este proceso es difícil al inicio, pero a medida que desarrollamos la humildad, cada vez será más fácil mantenerla. Además la superación de la soberbia nos ayuda a ser libres, a superar tensiones, y a gozar y agradecer lo que otros hacen en favor de los necesitados.

    En otras palabras la superación de la soberbia me conduce a la libertad, y la libertad me capacita para experimentar el verdadero amor, el amor de Dios. Y una vez iniciado así el camino de seguimiento a Jesucristo, encontraremos siempre la verdad, la capacidad para discernir entre el bien y el mal, y descubriremos en qué consiste la verdadera vida que nos espera para toda la eternidad. La misión de la Iglesia es precisamente ofrecer las enseñanzas de Jesucristo, y acompañar a los fieles para que seamos todos profetas. Nos convertiremos así en levadura que fermenta la masa de la sociedad, logrando que emerja la civilización del amor.

    Invoquemos a nuestra Madre, María de Guadalupe, que vino a nuestras tierras precisamente para dar a conocer a su Hijo, cumpliendo así su misión profética para bien de nuestro pueblo. Sigamos su ejemplo y ciertamente recibiremos su auxilio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a ser profetas como tú lo fuiste con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Todos estaban asombrados y decían: ¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

    Esta escena transmite dos detalles importantes, pretendidos por el evangelista Marcos: El primer detalle es mostrar que la expectativa del Mesías anunciado por los profetas y largamente esperado se ha cumplido en la persona de Jesús. En la primera lectura el Profeta Isaías anuncia que Dios se hará presente: “Digan a los de Corazón apocado: ¡Ánimo, no teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos”. Y en la la persona de Jesús, Hijo de Dios Vivo, se ha hecho presente Dios en el mundo, asumiendo nuestra propia condición humana.

    El segundo detalle es manifestar que el milagro lo realiza con la fuerza del Espíritu de Dios; por tanto tocar con los dedos los oídos para que escuche el sordo, y con saliva la lengua para que pueda hablar, y expresando una orden con la palabra “Ábrete”, manifiesta la fuerza del Espíritu que actúa en Él para sanar. Es la característica del verdadero Dios, actuar por medio de la Palabra, como lo hizo Dios al crear el mundo: “Hágase”. Así actúa Jesús y se muestra que encarna al verdadero Dios Creador.

    El Apóstol Santiago en la segunda lectura con sencillez y claridad ha recordado que el testimonio esperado de los miembros de la comunidad de discípulos de Cristo es priorizar siempre la dignidad de toda persona humana, independientemente de sus condiciones sociales: “Hermanos: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos. Supongamos que entran al mismo tiempo en su reunión un hombre con un anillo de oro, lujosamente vestido, y un pobre andrajoso, y que fijan ustedes la mirada en el que lleva el traje elegante: Tú siéntate aquí, cómodamente. En cambio le dicen al pobre: tú, párate allá, o siéntate aquí en el suelo a mis pies. ¿No es esto tener favoritismos y juzgar con criterios torcidos?

    Por ello, debemos ejercitarnos siempre para mirar con respeto a toda persona, independientemente de su situación, condicionamientos y conducta. Por esto es oportuno preguntarnos, ¿en mis relaciones con los demás soy consciente de respetar la dignidad de la otra persona?

    Sin embargo no se trata de aceptar las conductas, injusticias, o exigencias de los demás; sino reconocer en todo ser humano su dignidad, y tratarlo como una persona que merece ser escuchada, antes que ser juzgada.

    Es pues una actitud que nos evitará siempre conflictos, pleitos, y discusiones inútiles y desgastantes. También por lo anterior, conviene educar nuestra manera de dialogar y de relacionarnos con los demás. Así con mayor facilidad aprenderemos a conocer a las personas en sus actitudes y motivaciones interiores, y propiciaremos incluso buenas relaciones y amistad.

    ¿Hemos vivido esta experiencia de respeto a los demás desde el seno de mi propia familia? ¡Si lo hemos hecho agradezcamos a Dios el paso dado; pero si no hemos actuado así, pidamos perdón a Dios y a nuestros familiares y amigos, e iniciemos un nuevo camino, una manera digna de tratarnos!

    Regresando a la intervención de Jesús narrada en el Evangelio de hoy, no es solamente una acción movida por la compasión para aliviar la concreta situación del sordomudo, sino también y principalmente la ocasión para manifestar con el milagro, los aspectos que de manera simbólica expresan a Jesús como el auténtico Mesías anunciado por los profetas y esperado durante siglos por el Pueblo de Israel.

    Por esta razón curar la sordera significa, dar la capacidad de escuchar la voz de Dios, y soltar la lengua expresa que lo escuchado lo debemos transmitir a los demás. Así manifestaremos la presencia y la intervención de Dios en nuestras actividades. En otras palabras, debemos dar testimonio de lo que Dios hace a través de nuestras responsabilidades, realizadas siguiendo su voz y poniendo en práctica sus enseñanzas.

    De esta manera descubriremos las maravillas que hace el Señor cuando cumplimos nuestra misión de ser fieles discípulos de Cristo; se generarán los torrentes de agua viva, que convierten los desiertos en lugares fértiles según la promesa mesiánica anunciada por el Profeta Isaías: ”Brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque y la tierra sedienta en manantial”.

    ¡Qué maravilla! ahí donde nos parecía imposible un cambio de actitud, una conversión de corazón, donde pensábamos que serían inútiles nuestras palabras y actitudes, de ahí nacerán conductas e iniciativas jamás soñadas, con lo cual seremos testigos de la mano de Dios, que se hace presente en la cotidianidad de nuestras vidas. Pero además, si lo hacemos en comunidad, compartiendo los sueños con proyectos realizados entre todos los miembros de la Parroquia, movimientos, agentes de pastoral, ámbitos juveniles, laborales, empresariales, etc. haremos presentes las primicias del Reino de Dios entre nosotros.

    Así, la Iglesia ofrecerá el sentido de la vida, y la espiritualidad que comunica con los dones del Espíritu Santo, que se nos ha dado, mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación; y cumpliremos con nuestra misión, como Comunidad de discípulos de Cristo, en estos desafiantes tiempos en los que nos ha tocado vivir.

    Con estas buenas intenciones que provoca la Palabra de Dios, dirijamos nuestra mirada a Nuestra Madre, María de Guadalupe, invocando su auxilio maternal para que sigamos sus pasos, y sepamos reconocer la voz de Dios, en medio de nuestras actividades y, ¡la presencia del Espíritu Santo en nuestras tareas habituales para testimoniar así como ella lo hizo, las maravillas, que Dios hace en medio de su pueblo!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Jesús es el pan de la vida, en él nutro mis proyectos- 08/08/21

    Homilía- Jesús es el pan de la vida, en él nutro mis proyectos- 08/08/21

    Los judíos murmuraban porque había dicho: Yo soy el pan que bajó del cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”.

    La dificultad de fondo planteada por los judíos, es el presupuesto de considerar, que si bien Dios había creado el mundo y sus habitantes; sin embargo cielo y tierra eran dos realidades, no solamente distintas sino incluso infranqueables. Es decir, los cielos es donde habita Dios, y la tierra donde habita el hombre.

    Consideraban los contemporáneos de Jesús, que Dios había creado el mundo para dominarlo, controlarlo e intervenir en el devenir de los mortales, pero mediante la palabra, sin hacerse presente en el mundo creado por él. Y el hombre estaba destinado para habitar en la tierra, sin ver ni conocer a Dios, y dependiendo de su obediencia a sus mandatos sería feliz o desventurado. Pero al morir acabaría su vida para siempre.

    El acontecimiento de la Revelación hecha por Jesucristo, de un Dios Trinidad de personas, que decide revelar el misterio de la verdadera divinidad, y para eso envía al Hijo para que se encarne y asuma la condición del ser humano era inaudita, impensable. Por ello, el argumento para rechazar la declaración de Jesús es: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?

    Jesucristo ha venido precisamente para romper esa mentalidad, dar a conocer la verdadera naturaleza e identidad de Dios, y anunciar la finalidad por la que Dios creó al hombre: compartir con la humanidad la vida divina, que es el amor. Por tanto esta vida terrenal es tránsito a la vida eterna.

    El verdadero pan del cielo será reconocido porque da vida, y vida eterna. Esta vida es la vida nueva, de la que habló Jesús a Nicodemo. La vida del Espíritu Santo, es la vida que viene de lo alto. Los judíos murmuraban porque su mirada miope se quedaba en Nazaret, en la tierra. Jesús indica la necesidad de descubrir el Espíritu de Dios, que viene de lo alto y transforma, produciendo un nuevo nacimiento en el hombre, que lo capacita para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,3).

    Es pues oportuno preguntarnos, ¿separamos como dos realidades independientes lo temporal de lo celestial, lo carnal de lo espiritual, o entendemos que una está en relación de la otra, lo temporal de lo eterno?

    Para relacionar nuestra vida temporal con el destino a la vida eterna necesitábamos un alimento que nos nutriera, que nos fortaleciera y nos garantizara la accesibilidad a la vida divina. Por eso y para eso vino Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Son dos condiciones muy claras que expone Jesús: Creer en su mensaje, la Buena Nueva, es decir en sus enseñanzas; y alimentar nuestro espíritu con el pan de la vida, para eso lo envió el Padre, y lo asistió el Espíritu Santo: “Todos los que me da el Padre vienen a mí, y al que viene a mí no lo rechazaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. Y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”.

    Antes de esta escena Jesús había transmitido a sus discípulos: Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra (Jn. 4,34). Ahora lo reafirma diciendo: porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. Jesús se revela como el enviado del Padre con la clara misión de hablar en su nombre, de hacerlo presente en el mundo, y de invitar a toda la humanidad a conocerlo, amarlo y servirlo. Para cumplir esta misión Jesús tiene que obedecerlo fielmente. Así Jesús se convierte en el pan que nutrirá a sus discípulos, quienes adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23).

    Dos misterios revelan la necesidad y la manera que plantea Jesús de comer su carne y su sangre: La Encarnación y la Eucaristía.

    Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, al tomar cuerpo con carne y sangre como cualquiera de nosotros, expresa en su persona la manera de cumplir la voluntad del Padre, muestra el modo de conducirnos, la manera de practicar la obediencia al Padre, por eso dirá más adelante: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Tenemos que nutrirnos con las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

    La Eucaristía es el misterio sacramental mediante el cual nos alimentamos del cuerpo y de la sangre de Cristo; Él, como mediador de la Nueva Alianza pone en comunión con el Padre a todos los que lo seguimos, a la Asamblea Santa de la comunidad de los discípulos de Jesús. Por eso, la Eucaristía se define como fuente, centro y culmen de la vida cristiana.

    ¿Es Jesús mi alimento, en él nutro mis aspiraciones, proyectos y realizaciones?

    ¿Deseo y anhelo ver y entrar en el Reino de Dios? ¿Contemplo la Encarnación de Jesús y su presencia en el misterio de la Eucaristía como un inconmensurable regalo de Dios, mi Padre?

    Si nuestra respuesta es positiva, expresémosla valorando la participación en la Eucaristía dominical, atendiendo a las inquietudes, que suscita la escucha de la Palabra de Dios, y poniéndolas en práctica para seguir el ejemplo de Jesucristo. Asumamos entonces con plena conciencia las recomendaciones que hoy ha recordado el apóstol Pablo: “Destierren la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”.

    Invoquemos el auxilio, de quien las vivió en plenitud, a Nuestra Madre, María de Guadalupe.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ¿Busco a Jesús para conocerlo o sólo por mi beneficio? -01/08/21

    Homilía- ¿Busco a Jesús para conocerlo o sólo por mi beneficio? -01/08/21

    Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús”.

    Jesús había escapado ante la euforia de la multitud, que admirada por la multiplicación de los panes, lo quería como rey. Cuando amanece, se dan cuenta que tanto Jesús como sus discípulos se habían ido. La búsqueda de Jesús es positiva; sin embargo en esta ocasión Jesús advierte que la finalidad de esta búsqueda no es la correcta.

    Al encontrarlo en la otra orilla del mar, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús les respondió: Les aseguro que ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque comieron pan hasta saciarse. No obren por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que el Hijo del hombre les dará, porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.

    Jesús deja en claro que hay que buscarlo para conocerlo, escucharlo con la apertura y disposición del discípulo, y no por el interés de recibir beneficios y favores. Por tanto, querer definir la vocación y misión de Jesús según el concepto del pueblo, impide que Jesús camine y acompañe a la multitud. Entendieron la corrección, y la reacción propició la continuidad del diálogo: “Entonces le preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios?”.

    A partir de las enseñanzas de Jesús sobre el nacer de nuevo y la participación del hombre en la vida divina, ahora aprovechando la pregunta de la gente: ¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios? Jesús explica la necesidad del alimento que nutra durante esta vida terrena, de manera gradual y progresiva, el proceso de crecimiento en la vida del Espíritu, indispensable para alcanzar la vida eterna.

    Sin embargo, como tantas veces sucede en nuestra relación con Dios cuando lo invocamos, aparece la debilidad de nuestra fe y exigimos signos para creer: “Ellos le replicaron: ¿Qué signo haces para que al verlo creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo”.

    Jesús les ayuda para que descubran, quién es el que está detrás de él, y detrás del signo de la multiplicación de los panes, de la que ellos acababan de ser testigos, y les había suscitado el deseo de buscarlo: “Entonces Jesús les dijo: Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Ellos le dijeron: ¡Señor, danos siempre de ese pan! Jesús les respondió: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

    Preguntémonos si necesito de constantes pruebas para creer en Jesucristo, pan de la vida, o si ya he aprendido a descubrir que lo más importante es alimentar el espíritu, para que creciendo se desarrolle mi manera de ver la vida como un camino a la trascendencia y la eternidad; y no quedarme fascinado, atraído por las realidades terrenas.

    Aprendamos a disfrutar cuando en nuestro contexto de vida seamos testigos de prodigios que nos sorprenden y maravillan, porque no encontramos explicación alguna. Son ocasiones privilegiadas para fortalecer nuestra mirada a la trascendencia y descubrir la intervención divina. Pero nunca exijamos a Dios que las realice.

    A Jesús hay que buscarlo para escuchar sus enseñanzas, y aceptar su misión para hacerla nuestra. Hay que sumarse a él como un discípulo más y evitar querer aprisionarlo para nuestro servicio e interés. ¡Nunca podremos manipularlo! Por el contrario, será Jesús el que indique el camino y ofrezca el alimento para recorrerlo.

    Al escuchar esta escena, es conveniente preguntarnos: ¿Y yo busco a Jesús para conocerlo, seguirlo, y obedecerlo, o solamente lo busco para mi beneficio temporal y para mi propio interés? ¿Como buen discípulo invoco a Dios Padre para recibir el pan del cielo, y así fortalecerme y capacitarme en el seguimiento de Jesús? Porque Jesús respondió claramente: “Ésta es la obra de Dios, que crean en aquel que él ha enviado”.

    De esta manera entenderemos la afirmación de San Pablo en la segunda lectura: “No deben ustedes vivir como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios. Esto no es lo que ustedes han aprendido de Jesucristo; han oído hablar de él y en él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús. Él les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, corrompido por deseos de placer”.

    Jesús ofrece una vida nueva para la que debemos renacer. Esta nueva vida la obtendremos conociendo sus enseñanzas y viviendo acorde a ellas. Este recorrido se alimenta mediante el pan del cielo, ¿y cuál es el pan del cielo? El maná en el desierto fue una figura, como muchas otras en el Antiguo Testamento. “Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo”.

    Este pan del cielo se hace presente en cada Eucaristía, el pan es la presencia sacramental de Jesucristo, que nos sostiene y fortalece para mantenernos como sus discípulos hasta el final de nuestra vida. Por eso hemos escuchado a San Pablo que afirma con gran contundencia: “dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad”.

    Mantengámonos siempre firmes y constantes; y cuando venga la tentación de abandonar el camino y claudicar de nuestros esfuerzos, invoquemos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que como tierna y amorosa Madre nos infundirá vigor y confianza para seguir siendo fieles discípulos de su Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.