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  • Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Homilía- Tres puntos para caminar juntos- 17/10/21

    Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. Él les dijo: ¿Qué es lo que desean? Le respondieron: Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria. Jesús les replicó: No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado? Le respondieron: Sí podemos”.

    Ojalá que también nosotros tengamos la decisión firme, como Santiago y Juan, que efectivamente entregaron sus vidas por la causa del Evangelio, incluso hasta la muerte sufrida en el martirio, siguiendo el camino de entrega de la vida, como Jesucristo lo hizo al ser crucificado.

    Recordemos también lo que hoy escuchamos en la segunda lectura: “En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno”.

    Muchas veces sin duda viene a nuestra mente el cuestionamiento del por qué Dios se queda impasible y en silencio ante la multiplicación del mal en el mundo. Ciertamente nuestra mirada es muy limitada, somos miopes y no alcanzamos a ver más allá de los años siguientes, y nos preocupa habitualmente solo el presente y el futuro inmediato.

    Además nos cuesta mucho trabajo aprender del pasado, y proyectar y comprometernos para un futuro, que consideramos difícil de alcanzar, e incluso muchas veces, cuando advertimos que no nos tocará disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos, dejamos de colaborar en bien de la nuevas generaciones.

    Esta mirada corta, por la misma brevedad de la vida, nos dificulta comprender el mal en el presente. Por esta razón Dios Padre envió a su Hijo al mundo para que asumiera la condición humana y proyectara en su conducta el camino a seguir ante la presencia del mal, y el sufrimiento en general. Este es el bautismo al que se refiere Jesús a la pregunta de Santiago y Juan: ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?

    En la mística cristiana del sacrificio redentor podremos entender la profecía de Isaías, que la Iglesia ve cumplida en Jesucristo: “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos”.

    El mal y los sufrimientos que origina son propiciados porque Dios nos creó en y para la libertad, condición indispensable para aprender a amar, porque nos creó con la capacidad para entender, valorar y compartir la vida divina, la vida de Dios Trinidad, que es la vida del amor, que se caracteriza por actuar siempre buscando el bien de los demás por encima del bien personal.

    Por eso la advertencia de Jesús a sus discípulos: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

    El proceso sinodal que hoy formalmente iniciamos todas las Diócesis del mundo es la oportunidad para aprender a servir juntos, recogiendo nuestras experiencias de vida, compartiéndolas y fortaleciéndonos para vivir acordes a nuestra vocación como hijos de Dios, integrándonos como una familia, y siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de dar nuestra vida por la redención de la humanidad.

    El aprendizaje del amor ningún ser humano lo adquiere solo, individualmente, por que dicho aprendizaje exige superar el egoísmo y aprender a vivir para servir y ayudar a los prójimos. Nuestras relaciones deben conducirse en libertad personal y del otro, superando la manipulación, y siempre actuando con sinceridad, honestidad y transparencia de nuestras reales intenciones. El engaño y la mentira rompen siempre el proceso de este aprendizaje. Si caemos en estas situaciones, debemos reconocer nuestros errores y pedir perdón a Dios y a quien hayamos afectado.

    Ciertamente el mal y sus consecuencias nunca son deseables, pero afrontándolas unidos en la fe, fortalecidos en la esperanza al caminar juntos, y sinodalmente practicando la caridad como fieles discípulos y apóstoles de Jesucristo, experimentaremos la asistencia del Espíritu Santo, y constataremos que Dios nunca abandona a sus hijos. En la Arquidiócesis Primada de México lo estamos promoviendo en las comunidades parroquiales con los fieles del territorio correspondiente, también en las comunidades religiosas, en los movimientos apostólicos, en las asociaciones y fraternidades católicas.

    Es importante recordar que la Sinodalidad es el método para caminar juntos y tiene tres pasos fundamentales: Escucha recíproca, Discernimiento eclesial y Presentación de las propuestas consensadas a la autoridad eclesial en su correspondiente nivel. Expresaremos así nuestras necesidades y los posibles caminos de superación. Ciertamente este proceso será un factor determinante para impulsar la anhelada renovación de la Iglesia, haciéndola capaz de auxiliar a los fieles para aprender a responder satisfactoriamente a los desafíos de nuestro tiempo, y así renazca el gozo de ser cristianos y la esperanza de edificar la civilización del amor.

    Los invito a poner en manos de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe nuestra confianza, para que los procesos sinodales en todas las Diócesis logren renovarlas, y convertirlas en la Iglesia en comunión, por la que entregó su vida, su amado hijo Jesús.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a caminar juntos y vivir la sinodalidad en la escucha recíproca y en el discernimiento en común, para ser una Iglesia en comunión.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Homilía- Visita Pastoral- Nuestra Señora del Carmen (San Ángel)

    Esta vez se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. 

    Nínive era una ciudad enorme; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás caminó por la ciudad durante un día pregonando: ‘Dentro de 40 días Nínive será destruida’. Cuando Dios vio sus obras, cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles. (Jonás 3:3-10).

    El profeta Jonás se resistió a esa voz que le decía: ‘Ve y profetiza, ve y háblale a esa ciudad para que cambie su forma de proceder, y su conducta’. Sin embargo, el Señor tuvo a bien hacerle ver que no se escaparía de esa misión que le ordenaba hacer.

    Finalmente, él va a Nínive, predica y la gente se convierte; cuando Jonás mismo pensaba que era inútil, que era por demás, que no había nada más que hacer para evitar que viniera la catástrofe de la ciudad.

    Es gracias a su predicación que la gente recapacita, desde la autoridad mayor hasta los ciudadanos de todas las categorías, y el Señor los perdona. Podemos sacar como conclusión que el Señor necesita de nosotros -quiere necesitar de nosotros- para hacer presente su mensaje también en esta inmensa Ciudad de México.

    Pero necesita profetas como Jonás. Muchos se resisten, no saben cómo empezar su labor. Otros no se animan, sienten que no tienen la capacidad de llegar al corazón de la gente. Pero todos los bautizados estamos llamados a ejercer nuestra misión profética. Hoy, la Ciudad de México necesita de todos ustedes para que mejore la calidad de vida de los que aquí vivimos. Esta es la misión de la Iglesia.

    En el evangelio hemos escuchado que Jesús llega a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, y se pone a instruirlos, a enseñarles; les abre el corazón y se propone hacerles conscientes de la necesidad que tenemos de relacionarnos con Dios.

    María se sentó y se puso a escuchar al Maestro. Su hermana Marta no escuchaba; servía a la comunidad, a los grupos que se juntaban en su casa, los atendía: ‘¿Qué se le ofrece?’ ‘¿Quiere un tecito, un café o un pedacito de pan?’. Se sentía atareada por no poder ella sola atender a todos, y le reclama a Jesús: ‘Maestro, dile a mi hermana que me ayude; ahí está sentada, sin hacer nada’. Pero la respuesta de Jesús es contundente: ‘Ella ha elegido la mejor parte’.

    No quiero decir que se contraponga el escuchar al Maestro con el servir. Pero es mejor elegir la primera parte. Porque si eliges escuchar al Maestro, no te vas a cansar nunca de servir. Y Marta sí se cansó de servir, por eso le reclamaba a Jesús.

    La fortaleza interior que nos da conocer a Jesús Maestro, y asumir sus enseñanzas, nos pone en relación con Dios. Y al ponernos en relación con Dios -porque Él es el camino, la verdad y la vida-, dispone nuestro corazón, nuestra persona, para ayudar al prójimo, a nuestro hermano.

    Por eso ustedes están integrando esta comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen, con la presencia y espiritualidad de los Carmelitas. No sé si ustedes lo escogieron, pero tienen una espiritualidad para entender al Maestro Jesús, a través de la mística del Carmelo y de sus grandes sabios: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús.

    Les ha tocado la mejor parte, denle gracias a Dios. Yo le doy gracias a Dios de ustedes. Pero ahora hay que ponerlo en práctica. 

    Que el señor nos dé la fuerza para cumplir con nuestra misión profética. ¡Como Jonás a Nínive, nosotros a esta gran Ciudad de México! Amén.

  • Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Homilía- La sociedad necesita escuchar la voz de Dios- 26/09/21

    Josué,… que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: Señor mío, prohíbeselo». Pero Moisés le respondió: ¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.

    Qué magnífico deseo de Moisés: “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta, y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”. De manera semejante le sucedió a Jesús con sus discípulos: “Juan le dijo a Jesús: Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. El celo, el sentirse privilegiados y únicos de recibir las enseñanzas de Jesús, y de haberlo conocido y haber recibido la invitación a ser sus discípulos, les propiciaba la mirada corta sobre la misión universal de Jesús.

    “Jesús le respondió: No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está en favor nuestro”. Jesús actuó como Moisés, aclarando la amplitud de su misión, y la necesidad de aceptar en la comunidad a todos los que lo aceptan y lo invocan para actuar en su nombre. Ser profeta consiste en desarrollar la experiencia de un dinamismo entre la escucha de la Palabra de Dios y el discernimiento sobre mis decisiones y acciones, en dar testimonio de ellas, en mi cotidianidad, transmitiéndolas entre mis compañeros de vida: familia, amistades, ambiente laboral y social.

    El profetismo cristiano se fundamenta en la recepción de los Sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación, y Eucaristía, en los dos primeros recibimos el Espíritu Santo, en el bautismo para ser adoptados como hijos de Dios, en la confirmación para dar testimonio de mi seguimiento de Cristo, como buen discípulo suyo; y en la Eucaristía soy fortalecido por el mismo Cristo para darlo a conocer a mi prójimo. Así se comprende, que el profetismo es “hablar en nombre de Dios” con el testimonio de mi vida y mi conducta para darlo a conocer, y proclamar sus acciones e intervenciones en favor de la comunidad y de la humanidad.

    Preguntémonos qué entiendo por ser profeta, y descubramos la importancia, tanto personal como social, del desarrollo y puesta en práctica del profetismo. En todo tiempo, pero especialmente ante los grandes desafíos actuales, la sociedad necesita escuchar la voz de Dios, para vivir y transmitir los auténticos valores como es el respeto a la vida, desde su concepción y hasta la muerte. Es una magnífica oportunidad para ejercitar nuestro profetismo, participar el próximo domingo 3 de octubre en la marcha por la vida.

    El apóstol Santiago ofrece un elemento complementario al advertir la necesidad de tomar conciencia de la transitoriedad de la vida terrestre y de todos sus atractivos. Por ello, el Apóstol habla muy fuerte a quienes solo buscan lujos y placeres, y comenten graves injusticias con tal de obtenerlos: “El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes;… Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer… Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse”. Estos señalamientos del Apóstol deben servirnos para descubrir la importancia de vivir los Principios del “Destino universal de los bienes”, “la solidaridad”, y “la subsidiaridad” como lo enseña la Doctrina Social de la Iglesia.

    La recomendación de Jesús va todavía más allá que la de Santiago, ésta es un inicio. Jesús amplia el horizonte al afirmar : “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. Indica así la gravedad de seducir y propiciar que un inocente mienta para cometer una injusticia o un grave daño a un prójimo o a una comunidad; es decir, Jesús denuncia la manipulación de la conciencia.

    Este daño a la gente sencilla hay que evitarlo a toda costa, por eso Jesús advierte de manera fuerte, intensa y radical con afirmaciones contundentes para dejar muy clara la gravedad de toda manipulación: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo,….

    Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

    ¿Cómo podemos prepararnos para ser fieles discípulos de Jesucristo y no caer en semejante pecado? En el Salmo 18 hemos escuchado la importancia de invocar el auxilio divino para superar la soberbia: “Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados. Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre”.

    Por tanto, nos conviene trabajar por ser humildes, es decir, reconocer mi fragilidad, dominar el orgullo, superar los celos y envidias. Generar este proceso es difícil al inicio, pero a medida que desarrollamos la humildad, cada vez será más fácil mantenerla. Además la superación de la soberbia nos ayuda a ser libres, a superar tensiones, y a gozar y agradecer lo que otros hacen en favor de los necesitados.

    En otras palabras la superación de la soberbia me conduce a la libertad, y la libertad me capacita para experimentar el verdadero amor, el amor de Dios. Y una vez iniciado así el camino de seguimiento a Jesucristo, encontraremos siempre la verdad, la capacidad para discernir entre el bien y el mal, y descubriremos en qué consiste la verdadera vida que nos espera para toda la eternidad. La misión de la Iglesia es precisamente ofrecer las enseñanzas de Jesucristo, y acompañar a los fieles para que seamos todos profetas. Nos convertiremos así en levadura que fermenta la masa de la sociedad, logrando que emerja la civilización del amor.

    Invoquemos a nuestra Madre, María de Guadalupe, que vino a nuestras tierras precisamente para dar a conocer a su Hijo, cumpliendo así su misión profética para bien de nuestro pueblo. Sigamos su ejemplo y ciertamente recibiremos su auxilio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Ayúdanos a ser profetas como tú lo fuiste con nosotros.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre – 12/09/21

    Homilía- Toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre – 12/09/21

    Jesús… Por el camino les hizo esta pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas. Entonces él les preguntó: Y ustedes,  ¿quién dicen que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Mesías«.

    Descubramos la importancia de la doble pregunta, que Jesús hace a los discípulos: qué dice la gente, y qué dicen ustedes. Así Jesús les ayuda a descubrir si ellos se dejan llevar más por las opiniones que escuchan sobre la identidad de Jesús, o si ellos que han convivido de cerca con Jesús han ido adquiriendo su propia opinión y han discernido en profundidad y diálogo entre ellos, quién es Jesús.

    Jesús una vez ganada la confianza y la autoridad ante sus discípulos propicia que ellos manifiesten su percepción y le expresen qué han descubierto sobre su persona, su identidad, y su misión. Es conveniente también cuestionarnos, si ya he alcanzado un conocimiento de la persona de Jesús y su misión, o si es superficial y solamente en base a la opinión que he escuchado de otros.

    Pedro le manifiesta en nombre de todos, que lo reconocen como el Mesías esperado. Sin embargo fue una percepción muy humana y fuertemente influenciada por la concepción de un Mesías, que contando con la fuerza y el poder de Dios, tendría una autoridad y aceptación, triunfante y avasalladora.

    Jesús les anuncia que no será triunfante, sino que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y que resucitaría al tercer día. Ante lo cual, “Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo”, lo trata de convencer que no será así, y que cuenta con el suficiente apoyo del pueblo para convencer a las autoridades de la procedencia divina de su mesianismo.

    En una palabra el discípulo asumió el papel de maestro ante el mismo maestro para corregirle sus afirmaciones. Quizá porque temió que cundiera la decepción y el abandono de sus once compañeros. Jesús de frente ante los doce reprende duramente el atrevimiento de Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

    Esta escena del Evangelio advierte que a Jesús hay que conocerlo y entenderlo no según nuestros modos de pensar, no con criterios meramente humanos, pues nuestra visión de la vida y sus proyecciones habituales son transitorias, nuestra mirada es terrenal, por tanto miope para descubrir las maravillas de la vida verdadera.

    En efecto, Pedro comprenderá solamente a la luz de la Resurrección, la indispensable necesidad de asumir la Cruz y afrontar el sufrimiento y la injusticia, después de haber sido testigo de cómo Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre, ejemplarmente, como lo anunció siglos antes el Profeta Isaías: “Yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”.

    Cuántas veces tendremos que recordar ante la presencia del mal, de las injusticias y desigualdades, ante las diversas formas de adversidades y problemas, que nosotros somos discípulos y el único maestro es Jesucristo. Así comprenderemos en toda su dimensión la frase de Jesús “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

    Debemos adentrarnos en la meditación y oración para retomar, cuantas veces sea necesario, nuestra condición de discípulos, y no querer asumir el papel de maestro, que todo lo sabe. Es pues indispensable crecer en la humildad ante las tentaciones y las incomprensiones de la voluntad de Dios; y como Pedro, reconocer de nuevo la voz del verdadero Maestro, Jesucristo, y aceptarla en la confianza de su amor, y sin resistencia, no obstante las adversidades que en el camino se irán presentando.

    El apóstol Santiago clarifica con un ejemplo claro y contundente, que las enseñanzas de Jesús, además de conocerlas, las debemos poner en práctica: “Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice: Que te vaya bien; abrígate y come, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso?”. La fe se muestra con la obras, una fe sin obras está muerta. Recordemos que la fe es un don que recibimos de Dios, y que debemos desarrollar. Mientras más vivamos con una conducta acorde a la fe que profesamos, mas fuerte y fecunda llega a ser la fe. Las obras son una evidencia de que hemos desarrollado nuestra fe.

    Jesús reveló que todo ser humano está llamado a ser hijo de Dios, y que por tanto, debemos reconocernos como hermanos, miembros de una misma familia, auxiliándonos en las diversas necesidades, y reconociendo que toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre.

    Necesitamos conocer a Jesús, en su vida y sus enseñanzas, para tomar las decisiones, convencidos de que Él es el camino, la verdad y la vida. Es oportuno revisar con frecuencia, si estamos viviendo de manera acorde a la fe que profesamos, y preguntarnos si asumo que la vida es sagrada, y por ello acepto y respeto la dignidad de todo ser humano desde su concepción hasta la muerte.

    Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien ha vivido de manera ejemplar como discípula, descubriendo desde su propia experiencia que su Hijo era el Mesías esperado, el Maestro que revela al verdadero Dios por quien se vive.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Homilía- «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»- 5/09/2021

    Todos estaban asombrados y decían: ¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

    Esta escena transmite dos detalles importantes, pretendidos por el evangelista Marcos: El primer detalle es mostrar que la expectativa del Mesías anunciado por los profetas y largamente esperado se ha cumplido en la persona de Jesús. En la primera lectura el Profeta Isaías anuncia que Dios se hará presente: “Digan a los de Corazón apocado: ¡Ánimo, no teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos”. Y en la la persona de Jesús, Hijo de Dios Vivo, se ha hecho presente Dios en el mundo, asumiendo nuestra propia condición humana.

    El segundo detalle es manifestar que el milagro lo realiza con la fuerza del Espíritu de Dios; por tanto tocar con los dedos los oídos para que escuche el sordo, y con saliva la lengua para que pueda hablar, y expresando una orden con la palabra “Ábrete”, manifiesta la fuerza del Espíritu que actúa en Él para sanar. Es la característica del verdadero Dios, actuar por medio de la Palabra, como lo hizo Dios al crear el mundo: “Hágase”. Así actúa Jesús y se muestra que encarna al verdadero Dios Creador.

    El Apóstol Santiago en la segunda lectura con sencillez y claridad ha recordado que el testimonio esperado de los miembros de la comunidad de discípulos de Cristo es priorizar siempre la dignidad de toda persona humana, independientemente de sus condiciones sociales: “Hermanos: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos. Supongamos que entran al mismo tiempo en su reunión un hombre con un anillo de oro, lujosamente vestido, y un pobre andrajoso, y que fijan ustedes la mirada en el que lleva el traje elegante: Tú siéntate aquí, cómodamente. En cambio le dicen al pobre: tú, párate allá, o siéntate aquí en el suelo a mis pies. ¿No es esto tener favoritismos y juzgar con criterios torcidos?

    Por ello, debemos ejercitarnos siempre para mirar con respeto a toda persona, independientemente de su situación, condicionamientos y conducta. Por esto es oportuno preguntarnos, ¿en mis relaciones con los demás soy consciente de respetar la dignidad de la otra persona?

    Sin embargo no se trata de aceptar las conductas, injusticias, o exigencias de los demás; sino reconocer en todo ser humano su dignidad, y tratarlo como una persona que merece ser escuchada, antes que ser juzgada.

    Es pues una actitud que nos evitará siempre conflictos, pleitos, y discusiones inútiles y desgastantes. También por lo anterior, conviene educar nuestra manera de dialogar y de relacionarnos con los demás. Así con mayor facilidad aprenderemos a conocer a las personas en sus actitudes y motivaciones interiores, y propiciaremos incluso buenas relaciones y amistad.

    ¿Hemos vivido esta experiencia de respeto a los demás desde el seno de mi propia familia? ¡Si lo hemos hecho agradezcamos a Dios el paso dado; pero si no hemos actuado así, pidamos perdón a Dios y a nuestros familiares y amigos, e iniciemos un nuevo camino, una manera digna de tratarnos!

    Regresando a la intervención de Jesús narrada en el Evangelio de hoy, no es solamente una acción movida por la compasión para aliviar la concreta situación del sordomudo, sino también y principalmente la ocasión para manifestar con el milagro, los aspectos que de manera simbólica expresan a Jesús como el auténtico Mesías anunciado por los profetas y esperado durante siglos por el Pueblo de Israel.

    Por esta razón curar la sordera significa, dar la capacidad de escuchar la voz de Dios, y soltar la lengua expresa que lo escuchado lo debemos transmitir a los demás. Así manifestaremos la presencia y la intervención de Dios en nuestras actividades. En otras palabras, debemos dar testimonio de lo que Dios hace a través de nuestras responsabilidades, realizadas siguiendo su voz y poniendo en práctica sus enseñanzas.

    De esta manera descubriremos las maravillas que hace el Señor cuando cumplimos nuestra misión de ser fieles discípulos de Cristo; se generarán los torrentes de agua viva, que convierten los desiertos en lugares fértiles según la promesa mesiánica anunciada por el Profeta Isaías: ”Brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque y la tierra sedienta en manantial”.

    ¡Qué maravilla! ahí donde nos parecía imposible un cambio de actitud, una conversión de corazón, donde pensábamos que serían inútiles nuestras palabras y actitudes, de ahí nacerán conductas e iniciativas jamás soñadas, con lo cual seremos testigos de la mano de Dios, que se hace presente en la cotidianidad de nuestras vidas. Pero además, si lo hacemos en comunidad, compartiendo los sueños con proyectos realizados entre todos los miembros de la Parroquia, movimientos, agentes de pastoral, ámbitos juveniles, laborales, empresariales, etc. haremos presentes las primicias del Reino de Dios entre nosotros.

    Así, la Iglesia ofrecerá el sentido de la vida, y la espiritualidad que comunica con los dones del Espíritu Santo, que se nos ha dado, mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación; y cumpliremos con nuestra misión, como Comunidad de discípulos de Cristo, en estos desafiantes tiempos en los que nos ha tocado vivir.

    Con estas buenas intenciones que provoca la Palabra de Dios, dirijamos nuestra mirada a Nuestra Madre, María de Guadalupe, invocando su auxilio maternal para que sigamos sus pasos, y sepamos reconocer la voz de Dios, en medio de nuestras actividades y, ¡la presencia del Espíritu Santo en nuestras tareas habituales para testimoniar así como ella lo hizo, las maravillas, que Dios hace en medio de su pueblo!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Muchos discípulos de Jesús que lo habían oído, decían: «¡Es dura esta enseñanza! ¿Quién puede aceptarla?”.

    De todos los que seguían a Jesús, la mayoría lo hacía por las obras de Jesús en favor de los enfermos, necesitados o hambrientos, no lo seguían por sus enseñanzas. Por eso no se preguntaban, ¿quién es Jesús?

    Cuando Jesús les habla del alimento espiritual, del pan de la vida, y les confiesa que él es el pan de la vida, y que habrán de comer su carne y su sangre para obtener esa vida del Espíritu, la mayoría de los discípulos ni lo entienden ni lo aceptan.

    Dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, Jesús les preguntó: ¿Esto los escandaliza? Entonces, ¿qué sucederá cuando vean al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne de nada ayuda. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.

    Ante el escándalo que causan sus enseñanzas, Jesús interpela a sus discípulos, aclarándoles que para aceptar su doctrina y seguirlo, es indispensable la Fe: Creer que Jesús viene de lo alto, que se ha encarnado, y creer en esta verdad es aceptar que el Padre de Jesús es Dios. Por eso Jesús les advierte: “Hay algunos entre ustedes que se niegan a creer”…”Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo abandonaron y no andaban más con él”.

    Ante la deserción de los seguidores, que debió ser una situación dolorosa y quizá frustrante, Jesús plantea la pregunta al grupo de los doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Es necesario expresar pública y abiertamente la decisión de seguir con Jesús. Hay que definirse. Después de un tiempo de conocerlo, escucharlo y relacionarse con Jesús, es necesario optar por él, asumir conscientemente la decisión de seguirlo y convertirse en un discípulo que se suma al grupo.

    El pueblo de Israel debió optar claramente y expresar su aceptación: “Josué dijo al pueblo: Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir… en cuanto a mi toca, mi familia y yo serviremos al Señor…El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor…El fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y en los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

    ¿Agradezco a Dios el haber conocido a Jesús? ¿Agradezco la llamada, la vocación que he recibido para ser su discípulo? ¿Pido la gracia para corresponder a la llamada? ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?

    Es interesante considerar que es el mismo Jesús, quien suscita el cuestionamiento, y provoca la deserción. Está convencido que necesita discípulos creyentes de su palabra, y que sostenidos por la fe puedan dar testimonio con su vida, de que creen en sus enseñanzas y viven acorde a ellas.

    La respuesta de Pedro en plural manifiesta que es el sentir de todos: “Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros hemos creído y reconocido que tú eres el Santo de Dios”.

    Jesús había aclarado: “Les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. La llamada y la elección es del Padre, a través de Jesucristo, y la decisión de responder al llamado es del discípulo.

    ¿Asumo como Pedro y los doce mi identidad de pertenencia al grupo de discípulos de Cristo? Si he asumido esta identidad, entonces debo ser consecuente y preguntarme:

    ¿Me identifico con la Iglesia, me siento perteneciente a ella, contemplo el misterio que entraña?¿Amo a la Iglesia y estoy dispuesto a servirla?

    La fe que sostiene mi opción por Cristo, necesita ser nutrida por el Pan de la vida, que se nos ofrece en la misa. ¿Es la Eucaristía, el momento pleno de mi participación en la vida de la Iglesia y en la comunión con Dios? Esta experiencia de vida manifestará la coherencia de mi fe, al compartir con la comunidad eclesial mi identidad y pertenencia como miembro activo de la comunidad de discípulos de Cristo.

    En este contexto entenderemos muy bien la exhortación de San Pablo que hoy hemos escuchado sobre la relación del esposo con su esposa, fundamento de la familia como Iglesia doméstica: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor…Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

    La familia así constituida y bien fundamentada en el amor, transmitirá de manera contundente y convincente la fe a los hijos. De ahí que se le llame a la familia, la célula básica, no solamente de la Iglesia, sino también de la sociedad. Será una sociedad, que estará expresando los valores evangélicos, que son los mismos valores humano-espirituales, que anhela el ser humano por instinto natural, valores que Dios Padre ha sembrado en el corazón de la humanidad entera.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe ha venido a nuestras tierras para testimoniar el amor que su Hijo Jesucristo manifestó al mundo, entregando su vida por la redención de la humanidad. Pidámosle a ella, que seamos discípulos fieles de su hijo, y demos testimonio del amor en nuestros tiempos tan desafiantes.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Misa Exequial de Mons. Abelardo Alvarado Alcántara- 5/07/21

    Homilía- Misa Exequial de Mons. Abelardo Alvarado Alcántara- 5/07/21

    “Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará en favor del humillado, de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios. Yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán; ésta es la firme esperanza que tengo” (Job 19, 25-27).

    En esta confesión que hace Job cuando sufre la más dura tragedia de su vida expresa su confianza y su esperanza en Dios. Para poder llegar a esta experiencia siempre se necesita que durante la vida tengamos luz que me oriente. ¿Quién es esa luz que nos puede orientar definitivamente al término de nuestra vida terrenal, y así llegar, sabiendo lo que nos espera con la alegría de haber llegado a la meta, porque en ella descubriremos nuestro verdadero destino. Esa luz y salvación la encontramos en Jesucristo.

    Job no lo conoció, vivió antes de Jesús, de manera que tenemos todavía mayor capacidad y recursos quienes somos discípulos de Cristo, para caminar en esta vida, afrontando toda serie de dificultades.

    En estos últimos días, Monseñor Abelardo vivió el sufrimiento en sus máximas expresiones, pero en su corazón lo que vivió a lo largo de su vida, la entrega al Señor respondiendo a su vocación, sin lugar a duda le preparó para esperar este momento con alegría.

    En el Evangelio de San Juan, que hemos escuchado hoy, dice Jesús: “Todo lo que me ha dado el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera porque he bajado del Cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”(Juan 5, 19).

    Y luego expresa Jesús esa voluntad del Padre, dice: “Ésta es la voluntad de mi Padre, la que vengo yo a realizar, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Juan 5, 24).

    Ciertamente la separación de un ser querido, de un ser estimado, – todos los que conocimos a Monseñor Abelardo, siempre dispuesto a servir a la Iglesia y buscando los caminos para encontrar la mejor manera de que este servicio llegara a la sociedad- sin duda queremos alegrarnos por su encuentro con el Señor, dentro de lo que significa la separación física al morir, la fe supera ese temor a la muerte.

    Recuerda el apóstol San Pablo en la segunda lectura: “Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo, Él transformará nuestro cuerpo humilde”. Tan humilde como ahora se encuentran los restos de Monseñor Abelardo, hechos cenizas, sin embargo, afirma San Pablo, “Él transformará nuestro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso, de Jesucristo, el Señor, con esa energía que posee para sometérselo todo” (Flp. 3, 20-21).

    Ésta es nuestra fe cristiana: esta vida es paso, para aprender a caminar en ella es indispensable tener siempre presente el sentido de la trascendencia, de que ésta no es nuestra morada eterna, la tenemos que trascender, pasar más allá, porque más allá está quien nos ha creado, generosamente nos ha otorgado la vida y nos espera para compartirnos la vida misma de Dios, que es el amor.

    Con estos sentimientos encontrados, humanamente el dolor, pero iluminados con las palabras y la vida de Jesucristo, entreguemos así a Monseñor Abelardo, y agradezcámosle a nuestro Padre Dios, la vida y el servicio que ha hecho, particularmente en esta Arquidiócesis de México, a la Conferencia del Episcopado Mexicano, y en general a la Iglesia.

    Que así sea.

  • Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él”.

    La fortaleza de los apóstoles Pedro y Pablo estaba cimentada en su doble relación muy bien mancomunada, tanto con Dios como con la comunidad cristiana. Ésta debe ser la piedra fundamental de la espiritualidad de un presbítero, mediante la oración en todas sus formas, y mediante la comunión eclesial con su Obispo y con la comunidad que se le ha encomendado.

    En efecto,  al Presbítero lo define la Iglesia como el colaborador indispensable del Obispo. Dos características complementarias que se explican y entienden con relativa facilidad, un colaborador es aquella persona que recibe una encomienda, por tanto él actuará conforme al mandato de su autoridad, que en este caso es su Obispo.

    Pero no solamente recibe cualquier encomienda sino que se trata de una responsabilidad para la cual ha sido preparado, formado integralmente, y que solamente quienes han sido, en este caso ordenados presbíteros, podrán llevarla a cabo.

    “Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo entonces: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

    La encomienda a Pedro de ser la Piedra sobre la que se edifica la Iglesia expresa que es la base y el cimiento indispensable para mantener la unidad del edificio. La comunión y la unidad son indispensables para mantener la Iglesia. La jerarquía eclesiástica es la prolongación del servicio, que inició Pedro en nombre de Jesucristo, y con el auxilio de Espíritu Santo.

    Por esta razón, debido a que el Obispo, como cualquier otra persona está limitado en tiempo y espacio, necesita del cuerpo de presbíteros para poder cumplir la misión de evangelizar y ser cabeza de una determinada porción del Pueblo de Dios, que se llama Diócesis. Así Obispo y Presbíteros cuidarán, acompañarán y conducirán en comunión, entre sí y con los demás agentes de la acción pastoral, para servir a las comunidades parroquiales y a los fieles en general.

    Los Presbíteros en comunión con su Obispo, sucesor de los Apóstoles, deben siempre recordar y reconocer que son llamados a servir a la comunidad de discípulos de Cristo. Les deseo que vivan su ministerio sostenidos por la espiritualidad de la comunión y puedan al final de su vida expresar como San Pablo: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento”.

    Ordenaciones sacerdotales 2021.
    Ordenaciones sacerdotales 2021.

     

  • Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal”.

    Dios Creador es el Dios de la vida, afirma el libro de la Sabiduría; y además afirma que: “Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo”.

    La llegada a la Casa del Padre para compartir con Él la vida eterna en el amor y la felicidad plena, exige la preparación para recibir tan sorprendente regalo y para capacitarnos al amor gratuito y desinteresado, es decir, que no espera nada a cambio, porque ése, es el verdadero amor. Esta experiencia debe vivirse, reconociendo la gratuidad del don y, aprendiendo en completa libertad a relacionarnos con los demás, buscando siempre el bien del otro por encima del propio bien. Ésta es la finalidad de nuestro tránsito en el mundo.

    El amor a la vida propia como don recibido para compartir con los demás, abre las puertas del corazón a la generosidad para la práctica de la misericordia y de  la caridad. San Pablo explica que: “No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades. En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba”.

    En este sentido es pedagógico el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hoy, donde Jesús escucha al jefe de la Sinagoga y atiende de inmediato a su súplica, poniéndose en camino: “Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: «Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva». Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba”.

    Sin embargo acontece, que una mujer toca el manto de Jesús y queda de inmediato curada del flujo de sangre, que padecía desde hacía doce años. Jesús se detiene, y la busca en medio de la muchedumbre, para encontrarla, “la mujer se acercó, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

    En esta escena descubramos, que a Jesús no solo le interesa nuestra salud física, sino prioritariamente la salud espiritual, que recibimos cuando nos encontramos con Él mediante la fe, en medio de nuestras circunstancias especialmente dolorosas o trágicas.

    Por esta razón Jesús se detuvo, y mientras tanto llegó la información a Jairo, que su hija ya había muerto, y que ya no tenía caso molestar al Maestro, sin embargo Jesús escuchando la información interviene, y genera la esperanza en Jairo: “Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas. Basta que tengas fe”.

    Lo que pide Jesús es la fe; cuantas escenas no hemos conocido de situaciones verdaderamente dramáticas de quienes sufren la tragedia y expresan la fe en Dios Padre, y la esperanza de salir adelante; en muchas ocasiones obtienen verdaderos milagros, y en otras la fortaleza indescriptible para afrontar las difíciles circunstancias. Queda en ambos casos la percepción, que Dios de alguna manera ha intervenido y ha escuchado las súplicas.

    El final de la escena también tiene su enseñanza. Siempre habrá quienes no creen en la intervención de Dios en la historia, y propalan su convicción a diestra y siniestra, hasta con ironías y menosprecio: “Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: ¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de él”.

    Sin embargo Jairo sigue con Jesús lo lleva donde estaba su hija, y el milagro acontece: “Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: ¡Talitá, kum!, que significa: ¡Óyeme, niña, levántate! La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar”.

    Ante la meditación de esta página del evangelio los invito a reflexionar sobre las circunstancias difíciles que hemos atravesado en nuestra vida, ¿cómo las hemos afrontado? ¿Cómo hemos salido de ellas? ¿Derrumbados y sin ánimo de seguir adelante o fortalecidos en la fe y en la esperanza?

    San Pablo en la segunda lectura recordaba la razón por la cual el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María para compartir nuestras pobrezas y limitaciones: “Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.

    Al venir a esta Casita Sagrada en la que se muestra el amor y la ternura de Nuestra Madre, María de Guadalupe, ¿cuántos peregrinos han pasado en estos casi 5 siglos de su presencia entre nosotros, y cuántos han regresado para agradecer su amor y su misericordia?

    También nosotros hoy acudamos a ella, y presentémosle nuestra experiencia de vida, con toda confianza hablémosle de nuestras penas y alegrías, de nuestras angustias y logros; y pidámosle que nos de la valentía de transmitir, en nuestros contextos existenciales, la fe en su Hijo, Palabra del Padre, que prometió acompañarnos mediante el Espíritu Santo. No tengamos miedo de relatar a nuestros contemporáneos las maravillas, que el Señor sigue obrando, a pesar de tanta violencia e injusticia en nuestro tiempo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad?- 06/06/21

    Homilía- ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad?- 06/06/21

    Respondió Adán: La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí. El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Por qué has hecho esto?» Repuso la mujer: «La serpiente me engañó y comí”.

    Según la narración bíblica, Dios Creador les había manifestado su amor y su confianza al darles vida, ubicarlos en un Paraíso, y crearlos a su imagen y semejanza como seres en y para la relación. Sin embargo, Adán y Eva en lugar de corresponder a ese amor, habiendo desobedecido el mandato del Señor, se refugiaron en el miedo, y buscaron descargar en el otro la responsabilidad de la desobediencia.

    ¿Cuántas veces en la vida hemos sido testigos en primera persona, que se repite la tendencia de Adán y Eva para evitar confesar su culpabilidad, descargando en el otro dicha responsabilidad?

    El miedo a la verdad y el temor a la posible pena por la desobediencia, complica siempre nuestro camino de relación con el prójimo; y cuando este proceder se reitera, se va perdiendo la conciencia de la propia culpa, y esa persona caerá en una conciencia de ser siempre víctima, declarará una y otra vez que son los otros los culpables de lo que hizo. Así frustrará su buena relación con los demás, y su propia felicidad, convirtiéndose en una persona que expresará quejas y lamentos en sus relaciones interpersonales.

    ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad y alcanzar la valentía necesaria para afrontar las consecuencias de nuestras acciones incorrectas, imprudentes, o incluso nuestras desobediencias y pecados?

    San Pablo hoy, ha dado una clave al afirmar: “Por esta razón no nos acobardamos; pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”. La confianza y la experiencia de ser amados por Dios, nos dará siempre la valentía para asumir la verdad, y afrontar sus consecuencias por más dolorosas que sean. Nuestra mirada se irá desarrollando, cada vez con mayor claridad, para visualizar el futuro que nos espera, y no ahogarnos en un vaso de agua.

    Recordar con frecuencia y contemplar la mirada del futuro para el cual hemos sido creados, y desarrollar una fuerte convicción de nuestro destino final, nos preparará para expresar lo que hemos escuchado decir a San Pablo: “Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas”.

    Otro aspecto de gran importancia para nuestro crecimiento personal y comunitario es aprender a descubrir la intervención de Dios en los acontecimientos. El Evangelio de hoy narra la falsa interpretación de los escribas, que eran la gente preparada para interpretar las Sagradas Escrituras: “Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Los escribas, que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

    Ante la acción del Espíritu Santo o se acepta y se agradece, o se ignora y rechaza, explicándola como imposible, como una locura, o como cosa del diablo. La respuesta de Jesús es contundente: «Si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin”.

    El criterio es claro, si las acciones propician y generan la comunión y la unidad provienen del Espíritu Santo, si las acciones, aun las aparentemente buenas, dividen y confrontan, generando más obstáculos para la comunión y la unidad, provienen de Satanás. Jesús afirmó: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

    Finalmente una reflexión de suma importancia para nuestra confianza en Dios y en su amor infinito y misericordioso, particularmente cuando hemos considerado que hemos gravemente pecado, y nuestra conciencia no nos deja tranquilos, consiste en recordar a lo largo de nuestra vida, esta afirmación contundente de Jesús: “Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias”. Por tanto, nuestros pecados por más graves que sean, si los reconocemos, y confesamos nuestra culpabilidad, obtendremos siempre el perdón incondicional de Dios.

    Solamente aquél que percibiendo la acción sorprendente del Espíritu Santo, como lo fue el ministerio de Jesucristo en favor de los enfermos, indigentes, ciegos, y paralíticos, y ante la evidencia, niegue la intervención divina, y falsee con toda mala intención, lo que ha visto y oído, recaerá en él lo dicho por Jesús: “… el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo”.

    Hay que aprender a descubrir la intervención de Dios en la vida, y agradecerle su favor, eso nos dará una mirada de largo alcance, que nos hará crecer en la caridad y en el amor al prójimo necesitado, como lo hizo Jesús. No tengamos miedo, y aprendamos a sorprendernos ante el misterio de la acción de Dios en la historia, dejemos la mirada miope que solo se centra en la rutina de la cotidianidad.

    El Pueblo de México, por experiencia generalizada, sabe que aquí en este lugar, la presencia de Nuestra Madre, María de Guadalupe, no deja de hacer maravillas entre sus hijos, que humildemente le suplican ayuda en sus diversas necesidades. Los invito a todos a invocarla abriendo nuestro corazón a su maternal auxilio y protección.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Te pedimos nos ayudes a respetarnos unos a los otros, para que los ciudadanos de México participemos responsablemente, cumpliendo nuestra obligación de votar con plena libertad, dando a conocer nuestra voz, y vivamos una jornada cívica ejemplar, que exprese nuestro anhelo de edificar una sociedad democrática, fraterna y solidaria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.