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  • Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”.

    Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

    Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma. La conmoción de ver removida la piedra del sepulcro, es una clara señal que algo ha sucedido,

    ¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles. Prefiere compartir la noticia, porque imagina lo peor: “Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

    Así es la reacción ordinaria que tenemos cuando vemos señales, de que han cambiado las cosas o las personas, imaginamos lo peor, nunca se nos ocurre pensar en que haya ocurrido algo agradable y sorprendente. Nuestra habitual expectativa ante las sorpresas es imaginar algo trágico, así fue la sorpresa de María Magdalena. Pero las sorpresas que depara Dios son buenas noticias, es especialista en sorprendernos gratamente cuando correspondemos a su amor.

    Ante la noticia Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, espera que llegue Pedro y entre primero, indicando la primacía de Pedro, como cabeza del grupo apostólico. Los dos constatan el hecho, pero el efecto es muy distinto en cada uno, Pedro regresa interrogándose qué habrá pasado, mientras que Juan vio y creyó. La fuerza del amor le hace intuir, que el Maestro amado está vivo.

    Esta primera reflexión nos plantea las siguientes preguntas: ¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, por las evidencias de su presencia, aunque físicamente no lo vea? ¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado? ¿Respeto como Juan, la figura establecida por Jesús, de su vicario en la Tierra, el Papa, Sucesor de San Pedro?

    Llegar primero o segundo no importa, antes o después en la niñez, en la adolescencia, en la madurez de la vida o en la senectud, tampoco importa el tiempo, el momento o el cómo, eso es secundario. Lo importante es conocer y seguir a Jesús escucharlo, responderle, y amarlo.

    Así vemos a Pedro en la primera lectura dar un fuerte y convencido testimonio de la resurrección de Jesús y su misión. Pedro tomó la palabra y dijo: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”.

    Nosotros, cada generación de discípulos de Cristo estamos llamados a dar testimonio de la Resurrección de Jesucristo; Pero nosotros, que no nos tocó visualizar a Jesús Resucitado, como les tocó dicha gracia a Nuestra Madre María, a los Apóstoles, a María Magdalena, y algunas otras mujeres, ¿en qué se sustenta mi fe en la Resurrección de los muertos?

    Solamente será posible si logramos aprender a percibir la acción del Espíritu Santo, al poner en práctica las enseñanzas de Jesús Maestro, si escuchamos los Evangelios, y a las preguntas que me surjan de la lectura y meditación, y que yo responda favorablemente, actuando en consecuencia del amor al prójimo. Entonces por el desarrollo de los acontecimientos experimentaré el acompañamiento de Dios en mi vida.

    Por eso debemos hacer nuestro la recomendación que hoy san Pablo ha propuesto: “Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado”.

    Al constatar los grandes desafíos actuales en las relaciones entre las personas, vecinos, grupos, y reconociendo con tristeza la presencia de la violencia o de la injusticia, es muy conveniente renovar nuestra decisión de seguir a Jesús, y convertirnos en la levadura que transforme la masa, y le dé el sabor del amor: “Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad”.

    Es por tanto indispensable, meditar y contemplar con frecuencia que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida. Es un esfuerzo personal y comunitario, pues la comunidad fortalece mi fragilidad ante las tentaciones, y me mantiene firme en la fe y en la confianza en el amor de Dios.

    El amor a Dios y al prójimo transforma el estilo de vida de una sociedad. Fortalezcamos nuestra conciencia de la importancia del espíritu eclesial de la comunión, especialmente participando en la Eucaristía dominical, recordando que Dios Padre me ama sin haberlo amado primero; que el Hijo entregó su vida para que conociera el camino, y me guía como excelente Maestro; y que el Espíritu Santo, me dará vida y vida en abundancia, hasta alcanzar la vida eterna. Confiemos en el amor que me manifiesta a diario la Santísima Trinidad. Amén

  • Homilía- Las tinieblas son vencidas por la luz- Vigilia Pascual -03/04/21

    Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó”.

    ¿Por qué y para que fuimos creados, a semejanza divina? La respuesta correcta y central solo la encontramos en la persona de Jesucristo. El es la cabeza de toda la Creación, según lo revela San Pablo en la Carta a los Colosenses:

    Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas… todo lo ha creado Dios por él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y todas tienen en él su consistencia… Dios en efecto tuvo a bien hacer habitar en él toda la plenitud y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas” (Col 1,15-17-19-20).

    En una primera etapa Dios se preparó un pueblo para que fuera testigo de sus intervenciones, mediante las cuales una y otra vez liberaba a su pueblo elegido, mostrándoles su amor y misericordia, como hemos escuchado en la lectura del Éxodo, cuando los liberó de la esclavitud de los egipcios:

    El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y dividió las aguas. Los israelitas entraron en el mar y no se mojaban, mientras las aguas formaban una muralla a su derecha y a su izquierda”. Este paso atravesando el mar para llegar a la tierra prometida, quedó en la memoria hasta nuestros días, en la celebración de la Pascua.

    Pero el pueblo elegido una y otra vez le fue infiel a Dios, después de varios siglos, Dios les anunció la renovación del hombre viejo al hombre nuevo con una transformación del corazón, que sería obra del Espíritu divino, como hemos escuchado en voz del Profeta Ezequiel:

    Los rociaré con agua pura y quedarán purificados; los purificaré de todas sus inmundicias e idolatrías. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y los haré vivir según mis preceptos y guardar y cumplir mis mandamientos. Habitarán en la tierra que di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

    La transformación se ha realizado en nosotros con la incorporación a Cristo, mediante la gracia del Bautismo, como lo explica San Pablo:

    Hermanos: Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte. En efecto, por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”.

    Busquemos a Jesús y superemos nuestro temores, así tendremos la más grata sorpresa de encontrarnos con Cristo:

    “María Magdalena, María (la madre de Santiago) y Salomé,… se dirigieron al sepulcro. Por el camino se decían unas a otras: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?» Al llegar, vieron que la piedra ya estaba quitada, a pesar de ser muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven, vestido con una túnica blanca,… y se llenaron de miedo. Pero él les dijo: No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado”.

    No busquemos a Cristo en la muerte, sino en la vida, no tengamos miedo de ver nuestras fallas, nuestros fracasos, nuestros sufrimientos y constatar una y otra vez nuestra fragilidad. En Cristo somos una y otra vez renovados y fortalecidos.

    La resurrección y la vida lanza a la evangelización, a la transmisión de la Buena Nueva, porque la Vida Nueva hay que anunciarla para constatar con los frutos del anuncio, que la hemos recibido, por eso el ángel les indica a María Magdalena, a María, madre de Santiago, y a Salomé:

    Ahora vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: Él irá delante de ustedes a Galilea. Allá lo verán, como él les dijo”.

    Ahora en lugar de buscar a Jesús en el sepulcro, debemos atender la indicación del ángel y buscarlo en Galilea, es decir, en la cotidianidad de nuestra vida: Galilea era la cotidianidad de Jesús, ahí es donde debemos dar testimonio y proclamar con nuestra vida que Cristo está vivo, que el Espíritu Santo nos acompaña, que la comunidad de discípulos de Cristo, somos prolongadores de la presencia de Dios en el mundo, para que el mundo se salve y tenga vida, y vida en abundancia.

    Esta noche, es la noche para encender nuestro entusiasmo evangelizador, iluminando nuestra vida con la luz de Cristo; para eso hemos encendido el cirio pascual que simboliza la presencia de Jesús Resucitado.

    Esta es la noche, en que hemos recordado la Historia de la Salvación, de la Intervención del Hijo de Dios, encarnándose y asumiendo la condición humana, para mostrarnos el amor misericordioso de Dios, nuestro Padre.

    Esta es la noche para renovar nuestras promesas bautismales y recibir el rocío del agua bautismal, recordando nuestra condición de Hijos adoptivos de Dios.

    Esta es la noche, en que las tinieblas son vencidas por la luz de Cristo resucitado, con gran entusiasmo, proclamemos nuestra fe y demos testimonio que ¡Cristo vive en medio de nosotros! Amén.

  • Homilía- En Viernes Santo renovar la gratitud a Dios- 02/04/21

    Homilía- En Viernes Santo renovar la gratitud a Dios- 02/04/21

    “Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y allí entró con ellos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía el lugar porque Jesús se había reunido ahí muchas veces con sus discípulos”

    Les propongo en este Viernes Santo concentrar nuestra reflexión sobre el inicio del Relato de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Juan, que hemos escuchado.

    Comienza la parte culminante del Evangelio, Jesús ha advertido a sus discípulos que: ¡Ha llegado la Hora! Como escuchamos ayer Jesús ha preparado a su comunidad, y ahora un miembro de ella, Judas que no ha entendido a su maestro, porque éste ha rechazado ser el Mesías triunfador y poderoso, que debía imponerse por la fuerza, lo entrega a las autoridades, facilitando su captura.

    Judas, es quién lo entrega, conocía el lugar. Era un discípulo y Jesús le había abierto los espacios de intimidad y de encuentro para desarrollar la amistad. Judas no valoró a Jesús como persona que lo amaba, y que lo había elegido para estar en su círculo de discípulos; prefirió mantener sus ideas sobre el Mesianismo revolucionario por las armas y la violencia.

    Contemplemos a Jesús cómo afronta con aplomo y serenidad la traición de Judas: “¿A quién buscan?. Le contestaron: A Jesús de Nazaret. Jesús les respondió: Ya les dije que yo soy. Y en la adversidad no se olvida de sus discípulos: Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan.

    En cambio, Simón Pedro se deja llevar por la pasión y reacciona violentamente, sin pensar en las enseñanzas del Maestro: “Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó y de un golpe le cortó la oreja derecha a un sirviente del Sumo Sacerdote de nombre Malco. Pedro trata de defenderlo, pero es reprendido porque ése no es el camino para salir en su defensa, por eso lo corrige. “Jesús dijo a Pedro: ¡Envaina tu espada! ¿Es que no voy a beber la copa que el Padre me ha dado?”. Jesús de momento deja desconcertado a Pedro, pero aprenderá la lección más adelante.

    Anás y Caifás, quienes por su autoridad y competencia en la interpretación de la Sagrada Escritura, deberían haber reconocido en Jesús al Mesías esperado, por la dureza de corazón se convierten en los responsables de la muerte de Jesús.

    Ellos deberían no solamente haberlo reconocido como el Mesías esperado, sino aún más, haberlo presentado al pueblo como tal. Sin embargo, han vivido un proceso semejante a Judas, al no haber dejado de lado sus ideas, sobre cómo debía ser el Mesías, no pudieron abrirse a los planes sorprendentes de Dios, que no había enviado a un simple hombre profeta, sino al mismo Hijo, asumiendo la condición humana.

    Hoy es un día oportuno para preguntarme si me considero simplemente un católico por tradición o por herencia de mis padres, o si ya me identifico y reconozco como un discípulo de Jesús, integrante de la comunidad eclesial, donde alimento mi fe y mi esperanza.

    Si estás en el primer caso no olvides que estás bautizado, y por tanto, elegido como hijo adoptivo de Dios, y Jesús como fiel hermano desea que lo conozcas y respondas a su llamado para intimar con Él, y descubrir que te ofrece la ayuda del Espíritu Santo para crecer y desarrollar todas las buenas inquietudes, aspiraciones y sueños que han pasado por tu mente y tu corazón.

    Esta es una oportunidad que te preparará a participar mañana en la Solemne Vigilia Pascual, donde podrás renovar tus promesas bautismales, e iniciar un camino espiritual, que te llevará a experimentar el amor que Dios Padre tiene por ti, y por quienes te rodean en la vida de todos los días.

    Si estás en el segundo paso y ya has iniciado tu proceso de formación en la fe, y de escucha a la Palabra de Dios, renueva tu gratitud a Dios, contemplando en este Viernes Santo a Jesús crucificado, descubriendo el sufrimiento de su pasión y muerte sin haberlo merecido, pero aceptado con firmeza y fortaleza, con la confianza en Dios Padre, para manifestar el grande e inmenso amor misericordioso de Dios Trinidad, que está siempre atento y dispuesto para acompañarte en los distintos momentos de tu vida.

    En cualquier situación es muy oportuno que te preguntes: ¿Me apego a mis ideas preconcebidas, sin apertura a nuevas consideraciones? ¿Leo y escucho la palabra de Dios para confirmar mis ideas, o lo hago abriendo mi corazón y mi mente para descubrir el proyecto, que Dios quiere darme a conocer?

    Respondiendo esas preguntas aprenderás a convertir tu oración en una relación con Dios para poner en sus manos tu libertad, y pedir la luz para entender la respuesta que debes dar a lo largo de tu vida, en las diferentes situaciones que te toque vivir, y experimentarás la entereza de Jesús para afrontar con valentía y confianza, las infidelidades y traiciones, los sufrimientos, aún los originados sin tener yo responsabilidad alguna; constatando que es verdad, el Espíritu Santo prometido por Jesucristo a la comunidad naciente en Pentecostés, sigue acompañándonos, tanto de forma personal como comunitaria, como Iglesia.

    Con plena confianza, sumémonos en la oración, que a continuación elevaremos invocando la ayuda de Dios Padre para todos los sectores de la Iglesia y de la Humanidad; y después adoraremos la cruz de Cristo para reafirmar nuestra fe y nuestra confianza en su Palabra y asumir con decisión sus enseñanzas.

  • Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

    La fe cristiana cree en un Dios que es amor, según lo reveló Jesucristo, y la explicación del mal es consecuencia de la libertad del hombre, quien fue creado como imagen y semejanza de Dios. El amor exige necesariamente la libertad, y la verdadera libertad es tener la capacidad de decidir el bien o el mal. Al decidir el mal, se violenta de distinta manera el orden de la Creación, el orden tan admirable del Universo y de la Tierra en particular,  generando constantemente complicaciones y deterioro de las condiciones  de vida. Cuando las decisiones por el mal de la humanidad se multiplican, vienen las terribles consecuencias de destrucción y muerte.

    La presencia del mal en el mundo siempre ha sido, es y será una interrogante para todas las generaciones. En general la humanidad ha respondido a la interrogante, dejando la responsabilidad a Dios o a los dioses, según cada creencia religiosa; e incluso muchos ateos sostienen como argumento a su posición de incredulidad, que si hubiera un Ser superior llamado Dios, no existiría el mal en la tierra.

    En la Historia bíblica, casi en todo el antiguo testamento, se encuentran constantes expresiones en que el Pueblo de Israel también interpretaba el mal como castigo de Dios, cuando en realidad era consecuencia de sus malas decisiones: “El Señor, Dios  de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio”.

    Es muy fácil descargar nuestras lamentaciones atribuyéndoselas a Dios, sin embargo,  Él tiene paciencia milenaria, compasión y misericordia para fortalecer el espíritu de todos los que obran buscando el bien de los demás. Lentamente en un largo proceso, que culminó con Jesucristo, quedó manifiesta la naturaleza del Dios de la vida, cuya capacidad de amar se expresa en la infinita paciencia y misericordia con la humanidad: “La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran”.

    La libertad es una condición indispensable para amar, solo el ser libre puede elegir, decidir y actuar en consecuencia para bien o para mal. A pesar del gran riesgo que implica, no hay otro camino que la libertad para capacitarnos en el amor. La definición de amor, no es simplemente dar gusto a los sentidos, ni tampoco es dar o recibir halagos, bienes, o la ayuda para cumplir metas, no obstante que sean buenas.

    El amor al que se refiere san Juan es el que vivió Jesucristo como hombre al haberse encarnado, entregar su vida buscando el bien de los demás, servir sin esperar recompensa, amar hasta el extremo de entregar su vida misma, revelando la verdad sobre Dios y sobre el hombre; para darnos así ejemplo vivo del amor de Dios su Padre, y para revelar lo que espera Dios de nosotros: que aprendamos a amar para compartir con él su naturaleza por toda la eternidad.

    Encontramos una amplia gama de enseñanzas que muestran una y otra vez, que Dios es misericordioso y quiere nuestro bien. Como lo escuchamos en voz de san Pablo: “Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados”.

    Si Jesús afronta el sufrimiento de la pasión y muerte es para mostrarnos que también nosotros debemos seguir su ejemplo cuando nos encontremos ante el sufrimiento, el dolor, la injusticia, o la muerte misma. La fortaleza nos vendrá como don del Espíritu de Dios, nuestro Padre, que tanto nos ha amado, y por eso envió a su Hijo al mundo. El es, el Dios de la vida y no de la muerte: “Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

    Es conveniente preguntarnos en esta Cuaresma: ¿Tengo deseos de ser libre y caminar acorde a la Verdad; o prefiero seguir en la noche, sumido en las tinieblas, sin rumbo en mi vida? ¿Me dirijo a Dios con la conciencia de que me ama entrañablemente y que hará por mí todo lo que me auxilie y ayude para seguir a Jesús?

    Cuando se opta por el bien común, pensando en toda la sociedad, la consecuencia son bendiciones y prosperidad no necesariamente material de comodidades, sino una prosperidad de crecimiento en la fraternidad universal, solidaria, subsidiaria y de vida digna para todos, y consecuentemente en un ambiente de Justicia y de Paz.

    Por ello, los invito a preguntarse: ¿Descubro el plan salvífico de Dios para la humanidad? ¿Me entusiasma y me llena de esperanza conocer la razón por la que Dios Padre envió a Jesús al mundo?

    Sin embargo uno debe tener muy en cuenta lo que afirma san Pablo, para no caer en la soberbia espiritual de considerarnos mejores que los demás, porque hemos descubierto su amor y su misericordia: “En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”.

    Debemos transmitir el amor,  por gracia de Dios, como lo hace Nuestra Madre, María  de Guadalupe. Invoquemos su auxilio para seguir sus pasos y llegar a ser humildes y fieles discípulos de su Hijo, y así promovamos ante esta pandemia, una sociedad fraterna, donde nuestros vecinos y conocidos encuentren un ambiente propicio de ayuda mutua y de solidaridad.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Cómo hay que vivir esta Cuaresma?- Homilía- 21/02/21- I Domingo de Cuaresma

    ¿Cómo hay que vivir esta Cuaresma?- Homilía- 21/02/21- I Domingo de Cuaresma

    Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

    ¿Qué significa la afirmación de Jesús “el Reino de Dios ya está cerca”? Jesús es la presencia de Dios en el mundo, para eso lo envió Dios Padre, y para eso el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María. Por tanto, la presencia de Jesús es la presencia de Dios en el mundo. Al encarnarse el Hijo de Dios y asumir los condicionamientos propios de todo ser humano, queda manifiesta la cercanía de Dios con la humanidad; por tanto, Jesús encarna el Reino de Dios, y por ello, Jesús proclama que está ya cerca.

    Jesús agrega en su anuncio la condición para entrar al Reino: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Es decir, hay que entrar en nuestro propio corazón, hay que revisar si nuestras convicciones y creencias, nuestra conducta y nuestra fe se sustenta en creer que Jesús es la presencia de Dios en el mundo; por tanto, fortalecer nuestro conocimiento de la persona de Jesús para escuchar sus enseñanzas y hacerlas nuestras, practicándolas y transmitiéndolas.

    En razón de nuestra libertad para responder, el Reino de Dios en esta vida terrestre no alcanza su plenitud, pero ya como primicia, podemos gustar y saborear su bondad y vivir la felicidad no obstante las adversidades y conflictos que generan la ignorancia en muchos de la presencia del Reino de Dios entre nosotros, y de la fragilidad humana que a todos nos hace tropezar en el ejercicio de las enseñanzas de Jesucristo.

    Dada nuestra fragilidad humana es necesario tener siempre una actitud abierta para descubrir cuándo nos alejamos de las enseñanzas de Jesús, y corregir nuestra conducta con plena confianza en su misericordia. Ésta es la respuesta que pide Jesús al proclamar “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.

    Estamos iniciando la Cuaresma, tiempo de revisión, de escuchar la voz de Dios, de reflexión y oración; así seguiremos el ejemplo de Jesús, que dedicó 40 días para prepararse a su misión, de hacer presente el amor del Padre en el mundo, y para superar cualquier tentación que lo desviara de su propósito: “El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás”.

    La pregunta que debemos hacernos es: ¿Ante tanta bondad de Dios con nosotros, me he decidido a vivir esta Cuaresma que hemos iniciado, con la finalidad de entrar a la experiencia del Reino de Dios?; porque Dios ya ha dado el paso, está de nuestro lado, pero, ¿cuál es mí y nuestra respuesta?

    Hoy la primera lectura narra el diluvio acontecido en tiempos de Noé, y cómo Dios  elige a Noé y a su descendencia y a todo ser viviente sobre la tierra para establecer una alianza, e iniciar un camino de preparación de un pueblo, cuya misión será transmitir al verdadero Dios Creador, que ama entrañablemente a sus creaturas: “Dijo

    Dios a Noé y a sus hijos: «Ahora establezco una alianza con ustedes y con sus descendientes… y con todo ser viviente sobre la tierra.

    ¿En qué consiste esa alianza que ha establecido Dios con la Humanidad? Es una alianza para promover y cuidar las condiciones favorables de la vida en toda la Creación, y evitar la destrucción de nuestra casa común: “Esta es la alianza que establezco con ustedes: No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra”.

    El proyecto de Dios es un proyecto de vida y no de muerte. Pero como toda alianza para que se cumpla deben las dos partes realizar su compromiso. Dios ha dado una señal: “Pondré mi arcoíris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra, y cuando yo cubra de nubes la tierra, aparecerá el arcoiris y me acordaré de mi alianza con ustedes y con todo ser viviente”. ¿Hemos aprovechado esta señal de Dios, recordando al ver el arcoíris nuestra respuesta por el cuidado de la Casa común y de la vida que genera toda la Creación?

    San Pablo explica hoy, que además de la señal del arcoíris, al encarnarse el Hijo de Dios como hombre, transmitió mediante el bautismo un recurso extraordinario para  que todos sus discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, den testimonio vivo y atractivo del don de la vida para la humanidad: “Aquella agua era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro”.

    Pero además de cuidar la Casa Común y llevar una vida a ejemplo de Jesucristo, nos reserva la gran promesa de la vida eterna, manifestada en el inmenso amor de Dios Padre por sus creaturas, al haber enviado a su Hijo, que se entregó generosamente para conducirnos con su ejemplo y convertirse así en Camino, Verdad y Vida: “Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado”.

    Renovemos de nuestra parte la alianza con Dios y asumamos el compromiso del bautismo en este tiempo tan desafiante, tan plural y polifacético, tan complejo y diverso, un mundo a la vez globalizado y dividido, un mundo con recursos abundantes para unos y con pobreza y miseria para otros. Quien sino solo Dios, Nuestro Padre nos puede unir para integrar la única familia humana, la familia de Dios.

    Por ello, con corazón agradecido hagamos nuestra la petición del salmo que hemos escuchado: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”. Para eso vino Nuestra Madre, María de Guadalupe a nuestra Patria, nos ha dado identidad, y nos ha manifestado el infinito y tierno amor de una madre común, supliquemos nos acompañe en esta Cuaresma para obedecer la proclama de Jesús: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿En qué hemos aprovechado este tiempo?- Homilía- 14/02/21- Domingo VI del Tiempo Ordinario

    ¿En qué hemos aprovechado este tiempo?- Homilía- 14/02/21- Domingo VI del Tiempo Ordinario

    El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: ¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro! Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento”.

    ¿No les parece que tiene mucha coincidencia con el confinamiento, que hemos debido guardar para evitar el contagio del Covid-19? La lepra en el tiempo de Jesús era una enfermedad que no tenía curación, y mucho menos había vacuna para obtener inmunidad. El leproso debía irse a vivir solo o con un grupo de leprosos como él, fuera de la población a esperar su muerte.

    La sensibilidad de Jesús es enorme, no tiene miedo a quedar impuro según la ley, ni a contagiarse; ya que no huye de la presencia de un leproso que se le acerca y de rodillas le suplica que lo cure: “Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: Si tú quieres, puedes curarme. Y no solo lo escuchó compadecido, lo tocó y lo curó. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: ¡Sí quiero: Sana! Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio”.

    El milagro es sorprendente, y así podemos comprender porque la fama de Jesús corría de boca en boca, llegando a las poblaciones cercanas de la rivera del lago de Galilea,  e incluso al norte hasta Tiro y Sidón poblaciones paganas, y al sur a Jerusalén, donde esperaban las fiestas de la Pascua para conocer a Jesús. Sin embargo, Jesús sorprende con el mandato que da al leproso curado: “Jesús le mandó con severidad: No se lo cuentes a nadie;…Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes”.

    ¿Qué es lo que pretendía Jesús, al pedir que no se divulgara el acontecimiento milagroso de la curación de la lepra? Para obtener una respuesta les propongo  recordar un viejo refrán que dice: Mientras el sabio contempla la luna, el necio se queda mirando al dedo que la apunta. Cuando acontece un milagro sin duda sorprende, pero es más importante conocer y tener en cuenta en nuestra vida al autor del milagro.

    Por esa razón, Jesús le indica al leproso curado: No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”. La intención de Jesús es que el leproso descubra quién lo ha curado, que descubra a Dios Padre; y por eso lo envía al templo para que haga oración y comience una relación con Dios, y descubra su amor, para que de esa manera el resto de su vida lo dedique a transmitir el amor, de quien lo ha sanado, y no solamente comentar su milagrosa curación.

    Y nosotros en medio de esta pandemia, que nos ha confinado y reducido al mínimo nuestras relaciones sociales de carácter presencial, ¿en qué hemos aprovechado este retiro y soledad, esta experiencia de enfermedad y muerte a nuestro alrededor? ¿Esta incertidumbre, de cuando terminará esto y cuándo volveremos a nuestra realidad anterior?

    El Papa Francisco ha advertido con claridad que, de esta pandemia, saldremos mejores o peores, pero no igual que antes. ¿Cuál es la clave para salir mejores? Según mi parecer es trabajar para convertirnos en personas sabias, que no nos quedemos mirando el dedo que apunta la luna, es decir, que no nos quedemos conociendo los acontecimientos a nuestro alrededor y lamentándonos de lo sucedido, buscando responsables de lo que sucede; en una palabra que dejemos de ser necios, y seamos sabios para descubrir la fuerza de nuestro espíritu, que da vida a nuestro cuerpo.

    Por ello es conveniente que nos preguntemos para qué nos ha dado Dios la vida, y reconozcamos que en Jesucristo, Dios Padre ha revelado su verdadera naturaleza, que es el amor. El verdadero Dios es un Dios Trinidad, una comunidad de tres personas  que se aman a tal punto, que se identifican en su querer y en su actuar. Para  promover un mayor conocimiento de Dios Trinidad revelado por Cristo, y salir mejores de esta pandemia les pregunto:

    ¿En este tiempo de confinamiento he aprovechado el tiempo para leer y meditar los Evangelios?¿Los momentos de silencio y soledad los he aprovechado para indagar mi interior, mis deseos, mis pensamientos, mis acciones y descubrir cuáles son para bien y cuáles para mal?

    ¿He podido ayudar a mi prójimo, en las personas de mi familia, de mis vecinos o de mis amigos, que me enteré sufren angustia o desesperanza? ¿He participado para auxiliar a los más pobres de mi ciudad, colaborando de alguna manera con las organizaciones pastorales o sociales?

    Jesucristo es el Camino a recorrer, y nosotros con nuestro testimonio de amor al prójimo, debemos darlo a conocer. Para ello es importante seguir los criterios que hoy ha recordado el apóstol San Pablo en la segunda lectura: “Hermanos: Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria  de Dios. No den motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los paganos, ni a la comunidad cristiana. Por mi parte, yo procuro dar gusto a todos en todo, sin buscar  mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven. Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”.

    Acudamos con plena confianza, a quien tanto nos ha mostrado su amor, y a quien nos ha ayudado, incluso intercediendo ante su Hijo y obteniendo milagros en favor de tantos peregrinos; invoquemos en un breve momento de silencio a Nuestra Madre, María de Guadalupe para que nos acompañe en este difícil tiempo de pandemia, y durante esta Cuaresma, que inicia el próximo Miércoles de Ceniza, la aprovechemos para un encuentro con Dios, nos limpie de nuestras lepras y lleguemos a la Pascua renovados y siendo mejores personas: alegres, positivas y llenas de esperanza.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

     

  • La vida y la salud son para servir-Homilía- 7/02/21-Domingo V del Tiempo Ordinario

    La vida y la salud son para servir-Homilía- 7/02/21-Domingo V del Tiempo Ordinario

    “Me han tocado en suerte meses de infortunio y se me han asignado noches de dolor. Al acostarme, pienso: ¿Cuándo será de día? La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece. Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha”.

    El fuerte contraste, que presentan hoy los textos entre la primera y segunda lectura, entre la situación emotiva y dolorosa de Job, y en cambio la alegría contundente y convincente de Pablo, es un testimonio muy elocuente, de cómo puede cambiar  nuestra vida para bien, a pesar de lo dramático o trágica que sea la situación vivida en el presente.

    Job sufrió la desesperanza ante la tragedia de perderlo todo: hijos, posesiones, e incluso su propia salud, en un breve tiempo. El texto refleja la ansiedad y el vacío de sentido para seguir viviendo. Sin embargo su reflexión interior y el diálogo con sus amigos, le ayudó a descubrir que su situación no era castigo divino, y que al contrario, desconociendo los designios de Dios, llegó a la convicción que Dios no lo había abandonado, y recuperó su salud, reconstruyó su vida, y obtuvo la gracia de nuevos hijos, que le volvieron a dar la felicidad de vivir hasta el final de sus días.

    Por su parte Pablo afirma: “Aunque no estoy sujeto a nadie, me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes”.

    No es que a San Pablo la vida le haya sonreído por los constantes éxitos de su misión, pues también como Job padeció persecución, rechazo, burlas y falsas acusaciones, golpizas que lo dejaron aparentemente muerto, juicio ante tribunal y cárcel por cumplir su misión apostólica, y finalmente dos años de arresto domiciliario en Roma,  esperando la sentencia del máximo tribunal del Imperio, que finalmente lo condenó a   la decapitación y muerte.

    Por su parte, la escena del Evangelio manifiesta a Jesús como un verdadero y desinteresado servidor de los enfermos: “Al atardecer,… le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñaba junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios”.

    Destaco, que la suegra de Pedro al ser curada se levanta y se pone a servirles. Este dato muestra la importancia de orientar el sentido de la vida y de la salud, como un don que recibimos de Dios para servir a los demás, desde lo que son nuestras responsabilidades. Sin duda la suegra llevaba en su hogar la conducción propia de  una ama de casa, y desde lo que sabía hacer, inmediatamente sanada, lo asume con alegría porque es una decisión propia sin que nadie se lo hubiera pedido o exigido, lo hace correspondiendo al ejemplo de Jesús que la atendió en cuanto supo su situación.

    ¡Qué importante es nuestro testimonio de servicio, es el mejor medio para evangelizar!

    En cuanto a la liberación de los poseídos, Jesús prefiere actuar y no recibir comentarios sobre su acción. El silencio que pide Jesús apaga el protagonismo, que sin duda siempre daña a un servidor que recibe los halagos de los servidos, y puede tentar y dañar, al tiempo, la necesaria humildad, de quien se presenta como enviado,  en el caso de Jesús, mensajero de Dios Padre. Su interés es dar a conocer el amor y la misericordia, de quien lo envía.

    Otro aspecto de notar, es como Jesús, después de haber cumplido la misión de su Padre, se retira en el silencio y la soledad para dar cuenta de su acción, para orar y agradecer la asistencia del Espíritu Santo, y para seguir avanzando en el anuncio y la proclamación del Reino de Dios. Es un hermoso testimonio de cómo orar y dirigirnos a Dios Padre.

    Finalmente, Jesús ante la tentación del éxito que causa el bien, percibiendo la imagen de la popularidad y aceptación de la gente, decide ir a otras poblaciones y ampliar el radio de acción en el cumplimiento de su misión. Pero además con esta decisión manifiesta la necesidad de propiciar que la gente aprenda a no retener, a quien te garantiza bienestar y protección, sino aprender a generarla por sí mismos, como una comunidad que se ha encontrado con Dios: “Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: Todos te andan buscando. Él les dijo: Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido.

    ¿Qué debemos aprender de estos textos de la Palabra de Dios, que hoy hemos escuchado? ¿Cuáles son las lecciones que nos dejan?

    • Que la alegría y el entusiasmo para donar nuestra vida, viene de la generosidad de responder a la vocación, y lo confirma la vida interior de fortaleza ante las adversidades.
    • La constancia de seguir sirviendo sin importar a quién, con tal que lo necesite.
    • La importancia de tener a Dios en cuenta, y buscarlo desde nuestro interior, manifestándole nuestros sentimientos con claridad sincera y honestidad plena, dejando en sus manos las decisiones. ¡Para eso es la Oración!
    • Transmitir y compartir en diálogo sincero con la familia, amigos, grupos apostólicos, nuestra experiencia, y especialmente la sensibilidad creciente de las intervenciones de Dios en nuestra vida. Sin ninguna pretensión de presumir, o de generar imagen ante los demás, sino de testimoniar cómo Dios nos acompaña, y manifiesta su amor en la vida diaria.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe es un ejemplo vivo y ya extendido, entre todos los que la invocamos, y hemos recibido su auxilio para ser buenos discípulos de su Hijo Jesús. Agradezcamos de corazón su presencia entre nosotros y pidamos nos auxilie para seguir su ejemplo y transmitir nuestra experiencia, sirviendo a nuestros prójimos, especialmente a los más necesitados.

  • Jesús ha pedido a sus discípulos ser profetas- Homilía- 31/01/21-IV Domingo del Tiempo Ordinario

    Jesús ha pedido a sus discípulos ser profetas- Homilía- 31/01/21-IV Domingo del Tiempo Ordinario

    00″El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán”.

    ¿Cuál es la misión del profeta? Anunciar el mensaje de Dios. El anuncio es una invitación a escuchar la voz del Señor y conocer su contenido, y de acuerdo a ese mensaje, señalar los puntos que confrontan la conducta personal y social de una población.

    ¿Por qué es tan importante escuchar y aceptar el mensaje profético? La invitación no solo es para ofrecer información, sino especialmente para interpelar, cuando el Señor exige confrontación y cambio en el proceder de un pueblo, en vista de prevenir  y alertar en las consecuencias negativas, que podrían darse de no atender el llamado; y para motivar la voluntad y mover el corazón de los oyentes, dando a conocer las nuevas y positivas situaciones que generará la intervención divina en favor de la comunidad.

    Por qué entonces el pueblo afirma: “No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios”. Sin duda como todo ser humano existe conciencia de nuestra fragilidad, hoy decimos que sí, y mañana no cumplimos lo prometido. El miedo a escuchar la voz del Señor compromete, no quita la libertad, pero exige respuesta.

    La misión profética juega un papel decisivo para mantener las buenas relaciones entre Dios y la comunidad. De aquí la importancia de la presencia de profetas en la vida de una comunidad, y por eso es tan necesaria la indispensable fidelidad del Profeta para cumplir su misión; así, entendemos la dura sentencia de muerte para quien manipule la voz de Dios: “el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de otros dioses, será reo de muerte”.

    Jesucristo ha pedido a sus discípulos ser profetas, para anunciar y proclamar la Buena Nueva, el Evangelio, que consiste en la llegada del Reino de Dios. Por esta razón comprenderemos, por qué, cuando fuimos bautizados en su nombre, se afirmó que participamos como profetas, sacerdotes, y reyes, por ser discípulos de Jesucristo.

    Como profetas para anunciar la voz de Dios de palabra y obra, como sacerdotes para unir nuestra ofrenda existencial al sacrificio de Cristo en la Eucaristía, y como reyes para dar testimonio con nuestra vida de los valores del Reino de Dios, proclamado y vivido por el mismo Jesucristo al encarnarse, asumiendo nuestra condición humana, y así, constituirse en Camino, Verdad, y Vida.

    Con esta explicación podremos entender y profundizar la reflexión de San Pablo sobre la importancia de la vida celibataria: “El hombre soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle; en cambio, el hombre casado se preocupa de las cosas de esta vida y de cómo agradarle a su esposa, y por eso tiene dividido el corazón. En la misma forma, la mujer que ya no tiene marido y la soltera, se preocupan de las cosas del Señor y se pueden dedicar a él en cuerpo y alma. Por el contrario, la mujer casada se preocupa de las cosas de esta vida y de cómo agradarle a su esposo”.

    Es decir, los desposados su primera obligación es la atención mutua y la de los hijos; por lo cual la misión de profetas, sacerdotes y reyes se queda como segunda prioridad. En cambio, el célibe tiene la disponibilidad de asumir como prioridad en su vida la dedicación en plenitud al servicio del Reino de Dios, al auxilio de la comunidad y de las familias, para orientar y acompañar a los bautizados en su misión, y para auxiliar a los necesitados presentes en su comunidad.

    Lamentablemente el actual contexto socio-cultural ha puesto como prioridad de la vida el disfrute sexual a como dé lugar. Cuando la verdadera y permanente felicidad es fruto del amor, que nace y crece en el servicio al prójimo. No obstante, la Iglesia afirma y mantiene con claridad la validez y la necesidad del celibato, en vista de ofrecer plena disponibilidad para servir al Señor, promoviendo y atendiendo a los hermanos.

    En este sentido invito a los jóvenes, varones y mujeres, a las personas viudas, que ya han cumplido sus obligaciones matrimoniales y familiares a escuchar y asumir lo que el Salmo de hoy aconsejaba:Hagámosle caso al Señor, que nos dice: «No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”. Estas palabras invitan a considerar la manera, en la que pueda llevar a cabo, mi personal aporte como discípulo de Jesucristo.

    Si cumplimos nuestra misión profética tendremos la fortaleza del Espíritu Santo, como lo manifiesta Jesús en el pasaje de hoy, para liberar a quienes sufren por consecuencia de haber permitido que su corazón fuera atraído y seducido por el mal, quedando atrapados en tan nefastos condicionamientos, de los cuales solos es muy difícil que se liberen: “Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: ¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús le ordenó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él”.

    También hoy, hay muchos que necesitan la fuerza del Espíritu de Dios para liberarse de la seducción del placer, del poder, o de la codicia y ambición. Como Iglesia está en nuestra voluntad aprender a ser conducidos por el Espíritu para dar testimonio contundente, que Dios camina con nosotros, y quiere liberar a sus hijos de todo mal, cualquiera sea la condición en que se encuentre.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos acompañe a disponer nuestro corazón para recibir como ella, la asistencia del Espíritu Santo, y podamos en estos tiempos tan desafiantes, cumplir nuestra misión profética, como buenos discípulos de su hijo Jesús, y en su nombre, venzamos el mal a fuerza del bien.

    Abramos nuestro corazón, y expresémosle nuestra súplica, confiando en su amor maternal y misericordioso, en un breve momento de silencio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

  • ¿Qué significa seguir a Jesús?- Homilía- 24/01/21-Domingo III del Tiempo Ordinario

    ¿Qué significa seguir a Jesús?- Homilía- 24/01/21-Domingo III del Tiempo Ordinario

    «Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el Evangelio”.

    El primer anuncio y mensaje de Jesucristo es que ha llegado el Reino de Dios, porque él, como Hijo de Dios, al encarnarse ha hecho presente a Dios en la Historia de la humanidad. Y como bien advirtió: “Sepan, que yo estoy con Ustedes hasta el final de los tiempos” (Mt. 28,20); significa que Jesucristo camina con nosotros y a través de nosotros, como lo expresa su inmediata llamada a congregar a sus discípulos que prolongarán su presencia en el mundo.

    “Jesús… vio a Simón y a su hermano, Andrés, y les dijo: Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan,… y los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre …, se fueron con Jesús”.

    Seguir a Jesús es más que simplemente aceptar sus enseñanzas, seguir a Jesús es en consecuencia formar parte de la comunidad de discípulos. La Conversión a la que llama Jesús, no es solo arrepentirse de los pecados y adecuar mi conducta a los mandamientos de la ley de Dios, sino que debe ir acompañada de creer la Buena Noticia, el Reino de Dios ha llegado, y en decidir integrarse a la comunidad de discípulos de Cristo. A este paso, el documento de Aparecida lo ha llamado Conversión Pastoral.

    El documento en el número 368 plantea la exigencia que implica dar este paso: “La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí, nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas. Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral. La programación pastoral ha de inspirarse en el mandamiento nuevo del amor”.

    La comunidad de discípulos que sigue a Jesús, vive los valores del Reino iluminados por la Palabra de Dios, lo cual implica que consideremos que no solo somos buenos católicos, participando como fieles en la celebración de los Sacramentos y en las prácticas religiosas y culturales que ofrecemos en nuestros templos, sino que asumamos el compromiso de integrarnos en pequeñas comunidades en torno a la Palabra de Dios, que oriente nuestro actuar, confronte nuestro caminar, y nos lance con esperanza y decisión a ser una Iglesia en salida, una Iglesia que promueva el anuncio kerigmático de la Buena Nueva en nuestros propios ambientes de vida y en los diversos contextos sociales.

    Así lo propone el documento de Aparecida en el No. 370: “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera”.

    Para ello, viene muy bien la advertencia de San Pablo: “la vida es corta. Por tanto, conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no compraran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran de él; porque este mundo que vemos es pasajero”.

    En efecto, necesitamos adquirir una actitud de desapego a los bienes de esta vida, para poder, como los primeros discípulos, centrar nuestra vida en la proclamación del Reino de Dios, y en el testimonio personal y comunitario de los valores del Reino.

    Los invito a que hagamos nuestra la orden que Dios dirigió a Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran capital, para anunciar ahí el mensaje que te voy a indicar”. Con la confianza y esperanza de que nuestros interlocutores en toda América Latina y el Caribe respondan como lo hicieron los ninivitas a la predicación de Jonás: “Los ninivitas creyeron en Dios”, y actuaron en consecuencia.

    La tarea queda clara, recordando los números 366 y 367 del documento de Aparecida: “estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta. La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. Su vida acontece en contextos socioculturales bien concretos. Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales”.

    A la luz de estos párrafos considero, que el Papa Francisco tiene toda la razón al a haber indicado al CELAM, que en lugar de convocar a una VI Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, se celebrara en noviembre próximo en nuestro País, la primera Asamblea Eclesial de Latinoamérica y el Caribe, que hoy anunciamos con la finalidad de retomar el documento de Aparecida para impulsar el proceso de su aplicación en nuestras Diócesis.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos acompañe en el camino de preparación de la Asamblea Eclesial, y en la posterior fecundidad para cumplir la misión de proclamar y testimoniar como lo hizo Jesús, que Dios Padre nos ama, y nos regala los dones del Espíritu Santo para vivir conforme a las enseñanzas y ejemplo de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. ¡Que así sea!

  • Misa de exequias de Mons. Francisco Daniel Rivera- Homilía- 20/01/21

    Misa de exequias de Mons. Francisco Daniel Rivera- Homilía- 20/01/21

    Tu bondad y misericordia me acompañarán todos los días de mi vida y viviré en la casa del Señor por años sin término”(Sl 22,6).

    Esta estrofa final del Salmo 22, el Señor es mi pastor, nada me faltará, perfila muy bien este momento que vivimos en la despedida de monseñor Daniel entre nosotros. Y también el resto de las lecturas que hemos escuchado como Palabra de Dios. Voy a ir delineando desde lo que escuchamos, algunas frases de esta Palabra de Dios, que describen el perfil de la personalidad de monseñor Daniel.

    En la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se presenta la posición de quien no cree en Dios, de los impíos, dice el texto: “Los impíos razonando equivocadamente se dijeron triste y corta es la vida e irremediable el trance final del hombre”(Sb 2,1). Para luego el texto contraponer afirmando: “Esto es lo que piensan los que no creen en Dios, los impíos, pero se engañan, porque su maldad los ciega, no conocen los designios de Dios” (Sb 2, 21-23).

    Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de sí mismo. Cuando tenemos esta convicción de fe en nuestro corazón, en nuestro interior, somos muy dóciles a la palabra de Dios y a las exigencias de la misión de la iglesia, como lo fue Daniel. Tenemos esa aceptación de la voluntad del Padre, en aquello que a través de las autoridades correspondientes, le exigen o le piden a uno realizar.

    Y también, cuando somos autoridad, y tenemos que pedir a algo a alguien subordinado a nosotros, como él lo fue en los distintos cargos y responsabilidades dentro de su Congregación, y como lo fue siendo Obispo entre nosotros; conviene ejercer la autoridad con suavidad, pero con firmeza; con determinación, sí, pero con el reconocimiento de que el otro también está en esa libertad de aceptar o no lo que se le pide. Esto lo vivió Daniel gracias a la Espiritualidad de la Cruz, de la cual él estaba enamorado, plenamente.

    Y por eso, podemos afirmar que él es uno de los que describe San Pablo hoy, en la lectura: “los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Todos hemos sido creados a imagen de Dios y para ser sus hijos, lamentablemente a unos les cuesta más trabajo que a otros, y quizá algunos no lo logran en esta vida, pero dejándonos guiar por el Espíritu Santo, como él lo aprendió como Misionero del Espíritu Santo, logramos generar en nosotros el espíritu de hijo, y nuestra relación con Dios Padre a través de Jesucristo.

    Por ello expresa San Pablo: “el mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Es el Espíritu Santo que en relación con nuestro propio espíritu nos hace dar testimonio de que somos hijos  de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él” (Rm 8,  16-17).

    Él pasó esta prueba durísima, del contagio, de la infección del Covid y conociéndolo, no dudo ni un momento en afirmar que lo asumió con plena voluntad de realizar lo que Dios quería de él.

    En el evangelio por su parte, Jesús declara: “Yo les aseguro que, si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, pero si muere producirá mucho fruto”(Jn 12,24) . Este pasaje quizá lo hemos muchas veces escuchado y siempre referido al mismo Jesús, pareciera la intención del evangelista Juan de que Él va a tener que morir para ser fecundo. Pero es lo que sucede en todo  aquel que logra ser hijo de Dios, dejándose guiar por el Espíritu Santo. Al morir crece su fecundidad, como le ha pasado a tantos santos.

    San Francisco de Asís, al final de su vida, vio con tristeza la división de sus hermanos, pero nunca desconfió de su Padre Dios. Y hoy vemos en la Iglesia la congregación y espiritualidad franciscana la más extendida en todo el mundo. La fecundidad se da después de nuestra muerte.

    También en el evangelio de hoy escuchamos: “el que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté también esté mi servidor. El que me sirve será honrado  por mi Padre”(Jn 12,26). Sirviendo al Señor lo honramos y lo hacemos presente entre los demás.

    Este es el testimonio que han compartido, particularmente los cuatro Obispos Auxiliares que vivían junto con él en este año, un testimonio ejemplar de quien fue un aporte muy especial para que nuestros Obispos asumieran una actitud plena y en conciencia, de la ventaja de estar viviendo en comunidad.

    Por eso con toda convicción afirmo que Daniel fue un buen pastor,  no le ha  tocado -el Señor así lo ha querido- que fuera muchos años Obispo, solo uno, pero uno le bastó: ¡Fue un buen pastor!

    Como sacerdote yo lo conocí allá por el año 1992 en Milán, como Vicario Parroquial como un hombre de Dios y un buen Pastor, y después en distintos niveles de responsabilidad de formador, y también como lo fue al final en su  propia Congregación Religiosa de Superior General.

    El salmo que proclamamos hoy dice: “El señor es mi pastor y nada me faltará”(Sl 22,1); y la estrofa final expresa lo que vive hoy Daniel: “tú bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida, y viviré en la Casa del Señor por años sin término” (Sl, 22, 6). Amen.