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  • Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él”.

    La fortaleza de los apóstoles Pedro y Pablo estaba cimentada en su doble relación muy bien mancomunada, tanto con Dios como con la comunidad cristiana. Ésta debe ser la piedra fundamental de la espiritualidad de un presbítero, mediante la oración en todas sus formas, y mediante la comunión eclesial con su Obispo y con la comunidad que se le ha encomendado.

    En efecto,  al Presbítero lo define la Iglesia como el colaborador indispensable del Obispo. Dos características complementarias que se explican y entienden con relativa facilidad, un colaborador es aquella persona que recibe una encomienda, por tanto él actuará conforme al mandato de su autoridad, que en este caso es su Obispo.

    Pero no solamente recibe cualquier encomienda sino que se trata de una responsabilidad para la cual ha sido preparado, formado integralmente, y que solamente quienes han sido, en este caso ordenados presbíteros, podrán llevarla a cabo.

    “Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo entonces: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

    La encomienda a Pedro de ser la Piedra sobre la que se edifica la Iglesia expresa que es la base y el cimiento indispensable para mantener la unidad del edificio. La comunión y la unidad son indispensables para mantener la Iglesia. La jerarquía eclesiástica es la prolongación del servicio, que inició Pedro en nombre de Jesucristo, y con el auxilio de Espíritu Santo.

    Por esta razón, debido a que el Obispo, como cualquier otra persona está limitado en tiempo y espacio, necesita del cuerpo de presbíteros para poder cumplir la misión de evangelizar y ser cabeza de una determinada porción del Pueblo de Dios, que se llama Diócesis. Así Obispo y Presbíteros cuidarán, acompañarán y conducirán en comunión, entre sí y con los demás agentes de la acción pastoral, para servir a las comunidades parroquiales y a los fieles en general.

    Los Presbíteros en comunión con su Obispo, sucesor de los Apóstoles, deben siempre recordar y reconocer que son llamados a servir a la comunidad de discípulos de Cristo. Les deseo que vivan su ministerio sostenidos por la espiritualidad de la comunión y puedan al final de su vida expresar como San Pablo: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento”.

    Ordenaciones sacerdotales 2021.
    Ordenaciones sacerdotales 2021.

     

  • Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal”.

    Dios Creador es el Dios de la vida, afirma el libro de la Sabiduría; y además afirma que: “Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo”.

    La llegada a la Casa del Padre para compartir con Él la vida eterna en el amor y la felicidad plena, exige la preparación para recibir tan sorprendente regalo y para capacitarnos al amor gratuito y desinteresado, es decir, que no espera nada a cambio, porque ése, es el verdadero amor. Esta experiencia debe vivirse, reconociendo la gratuidad del don y, aprendiendo en completa libertad a relacionarnos con los demás, buscando siempre el bien del otro por encima del propio bien. Ésta es la finalidad de nuestro tránsito en el mundo.

    El amor a la vida propia como don recibido para compartir con los demás, abre las puertas del corazón a la generosidad para la práctica de la misericordia y de  la caridad. San Pablo explica que: “No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades. En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba”.

    En este sentido es pedagógico el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hoy, donde Jesús escucha al jefe de la Sinagoga y atiende de inmediato a su súplica, poniéndose en camino: “Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: «Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva». Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba”.

    Sin embargo acontece, que una mujer toca el manto de Jesús y queda de inmediato curada del flujo de sangre, que padecía desde hacía doce años. Jesús se detiene, y la busca en medio de la muchedumbre, para encontrarla, “la mujer se acercó, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

    En esta escena descubramos, que a Jesús no solo le interesa nuestra salud física, sino prioritariamente la salud espiritual, que recibimos cuando nos encontramos con Él mediante la fe, en medio de nuestras circunstancias especialmente dolorosas o trágicas.

    Por esta razón Jesús se detuvo, y mientras tanto llegó la información a Jairo, que su hija ya había muerto, y que ya no tenía caso molestar al Maestro, sin embargo Jesús escuchando la información interviene, y genera la esperanza en Jairo: “Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas. Basta que tengas fe”.

    Lo que pide Jesús es la fe; cuantas escenas no hemos conocido de situaciones verdaderamente dramáticas de quienes sufren la tragedia y expresan la fe en Dios Padre, y la esperanza de salir adelante; en muchas ocasiones obtienen verdaderos milagros, y en otras la fortaleza indescriptible para afrontar las difíciles circunstancias. Queda en ambos casos la percepción, que Dios de alguna manera ha intervenido y ha escuchado las súplicas.

    El final de la escena también tiene su enseñanza. Siempre habrá quienes no creen en la intervención de Dios en la historia, y propalan su convicción a diestra y siniestra, hasta con ironías y menosprecio: “Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: ¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de él”.

    Sin embargo Jairo sigue con Jesús lo lleva donde estaba su hija, y el milagro acontece: “Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: ¡Talitá, kum!, que significa: ¡Óyeme, niña, levántate! La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar”.

    Ante la meditación de esta página del evangelio los invito a reflexionar sobre las circunstancias difíciles que hemos atravesado en nuestra vida, ¿cómo las hemos afrontado? ¿Cómo hemos salido de ellas? ¿Derrumbados y sin ánimo de seguir adelante o fortalecidos en la fe y en la esperanza?

    San Pablo en la segunda lectura recordaba la razón por la cual el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María para compartir nuestras pobrezas y limitaciones: “Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.

    Al venir a esta Casita Sagrada en la que se muestra el amor y la ternura de Nuestra Madre, María de Guadalupe, ¿cuántos peregrinos han pasado en estos casi 5 siglos de su presencia entre nosotros, y cuántos han regresado para agradecer su amor y su misericordia?

    También nosotros hoy acudamos a ella, y presentémosle nuestra experiencia de vida, con toda confianza hablémosle de nuestras penas y alegrías, de nuestras angustias y logros; y pidámosle que nos de la valentía de transmitir, en nuestros contextos existenciales, la fe en su Hijo, Palabra del Padre, que prometió acompañarnos mediante el Espíritu Santo. No tengamos miedo de relatar a nuestros contemporáneos las maravillas, que el Señor sigue obrando, a pesar de tanta violencia e injusticia en nuestro tiempo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía-¿Qué sembramos en nuestra vida?- 13/06/2021

    Homilía-¿Qué sembramos en nuestra vida?- 13/06/2021

    «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

    La complementariedad entre el trabajo del agricultor y la respuesta de la tierra nos hacen ver la necesidad de ambos para obtener el beneficio de la cosecha. Una interpretación de esta parábola es identificar al sembrador en cada ser humano, y considerar como su tierra: su contexto familiar, laboral y social. Si siembra bondad, generosidad, comprensión, colaboración, confianza, ciertamente cosechará felicidad, alegría, esperanza, y en sus necesidades obtendrá ayuda y cooperación.

    ¿Por ello es oportuno preguntarnos cada día al caer la tarde, qué he sembrado hoy en mi contexto de vida? Y dormir tranquilamente si nuestra siembra ha sido buena semilla. De lo contrario, deberemos tomar conciencia para al amanecer de un nuevo día, corregir y rectificar mi actitud y mi conducta.

    Nunca debe desanimarnos que tarde la cosecha, los tiempos de espera son siempre diferentes, como la tierra en que se siembra depende de la colaboración del sol y de la lluvia, que son indispensables. Así también la respuesta de cada uno de nuestros semejantes no será al mismo tiempo ni de la misma manera. Recordemos que hay cosechas abundantes y otras escasas, incluso algunas perdidas.

    Otras veces nos acontecerá que de un pequeño esfuerzo personal o comunitario, obtendremos respuestas contundentes y rápidas, que nos sorprenderán alegremente. En esas ocasiones se cumplirá la otra Parábola, que hemos escuchado de labios de Jesús: «El Reino de Dios es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

    Estas Parábolas y su permanente enseñanza manifiestan además la importancia de la relación de las creaturas con la Naturaleza. Por ello invito a todos asumir el compromiso de leer y reflexionar la Carta Encíclica del Papa Francisco “Laudato Si´”. En ella nos invita a retomar la permanente observación de la naturaleza y descubrir en su orden y en sus recursos indispensables para la vida humana, la importancia de cuidarla y protegerla, y especialmente a descubrir nuestra sacralidad.

    Afirma el Papa Francisco: Además la contemplación de lo creado nos permitirá descubrir alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque «para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa». Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la Sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche». Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: «Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al  intentar  descifrar  la  del  mundo» (LS No. 85).

    En general en la vida de las ciudades se ha perdido esta habitual observación y aprendizaje que ofrece la naturaleza en sus diferentes ámbitos. Sin embargo las nuevas generaciones han manifestado una gran sensibilidad e interés por la ecología, que debemos acompañar y apoyar; ya que mediante la observación y el respeto al orden de la Creación para la sustentabilidad de nuestra Casa Común, descubriremos la responsabilidad propia del ser humano como administradores que  cuidan y  protegen nuestro planeta; y obtendremos la convicción de hacerlo al constatar los beneficios de dichos cuidados.

    Pero además podremos afrontar el gran desafío de transmitir la fe en Dios Creador que se manifiesta en la complementariedad y en el magnífico y admirable orden que guarda la naturaleza en sí misma. Los llamo pues, a considerar la necesidad de una conversión ecológica como lo indica también el Papa Francisco: los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores», la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior… hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. (LS No. 217).

    Incluso el adentrarnos en el orden de la Creación y en la responsabilidad común de cuidar la sustentabilidad de nuestra Casa Común, será un caminar en la esperanza, al adquirir elementos de la experiencia humana, que mostrarán la ternura y generosidad del Creador, con lo que crecerá nuestra confianza en una vida futura insospechadamente gloriosa, para dejarnos conducir guiados por la fe, obteniendo la experiencia que hoy escuchamos de San Pablo: “Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor”.

    Aprenderemos así a tomar conciencia de nuestro paso terrenal, asumiendo nuestras responsabilidades cotidianas, y avizorando nuestro feliz destino para el que fuimos creados: una vida sin fin, compartiendo la vida de Dios, que es el Amor. Y podremos superar el desafío de encontrar los caminos para transmitir a las nuevas generaciones, el sentido de la vida temporal, y la fortaleza para afrontar adversidades y conflictos de manera positiva, descubriendo que no vamos solos, y mucho menos que estamos abandonados a nuestra suerte, sino siempre acompañados, de quien nos ha dado la vida, y nos espera con inmenso gozo para compartirnos su casa eternamente.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe que aprendamos de ella, tanto la confianza que tuvo en la Palabra de Dios, como en asumir en plena obediencia su proyecto salvador.

    Oración

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Enséñanos a orar con los salmos, como tú lo hacías, proclamando las maravillas del Señor: ¡Qué bueno es darte gracias, Dios altísimo, y celebrar tu nombre, pregonando tu amor cada mañana y tu fidelidad, todas las noches!

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía en la ordenación de los diáconos transitorios – 11/06/21

    “Cuando Israel era niño, yo lo amé… Yo fui quien enseñó a andar a Efraín; yo, quien lo llevaba en brazos; pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor. Yo fui para ellos como un padre que estrecha a su creatura, y se inclina hacia ella para darle de comer”.

    Qué importante es y será para Ustedes, queridos ordenandos, recordar siempre que el Señor Dios, Nuestro Padre, los eligió, y los llamó a servir a sus hermanos mediante el sacerdocio ministerial, que hoy reciben en el grado de Diáconos, pero que esperan más adelante alcanzar el grado de Presbíteros para ser testigos del amor misericordioso de Dios, proclamadores y conductores del Pueblo de Dios, para hacer presente el Reino de Dios entre nosotros y edificar la Civilización del Amor.

    Para ello se han preparado por años, bajo la conducción y ayuda de sus formadores, para en nombre de Jesús, y en comunión con su Presbiterio y su Obispo, enseñar a quien no ha aprendido la manera de seguir a Jesús; a cuidar con afecto y cariño a su comunidad parroquial; a ser padre en la fe, de quienes sean encomendados a su responsabilidad; a darles el alimento de la Palabra de Dios, de la sana doctrina y del magisterio pontificio y episcopal; a orientarlos, motivarlos, y acompañarlos en el servicio de la Caridad, especialmente con los pobres, indigentes, enfermos, migrantes, reclusos, desorientados o angustiados, y desamparados en general.

    Para ello, es necesario tener presente, que dicho cumplimiento les será siempre posible realizarlo alegremente, con entusiasmo y esperanza, si lo llevan a cabo en comunión con los demás diáconos y presbíteros, en coordinación con mis colaboradores en las distintas instancias del gobierno de nuestra querida Arquidiócesis, y bajo la conducción de un servidor, como su Obispo. Será así como demos respuesta laudable y eficiente en beneficio de nuestros fieles católicos y de nuestra sociedad en general.

    La recepción del Orden del Diaconado en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús les recordará que del costado atravesado por la lanza, brotó «sangre y agua», como expresa San Juan: “Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua”. Símbolo del «Sacramento» admirable de su Iglesia que nace mediante la entrega de su vida; y en particular, mediante el agua, símbolo del Bautismo, y mediante la sangre derramada en la cruz, de la Eucaristía.

    Con esta experiencia de vida, podrán como San Pablo, reconocer y transmitir a sus fieles con su entrega generosa, su confesión de fe: “Me arrodillo ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que, conforme a los tesoros de su bondad, les conceda que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite por la fe en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender con todo el pueblo de Dios, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, y experimentar ese amor, que sobrepasa todo conocimiento humano, para que así queden ustedes colmados con la plenitud misma de Dios”. ¡Que así sea!

  • Homilía- ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad?- 06/06/21

    Homilía- ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad?- 06/06/21

    Respondió Adán: La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí. El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Por qué has hecho esto?» Repuso la mujer: «La serpiente me engañó y comí”.

    Según la narración bíblica, Dios Creador les había manifestado su amor y su confianza al darles vida, ubicarlos en un Paraíso, y crearlos a su imagen y semejanza como seres en y para la relación. Sin embargo, Adán y Eva en lugar de corresponder a ese amor, habiendo desobedecido el mandato del Señor, se refugiaron en el miedo, y buscaron descargar en el otro la responsabilidad de la desobediencia.

    ¿Cuántas veces en la vida hemos sido testigos en primera persona, que se repite la tendencia de Adán y Eva para evitar confesar su culpabilidad, descargando en el otro dicha responsabilidad?

    El miedo a la verdad y el temor a la posible pena por la desobediencia, complica siempre nuestro camino de relación con el prójimo; y cuando este proceder se reitera, se va perdiendo la conciencia de la propia culpa, y esa persona caerá en una conciencia de ser siempre víctima, declarará una y otra vez que son los otros los culpables de lo que hizo. Así frustrará su buena relación con los demás, y su propia felicidad, convirtiéndose en una persona que expresará quejas y lamentos en sus relaciones interpersonales.

    ¿Cómo afrontar el miedo a la verdad y alcanzar la valentía necesaria para afrontar las consecuencias de nuestras acciones incorrectas, imprudentes, o incluso nuestras desobediencias y pecados?

    San Pablo hoy, ha dado una clave al afirmar: “Por esta razón no nos acobardamos; pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”. La confianza y la experiencia de ser amados por Dios, nos dará siempre la valentía para asumir la verdad, y afrontar sus consecuencias por más dolorosas que sean. Nuestra mirada se irá desarrollando, cada vez con mayor claridad, para visualizar el futuro que nos espera, y no ahogarnos en un vaso de agua.

    Recordar con frecuencia y contemplar la mirada del futuro para el cual hemos sido creados, y desarrollar una fuerte convicción de nuestro destino final, nos preparará para expresar lo que hemos escuchado decir a San Pablo: “Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas”.

    Otro aspecto de gran importancia para nuestro crecimiento personal y comunitario es aprender a descubrir la intervención de Dios en los acontecimientos. El Evangelio de hoy narra la falsa interpretación de los escribas, que eran la gente preparada para interpretar las Sagradas Escrituras: “Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Los escribas, que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

    Ante la acción del Espíritu Santo o se acepta y se agradece, o se ignora y rechaza, explicándola como imposible, como una locura, o como cosa del diablo. La respuesta de Jesús es contundente: «Si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin”.

    El criterio es claro, si las acciones propician y generan la comunión y la unidad provienen del Espíritu Santo, si las acciones, aun las aparentemente buenas, dividen y confrontan, generando más obstáculos para la comunión y la unidad, provienen de Satanás. Jesús afirmó: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

    Finalmente una reflexión de suma importancia para nuestra confianza en Dios y en su amor infinito y misericordioso, particularmente cuando hemos considerado que hemos gravemente pecado, y nuestra conciencia no nos deja tranquilos, consiste en recordar a lo largo de nuestra vida, esta afirmación contundente de Jesús: “Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias”. Por tanto, nuestros pecados por más graves que sean, si los reconocemos, y confesamos nuestra culpabilidad, obtendremos siempre el perdón incondicional de Dios.

    Solamente aquél que percibiendo la acción sorprendente del Espíritu Santo, como lo fue el ministerio de Jesucristo en favor de los enfermos, indigentes, ciegos, y paralíticos, y ante la evidencia, niegue la intervención divina, y falsee con toda mala intención, lo que ha visto y oído, recaerá en él lo dicho por Jesús: “… el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo”.

    Hay que aprender a descubrir la intervención de Dios en la vida, y agradecerle su favor, eso nos dará una mirada de largo alcance, que nos hará crecer en la caridad y en el amor al prójimo necesitado, como lo hizo Jesús. No tengamos miedo, y aprendamos a sorprendernos ante el misterio de la acción de Dios en la historia, dejemos la mirada miope que solo se centra en la rutina de la cotidianidad.

    El Pueblo de México, por experiencia generalizada, sabe que aquí en este lugar, la presencia de Nuestra Madre, María de Guadalupe, no deja de hacer maravillas entre sus hijos, que humildemente le suplican ayuda en sus diversas necesidades. Los invito a todos a invocarla abriendo nuestro corazón a su maternal auxilio y protección.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Te pedimos nos ayudes a respetarnos unos a los otros, para que los ciudadanos de México participemos responsablemente, cumpliendo nuestra obligación de votar con plena libertad, dando a conocer nuestra voz, y vivamos una jornada cívica ejemplar, que exprese nuestro anhelo de edificar una sociedad democrática, fraterna y solidaria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi – 03/06/21

    Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi – 03/06/21

    “Cristo es el mediador de una Alianza Nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la Antigua Alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido”.

    Una alianza es un pacto entre dos partes, que aceptan y se comprometen a cumplir cada parte lo acordado. Aproximadamente en el siglo XII antes de Cristo, Moisés con la ayuda de Dios y enviado por El, liberó de la esclavitud que sufrían en Egipto los descendientes de los Patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob. Los condujo al Monte sagrado del Sinaí, y ahí en presencia del pueblo, que reconocía la mano de Dios por los prodigios realizados para salir de Egipto, fue el mediador entre Dios y el pueblo liberado para pactar una alianza consistente en el compromiso, de todos los miembros del pueblo y de sus futuros descendientes, de cumplir los diez mandamientos; y Dios, por su parte, cuidaría y protegería a su pueblo.

    Así narra el libro del Éxodo: “Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: Haremos todo lo que dice el Señor”.

    La observancia del Pacto por parte del pueblo se renovaba cada año con la fiesta de la Pascua, se ofrecía el sacrificio de un cordero por cada familia y se procuraba asistir al Templo de Jerusalén. A esta celebración a lo largo de los años se sumaron otros sacrificios de animales, que durante el año los miembros del pueblo ofrecían a Dios para renovar su fidelidad y recibir la ayuda divina. Por tanto, la relación con Dios para renovar la alianza y ser perdonados por el incumplimiento de los mandamientos era mediante el sacrificio de una ofrenda.

    Así, antes de la venida de Jesucristo, la experiencia del hombre con Dios se concretó en base a ritos religiosos de ofrendas para agradar a Dios y obtener su ayuda. Así preparó Dios mismo al pueblo de Israel, orientando sus ritos, acompañados de enseñanzas de los Patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob, de líderes como Moisés, de jueces y Reyes como David, y especialmente de muchos profetas, que orientaron al pueblo, a no solamente ofrecer sacrificios a Dios, sino a conocer sus mandamientos y su doctrina que debían practicar en la vida diaria.

    ¿En qué consiste la novedad de la Alianza que ha realizado Jesucristo, en favor nuestro, para facilitar y llevar a plenitud la relación de todo ser humano con Dios vivo?

    Jesús siendo el Hijo de Dios, no solo representa al Padre y al Espíritu Santo, sino Él mismo es Dios. Tiene en su persona dos naturalezas, la divina como Hijo de Dios, y la humana, que asumió al encarnarse en el seno de la Virgen María; por tanto, Cristo en su persona unió lo divino con lo humano. Pero además como Hijo, habla en nombre de su Padre, como lo explicita san Juan en su Evangelio. El es la Palabra del Padre, y como hombre expresa con su vida la manera de corresponder a esa Palabra del Padre.

    Pero no solamente eso, sino además con su ofrenda existencial, llevada hasta el extremo de la muerte en cruz por amor, obtenemos el perdón de nuestros pecados; y nos otorga el acompañamiento del Espíritu Santo para que podamos seguir su ejemplo y aprendamos a perdonar, reconciliar y amar a la manera como Dios nos ama.

    Finalmente, nos ha dejado su presencia en este Sacramento de la Eucaristía: “Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua… Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen: esto es mi cuerpo. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”.

    En la participación de la Eucaristía nutrimos nuestra inteligencia y nuestra voluntad, escuchando reiteradamente la Palabra de Dios, especialmente con la lectura del Evangelio; y alimentamos nuestro espíritu con su presencia, misteriosa pero real, en el pan y vino consagrado, por mandato explícito de Jesús, para obtener la fortaleza necesaria y seguir sus huellas. La Eucaristía al reunirnos como comunidad de discípulos suyos, propicia la comunión fraterna, y la edificación de la civilización del amor.

    Por eso, Jesucristo es mediador de una alianza nueva y perfecta, que manifiesta la infinita misericordia, que Dios Padre tiene por la Humanidad entera. Dios es espíritu puro y eterno, nosotros somos creaturas de Dios, favorecidas con un espíritu para tener vida temporal, transitoria, pero destinadas para compartir la eternidad con Dios. Por tanto la relación entre Dios y sus creaturas es desigual y por tanto difícil de alcanzar.

    Solamente con la ayuda de Jesucristo y del Espíritu Santo podremos desarrollar nuestro propio espíritu, descubriendo el instinto innato para descubrir nuestra propia persona, su origen, y su destino; y una vez descubierta nuestra contingencia y fragilidad, buscar el auxilio de quien me creó.

    Aquí la experiencia de relación con nuestros progenitores, con la familia propia, y con los demás contemporáneos, participando en la Eucaristía, al menos dominical, tomaremos conciencia de manera espontánea, de la necesidad del auxilio y la ayuda, en quienes descubrimos el testimonio del seguimiento de Jesucristo, y así recibiremos el consejo para descubrir la Voluntad de Dios, y asumirla en obediencia a Dios Padre.

    De esta positiva experiencia de relación humana, personal y comunitaria, experimentaremos con mayor facilidad, la bondad y el amor, y generalmente propiciaremos el surgimiento de la relación con Dios Trinidad, y mantendremos nuestro hábito de dirigirnos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la oración. ¡Que así sea!

  • Homilía-¿Por qué Dios dio al humano tanto poder?-30/05/21

    Homilía-¿Por qué Dios dio al humano tanto poder?-30/05/21

    Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

    Padre, Hijo y Espíritu Santo tres personas distintas y un solo Dios verdadero. El ser humano de todos los tiempos, no puede ni podría por sus solas fuerzas e inteligencia llegar a considerar la existencia de un Dios Trinidad. Hubo necesidad, que Dios mismo revelara su naturaleza divina, y la comunicara a la humanidad, mediante el mismo lenguaje del ser humano. De ahí la decisión de Dios Padre de enviar al Hijo, para que se encarnara y diera a conocer al verdadero Dios, por quien se vive.

    Este momento sublime de la Encarnación del Hijo de Dios, fue preparado aproximadamente durante 18 siglos, iniciando con los Patriarcas Abraham, Isaac, y Jacob, y continuado por Moisés, y por los profetas y reyes de Israel, a quienes les hizo conocer mediante diversas pruebas su voluntad y su destino como lo afirma Moisés en la primera lectura: “¿Qué pueblo ha oído, sin perecer, que Dios le hable desde el fuego, como tú lo has oído? ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y brazo poderoso?”. Finalmente el Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María y llevó al culmen la revelación del verdadero y único Dios. Tres personas distintas, pero un solo Dios, que vive en plena comunión y concordia, ya que su naturaleza es el amor.

    La Creación entera manifiesta el orden y la complementariedad en todas sus funciones. La humanidad ha llegado a reconocer mediante la ciencia, la maravilla de los ecosistemas en nuestro planeta y la relación con los demás astros. Todo funciona en relación al conjunto, y las fuerzas están organizadas para cumplir su tarea en favor de las otras para mantener la Casa Común. Las especies vivas se sostienen unas a otras, y cumplen su finalidad por instinto para la sobrevivencia. Solamente hay una especie, la humana, que tiene la inteligencia y la libertad para colaborar, o para romper los ritmos establecidos por Dios Creador.

    Desde hace años a causa de la explotación abusiva de los recursos naturales han provocado graves procesos de degradación, que si no los detenemos, llevará irremediablemente hacia el final de nuestra Casa Común. Por eso el Papa Francisco lanzó, la señal de alarma a las autoridades, empresarios y población en general, el documento “Querida Amazonia”, y el pasado martes presentó una plataforma digital para sumar esfuerzos en la recuperación del planeta.

    ¿Por qué Dios le dio al ser humano tanto poder sobre la Creación? Porque eligió a la especie humana para que pueda aprender a descubrir y ejercitarse en el amor, preparándose así para compartir la vida eterna con el mismo Dios; y para aprender a amar es indispensable la libertad.

    Por tanto, el gran desafío de todo ser humano consiste en aprender a usar la libertad para elegir el bien y no el mal; y dando este primer paso, es necesario avanzar, capacitándose a elegir, de entre los bienes que tenga a la mano, aquellos que le permitan servir a los demás, y ofrecer sus habilidades y capacidades para que también los demás sigan ese camino. En otras palabras, el amor divino consiste en actuar siempre por el bien de los demás. Por esta razón es necesario aprender a superar la tendencia natural del egoísmo, y descubrirnos como seres en relación; es decir que nuestra felicidad y nuestra paz dependerá de edificar relaciones de amistad y colaboración con los semejantes, con quienes nos toque convivir.

    Así también, es indispensable el proceso educativo para aprender a ser responsable de mi conducta, y saber ordenar mis tendencias y pasiones para el bien propio y de los demás. En este campo en nuestros tiempos ha crecido el desafío de asumir con plena conciencia que el amor no es la atracción sexual, ni el ejercicio de la sexualidad es la expresión de la plenitud del amor, la sexualidad es solo un camino, un primer paso, para romper la centralidad de la vida en la propia persona.

    La sexualidad es una ayuda que Dios ha dado a todo ser humano para abrirse necesariamente a la relación con los demás, y encontrar, en la intimidad, la complementariedad del varón y la mujer, no solo para generar la vida de los hijos, sino para crecer en la capacidad de amar, en la donación y servicio al otro, con quien he intimado, con los hijos, y con los demás miembros de ambas familias. Así, el sostén para seguir amando y sirviendo al prójimo en general es la relación que se establece en la propia familia. Cuando se alcanza este ideal de la familia, ella se convierte en una célula de la sociedad, muy positiva y promotora de buenos ciudadanos.

    Pero además la familia transmitirá con mucha facilidad, y casi espontáneamente, la importancia de la relación con Dios, que es amor, y nos acompaña para fortalecernos en nuestro desarrollo y aprendizaje del amor divino. Por esta razón afirma San Pablo: “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”.

    ¿Y cómo podemos ser guiados por el Espíritu Santo? Siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo, el Hijo de Dios, que al encarnarse en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, creció y se desarrolló en familia, acompañado por Ella y su Padre adoptivo, San José. Así, nuestro propio espíritu crece y se fortalece cuando escuchamos y practicamos los Evangelios, y los demás escritos bíblicos, ya que, como expresa San Pablo, el Espíritu Santo se une al nuestro: “El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios”.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos acompañe como lo hizo con su Hijo Jesús, y nos siga mostrando su ternura y amor para aprender a imitarla en la relación con los demás, y edificar la civilización del amor, que aprecie y respete los procesos de la Creación entera, y genere una sociedad fraterna y solidaria.

    Oración a la Virgen de Guadalupe por las elecciones 2021 en México

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Te pedimos nos ayudes a respetarnos unos a los otros para que el próximo Domingo participemos responsablemente los ciudadanos de México, y vivamos una jornada cívica ejemplar, que exprese nuestro anhelo de edificar una sociedad fraterna y solidaria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- Por las madres y los afectados de la Línea 12 del Metro- 09/05/21

    Homilía- Por las madres y los afectados de la Línea 12 del Metro- 09/05/21

    Estas cosas se las he dicho para que mi alegría esté en ustedes y para que su alegría sea plena”.

    ¿Cuáles cosas nos ha dicho Jesús, para que nuestra alegría sea plena? Jesús había anunciado a sus discípulos, que Dios Padre enviaría en su nombre, al Espíritu Santo, Consolador, que él les enseñaría todo y les recordaría todas las enseñanzas (Jn 14,26). Es decir, que al volver Jesús de nuevo a la Casa del Padre, sus discípulos no quedarían abandonados en esta peregrinación en la tierra.

    Sin embargo advirtió que deberíamos permanecer unidos a él, guardando sus mandamientos, como lo hemos recordado el domingo pasado, a propósito de la parábola de la Vid y los Sarmientos. Y en el Evangelio de hoy ha expresado claramente: “Éste es mi mandamiento: ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

    Por esta razón, la relación con el Espíritu Santo es indispensable para vivir y evitar la muerte en vida, como comprobamos con todos los que lamentablemente pierden el sentido de su existencia, y van camino a la muerte eterna; en cambio si invocamos y nos relacionamos bajo su guía, nos hará fecundos y desarrollaremos una amistad permanente y creciente, que nos llenará de alegría.

    Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que me ha dicho mi Padre. No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, y un fruto que permanezca”.

    Quien practica y vive el mandamiento del amor, podrá percibir y agradecer las maravillas que obra el Espíritu Santo como vemos en la escena de la primera lectura sobre la evangelización del apóstol Pedro: “Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que estaban escuchando el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas desconocidas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos”.

    En efecto, Dios se manifiesta de múltiples formas para llegar al corazón de todos sus hijos, independientemente de su raza, condición, lengua, nación, e incluso de su opción como creyentes en otras religiones o en la no creencia. Siempre el Espíritu Santo ofrece la oportunidad y propicia la ocasión para manifestar a través de los discípulos de Jesucristo, el amor y la misericordia de Dios Padre.

    Por esto es tan importante servir y auxiliar a cualquier prójimo necesitado, o a cualquier comunidad y pueblo independientemente de su religión y creencias. Esta actitud y práctica del amor, la ha concretado, desde su gran responsabilidad, el Papa Francisco con múltiples gestos y servicios, como el viaje que el pasado mes de marzo realizó a Irak para animar y consolar a las víctimas del terrorismo y de los largos conflictos vividos en ese país.

    Con gestos así el Papa ha mostrado el camino a recorrer para hacer de la crisis mundial ante la Pandemia una oportunidad para crecer y convertirnos en mejores personas, responsables y solidarias, capaces de superar la mirada miope de solo velar por los que tengo cerca, y levantar la mirada para asumir en corresponsabilidad actitudes y decisiones para edificar la civilización del amor; ya que como bien lo advirtió el Papa Francisco desde el año pasado, de esta crisis saldremos mejores o peores personas, pero ciertamente no saldremos igual que antes de la pandemia.

    Reconociendo el fuerte testimonio que ha mostrado el Papa Francisco ante la emergencia mundial de la Pandemia Covid, hemos seguido su ejemplo como Iglesia en México, replicando en todas las Diócesis del país, acciones de ayuda solidaria a los más afectados, a través de Caritas Mexicana, y en colaboración de muchas instituciones y personas de buena voluntad, uniendo esfuerzos y recursos para llevar el auxilio, la ayuda material, psicológica, y espiritual a quienes sufren.

    De la misma manera y sirviendo a nuestra ciudad, la Institución Caritas México y de la Pastoral Social en coordinación con los servicios sociales de instituciones católicas presentes en esta Arquidiócesis, hemos hecho acto de presencia y de auxilio en diversas formas, tanto a quienes carecen de lo necesario para sobrevivir, como a quienes afectados por el confinamiento social, o por las situaciones dolorosas de familiares infectados por Covid, o por lamentables heridos, fallecidos o por familias que quedan en doloroso duelo ante la tragedia, como la que acaba de acontecer en nuestra diócesis hermana de Xochimilco.

    En estas situaciones experimentar la ayuda solidaria y vivir la fe, levanta el ánimo, y con la presencia de la ayuda recibida se descubre la mano de Dios, y se encuentra el consuelo y la esperanza para seguir viviendo. De esta manera hacemos vida lo que ha recordado el apóstol San Juan en la segunda lectura: “Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor”.

    En la experiencia familiar es frecuente y constante descubrir el amor incondicional que muestran las mujeres madres por sus hijos, este amor fortalece y ayuda a superar muchas pruebas y situaciones difíciles, que toda persona afronta a lo largo de su vida. Pidamos por todas las mujeres madres en la víspera de este 10 de mayo.

    Quizá por eso Dios Padre nos ha enviado a Nuestra Madre, María de Guadalupe para que experimentemos su amor y ternura, y provoque en nosotros una fuerza interior suficiente para superar el egoísmo, que siempre se hace presente en la cotidianidad de nuestra existencia. Por eso los invito a un momento de silencio para invocarla en nuestro auxilio como una sola familia, de la que ella es Madre.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Te pedimos por todos los afectados por el descarrilamiento del Metro de nuestra ciudad, tanto por la salud de los heridos como por el eterno descanso de los fallecidos. Y haz llegar tu ternura y consuelo a los familiares, que han padecido tan doloroso acontecimiento.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ¿Cómo reanimar a los católicos de este siglo?- 2/05/2021

    Homilía- ¿Cómo reanimar a los católicos de este siglo?- 2/05/2021

    «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer”.

    En esta parábola tan sencilla descubrimos una sutil referencia a la Trinidad Divina, al señalar las distintas funciones de cada persona con la comunidad de los discípulos de Cristo. El Padre es el viñador, Jesús es la vid, y el Espíritu Santo cuida que los sarmientos o ramas no se desprendan de la vid. Como lo afirma San Juan en la segunda lectura: “Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que él nos ha dado, que él permanece en nosotros”.

    Jesús mismo a pregunta de Tomás había respondido, ante todos los discípulos: “Yo  soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino es por mí” (Jn 14, 6). Jesús es el camino, porque a través de la sabia, la vid comunica la vida que procede del Padre, y el camino lo recorren los discípulos, acompañados del Espíritu que los lleva a la verdad.

    Con gran claridad Jesús expresa la necesidad que tenemos todos sus discípulos de estar, en plena comunión con él, y mantenernos siempre conscientes que nuestros éxitos y todas las relaciones y los servicios que realicemos, practicando sus enseñanzas, darán frutos abundantes y muchos beneficios, tanto a quienes sirvamos como a nosotros mismos.

    Preguntémonos entonces, ¿si asumo con gratitud la elección de Jesús para participar de su amistad y de su misión en el mundo? También es oportuno preguntarnos, ¿si personal y eclesialmente advierto la grandeza del misterio de la Santísima Trinidad y la vocación de participar de la vida divina?

    En esta experiencia de comunión y unidad con la Santa Trinidad, los discípulos participan de la vida divina que es el amor; por ello darán fruto en abundancia, como Jesús, glorificarán al Padre; es decir, harán presente al Padre en el mundo, irán conociendo la voluntad del Padre, y aprenderán la importancia de vivir en la obediencia al Padre; entonces su alegría será plena.

    Al interior de la comunidad, que procura escuchar las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica, se desarrollará una experiencia de amistad, intensa, creciente, constante, de gran confianza y solidaridad, que le permitirá al discípulo y a la comunidad cristiana dar la vida generosamente en los contextos adversos y en los ordinarios, sostenidos siempre por la experiencia de ser amados y de amar al estilo de Dios Trinidad. ¿Cuál ha sido mi actitud ante los casos adversos, complejos y desafiantes?

    En la primera lectura escuchamos precisamente una situación adversa, bien resuelta por la comunidad de Jerusalén, ante la llegada de Pablo, a quien ubicaban como perseguidor de la comunidad, y al tratar de unirse a los discípulos, todos le tenían miedo, porque no creían que se hubiera convertido en discípulo: Entonces, Bernabé lo presentó a los apóstoles y les refirió cómo Saulo había visto al Señor en el camino, cómo el Señor le había hablado y cómo él había predicado, en Damasco, con valentía, en el nombre de Jesús. Desde entonces, vivió con ellos en Jerusalén,… predicando abiertamente en el nombre del Señor, hablaba y discutía con los judíos de habla griega y éstos intentaban matarlo. Al enterarse de esto, los hermanos condujeron a Pablo a Cesarea y lo despacharon a Tarso”.

    Así del miedo al perseguidor convertido, la comunidad pasó a cuidarlo y ayudarlo para librarlo de la amenaza de muerte. Este fue el ambiente que se generó en las comunidades cristianas del primer siglo, y por ello crecieron con gran rapidez, como lo expresa la primera lectura: “En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”.

    Con frecuencia en el inicio de una conversión, descartamos que sea verdad y comentamos que se trata de apariencia. Es entonces indispensable compartir nuestras dudas e incertidumbres con la comunidad eclesial y poder clarificar con el testimonio de quienes han conocido mejor a la persona en su proceso de conversión.

    ¿Y cuál es la clave para mantenernos en la plena comunión con Jesús, y reanimar a los católicos de este siglo XXI? Nos responde San Juan en la segunda lectura: “Hijos míos: No amemos solamente de palabra; amemos de verdad y con las obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y todo lo conoce”.

    Hoy padecemos una grave crisis con las nuevas generaciones para transmitirles la fe en Jesucristo, el Señor de la vida. Lo están necesitando, ya que constatamos una serie de situaciones lamentables como los frecuentes suicidios en esa etapa de la adolescencia y juventud, y la generalización del consumo de drogas y narcóticos.

    Las palabras de Jesús al final del evangelio de hoy: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”, son una lluvia refrescante, que anima nuestra fe y esperanza, generando la confianza en la asistencia del Espíritu Santo para renovarnos, y ser una Iglesia capaz de testimoniar la presencia del amor misericordioso de Dios Padre, que no nos abandona, y nos escucha para ser sarmientos de una vid que produzca mucho fruto.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, enviada por Dios Padre a nuestra Patria como portadora de su amor, y que lo ha manifestado a lo largo de estos casi cinco siglos de su presencia entre nosotros.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Te pedimos también sea muy fecunda la Semana Vocacional que hoy culminamos, y ponemos en tus manos.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- Todos podemos ser un Buen Pastor- IV Domingo de Pascua

    Homilía- Todos podemos ser un Buen Pastor- IV Domingo de Pascua

    Sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron, y a quien Dios resucitó de entre los muertos”.

    La convicción de los Apóstoles en su proceso evangelizador, expresa la fidelidad al Maestro Jesús, para anunciar sus enseñanzas hasta el extremo de estar dispuestos a ser encarcelados, ajusticiados y morir; y esta valentía solamente se explica en la veracidad de haber constatado, que su Maestro Jesús ajusticiado y muerto en cruz, resucitó y está vivo. Por eso, Pedro lleno del Espíritu Santo, continúa afirmando: “Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona, a quien Dios haya constituido como salvador nuestro”.

    En otras palabras, la fe en Cristo Resucitado, es el acontecimiento que da la solidez a todas las enseñanzas de Jesucristo. En la práctica qué significa: que los cristianos debemos discernir todos los conceptos, ideologías, acontecimientos y toda la vida a la luz de los Evangelios.

    Nuestra fe cristiana y católica está fundamentada a partir de acontecimientos, y no es consecuencia de ideologías, de sistemas de pensamiento, que lamentablemente en muchas ocasiones llevan a muchos creyentes, incluidos los católicos, a extremar posiciones, radicalizando su propio pensamiento en el apego irrestricto a las normas, dejando de lado el testimonio de Jesús y sus enseñanzas.

    Por eso es tan importante el conocimiento de Jesucristo a través de los Evangelios, y  el encuentro con Él, al ir poniendo en práctica sus enseñanzas, aprendiendo a vivir la reconciliación y la solidaridad con sus semejantes, y reconociendo que integramos una gran familia humana en la Casa Común. La principal señal que experimenta el discípulo es la alegría y la paz que surge en su corazón, y que lo lleva a la frecuente gratitud a Dios, Nuestro Padre, por el gran regalo de la vida recibida.

    Este magnífico y espléndido destino está necesitado de guías de la comunidad eclesial, que ya hayan aprendido las claves para la experiencia fraterna y solidaria. A estos guías y acompañantes Jesús los llamó pastores, y a la comunidad, la llamó rebaño que sabe compartir y convivir, bajo la guía de su pastor. Y él mismo se definió y vivió como Buen Pastor: “Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas”.

    La figura del Pastor, en nuestra Iglesia, la hemos restringido habitualmente a los Presbíteros y Obispos, y poco a poco la hemos ampliado a laicos, que sirven como agentes de pastoral; sin embargo, aún debemos ampliar la figura de pastor, y especialmente su misión de cuidar y proteger a su rebaño; ya que todo ser humano debe llegar a ser un buen pastor sea como hermano mayor, como padre o madre de familia, como patrón o jefe en una empresa, negocio o comercio, como autoridad civil o jefe de empleados de servicios públicos y privados, como autoridad militar o funcionario al servicio de la seguridad pública.

    Recordemos la pregunta de Dios a Caín, cuando había dado muerte a su hermano Abel: “¿Dónde está tu hermano? El respondió: No lo sé: ¿Soy yo acaso, el guardián de mi hermano? Entonces el Señor contestó: ¿Qué es lo que has hecho? La sangre de tu hermano me grita desde la tierra” (Gen. 4, 9-10).

    Todos somos una sola familia, y todos somos hermanos en Dios Padre, por ello debemos cuidar y proteger a nuestros prójimos, ejercitando la caridad solidaria y subsidiariamente. Por eso hoy recuerda San Juan en la segunda lectura: “Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.

    Para cumplir nuestra responsabilidad de buenos pastores, es oportuno tener en cuenta la advertencia de Jesús sobre el asalariado que solo le interesa su propio beneficio, sin respetar a los demás: “el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas”.

    Hoy IV Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, celebramos la LVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, invito a todos ustedes a orar intensamente para que descubramos nuestra vocación universal a ser pastores, y recibamos el Espíritu Santo para cumplir nuestra misión sin temor, confiando en  su acompañamiento ante los complejos desafíos que presenta el mundo globalizado y la pandemia del Covid, con sus graves consecuencias.

    Para ser auxiliados y desarrollar en nosotros la figura de Jesús, Buen Pastor, y ser conducidos, formando una comunidad de hermanos, el Señor Jesús llamó y sigue llamando en nuestros tiempos, a algunos miembros de la comunidad para llevar a cabo la misión de ser pastor de pastores, para este servicio dejó el sacramento del Orden Sacerdotal, que ejercemos los Presbíteros y Obispos en comunión con el Papa Francisco.

    Con este motivo, damos inicio en nuestra Arquidiócesis, a la “Semana Vocacional” con el lema “JESÚS VIVE Y TE QUIERE VIVO”. Esta semana estará llena de actividades y espacios de formación, que tienen como objetivo, orar por las vocaciones y promover los distintos estados de vida; impulsando especialmente a los jóvenes, a iniciar su propio proceso de discernimiento en su vocación específica.

    En un breve momento de silencio, invoquemos a nuestra querida Madre, María de Guadalupe, y pongamos en sus manos esta Semana Vocacional, confiando en su fecunda intercesión ante su Hijo, en favor de nuestros adolescentes y jóvenes.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Te pedimos también sea muy fecunda esta Semana Vocacional que hoy iniciamos.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.