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  • Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”.

    Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

    Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma. La conmoción de ver removida la piedra del sepulcro, es una clara señal que algo ha sucedido,

    ¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles. Prefiere compartir la noticia, porque imagina lo peor: “Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

    Así es la reacción ordinaria que tenemos cuando vemos señales, de que han cambiado las cosas o las personas, imaginamos lo peor, nunca se nos ocurre pensar en que haya ocurrido algo agradable y sorprendente. Nuestra habitual expectativa ante las sorpresas es imaginar algo trágico, así fue la sorpresa de María Magdalena. Pero las sorpresas que depara Dios son buenas noticias, es especialista en sorprendernos gratamente cuando correspondemos a su amor.

    Ante la noticia Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, espera que llegue Pedro y entre primero, indicando la primacía de Pedro, como cabeza del grupo apostólico. Los dos constatan el hecho, pero el efecto es muy distinto en cada uno, Pedro regresa interrogándose qué habrá pasado, mientras que Juan vio y creyó. La fuerza del amor le hace intuir, que el Maestro amado está vivo.

    Esta primera reflexión nos plantea las siguientes preguntas: ¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, por las evidencias de su presencia, aunque físicamente no lo vea? ¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado? ¿Respeto como Juan, la figura establecida por Jesús, de su vicario en la Tierra, el Papa, Sucesor de San Pedro?

    Llegar primero o segundo no importa, antes o después en la niñez, en la adolescencia, en la madurez de la vida o en la senectud, tampoco importa el tiempo, el momento o el cómo, eso es secundario. Lo importante es conocer y seguir a Jesús escucharlo, responderle, y amarlo.

    Así vemos a Pedro en la primera lectura dar un fuerte y convencido testimonio de la resurrección de Jesús y su misión. Pedro tomó la palabra y dijo: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”.

    Nosotros, cada generación de discípulos de Cristo estamos llamados a dar testimonio de la Resurrección de Jesucristo; Pero nosotros, que no nos tocó visualizar a Jesús Resucitado, como les tocó dicha gracia a Nuestra Madre María, a los Apóstoles, a María Magdalena, y algunas otras mujeres, ¿en qué se sustenta mi fe en la Resurrección de los muertos?

    Solamente será posible si logramos aprender a percibir la acción del Espíritu Santo, al poner en práctica las enseñanzas de Jesús Maestro, si escuchamos los Evangelios, y a las preguntas que me surjan de la lectura y meditación, y que yo responda favorablemente, actuando en consecuencia del amor al prójimo. Entonces por el desarrollo de los acontecimientos experimentaré el acompañamiento de Dios en mi vida.

    Por eso debemos hacer nuestro la recomendación que hoy san Pablo ha propuesto: “Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado”.

    Al constatar los grandes desafíos actuales en las relaciones entre las personas, vecinos, grupos, y reconociendo con tristeza la presencia de la violencia o de la injusticia, es muy conveniente renovar nuestra decisión de seguir a Jesús, y convertirnos en la levadura que transforme la masa, y le dé el sabor del amor: “Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad”.

    Es por tanto indispensable, meditar y contemplar con frecuencia que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida. Es un esfuerzo personal y comunitario, pues la comunidad fortalece mi fragilidad ante las tentaciones, y me mantiene firme en la fe y en la confianza en el amor de Dios.

    El amor a Dios y al prójimo transforma el estilo de vida de una sociedad. Fortalezcamos nuestra conciencia de la importancia del espíritu eclesial de la comunión, especialmente participando en la Eucaristía dominical, recordando que Dios Padre me ama sin haberlo amado primero; que el Hijo entregó su vida para que conociera el camino, y me guía como excelente Maestro; y que el Espíritu Santo, me dará vida y vida en abundancia, hasta alcanzar la vida eterna. Confiemos en el amor que me manifiesta a diario la Santísima Trinidad. Amén

  • Homilía- Las tinieblas son vencidas por la luz- Vigilia Pascual -03/04/21

    Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó”.

    ¿Por qué y para que fuimos creados, a semejanza divina? La respuesta correcta y central solo la encontramos en la persona de Jesucristo. El es la cabeza de toda la Creación, según lo revela San Pablo en la Carta a los Colosenses:

    Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas… todo lo ha creado Dios por él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y todas tienen en él su consistencia… Dios en efecto tuvo a bien hacer habitar en él toda la plenitud y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas” (Col 1,15-17-19-20).

    En una primera etapa Dios se preparó un pueblo para que fuera testigo de sus intervenciones, mediante las cuales una y otra vez liberaba a su pueblo elegido, mostrándoles su amor y misericordia, como hemos escuchado en la lectura del Éxodo, cuando los liberó de la esclavitud de los egipcios:

    El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y dividió las aguas. Los israelitas entraron en el mar y no se mojaban, mientras las aguas formaban una muralla a su derecha y a su izquierda”. Este paso atravesando el mar para llegar a la tierra prometida, quedó en la memoria hasta nuestros días, en la celebración de la Pascua.

    Pero el pueblo elegido una y otra vez le fue infiel a Dios, después de varios siglos, Dios les anunció la renovación del hombre viejo al hombre nuevo con una transformación del corazón, que sería obra del Espíritu divino, como hemos escuchado en voz del Profeta Ezequiel:

    Los rociaré con agua pura y quedarán purificados; los purificaré de todas sus inmundicias e idolatrías. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y los haré vivir según mis preceptos y guardar y cumplir mis mandamientos. Habitarán en la tierra que di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

    La transformación se ha realizado en nosotros con la incorporación a Cristo, mediante la gracia del Bautismo, como lo explica San Pablo:

    Hermanos: Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte. En efecto, por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”.

    Busquemos a Jesús y superemos nuestro temores, así tendremos la más grata sorpresa de encontrarnos con Cristo:

    “María Magdalena, María (la madre de Santiago) y Salomé,… se dirigieron al sepulcro. Por el camino se decían unas a otras: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?» Al llegar, vieron que la piedra ya estaba quitada, a pesar de ser muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven, vestido con una túnica blanca,… y se llenaron de miedo. Pero él les dijo: No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado”.

    No busquemos a Cristo en la muerte, sino en la vida, no tengamos miedo de ver nuestras fallas, nuestros fracasos, nuestros sufrimientos y constatar una y otra vez nuestra fragilidad. En Cristo somos una y otra vez renovados y fortalecidos.

    La resurrección y la vida lanza a la evangelización, a la transmisión de la Buena Nueva, porque la Vida Nueva hay que anunciarla para constatar con los frutos del anuncio, que la hemos recibido, por eso el ángel les indica a María Magdalena, a María, madre de Santiago, y a Salomé:

    Ahora vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: Él irá delante de ustedes a Galilea. Allá lo verán, como él les dijo”.

    Ahora en lugar de buscar a Jesús en el sepulcro, debemos atender la indicación del ángel y buscarlo en Galilea, es decir, en la cotidianidad de nuestra vida: Galilea era la cotidianidad de Jesús, ahí es donde debemos dar testimonio y proclamar con nuestra vida que Cristo está vivo, que el Espíritu Santo nos acompaña, que la comunidad de discípulos de Cristo, somos prolongadores de la presencia de Dios en el mundo, para que el mundo se salve y tenga vida, y vida en abundancia.

    Esta noche, es la noche para encender nuestro entusiasmo evangelizador, iluminando nuestra vida con la luz de Cristo; para eso hemos encendido el cirio pascual que simboliza la presencia de Jesús Resucitado.

    Esta es la noche, en que hemos recordado la Historia de la Salvación, de la Intervención del Hijo de Dios, encarnándose y asumiendo la condición humana, para mostrarnos el amor misericordioso de Dios, nuestro Padre.

    Esta es la noche para renovar nuestras promesas bautismales y recibir el rocío del agua bautismal, recordando nuestra condición de Hijos adoptivos de Dios.

    Esta es la noche, en que las tinieblas son vencidas por la luz de Cristo resucitado, con gran entusiasmo, proclamemos nuestra fe y demos testimonio que ¡Cristo vive en medio de nosotros! Amén.

  • Homilía- En Viernes Santo renovar la gratitud a Dios- 02/04/21

    Homilía- En Viernes Santo renovar la gratitud a Dios- 02/04/21

    “Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y allí entró con ellos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía el lugar porque Jesús se había reunido ahí muchas veces con sus discípulos”

    Les propongo en este Viernes Santo concentrar nuestra reflexión sobre el inicio del Relato de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Juan, que hemos escuchado.

    Comienza la parte culminante del Evangelio, Jesús ha advertido a sus discípulos que: ¡Ha llegado la Hora! Como escuchamos ayer Jesús ha preparado a su comunidad, y ahora un miembro de ella, Judas que no ha entendido a su maestro, porque éste ha rechazado ser el Mesías triunfador y poderoso, que debía imponerse por la fuerza, lo entrega a las autoridades, facilitando su captura.

    Judas, es quién lo entrega, conocía el lugar. Era un discípulo y Jesús le había abierto los espacios de intimidad y de encuentro para desarrollar la amistad. Judas no valoró a Jesús como persona que lo amaba, y que lo había elegido para estar en su círculo de discípulos; prefirió mantener sus ideas sobre el Mesianismo revolucionario por las armas y la violencia.

    Contemplemos a Jesús cómo afronta con aplomo y serenidad la traición de Judas: “¿A quién buscan?. Le contestaron: A Jesús de Nazaret. Jesús les respondió: Ya les dije que yo soy. Y en la adversidad no se olvida de sus discípulos: Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan.

    En cambio, Simón Pedro se deja llevar por la pasión y reacciona violentamente, sin pensar en las enseñanzas del Maestro: “Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó y de un golpe le cortó la oreja derecha a un sirviente del Sumo Sacerdote de nombre Malco. Pedro trata de defenderlo, pero es reprendido porque ése no es el camino para salir en su defensa, por eso lo corrige. “Jesús dijo a Pedro: ¡Envaina tu espada! ¿Es que no voy a beber la copa que el Padre me ha dado?”. Jesús de momento deja desconcertado a Pedro, pero aprenderá la lección más adelante.

    Anás y Caifás, quienes por su autoridad y competencia en la interpretación de la Sagrada Escritura, deberían haber reconocido en Jesús al Mesías esperado, por la dureza de corazón se convierten en los responsables de la muerte de Jesús.

    Ellos deberían no solamente haberlo reconocido como el Mesías esperado, sino aún más, haberlo presentado al pueblo como tal. Sin embargo, han vivido un proceso semejante a Judas, al no haber dejado de lado sus ideas, sobre cómo debía ser el Mesías, no pudieron abrirse a los planes sorprendentes de Dios, que no había enviado a un simple hombre profeta, sino al mismo Hijo, asumiendo la condición humana.

    Hoy es un día oportuno para preguntarme si me considero simplemente un católico por tradición o por herencia de mis padres, o si ya me identifico y reconozco como un discípulo de Jesús, integrante de la comunidad eclesial, donde alimento mi fe y mi esperanza.

    Si estás en el primer caso no olvides que estás bautizado, y por tanto, elegido como hijo adoptivo de Dios, y Jesús como fiel hermano desea que lo conozcas y respondas a su llamado para intimar con Él, y descubrir que te ofrece la ayuda del Espíritu Santo para crecer y desarrollar todas las buenas inquietudes, aspiraciones y sueños que han pasado por tu mente y tu corazón.

    Esta es una oportunidad que te preparará a participar mañana en la Solemne Vigilia Pascual, donde podrás renovar tus promesas bautismales, e iniciar un camino espiritual, que te llevará a experimentar el amor que Dios Padre tiene por ti, y por quienes te rodean en la vida de todos los días.

    Si estás en el segundo paso y ya has iniciado tu proceso de formación en la fe, y de escucha a la Palabra de Dios, renueva tu gratitud a Dios, contemplando en este Viernes Santo a Jesús crucificado, descubriendo el sufrimiento de su pasión y muerte sin haberlo merecido, pero aceptado con firmeza y fortaleza, con la confianza en Dios Padre, para manifestar el grande e inmenso amor misericordioso de Dios Trinidad, que está siempre atento y dispuesto para acompañarte en los distintos momentos de tu vida.

    En cualquier situación es muy oportuno que te preguntes: ¿Me apego a mis ideas preconcebidas, sin apertura a nuevas consideraciones? ¿Leo y escucho la palabra de Dios para confirmar mis ideas, o lo hago abriendo mi corazón y mi mente para descubrir el proyecto, que Dios quiere darme a conocer?

    Respondiendo esas preguntas aprenderás a convertir tu oración en una relación con Dios para poner en sus manos tu libertad, y pedir la luz para entender la respuesta que debes dar a lo largo de tu vida, en las diferentes situaciones que te toque vivir, y experimentarás la entereza de Jesús para afrontar con valentía y confianza, las infidelidades y traiciones, los sufrimientos, aún los originados sin tener yo responsabilidad alguna; constatando que es verdad, el Espíritu Santo prometido por Jesucristo a la comunidad naciente en Pentecostés, sigue acompañándonos, tanto de forma personal como comunitaria, como Iglesia.

    Con plena confianza, sumémonos en la oración, que a continuación elevaremos invocando la ayuda de Dios Padre para todos los sectores de la Iglesia y de la Humanidad; y después adoraremos la cruz de Cristo para reafirmar nuestra fe y nuestra confianza en su Palabra y asumir con decisión sus enseñanzas.

  • Homilía- Aprovechemos estos días santos- Domingo de Ramos 2021

    El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo”.

    El discípulo que aprenda del Maestro a experimentar la fortaleza al sufrir cualquier adversidad, especialmente una injusticia, adquiere una lengua experta para confortar al que sufre, al abatido y desolado, como tantos, que en este tiempo se han multiplicado.

    Jesús se convierte en el Maestro de maestros, precisamente al entregar su vida y sufrir la pasión, y muerte de cruz; y además por manifestar en carne propia el paso de la muerte a la vida con la resurrección.

    Este es el punto fundamental y central de la vida cristiana, la Pascua, el paso de la muerte a la vida ilumina toda circunstancia existencial, testimoniando así que la vida no termina con la muerte, y generando la esperanza que no defrauda: alcanzar la vida eterna.

    Porque como afirma San Pablo, si Cristo no resucitó vana es nuestra fe, se quedarían sin fundamento todas las enseñanzas de Jesús, quedarían consideradas como conceptos meramente humanos, como opiniones de un hombre sabio, razonables, pero sin garantizar con la evidencia de los hechos, la verdad que se proclama. Por ello llama la Iglesia a esta semana, la Semana Mayor, la Semana Santa.

    Pasemos ahora a retomar en esta misma línea de reflexión, el párrafo considerado el más antiguo texto del Nuevo Testamento, que formaba parte del Himno que recitaban los primeros cristianos después de la partida de Jesús a la Casa del Padre:

    Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.

    Estos dos textos son una excelente preparación para recitar y meditar en estos días santos, y vivir, iluminados por la fe, las celebraciones centrales del Triduo Pascual; ayudándonos a pasar, de la compasión que genera el recuerdo del Calvario vivido por Jesús en su Pasión y Muerte, a la gozosa y esperanzadora nueva vida del Espíritu que nos ofrece Jesús.

    Así confortados no perderemos el rumbo y la orientación en nuestra vida ante las adversidades, sufrimientos, injusticias y conflictos que van de la mano en toda experiencia humana, y que lamentablemente para muchos se han intensificado en este tiempo de la Pandemia.

    Podremos así exclamar, reconociendo la salvación que nos espera en la Casa del Padre, con inmensa alegría y convicción, como los primeros cristianos:

    Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.

    ¡Aprovechemos estos días santos, participando en las celebraciones litúrgicas y devocionales, y descubramos la riqueza espiritual de nuestra fe en Jesucristo, el Señor de la vida!

     

  • Homilía: Renovamos nuestras promesas con confianza- 26/03/21

    Homilía: Renovamos nuestras promesas con confianza- 26/03/21

    “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón de los cautivos, la libertad a los prisioneros, y pregonar el año de gracia del Señor, el día de la venganza de nuestro Dios” (Is 61, 1-3)

    Esto proclamó Isaías convencido, que el Espíritu lo acompañaba para cumplir esa misión. No le tocó ver reconstruido el templo y la ciudad de Jerusalén; pero sí saber que llegaban las primeras migraciones con esa intención y aprobación de la autoridad, el emperador,  para reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. ¡El Espíritu estaba con él!

    Como pastor de esta Arquidiócesis, me dirijo a ustedes -también pastores del pueblo de Dios y colaboradores indispensables- para cumplir la misión de la iglesia. Misión que implica que la levadura del Evangelio florezca en la sociedad, y que tengamos una conciencia y experiencia de fraternidad solidaria, subsidiaria, de hermanos, como una familia que somos de Dios. ¡Esa es nuestra misión!

    Por tanto, nuestra misión no está reducida al culto que celebramos para alimentar y nutrir a cada uno de nuestros feligreses a cumplir su vocación en el mundo; también es nuestra responsabilidad encausar, promover y motivar a nuestros feligreses a la renovación de una sociedad, fundamentada en los valores del Reino de Dios.

    Por eso, como pastor que encabeza esta Arquidiócesis, y con ustedes mis indispensables colaboradores, para cumplir esta misión a la que hemos sido llamados, elegidos y ungidos por el Espíritu para el ministerio sacerdotal -y ante esta Palabra del profeta Isaías y del mismo Jesús en el Evangelio del Apocalipsis-, les planteo dos interrogantes:

    La primera: ¿La conciencia que expresa Jesús de ser acompañado por el Espíritu, la he adquirido? ¿Cuándo cumplo con mis responsabilidades ministeriales experimento que me acompaña el Espíritu del Señor? ¿Le agradezco la fortaleza que me da y la sabiduría para entender lo que debo hacer? ¿Tengo esta conciencia como mi Maestro Jesús? ¿O al menos estoy en proceso desarrollándola en mi ministerio?

    Tanto esta interrogante, como la segunda, son para que, al momento en que renovemos nuestras promesas sacerdotales, le pidamos a Dios o le agradezcamos a Dios -dependiendo de nuestra experiencia- la presencia del Espíritu en el ejercicio de mi ministerio.

    La segunda interrogante es: ¿Tengo en cuenta en mi predicación, en mi motivación, en mis reflexiones pastorales evangelizadoras, con mis fieles y con mi comunidad, la indispensable centralidad de los Evangelios sobre los demás textos de la Palabra de Dios.

    ¿O soy de los que tomo al pie de la letra lo que veo en el Antiguo Testamento, y lo aplico como si fuera la enseñanza de Jesús? ¡Esto sería un gravísimo error!

    Debemos tener siempre el faro de luz para interpretar adecuadamente, en concordancia con el Evangelio, los textos de la Escritura, incluido el resto de los textos del Nuevo Testamento. Esto está claramente expresado en el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dei Verbum.

    Para responder a la primera interrogante, veamos la interpretación de Jesús sobre esta profecía de Isaías. ¿Qué dice Jesús? ¿Cuál es su comentario?: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc 4,21) Como indica el evangelista Lucas, es el inicio del ministerio de Jesús en Nazaret.

    ¿Mi predicación es consecuencia de la escucha y respuesta a la voz de Dios? ¿O por el contrario, es un mensaje conceptual y teórico, aprendido pero no vivido? Jesús se expresa convencido de que esa palabra que ha proclamado el profeta Isaías se cumple en Él. Cuando nosotros proclamamos y predicamos la Palabra de Dios es porque la hemos escuchado antes. ¿Tenemos esta convicción de que, lo que yo escucho de la Palabra y explico a mi pueblo, lo he vivido, se ha dado en mí?

    Esto es algo sumamente importante, porque de esa manera seguimos a Jesucristo, somos buenos y fieles discípulos de Cristo en el ministerio para el que Él nos llamó y ustedes y yo respondimos “Señor, sí quiero”.

    Cuando proclamamos la Palabra habiéndola escuchado previamente, el Espíritu Santo interviene, actúa, tanto en mí como en aquellos que la escuchan; no por la sabiduría con que yo la exprese, sino por la transmisión de esa convicción, propia de quien ha vivido lo que está diciendo.

    La confirmación de que así es, y de que no me estoy autoengañando, es que se manifesta en mí el crecimiento de mi vida espiritual. En el ejercicio de mi ministerio, en lugar de que venga rutina, cansancio y aburrimiento de lo que hago, debe venir gozo y alegría. El crecimiento de mi vida espiritual, es crecimiento de mi confianza en la misericordia divina; por eso, ante cualquier riesgo o peligro supero el miedo, porque tengo confianza en la misericordia del Señor y en la asistencia del Espíritu Santo en mi ministerio.

    Para respondernos a la segunda interrogante, en el sentido de que si el Evangelio, las enseñanzas y el testimonio de Jesús, son nuestra llave para interpretar los demás textos de la Escritura, observemos lo que hizo Jesús en este pasaje. El pasaje es hermoso, pero en la última parte, el profeta Isaías afirma: “El día de la venganza de nuestro Dios” (Is 6,3). Esta frase corresponde a la mentalidad del Antiguo Testamento: la de un Dios justiciero, la de un Dios que no perdona, sino que castiga y condena a quien no lo obedece.

    El Espíritu Santo no ha venido para que Dios cobre venganza de los que no obedecieron, de los que no siguieron su voz. Jesús por eso, la omite, no la pronuncia, la deja de lado.

    ¿Cuántas veces, quizá, yo he tomado la figura del Dios que transmite el Antiguo Testamento? Este tema generó una de las grandes discusiones en los primeros cuatro siglos, entre los Santos Padres y entre aquellos que se desviaban heréticamente de las enseñanzas de Jesús. Nuestra clave debe ser siempre Jesús, quien ha sido enviado por el Padre. ¿Para qué envió Dios Padre a Jesús? Para revelar que el verdadero Dios, por quien se vive, el Dios del amor y de la misericordia.

    Dios tiene toda la paciencia de la eternidad para que sus hijos le respondan. Por ello es importante, en las lecturas dominicales, no clavarme sólo en el texto del Antiguo Testamento, sino que el faro de luz sea la lectura del Evangelio. Por eso está así establecido el orden en la sagrada Liturgia, para que yo interprete, a la luz del Evangelio, a la luz de las actitudes y enseñanzas de Jesucristo, las situaciones y comportamientos que yo observo en medio de mi comunidad.

    Pidamos al Padre su luz y renovemos nuestras promesas sacerdotales con confianza; no tengamos miedo. Él está para ayudarnos; por eso nos concede una y otra vez el Espíritu Santo. Pidamos al Padre su luz y renovemos nuestras promesas con la confianza de recibir las gracias necesarias para ejercer fielmente el ministerio sacerdotal que nos ha sido confiado; y para que, ejerciéndolo, me santifique y sea muy fecundo en bien de mi comunidad, ayudando a los fieles a vivir su sacerdocio bautismal, generando y desarrollando el pueblo de Dios como pueblo sacerdotal. Como escuchamos al final de la primera lectura del profeta Isaías: “Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor; ministros de nuestro Dios se les llamará” (Is 61, 9); y en la segunda lectura del Apocalipsis: “ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Apoc 1, 6).

    Esto significa que ellos, los fieles, están llamados a tener directamente la relación con Dios. Nosotros sólo favorecemos y ayudamos a los feligreses a crecer en el ejercicio de su sacerdocio bautismal. Sólo así podremos cumplir nuestra misión en el mundo, en esta sociedad tan desafiante que nos toca vivir, manifestando que Dios no nos ha abandonado, que está presente a través de nosotros sus discípulos: obispos, presbíteros, diáconos agentes de pastoral y todos los fieles bautizados en el nombre del Señor.

    Pidámoselo así a Él, en este día, con toda la disposición de renovar nuestro camino en el ministerio sacerdotal. Que así sea.

  • Homilía- No tengamos miedo de buscar a nuestros pastores- 21/03/21

    Homilía- No tengamos miedo de buscar a nuestros pastores- 21/03/21

    Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección,  se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

    En el Evangelio de hoy, Jesús clarifica la naturaleza de su mesianismo, contrariamente a la concepción de un Mesías Rey, a la manera de los reyes de este mundo, que se impone por la fuerza y que castiga a quien no lo obedezca. En general, como sucedió al pueblo de Israel y a sus autoridades, hoy todavía hay mucha gente que se apega a sus concepciones, que ha recibido por tradición, sobre un Dios omnipotente, que se impone por su poder, a quien hay que obedecer porque sino castiga; y consideran que Jesús ha sido enviado como un Mesías Rey, que debiera gobernar con el poder temporal a las naciones de la tierra.

    Jesús muestra el plan de Dios, su Padre: La glorificación de Jesús, tendrá lugar con la muerte en cruz, y será la manifestación del Padre, el Dios de la vida, que resucitará a Jesús de entre los muertos. Jesús compara su venida y misión como el juicio que desenmascarará al maligno y lo destronará; pero para ello debe sufrir el atropello del mal, que lo hará morir en la cruz.

    Jesús, con un ejemplo sencillo de la naturaleza, explica la importancia de su muerte:  “si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna”. Con este ejemplo, Jesús enseña que para dar vida, primero hay que entregar la propia; como el grano de trigo, que sembrado muere y produce muchos granos más. Y segundo, que Dios es amor, y amor de donación y servicio a los demás, por tanto su misión es salvífica, y no simplemente justiciera, y mucho menos condenatoria.

    Jesús ciertamente se turba como hombre, siente el temor natural ante la entrega de su vida, pero confía plenamente en su Padre Dios. Por eso su decisión es firme y contundente: “Lo he glorificado ya y lo volveré a glorificar”. Ciertamente entregar la  vida a una causa, que podrá traerme graves consecuencias, incluso hasta mi propia muerte, infunde temor y angustia ante la inminencia de ese peligro. Jesús no lo esconde, sino que lo manifiesta y acepta con plena decisión, expresando una absoluta confianza en su Padre, quien para eso lo ha enviado al mundo: “Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: Padre, líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre. Se oyó entonces una voz que decía: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

    Con la entrega de su vida, Jesús cumplió la profecía de Jeremías: “Esta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor’, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados”.

    En efecto, su generosa decisión de aceptar la muerte en cruz en obediencia a su Padre, para manifestar el amor infinito que tiene por la humanidad, es un acontecimiento que mueve el corazón de toda persona y de todas las edades, y ahí interviene el Espíritu Santo, que toca el corazón de quien medita y contempla la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Así queda grabada la ley del amor misericordioso en la mente y el corazón de cada persona, sellando la nueva alianza entre Dios y su criatura predilecta, el ser humano.

    Es conveniente aclarar que toda alianza es concebida por la práctica humana, como  un pacto condicionado por dos partes para su cumplimiento, si una de las partes falla, la Alianza se rompe. En cambio la Alianza anunciada por Jeremías y realizada por Jesucristo es unilateral; Dios se compromete pero no el hombre, quien queda libre para responder. Aunque solamente respondiendo a la propuesta será beneficiado por la Alianza.

    Es conveniente preguntarnos, si la vida de Jesucristo suscita en mi la inquietud de conocerlo y encontrarme con él, como sucedió con algunos griegos, que fueron a Jerusalén para conocerlo: “en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”. El interés de los griegos que quieren conocer a Jesús expresa la universalidad de su misión. Es oportuno preguntarnos: ¿Acepto la lógica de Jesús, Mesías sencillo y humilde, dispuesto a entregar su vida? ¿Pongo mi vida en manos de Dios, Nuestro Padre, con la confianza de su amor? ¿Descubro el horizonte de la universalidad que tiene el Reino de Dios, proclamado por Jesucristo?

    La intervención de los discípulos Felipe y Andrés expresa su misión de ser los mediadores para conocer a Jesús. Por tanto, serán los buenos pastores que generarán la comunidad eclesial, en cuyo seno y participación, todo seguidor de Jesucristo, recibirá vida y vida en abundancia. Como buen discípulo de Jesucristo, ¿descubro la importancia de la comunidad eclesial con un estilo de vida sustentado en el servicio y la solidaridad?

    No tengamos miedo a buscar a nuestros pastores de hoy, Obispos, Sacerdotes, Consagrados, para aclarar nuestras dudas y ampliar nuestro conocimiento de Jesucristo, pues para eso nos ha llamado Dios Padre, para anunciar quién es Jesús, y testimoniar con nuestra vida su misión, actualizando sus enseñanzas en los contextos socio-culturales de nuestro tiempo.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien fue magnífica discípula de su Hijo Jesús, que nuestra respuesta personal y comunitaria sea positiva y nos beneficiemos de la Nueva Alianza, que se actualiza en cada Eucaristía, establecida en favor nuestro y en favor de la humanidad entera.

     

  • Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

    La fe cristiana cree en un Dios que es amor, según lo reveló Jesucristo, y la explicación del mal es consecuencia de la libertad del hombre, quien fue creado como imagen y semejanza de Dios. El amor exige necesariamente la libertad, y la verdadera libertad es tener la capacidad de decidir el bien o el mal. Al decidir el mal, se violenta de distinta manera el orden de la Creación, el orden tan admirable del Universo y de la Tierra en particular,  generando constantemente complicaciones y deterioro de las condiciones  de vida. Cuando las decisiones por el mal de la humanidad se multiplican, vienen las terribles consecuencias de destrucción y muerte.

    La presencia del mal en el mundo siempre ha sido, es y será una interrogante para todas las generaciones. En general la humanidad ha respondido a la interrogante, dejando la responsabilidad a Dios o a los dioses, según cada creencia religiosa; e incluso muchos ateos sostienen como argumento a su posición de incredulidad, que si hubiera un Ser superior llamado Dios, no existiría el mal en la tierra.

    En la Historia bíblica, casi en todo el antiguo testamento, se encuentran constantes expresiones en que el Pueblo de Israel también interpretaba el mal como castigo de Dios, cuando en realidad era consecuencia de sus malas decisiones: “El Señor, Dios  de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio”.

    Es muy fácil descargar nuestras lamentaciones atribuyéndoselas a Dios, sin embargo,  Él tiene paciencia milenaria, compasión y misericordia para fortalecer el espíritu de todos los que obran buscando el bien de los demás. Lentamente en un largo proceso, que culminó con Jesucristo, quedó manifiesta la naturaleza del Dios de la vida, cuya capacidad de amar se expresa en la infinita paciencia y misericordia con la humanidad: “La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran”.

    La libertad es una condición indispensable para amar, solo el ser libre puede elegir, decidir y actuar en consecuencia para bien o para mal. A pesar del gran riesgo que implica, no hay otro camino que la libertad para capacitarnos en el amor. La definición de amor, no es simplemente dar gusto a los sentidos, ni tampoco es dar o recibir halagos, bienes, o la ayuda para cumplir metas, no obstante que sean buenas.

    El amor al que se refiere san Juan es el que vivió Jesucristo como hombre al haberse encarnado, entregar su vida buscando el bien de los demás, servir sin esperar recompensa, amar hasta el extremo de entregar su vida misma, revelando la verdad sobre Dios y sobre el hombre; para darnos así ejemplo vivo del amor de Dios su Padre, y para revelar lo que espera Dios de nosotros: que aprendamos a amar para compartir con él su naturaleza por toda la eternidad.

    Encontramos una amplia gama de enseñanzas que muestran una y otra vez, que Dios es misericordioso y quiere nuestro bien. Como lo escuchamos en voz de san Pablo: “Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados”.

    Si Jesús afronta el sufrimiento de la pasión y muerte es para mostrarnos que también nosotros debemos seguir su ejemplo cuando nos encontremos ante el sufrimiento, el dolor, la injusticia, o la muerte misma. La fortaleza nos vendrá como don del Espíritu de Dios, nuestro Padre, que tanto nos ha amado, y por eso envió a su Hijo al mundo. El es, el Dios de la vida y no de la muerte: “Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

    Es conveniente preguntarnos en esta Cuaresma: ¿Tengo deseos de ser libre y caminar acorde a la Verdad; o prefiero seguir en la noche, sumido en las tinieblas, sin rumbo en mi vida? ¿Me dirijo a Dios con la conciencia de que me ama entrañablemente y que hará por mí todo lo que me auxilie y ayude para seguir a Jesús?

    Cuando se opta por el bien común, pensando en toda la sociedad, la consecuencia son bendiciones y prosperidad no necesariamente material de comodidades, sino una prosperidad de crecimiento en la fraternidad universal, solidaria, subsidiaria y de vida digna para todos, y consecuentemente en un ambiente de Justicia y de Paz.

    Por ello, los invito a preguntarse: ¿Descubro el plan salvífico de Dios para la humanidad? ¿Me entusiasma y me llena de esperanza conocer la razón por la que Dios Padre envió a Jesús al mundo?

    Sin embargo uno debe tener muy en cuenta lo que afirma san Pablo, para no caer en la soberbia espiritual de considerarnos mejores que los demás, porque hemos descubierto su amor y su misericordia: “En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”.

    Debemos transmitir el amor,  por gracia de Dios, como lo hace Nuestra Madre, María  de Guadalupe. Invoquemos su auxilio para seguir sus pasos y llegar a ser humildes y fieles discípulos de su Hijo, y así promovamos ante esta pandemia, una sociedad fraterna, donde nuestros vecinos y conocidos encuentren un ambiente propicio de ayuda mutua y de solidaridad.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Día de la Familia 2021-Homilía- 7/03/21- III Domingo de Cuaresma

    Día de la Familia 2021-Homilía- 7/03/21- III Domingo de Cuaresma

    Jesús subió a Jerusalén. En el Templo encontró a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero instalados en sus mesas. Jesús hizo un látigo con unas cuerdas y echó a todos del Templo… y les dijo: «¡Saquen esto de aquí, y no hagan un mercado de la casa de mi Padre!”.

    Este pasaje ofrece la oportunidad de reflexionar en dos temas fundamentales que clarifican las exigencias que pide Jesús a sus discípulos. El primero es la necesidad de un Nuevo Templo, y el segundo tema la prioridad de la espiritualidad sobre la religiosidad, y la subordinación de la religiosidad al servicio de la espiritualidad.

    Jesús plantea una nueva concepción del verdadero templo. La Nueva Alianza que ofrece Jesús en nombre de su Padre, necesita de un espacio al servicio de la comunidad de creyentes, para expresar comunitariamente la respuesta del pueblo, mediante un nuevo Culto; que ya no consistirá en la ofrenda de cosas y objetos para Dios, sino en cumplir la voluntad del Padre. “Los judíos reaccionaron preguntándole:

    «¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré de nuevo»… Jesús se refería al Templo que era su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos entendieron lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra de Jesús”.

    Por ello, un templo, espacio de compra de animales y monedas para adquirirlos y de altares para ofrecerlos, pierde su sentido. El nuevo templo es Jesucristo, y todo aquel que se una a la comunidad de discípulos formará parte de este nuevo templo, ofreciendo su cuerpo y vida al servicio evangelizador. Acontecimiento que  tiene lugar al recibir el Bautismo para ser hijos adoptivos de Dios, e incorporar a los discípulos de Cristo como una comunidad viva. El nuevo templo, iniciado con la resurrección de Jesús, es una comunidad viva que acepta las enseñanzas del maestro y las pone en práctica. Ya no será la relación con Dios mediante objetos externos a la persona, sino mediante la ofrenda existencial de la misma persona, poniendo su vida  al servicio de sus hermanos.

    Para lograrlo hay que tener como principal objetivo la experiencia de Dios, que consiste en un desarrollo integral humano y espiritual, percibiendo las inquietudes que se mueven en mi interior y discerniendo las que son para el bien de las que son para el mal. En esta tarea el cumplimiento de los 10 mandamientos y la normatividad derivada de ellos son un magnífico medio para descubrir, lenta pero progresivamente, la asistencia del Espíritu Santo en nuestra conducta, tanto personal y cómo comunitaria.

    La comunidad de los discípulos de Cristo, está llamada a testimoniar y expresar que en toda persona sea varón o mujer, está presente el Espíritu Santo; por esto la Iglesia defiende la misma dignidad para ambos sexos; ya que cada persona es morada, nuevo templo, donde reside Dios. Es pues necesario educarnos para expresar en la conducta social el respeto a toda persona, y desterrar de nuestra sociedad el injustificable flagelo de la violencia contra la mujer.

    Nuestras fallas, limitaciones y pecados nunca deben desanimarnos, ante tal situación debemos acudir a la misericordia divina, como recuerda la primera lectura: “soy misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos”. La misericordia de Dios Padre es mil veces mayor, que la exigencia penitencial que impone el pecado. San Pablo afirma: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios”: Los judíos exigen señales milagrosas, y los paganos sabiduría e inteligencia ante el misterio inescrutable de Dios, que ha manifestado su amor, mediante la entrega de su Hijo crucificado y resucitado.

    ¿Qué significa asumir la Cruz gloriosa de Jesucristo? En breves palabras, es asumir los sufrimientos de cualquier índole, que van apareciendo en los contextos de nuestra vida, y que son nuestra responsabilidad afrontarlos, con un espíritu de confianza y esperanza en la ayuda de Dios, independientemente del resultado. Tal como vivió Jesús su Pasión  y muerte de cruz, con plena confianza, y en una actitud   de filial obediencia a Dios, su Padre.

    El Señor Jesús una y otra vez en los evangelios afirma que, para ser sus discípulos debemos tomar la cruz y seguirlo. Es decir no darle la vuelta a las situaciones conflictivas y difíciles, sino asumirlas, viviéndolas con la confianza en Dios, independientemente si saldré adelante de manera exitosa, o desastrosa. La cruz camino de escándalo y de incomprensión, de locura y sin razón se explica solo desde  la experiencia del amor. Dejémonos conducir por el Espíritu Santo y recorramos la vida con la confianza en el amor de Dios manifestado en Jesucristo; así viviremos con esperanza el misterio de tantos interrogantes que suscita la presencia del mal en el mundo. Quien vive así garantiza la resurrección a la vida eterna, compartiendo la vida divina del amor.

    La Cuaresma es un tiempo propicio para la relación con Dios, mediante la oración, la meditación, y la caridad. La mirada debe estar en el domingo de Pascua, que nos recuerda la nueva vida, garantizada por la resurrección del Señor. La siguientes preguntas te ayudarán a vivir la Cuaresma, desarrollando tu espiritualidad: ¿Invocas al Espíritu Santo como alguien que está presente en ti? ¿Descubres tanto en la mujer como en el varón la presencia de Dios? ¿La vida humana la respetas y amas porque reconoces que su dignidad le viene de la presencia del Espíritu Santo, que habita en ella? ¿Te percibes y experimentas como Templo de Dios vivo?¿Te consideras y te ofreces tú mismo como ofrenda a Dios, especialmente en la Eucaristía?

    Si estas preguntas además de afrontarlas de manera personal, compartimos nuestras respuestas en familia, haremos de nuestra comunidad familiar una verdadera Iglesia doméstica. No olvidemos que así se desarrolló la Iglesia en los primeros 4 siglos. En este mes de marzo, mes de la familia pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe nos acompañe para convertir nuestras familias en células dinámicas y participativas de una sociedad fraterna y solidaria, capaz de reconciliarse, de fortalecer la esperanza, y de expresar con su estilo de vida, que ¡Dios camina con nosotros!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Asumir la voluntad de Dios- Homilía- 28/02/21- II Domingo de Cuaresma

    Asumir la voluntad de Dios- Homilía- 28/02/21- II Domingo de Cuaresma

    Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; vete a la región de Moria y ofrécemelo en sacrificio, en el monte que yo te indicaré”.

    Muchas escenas de las historias bíblicas son figura y anuncio de realidades, que llegaron a la plenitud en la vida de Jesús de Nazaret. Entre ellas destaca sobremanera la que hoy hemos escuchado, sobre la solicitud de Dios a Abraham, para que, acorde a la tradición cultural y religiosa de esa época, le sacrificara a su Hijo único, en señal de reconocimiento y obediencia a la divinidad.

    El texto es una narración, que presenta el paso del sacrificio humano al sacrificio de animales, como ofrenda a Dios: “El ángel le dijo: “No descargues la mano contra tu  hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único. Abraham levantó los ojos y vio un carnero, enredado por los cuernos en la maleza. Atrapó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo”.

    Además de esta importante transición cultural y religiosa, el pueblo de Israel lentamente fue comprendiendo, la necesidad de priorizar la obediencia a Dios, sobre cualquier sacrificio de una ofrenda externa de animales o primicias de producción vegetal. La Obediencia a la Voluntad de Dios Padre está por encima de cualquier otra obligación cultual; y la consecuencia la hemos escuchado: “Por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único… en tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras”.

    El Evangelio de hoy presenta una de las escenas llamadas Teofánicas, es decir, momentos en que se manifiesta, a través de la humanidad de Jesús de Nazaret, su naturaleza divina como Hijo de Dios. La escena es un momento de intimidad, soledad  y silencio. Jesús ha elegido a tres de sus discípulos para que lo acompañen a subir el monte Tabor y orar ahí, en las alturas: “Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia”.

    En la oración Jesús manifiesta la relación tan intensa que tiene con Dios su Padre, provocando un ambiente muy grato, de esos que uno quisiera no terminara jamás: “Pedro le dijo a Jesús: Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados”.

    Ante la percepción de ver la blancura y transparencia en las vestiduras de Jesús, y escuchar el diálogo de Jesús con dos personajes históricos, figuras emblemáticas de  la Historia de Israel: Elías, considerado padre del profetismo en Israel, y Moisés, liberador, legislador, y conductor del Pueblo a la Tierra prometida; y finalmente ser testigos de una voz que venía de lo alto, expresando con claridad: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”; ante esta experiencia quedaron asustados y sin palabra. Así acontece cuando hay un encuentro con Dios, que se percibe su presencia en el interior de la persona. Estas son las experiencias místicas, según las ha nombrado la Iglesia.

    Jesús al retirarse del lugar retomó el diálogo y les dijo algo, que en ese momento no entendieron, pero obedecieron a Jesús: “Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de resucitar de entre los muertos”.

    Esta preciosa y misteriosa escena nos deja una convicción fundamental, como lo fue para sus discípulos, quienes la entendieron al vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús: Esta vida terrestre cobra pleno sentido cuando asumimos la convicción de la trascendencia, lo cual nos permitirá ser obedientes a las enseñanzas del Evangelio y nos dará la fortaleza para vivirlas.

    Quien cree en la Resurrección de Jesús, y por tanto, en la resurrección de los muertos, es capaz como Jesús, de transfigurar en su vida un testimonio convincente, al priorizar los valores del Reino de Dios ante los valores meramente humanos; y ciertamente, rechazando los supuestos valores, que solo representan ideologías sin relación posible con la trascendencia, sin relación de esta vida terrestre con la vida eterna.

    ¿Hemos adquirido la convicción de la trascendencia, creemos que esta vida es tránsito y preparación para la vida eterna? Esta Cuaresma es una oportunidad de revisar nuestra conducta y descubrir si nuestros intereses se mueven solamente en los valores transitorios para lograr mis fines, o si tengo la capacidad y experiencia de haberle dado prioridad a los Valores del Reino de Dios, por encima de los valores que solo se sustentan en la perspectiva de la vida terrestre, de los valores que solamente son pragmáticos para resolver conflictos temporales.

    San Pablo se encontró con Jesús en una experiencia singular, al escuchar la voz de Jesús que le decía: ¿Saulo, Saulo por qué me persigues? (Hech. 9,4). Dicha experiencia transformó su vida, conoció las enseñanzas de Jesús, y las vivió de manera ejemplar. Hoy hemos escuchado su contundente testimonio: “Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?”.

    El amor de Dios por nosotros es inmenso, pero como solamente siendo libres es posible amar, siempre está a la espera de nuestra libre respuesta. ¿Te has planteado en serio tu respuesta, a quien te creó, te da vida, quiere tu bien en esta vida terrestre, y te tiene preparada una mansión para toda la eternidad? La Cuaresma es un tiempo favorable, oportuno para decidirte a escucharlo, obedecerlo, poniendo en práctica sus enseñanzas, así contarás con la ayuda del Espíritu Santo, y testimoniarás, con la contundencia de San Pablo, la fortaleza para afrontar cualquier adversidad.

    ¿No te sientes con el ánimo de asumir la voluntad de Dios Padre? Contempla a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien por su obediencia, no solamente es inmensamente feliz, sino que tiene el gusto y la decisión firme de mostrarnos, como madre tierna y compasiva, el amor que su Hijo Jesús tiene por nosotros.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Cómo hay que vivir esta Cuaresma?- Homilía- 21/02/21- I Domingo de Cuaresma

    ¿Cómo hay que vivir esta Cuaresma?- Homilía- 21/02/21- I Domingo de Cuaresma

    Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

    ¿Qué significa la afirmación de Jesús “el Reino de Dios ya está cerca”? Jesús es la presencia de Dios en el mundo, para eso lo envió Dios Padre, y para eso el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María. Por tanto, la presencia de Jesús es la presencia de Dios en el mundo. Al encarnarse el Hijo de Dios y asumir los condicionamientos propios de todo ser humano, queda manifiesta la cercanía de Dios con la humanidad; por tanto, Jesús encarna el Reino de Dios, y por ello, Jesús proclama que está ya cerca.

    Jesús agrega en su anuncio la condición para entrar al Reino: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Es decir, hay que entrar en nuestro propio corazón, hay que revisar si nuestras convicciones y creencias, nuestra conducta y nuestra fe se sustenta en creer que Jesús es la presencia de Dios en el mundo; por tanto, fortalecer nuestro conocimiento de la persona de Jesús para escuchar sus enseñanzas y hacerlas nuestras, practicándolas y transmitiéndolas.

    En razón de nuestra libertad para responder, el Reino de Dios en esta vida terrestre no alcanza su plenitud, pero ya como primicia, podemos gustar y saborear su bondad y vivir la felicidad no obstante las adversidades y conflictos que generan la ignorancia en muchos de la presencia del Reino de Dios entre nosotros, y de la fragilidad humana que a todos nos hace tropezar en el ejercicio de las enseñanzas de Jesucristo.

    Dada nuestra fragilidad humana es necesario tener siempre una actitud abierta para descubrir cuándo nos alejamos de las enseñanzas de Jesús, y corregir nuestra conducta con plena confianza en su misericordia. Ésta es la respuesta que pide Jesús al proclamar “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.

    Estamos iniciando la Cuaresma, tiempo de revisión, de escuchar la voz de Dios, de reflexión y oración; así seguiremos el ejemplo de Jesús, que dedicó 40 días para prepararse a su misión, de hacer presente el amor del Padre en el mundo, y para superar cualquier tentación que lo desviara de su propósito: “El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás”.

    La pregunta que debemos hacernos es: ¿Ante tanta bondad de Dios con nosotros, me he decidido a vivir esta Cuaresma que hemos iniciado, con la finalidad de entrar a la experiencia del Reino de Dios?; porque Dios ya ha dado el paso, está de nuestro lado, pero, ¿cuál es mí y nuestra respuesta?

    Hoy la primera lectura narra el diluvio acontecido en tiempos de Noé, y cómo Dios  elige a Noé y a su descendencia y a todo ser viviente sobre la tierra para establecer una alianza, e iniciar un camino de preparación de un pueblo, cuya misión será transmitir al verdadero Dios Creador, que ama entrañablemente a sus creaturas: “Dijo

    Dios a Noé y a sus hijos: «Ahora establezco una alianza con ustedes y con sus descendientes… y con todo ser viviente sobre la tierra.

    ¿En qué consiste esa alianza que ha establecido Dios con la Humanidad? Es una alianza para promover y cuidar las condiciones favorables de la vida en toda la Creación, y evitar la destrucción de nuestra casa común: “Esta es la alianza que establezco con ustedes: No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra”.

    El proyecto de Dios es un proyecto de vida y no de muerte. Pero como toda alianza para que se cumpla deben las dos partes realizar su compromiso. Dios ha dado una señal: “Pondré mi arcoíris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra, y cuando yo cubra de nubes la tierra, aparecerá el arcoiris y me acordaré de mi alianza con ustedes y con todo ser viviente”. ¿Hemos aprovechado esta señal de Dios, recordando al ver el arcoíris nuestra respuesta por el cuidado de la Casa común y de la vida que genera toda la Creación?

    San Pablo explica hoy, que además de la señal del arcoíris, al encarnarse el Hijo de Dios como hombre, transmitió mediante el bautismo un recurso extraordinario para  que todos sus discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, den testimonio vivo y atractivo del don de la vida para la humanidad: “Aquella agua era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro”.

    Pero además de cuidar la Casa Común y llevar una vida a ejemplo de Jesucristo, nos reserva la gran promesa de la vida eterna, manifestada en el inmenso amor de Dios Padre por sus creaturas, al haber enviado a su Hijo, que se entregó generosamente para conducirnos con su ejemplo y convertirse así en Camino, Verdad y Vida: “Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado”.

    Renovemos de nuestra parte la alianza con Dios y asumamos el compromiso del bautismo en este tiempo tan desafiante, tan plural y polifacético, tan complejo y diverso, un mundo a la vez globalizado y dividido, un mundo con recursos abundantes para unos y con pobreza y miseria para otros. Quien sino solo Dios, Nuestro Padre nos puede unir para integrar la única familia humana, la familia de Dios.

    Por ello, con corazón agradecido hagamos nuestra la petición del salmo que hemos escuchado: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”. Para eso vino Nuestra Madre, María de Guadalupe a nuestra Patria, nos ha dado identidad, y nos ha manifestado el infinito y tierno amor de una madre común, supliquemos nos acompañe en esta Cuaresma para obedecer la proclama de Jesús: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.