Categoría: Homilías 2021

  • Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Muchos discípulos de Jesús que lo habían oído, decían: «¡Es dura esta enseñanza! ¿Quién puede aceptarla?”.

    De todos los que seguían a Jesús, la mayoría lo hacía por las obras de Jesús en favor de los enfermos, necesitados o hambrientos, no lo seguían por sus enseñanzas. Por eso no se preguntaban, ¿quién es Jesús?

    Cuando Jesús les habla del alimento espiritual, del pan de la vida, y les confiesa que él es el pan de la vida, y que habrán de comer su carne y su sangre para obtener esa vida del Espíritu, la mayoría de los discípulos ni lo entienden ni lo aceptan.

    Dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, Jesús les preguntó: ¿Esto los escandaliza? Entonces, ¿qué sucederá cuando vean al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne de nada ayuda. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.

    Ante el escándalo que causan sus enseñanzas, Jesús interpela a sus discípulos, aclarándoles que para aceptar su doctrina y seguirlo, es indispensable la Fe: Creer que Jesús viene de lo alto, que se ha encarnado, y creer en esta verdad es aceptar que el Padre de Jesús es Dios. Por eso Jesús les advierte: “Hay algunos entre ustedes que se niegan a creer”…”Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo abandonaron y no andaban más con él”.

    Ante la deserción de los seguidores, que debió ser una situación dolorosa y quizá frustrante, Jesús plantea la pregunta al grupo de los doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Es necesario expresar pública y abiertamente la decisión de seguir con Jesús. Hay que definirse. Después de un tiempo de conocerlo, escucharlo y relacionarse con Jesús, es necesario optar por él, asumir conscientemente la decisión de seguirlo y convertirse en un discípulo que se suma al grupo.

    El pueblo de Israel debió optar claramente y expresar su aceptación: “Josué dijo al pueblo: Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir… en cuanto a mi toca, mi familia y yo serviremos al Señor…El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor…El fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y en los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

    ¿Agradezco a Dios el haber conocido a Jesús? ¿Agradezco la llamada, la vocación que he recibido para ser su discípulo? ¿Pido la gracia para corresponder a la llamada? ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?

    Es interesante considerar que es el mismo Jesús, quien suscita el cuestionamiento, y provoca la deserción. Está convencido que necesita discípulos creyentes de su palabra, y que sostenidos por la fe puedan dar testimonio con su vida, de que creen en sus enseñanzas y viven acorde a ellas.

    La respuesta de Pedro en plural manifiesta que es el sentir de todos: “Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros hemos creído y reconocido que tú eres el Santo de Dios”.

    Jesús había aclarado: “Les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. La llamada y la elección es del Padre, a través de Jesucristo, y la decisión de responder al llamado es del discípulo.

    ¿Asumo como Pedro y los doce mi identidad de pertenencia al grupo de discípulos de Cristo? Si he asumido esta identidad, entonces debo ser consecuente y preguntarme:

    ¿Me identifico con la Iglesia, me siento perteneciente a ella, contemplo el misterio que entraña?¿Amo a la Iglesia y estoy dispuesto a servirla?

    La fe que sostiene mi opción por Cristo, necesita ser nutrida por el Pan de la vida, que se nos ofrece en la misa. ¿Es la Eucaristía, el momento pleno de mi participación en la vida de la Iglesia y en la comunión con Dios? Esta experiencia de vida manifestará la coherencia de mi fe, al compartir con la comunidad eclesial mi identidad y pertenencia como miembro activo de la comunidad de discípulos de Cristo.

    En este contexto entenderemos muy bien la exhortación de San Pablo que hoy hemos escuchado sobre la relación del esposo con su esposa, fundamento de la familia como Iglesia doméstica: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor…Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

    La familia así constituida y bien fundamentada en el amor, transmitirá de manera contundente y convincente la fe a los hijos. De ahí que se le llame a la familia, la célula básica, no solamente de la Iglesia, sino también de la sociedad. Será una sociedad, que estará expresando los valores evangélicos, que son los mismos valores humano-espirituales, que anhela el ser humano por instinto natural, valores que Dios Padre ha sembrado en el corazón de la humanidad entera.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe ha venido a nuestras tierras para testimoniar el amor que su Hijo Jesucristo manifestó al mundo, entregando su vida por la redención de la humanidad. Pidámosle a ella, que seamos discípulos fieles de su hijo, y demos testimonio del amor en nuestros tiempos tan desafiantes.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Jesús es el pan de la vida, en él nutro mis proyectos- 08/08/21

    Homilía- Jesús es el pan de la vida, en él nutro mis proyectos- 08/08/21

    Los judíos murmuraban porque había dicho: Yo soy el pan que bajó del cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”.

    La dificultad de fondo planteada por los judíos, es el presupuesto de considerar, que si bien Dios había creado el mundo y sus habitantes; sin embargo cielo y tierra eran dos realidades, no solamente distintas sino incluso infranqueables. Es decir, los cielos es donde habita Dios, y la tierra donde habita el hombre.

    Consideraban los contemporáneos de Jesús, que Dios había creado el mundo para dominarlo, controlarlo e intervenir en el devenir de los mortales, pero mediante la palabra, sin hacerse presente en el mundo creado por él. Y el hombre estaba destinado para habitar en la tierra, sin ver ni conocer a Dios, y dependiendo de su obediencia a sus mandatos sería feliz o desventurado. Pero al morir acabaría su vida para siempre.

    El acontecimiento de la Revelación hecha por Jesucristo, de un Dios Trinidad de personas, que decide revelar el misterio de la verdadera divinidad, y para eso envía al Hijo para que se encarne y asuma la condición del ser humano era inaudita, impensable. Por ello, el argumento para rechazar la declaración de Jesús es: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?

    Jesucristo ha venido precisamente para romper esa mentalidad, dar a conocer la verdadera naturaleza e identidad de Dios, y anunciar la finalidad por la que Dios creó al hombre: compartir con la humanidad la vida divina, que es el amor. Por tanto esta vida terrenal es tránsito a la vida eterna.

    El verdadero pan del cielo será reconocido porque da vida, y vida eterna. Esta vida es la vida nueva, de la que habló Jesús a Nicodemo. La vida del Espíritu Santo, es la vida que viene de lo alto. Los judíos murmuraban porque su mirada miope se quedaba en Nazaret, en la tierra. Jesús indica la necesidad de descubrir el Espíritu de Dios, que viene de lo alto y transforma, produciendo un nuevo nacimiento en el hombre, que lo capacita para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,3).

    Es pues oportuno preguntarnos, ¿separamos como dos realidades independientes lo temporal de lo celestial, lo carnal de lo espiritual, o entendemos que una está en relación de la otra, lo temporal de lo eterno?

    Para relacionar nuestra vida temporal con el destino a la vida eterna necesitábamos un alimento que nos nutriera, que nos fortaleciera y nos garantizara la accesibilidad a la vida divina. Por eso y para eso vino Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Son dos condiciones muy claras que expone Jesús: Creer en su mensaje, la Buena Nueva, es decir en sus enseñanzas; y alimentar nuestro espíritu con el pan de la vida, para eso lo envió el Padre, y lo asistió el Espíritu Santo: “Todos los que me da el Padre vienen a mí, y al que viene a mí no lo rechazaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. Y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”.

    Antes de esta escena Jesús había transmitido a sus discípulos: Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra (Jn. 4,34). Ahora lo reafirma diciendo: porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. Jesús se revela como el enviado del Padre con la clara misión de hablar en su nombre, de hacerlo presente en el mundo, y de invitar a toda la humanidad a conocerlo, amarlo y servirlo. Para cumplir esta misión Jesús tiene que obedecerlo fielmente. Así Jesús se convierte en el pan que nutrirá a sus discípulos, quienes adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23).

    Dos misterios revelan la necesidad y la manera que plantea Jesús de comer su carne y su sangre: La Encarnación y la Eucaristía.

    Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, al tomar cuerpo con carne y sangre como cualquiera de nosotros, expresa en su persona la manera de cumplir la voluntad del Padre, muestra el modo de conducirnos, la manera de practicar la obediencia al Padre, por eso dirá más adelante: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Tenemos que nutrirnos con las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

    La Eucaristía es el misterio sacramental mediante el cual nos alimentamos del cuerpo y de la sangre de Cristo; Él, como mediador de la Nueva Alianza pone en comunión con el Padre a todos los que lo seguimos, a la Asamblea Santa de la comunidad de los discípulos de Jesús. Por eso, la Eucaristía se define como fuente, centro y culmen de la vida cristiana.

    ¿Es Jesús mi alimento, en él nutro mis aspiraciones, proyectos y realizaciones?

    ¿Deseo y anhelo ver y entrar en el Reino de Dios? ¿Contemplo la Encarnación de Jesús y su presencia en el misterio de la Eucaristía como un inconmensurable regalo de Dios, mi Padre?

    Si nuestra respuesta es positiva, expresémosla valorando la participación en la Eucaristía dominical, atendiendo a las inquietudes, que suscita la escucha de la Palabra de Dios, y poniéndolas en práctica para seguir el ejemplo de Jesucristo. Asumamos entonces con plena conciencia las recomendaciones que hoy ha recordado el apóstol Pablo: “Destierren la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”.

    Invoquemos el auxilio, de quien las vivió en plenitud, a Nuestra Madre, María de Guadalupe.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ¿Busco a Jesús para conocerlo o sólo por mi beneficio? -01/08/21

    Homilía- ¿Busco a Jesús para conocerlo o sólo por mi beneficio? -01/08/21

    Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús”.

    Jesús había escapado ante la euforia de la multitud, que admirada por la multiplicación de los panes, lo quería como rey. Cuando amanece, se dan cuenta que tanto Jesús como sus discípulos se habían ido. La búsqueda de Jesús es positiva; sin embargo en esta ocasión Jesús advierte que la finalidad de esta búsqueda no es la correcta.

    Al encontrarlo en la otra orilla del mar, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús les respondió: Les aseguro que ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque comieron pan hasta saciarse. No obren por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que el Hijo del hombre les dará, porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.

    Jesús deja en claro que hay que buscarlo para conocerlo, escucharlo con la apertura y disposición del discípulo, y no por el interés de recibir beneficios y favores. Por tanto, querer definir la vocación y misión de Jesús según el concepto del pueblo, impide que Jesús camine y acompañe a la multitud. Entendieron la corrección, y la reacción propició la continuidad del diálogo: “Entonces le preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios?”.

    A partir de las enseñanzas de Jesús sobre el nacer de nuevo y la participación del hombre en la vida divina, ahora aprovechando la pregunta de la gente: ¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios? Jesús explica la necesidad del alimento que nutra durante esta vida terrena, de manera gradual y progresiva, el proceso de crecimiento en la vida del Espíritu, indispensable para alcanzar la vida eterna.

    Sin embargo, como tantas veces sucede en nuestra relación con Dios cuando lo invocamos, aparece la debilidad de nuestra fe y exigimos signos para creer: “Ellos le replicaron: ¿Qué signo haces para que al verlo creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo”.

    Jesús les ayuda para que descubran, quién es el que está detrás de él, y detrás del signo de la multiplicación de los panes, de la que ellos acababan de ser testigos, y les había suscitado el deseo de buscarlo: “Entonces Jesús les dijo: Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Ellos le dijeron: ¡Señor, danos siempre de ese pan! Jesús les respondió: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

    Preguntémonos si necesito de constantes pruebas para creer en Jesucristo, pan de la vida, o si ya he aprendido a descubrir que lo más importante es alimentar el espíritu, para que creciendo se desarrolle mi manera de ver la vida como un camino a la trascendencia y la eternidad; y no quedarme fascinado, atraído por las realidades terrenas.

    Aprendamos a disfrutar cuando en nuestro contexto de vida seamos testigos de prodigios que nos sorprenden y maravillan, porque no encontramos explicación alguna. Son ocasiones privilegiadas para fortalecer nuestra mirada a la trascendencia y descubrir la intervención divina. Pero nunca exijamos a Dios que las realice.

    A Jesús hay que buscarlo para escuchar sus enseñanzas, y aceptar su misión para hacerla nuestra. Hay que sumarse a él como un discípulo más y evitar querer aprisionarlo para nuestro servicio e interés. ¡Nunca podremos manipularlo! Por el contrario, será Jesús el que indique el camino y ofrezca el alimento para recorrerlo.

    Al escuchar esta escena, es conveniente preguntarnos: ¿Y yo busco a Jesús para conocerlo, seguirlo, y obedecerlo, o solamente lo busco para mi beneficio temporal y para mi propio interés? ¿Como buen discípulo invoco a Dios Padre para recibir el pan del cielo, y así fortalecerme y capacitarme en el seguimiento de Jesús? Porque Jesús respondió claramente: “Ésta es la obra de Dios, que crean en aquel que él ha enviado”.

    De esta manera entenderemos la afirmación de San Pablo en la segunda lectura: “No deben ustedes vivir como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios. Esto no es lo que ustedes han aprendido de Jesucristo; han oído hablar de él y en él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús. Él les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, corrompido por deseos de placer”.

    Jesús ofrece una vida nueva para la que debemos renacer. Esta nueva vida la obtendremos conociendo sus enseñanzas y viviendo acorde a ellas. Este recorrido se alimenta mediante el pan del cielo, ¿y cuál es el pan del cielo? El maná en el desierto fue una figura, como muchas otras en el Antiguo Testamento. “Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo”.

    Este pan del cielo se hace presente en cada Eucaristía, el pan es la presencia sacramental de Jesucristo, que nos sostiene y fortalece para mantenernos como sus discípulos hasta el final de nuestra vida. Por eso hemos escuchado a San Pablo que afirma con gran contundencia: “dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad”.

    Mantengámonos siempre firmes y constantes; y cuando venga la tentación de abandonar el camino y claudicar de nuestros esfuerzos, invoquemos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que como tierna y amorosa Madre nos infundirá vigor y confianza para seguir siendo fieles discípulos de su Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- 4 bendiciones que Jesús dio a la humanidad- 11/07/2021

    Homilía- 4 bendiciones que Jesús dio a la humanidad- 11/07/2021

    «Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo, Israel”.

    De nuevo este Domingo continúa la temática del profetismo. El Reino del norte o Reino de Israel rápidamente se caracterizó por aceptar la idolatría y por tanto, la abierta infidelidad a la Alianza del Sinaí, pactada mediante Moisés, cuando liberó de la esclavitud de Egipto, a los descendientes del Patriarca Jacob, y que fue factor determinante para constituir el pueblo elegido por Dios, y que había prometido a Abraham, Isaac y Jacob.

    Hemos escuchado en la primera lectura la reclamación y expulsión del territorio del Reino de Israel, que Amasías, Sacerdote de Betel, dirigió al Profeta Amós: “Vete de aquí, visionario, y huye al país de Judá; gánate allá el pan, profetizando; pero no vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo del reino”.

    La respuesta de Amós es altamente significativa al señalar que el profetismo querido por Dios no se transmite por herencia, como sucedía con el sacerdocio levítico del Antiguo Testamento, sino por el llamado de Dios.

    En el mensaje que emitió en su respuesta el profeta Amós, ofrece dos aspectos fundamentales para entender el profetismo querido por Dios, asumido por Jesucristo y que debe ejercitar todo discípulo de Cristo en lo personal y en lo comunitario: escuchar y responder al llamado; es decir, descubrir la propia vocación y cumplir fielmente la misión.

    El evangelio de hoy relata que Jesús asume estas dos características para que las vivan sus discípulos, con lo cual los convierte en profetas; por tanto, debemos ser profetas todos los bautizados en el nombre de Jesucristo: “Jesús llamó a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica”.

    Pero además señala dos elementos que ayudarán favorablemente a todo discípulo para cumplir de manera fecunda su profetismo. El primer elemento es el poder sobre los espíritus inmundos, es decir, la garantía de ser asistidos y fortalecidos por el Espíritu Santo, para enfrentar el mal y descubrir con su luz los formas para superar el mal en sus diversas modalidades de presencia, tanto en la tentación y como en la lamentable caída.

    El segundo elemento consiste en realizar la misión con plena libertad favoreciendo el desarrollo de la confianza en Dios, y el aprendizaje para no supeditar el cumplimiento de la encomienda a tener las mejores condiciones para su realización. Es decir con el mínimo indispensable hay que lanzarnos a la misión.

    Este ejercicio de actuar en la gratuidad y el desapego a las cosas materiales permite con mayor facilidad y rapidez el desarrollo espiritual de la persona y de la comunidad eclesial. Conduce a la sensibilidad para descubrir la acción de Dios en las personas a quienes se comparte el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, y prepara a la persona para asumir con plena confianza la promesa de Cristo de ser recibidos en la Casa del Padre por toda la eternidad. Así es como se desarrolla la vida nueva del Espíritu, que en semilla recibimos en nuestro Bautismo.

    En la segunda lectura San Pablo expresa el inmenso beneficio que nos ha traído Jesucristo a la humanidad: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, …para que fuéramos sus hijos, para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado …Con Cristo somos herederos también nosotros. Para esto estábamos, destinados, por decisión del que lo hace todo según su voluntad”.

    En efecto la adopción para ser hijos de Dios se ha realizado en Jesucristo; y los beneficios que describe el apóstol son cuatro:

    La redención, ser rescatados del mal y la condenación eterna, y ser capaces de perdonar ya que hemos sido perdonados: “por Cristo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.

    Recibir la gracia abundante del auxilio divino concediéndonos la sabiduría para conocer la voluntad divina y así responder con plena libertad a esa voluntad: “Él ha prodigado sobre nosotros el tesoro de su gracia, con toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad”.

    Ser testigos de su amor y así hacerlo presente en el mundo: “para que fuéramos una alabanza continua de su gloria, nosotros, los que ya antes esperábamos en Cristo”.

    Quedar marcados por el Espíritu Santo, garantizando nuestra herencia y dándonos la capacidad para descubrir la verdad, y obtener la fortaleza necesaria para manifestar el camino de liberación de todos los males: “después de escuchar la palabra de la verdad, el Evangelio de su salvación, y después de creer, han sido marcados con el Espíritu Santo prometido. Este Espíritu es la garantía de nuestra herencia, mientras llega la liberación del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria”.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe es la primicia que expresa las maravillas que Dios hace con quienes ponen su confianza en él, escuchan su voz, aceptan su voluntad y la ponen en práctica. Acudamos a ella y pidámosle nos acompañe para ser buenos discípulos de su Hijo Jesucristo, y como profetas demos testimonio del amor y de la misericordia divina en nuestro tiempo y en favor de nuestros prójimos.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- Misa Exequial de Mons. Abelardo Alvarado Alcántara- 5/07/21

    Homilía- Misa Exequial de Mons. Abelardo Alvarado Alcántara- 5/07/21

    “Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará en favor del humillado, de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios. Yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán; ésta es la firme esperanza que tengo” (Job 19, 25-27).

    En esta confesión que hace Job cuando sufre la más dura tragedia de su vida expresa su confianza y su esperanza en Dios. Para poder llegar a esta experiencia siempre se necesita que durante la vida tengamos luz que me oriente. ¿Quién es esa luz que nos puede orientar definitivamente al término de nuestra vida terrenal, y así llegar, sabiendo lo que nos espera con la alegría de haber llegado a la meta, porque en ella descubriremos nuestro verdadero destino. Esa luz y salvación la encontramos en Jesucristo.

    Job no lo conoció, vivió antes de Jesús, de manera que tenemos todavía mayor capacidad y recursos quienes somos discípulos de Cristo, para caminar en esta vida, afrontando toda serie de dificultades.

    En estos últimos días, Monseñor Abelardo vivió el sufrimiento en sus máximas expresiones, pero en su corazón lo que vivió a lo largo de su vida, la entrega al Señor respondiendo a su vocación, sin lugar a duda le preparó para esperar este momento con alegría.

    En el Evangelio de San Juan, que hemos escuchado hoy, dice Jesús: “Todo lo que me ha dado el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera porque he bajado del Cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”(Juan 5, 19).

    Y luego expresa Jesús esa voluntad del Padre, dice: “Ésta es la voluntad de mi Padre, la que vengo yo a realizar, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Juan 5, 24).

    Ciertamente la separación de un ser querido, de un ser estimado, – todos los que conocimos a Monseñor Abelardo, siempre dispuesto a servir a la Iglesia y buscando los caminos para encontrar la mejor manera de que este servicio llegara a la sociedad- sin duda queremos alegrarnos por su encuentro con el Señor, dentro de lo que significa la separación física al morir, la fe supera ese temor a la muerte.

    Recuerda el apóstol San Pablo en la segunda lectura: “Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo, Él transformará nuestro cuerpo humilde”. Tan humilde como ahora se encuentran los restos de Monseñor Abelardo, hechos cenizas, sin embargo, afirma San Pablo, “Él transformará nuestro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso, de Jesucristo, el Señor, con esa energía que posee para sometérselo todo” (Flp. 3, 20-21).

    Ésta es nuestra fe cristiana: esta vida es paso, para aprender a caminar en ella es indispensable tener siempre presente el sentido de la trascendencia, de que ésta no es nuestra morada eterna, la tenemos que trascender, pasar más allá, porque más allá está quien nos ha creado, generosamente nos ha otorgado la vida y nos espera para compartirnos la vida misma de Dios, que es el amor.

    Con estos sentimientos encontrados, humanamente el dolor, pero iluminados con las palabras y la vida de Jesucristo, entreguemos así a Monseñor Abelardo, y agradezcámosle a nuestro Padre Dios, la vida y el servicio que ha hecho, particularmente en esta Arquidiócesis de México, a la Conferencia del Episcopado Mexicano, y en general a la Iglesia.

    Que así sea.

  • Homilía- Todos estamos llamados a ser profetas- 04/07/21

    Homilía- Todos estamos llamados a ser profetas- 04/07/21

    El espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía: Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

    Estas palabras dirigidas al Profeta Ezequiel son una óptima ocasión para reflexionar sobre nuestra personal vocación de ser Profetas, misión que se nos ha encomendado desde nuestro Bautismo, porque en el, fuimos incorporados a Cristo Sacerdote, Profeta, y Rey. Es decir, todo bautizado en el nombre de Jesucristo, está llamado a ser profeta, transmitiendo de palabra y de obra las enseñanzas de Jesucristo, y llevando a cabo dicha tarea en comunión con su respectiva comunidad eclesial.

    La advertencia de Dios, al decir que el profeta debe transmitir el mensaje lo escuchen o no, es porque la respuesta de quien escucha debe ser libre, y si no escucha es su responsabilidad personal, pero el profeta no debe supeditar su misión excusándose que no le hacen caso.

    Dios conoce los corazones de sus hijos y sabe que unos son más testarudos y obstinados, otros soberbios y rebeldes, pero su paciencia no tiene límites, ya que somos sus hijos y nos ama por encima de nuestra conducta. Dios exige al profeta transmitir con ocasión y sin ella, lo escuchen o no, porque desea que no exista el pretexto y digan: No hubo un profeta que nos advirtiera nuestros errores.

    En este primer punto de las enseñanzas que hoy presenta la Palabra de Dios, es oportuno cuestionarnos con la siguientes interrogantes: ¿He ejercido mi misión de Profeta, he compartido mi experiencia como discípulo de Jesucristo? ¿Me han escuchado o me han rechazado? ¿Qué actitudes han surgido en mí ante los éxitos y ante los fracasos?

    Por lo que respecta a la segunda lectura, el Apóstol San Pablo advierte desde su propia experiencia, que la aceptación humilde del sufrimiento personal por alguna enfermedad, por dificultades insuperables, por burlas o insultos, por amenazas y persecuciones se convierte en fortaleza y desarrollo espiritual para afrontarlas, generando la sensibilidad para descubrir la intervención divina ante el rechazo explícito a la predicación de la Palabra de Dios: “Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte”.

    Esta experiencia de relativos fracasos y sufrimientos en la misión para transmitir la Buena Nueva es un magnífico auxilio para superar la soberbia, que espontáneamente surge ante los éxitos y reconocimientos recibidos y reconocidos por la Institución Eclesial.

    La soberbia es la gran tentación de todo ser humano, porque nuestro instinto y anhelo de superación, seduce a nuestro espíritu para asumir los éxitos como resultado exclusivo o preponderante de mi personalidad, y en esa ruta se desarrolla en mi una sordera para escuchar las opiniones de los demás, una ceguera para valorar las experiencia ajenas, y una intolerancia ante los propuestas diversas a mis puntos de vista.

    En este sentido es muy provechoso y oportuno escuchar la confesión de San Pablo: “Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

    Les propongo preguntarnos: ¿He sabido conducirme ante las tentaciones de la soberbia? ¿He desarrollado la necesaria humildad, confiando en la misericordia divina, cuando me he enfrentado al sufrimiento? ¿He aceptado mis debilidades y fragilidades o las descargo culpabilizando a otros de lo que me sucede?

    El Evangelio de hoy presenta las dudas de los nazarenos sobre la sabiduría expresada por Jesús, ejemplificando la frecuente dificultad de los más cercanos para aceptar el buen desarrollo de quienes lo conocieron antes: “Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y estaban desconcertados”.

    ¿De dónde le viene la sabiduría y las demás virtudes, a quien yo conozco desde niño? Con este cuestionamiento surgen los celos, la envidia y el rechazo al que desarrolla cualidades y habilidades que yo no tengo, a quien despunta por encima de los demás, y a quien a pesar de su menor edad puede superar a los mayores.

    ¿Cuál ha sido mi experiencia en mis relaciones con los demás, he dejado crecer la soberbia en mí o he reconocido mis propias cualidades y mis limitaciones y las de los demás? ¿Cuál ha sido mi actitud ante mis compañeros de escuela, en el campo laboral, e incluso en mi propia familia cuando percibo que me superan?

    Recordemos las palabras de Jesús “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos, imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos”. La incredulidad obstaculiza descubrir la acción de Dios en favor de nuestra persona o de la comunidad.

    Contemplemos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, y pidámosle que aprendamos de ella a mirar con amor y misericordia a quien me acompaña, a quien se me acerca, a quien me solicita ayuda.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    Homilía- Ordenaciones sacerdotales- 29/06/2021

    “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él”.

    La fortaleza de los apóstoles Pedro y Pablo estaba cimentada en su doble relación muy bien mancomunada, tanto con Dios como con la comunidad cristiana. Ésta debe ser la piedra fundamental de la espiritualidad de un presbítero, mediante la oración en todas sus formas, y mediante la comunión eclesial con su Obispo y con la comunidad que se le ha encomendado.

    En efecto,  al Presbítero lo define la Iglesia como el colaborador indispensable del Obispo. Dos características complementarias que se explican y entienden con relativa facilidad, un colaborador es aquella persona que recibe una encomienda, por tanto él actuará conforme al mandato de su autoridad, que en este caso es su Obispo.

    Pero no solamente recibe cualquier encomienda sino que se trata de una responsabilidad para la cual ha sido preparado, formado integralmente, y que solamente quienes han sido, en este caso ordenados presbíteros, podrán llevarla a cabo.

    “Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo entonces: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

    La encomienda a Pedro de ser la Piedra sobre la que se edifica la Iglesia expresa que es la base y el cimiento indispensable para mantener la unidad del edificio. La comunión y la unidad son indispensables para mantener la Iglesia. La jerarquía eclesiástica es la prolongación del servicio, que inició Pedro en nombre de Jesucristo, y con el auxilio de Espíritu Santo.

    Por esta razón, debido a que el Obispo, como cualquier otra persona está limitado en tiempo y espacio, necesita del cuerpo de presbíteros para poder cumplir la misión de evangelizar y ser cabeza de una determinada porción del Pueblo de Dios, que se llama Diócesis. Así Obispo y Presbíteros cuidarán, acompañarán y conducirán en comunión, entre sí y con los demás agentes de la acción pastoral, para servir a las comunidades parroquiales y a los fieles en general.

    Los Presbíteros en comunión con su Obispo, sucesor de los Apóstoles, deben siempre recordar y reconocer que son llamados a servir a la comunidad de discípulos de Cristo. Les deseo que vivan su ministerio sostenidos por la espiritualidad de la comunión y puedan al final de su vida expresar como San Pablo: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento”.

    Ordenaciones sacerdotales 2021.
    Ordenaciones sacerdotales 2021.

     

  • Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

    Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal”.

    Dios Creador es el Dios de la vida, afirma el libro de la Sabiduría; y además afirma que: “Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo”.

    La llegada a la Casa del Padre para compartir con Él la vida eterna en el amor y la felicidad plena, exige la preparación para recibir tan sorprendente regalo y para capacitarnos al amor gratuito y desinteresado, es decir, que no espera nada a cambio, porque ése, es el verdadero amor. Esta experiencia debe vivirse, reconociendo la gratuidad del don y, aprendiendo en completa libertad a relacionarnos con los demás, buscando siempre el bien del otro por encima del propio bien. Ésta es la finalidad de nuestro tránsito en el mundo.

    El amor a la vida propia como don recibido para compartir con los demás, abre las puertas del corazón a la generosidad para la práctica de la misericordia y de  la caridad. San Pablo explica que: “No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades. En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba”.

    En este sentido es pedagógico el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hoy, donde Jesús escucha al jefe de la Sinagoga y atiende de inmediato a su súplica, poniéndose en camino: “Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: «Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva». Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba”.

    Sin embargo acontece, que una mujer toca el manto de Jesús y queda de inmediato curada del flujo de sangre, que padecía desde hacía doce años. Jesús se detiene, y la busca en medio de la muchedumbre, para encontrarla, “la mujer se acercó, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

    En esta escena descubramos, que a Jesús no solo le interesa nuestra salud física, sino prioritariamente la salud espiritual, que recibimos cuando nos encontramos con Él mediante la fe, en medio de nuestras circunstancias especialmente dolorosas o trágicas.

    Por esta razón Jesús se detuvo, y mientras tanto llegó la información a Jairo, que su hija ya había muerto, y que ya no tenía caso molestar al Maestro, sin embargo Jesús escuchando la información interviene, y genera la esperanza en Jairo: “Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas. Basta que tengas fe”.

    Lo que pide Jesús es la fe; cuantas escenas no hemos conocido de situaciones verdaderamente dramáticas de quienes sufren la tragedia y expresan la fe en Dios Padre, y la esperanza de salir adelante; en muchas ocasiones obtienen verdaderos milagros, y en otras la fortaleza indescriptible para afrontar las difíciles circunstancias. Queda en ambos casos la percepción, que Dios de alguna manera ha intervenido y ha escuchado las súplicas.

    El final de la escena también tiene su enseñanza. Siempre habrá quienes no creen en la intervención de Dios en la historia, y propalan su convicción a diestra y siniestra, hasta con ironías y menosprecio: “Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: ¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de él”.

    Sin embargo Jairo sigue con Jesús lo lleva donde estaba su hija, y el milagro acontece: “Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: ¡Talitá, kum!, que significa: ¡Óyeme, niña, levántate! La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar”.

    Ante la meditación de esta página del evangelio los invito a reflexionar sobre las circunstancias difíciles que hemos atravesado en nuestra vida, ¿cómo las hemos afrontado? ¿Cómo hemos salido de ellas? ¿Derrumbados y sin ánimo de seguir adelante o fortalecidos en la fe y en la esperanza?

    San Pablo en la segunda lectura recordaba la razón por la cual el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María para compartir nuestras pobrezas y limitaciones: “Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.

    Al venir a esta Casita Sagrada en la que se muestra el amor y la ternura de Nuestra Madre, María de Guadalupe, ¿cuántos peregrinos han pasado en estos casi 5 siglos de su presencia entre nosotros, y cuántos han regresado para agradecer su amor y su misericordia?

    También nosotros hoy acudamos a ella, y presentémosle nuestra experiencia de vida, con toda confianza hablémosle de nuestras penas y alegrías, de nuestras angustias y logros; y pidámosle que nos de la valentía de transmitir, en nuestros contextos existenciales, la fe en su Hijo, Palabra del Padre, que prometió acompañarnos mediante el Espíritu Santo. No tengamos miedo de relatar a nuestros contemporáneos las maravillas, que el Señor sigue obrando, a pesar de tanta violencia e injusticia en nuestro tiempo.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía-¿Qué sembramos en nuestra vida?- 13/06/2021

    Homilía-¿Qué sembramos en nuestra vida?- 13/06/2021

    «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

    La complementariedad entre el trabajo del agricultor y la respuesta de la tierra nos hacen ver la necesidad de ambos para obtener el beneficio de la cosecha. Una interpretación de esta parábola es identificar al sembrador en cada ser humano, y considerar como su tierra: su contexto familiar, laboral y social. Si siembra bondad, generosidad, comprensión, colaboración, confianza, ciertamente cosechará felicidad, alegría, esperanza, y en sus necesidades obtendrá ayuda y cooperación.

    ¿Por ello es oportuno preguntarnos cada día al caer la tarde, qué he sembrado hoy en mi contexto de vida? Y dormir tranquilamente si nuestra siembra ha sido buena semilla. De lo contrario, deberemos tomar conciencia para al amanecer de un nuevo día, corregir y rectificar mi actitud y mi conducta.

    Nunca debe desanimarnos que tarde la cosecha, los tiempos de espera son siempre diferentes, como la tierra en que se siembra depende de la colaboración del sol y de la lluvia, que son indispensables. Así también la respuesta de cada uno de nuestros semejantes no será al mismo tiempo ni de la misma manera. Recordemos que hay cosechas abundantes y otras escasas, incluso algunas perdidas.

    Otras veces nos acontecerá que de un pequeño esfuerzo personal o comunitario, obtendremos respuestas contundentes y rápidas, que nos sorprenderán alegremente. En esas ocasiones se cumplirá la otra Parábola, que hemos escuchado de labios de Jesús: «El Reino de Dios es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

    Estas Parábolas y su permanente enseñanza manifiestan además la importancia de la relación de las creaturas con la Naturaleza. Por ello invito a todos asumir el compromiso de leer y reflexionar la Carta Encíclica del Papa Francisco “Laudato Si´”. En ella nos invita a retomar la permanente observación de la naturaleza y descubrir en su orden y en sus recursos indispensables para la vida humana, la importancia de cuidarla y protegerla, y especialmente a descubrir nuestra sacralidad.

    Afirma el Papa Francisco: Además la contemplación de lo creado nos permitirá descubrir alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque «para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa». Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la Sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche». Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: «Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al  intentar  descifrar  la  del  mundo» (LS No. 85).

    En general en la vida de las ciudades se ha perdido esta habitual observación y aprendizaje que ofrece la naturaleza en sus diferentes ámbitos. Sin embargo las nuevas generaciones han manifestado una gran sensibilidad e interés por la ecología, que debemos acompañar y apoyar; ya que mediante la observación y el respeto al orden de la Creación para la sustentabilidad de nuestra Casa Común, descubriremos la responsabilidad propia del ser humano como administradores que  cuidan y  protegen nuestro planeta; y obtendremos la convicción de hacerlo al constatar los beneficios de dichos cuidados.

    Pero además podremos afrontar el gran desafío de transmitir la fe en Dios Creador que se manifiesta en la complementariedad y en el magnífico y admirable orden que guarda la naturaleza en sí misma. Los llamo pues, a considerar la necesidad de una conversión ecológica como lo indica también el Papa Francisco: los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores», la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior… hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. (LS No. 217).

    Incluso el adentrarnos en el orden de la Creación y en la responsabilidad común de cuidar la sustentabilidad de nuestra Casa Común, será un caminar en la esperanza, al adquirir elementos de la experiencia humana, que mostrarán la ternura y generosidad del Creador, con lo que crecerá nuestra confianza en una vida futura insospechadamente gloriosa, para dejarnos conducir guiados por la fe, obteniendo la experiencia que hoy escuchamos de San Pablo: “Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor”.

    Aprenderemos así a tomar conciencia de nuestro paso terrenal, asumiendo nuestras responsabilidades cotidianas, y avizorando nuestro feliz destino para el que fuimos creados: una vida sin fin, compartiendo la vida de Dios, que es el Amor. Y podremos superar el desafío de encontrar los caminos para transmitir a las nuevas generaciones, el sentido de la vida temporal, y la fortaleza para afrontar adversidades y conflictos de manera positiva, descubriendo que no vamos solos, y mucho menos que estamos abandonados a nuestra suerte, sino siempre acompañados, de quien nos ha dado la vida, y nos espera con inmenso gozo para compartirnos su casa eternamente.

    Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe que aprendamos de ella, tanto la confianza que tuvo en la Palabra de Dios, como en asumir en plena obediencia su proyecto salvador.

    Oración

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Enséñanos a orar con los salmos, como tú lo hacías, proclamando las maravillas del Señor: ¡Qué bueno es darte gracias, Dios altísimo, y celebrar tu nombre, pregonando tu amor cada mañana y tu fidelidad, todas las noches!

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía en la ordenación de los diáconos transitorios – 11/06/21

    “Cuando Israel era niño, yo lo amé… Yo fui quien enseñó a andar a Efraín; yo, quien lo llevaba en brazos; pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor. Yo fui para ellos como un padre que estrecha a su creatura, y se inclina hacia ella para darle de comer”.

    Qué importante es y será para Ustedes, queridos ordenandos, recordar siempre que el Señor Dios, Nuestro Padre, los eligió, y los llamó a servir a sus hermanos mediante el sacerdocio ministerial, que hoy reciben en el grado de Diáconos, pero que esperan más adelante alcanzar el grado de Presbíteros para ser testigos del amor misericordioso de Dios, proclamadores y conductores del Pueblo de Dios, para hacer presente el Reino de Dios entre nosotros y edificar la Civilización del Amor.

    Para ello se han preparado por años, bajo la conducción y ayuda de sus formadores, para en nombre de Jesús, y en comunión con su Presbiterio y su Obispo, enseñar a quien no ha aprendido la manera de seguir a Jesús; a cuidar con afecto y cariño a su comunidad parroquial; a ser padre en la fe, de quienes sean encomendados a su responsabilidad; a darles el alimento de la Palabra de Dios, de la sana doctrina y del magisterio pontificio y episcopal; a orientarlos, motivarlos, y acompañarlos en el servicio de la Caridad, especialmente con los pobres, indigentes, enfermos, migrantes, reclusos, desorientados o angustiados, y desamparados en general.

    Para ello, es necesario tener presente, que dicho cumplimiento les será siempre posible realizarlo alegremente, con entusiasmo y esperanza, si lo llevan a cabo en comunión con los demás diáconos y presbíteros, en coordinación con mis colaboradores en las distintas instancias del gobierno de nuestra querida Arquidiócesis, y bajo la conducción de un servidor, como su Obispo. Será así como demos respuesta laudable y eficiente en beneficio de nuestros fieles católicos y de nuestra sociedad en general.

    La recepción del Orden del Diaconado en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús les recordará que del costado atravesado por la lanza, brotó «sangre y agua», como expresa San Juan: “Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua”. Símbolo del «Sacramento» admirable de su Iglesia que nace mediante la entrega de su vida; y en particular, mediante el agua, símbolo del Bautismo, y mediante la sangre derramada en la cruz, de la Eucaristía.

    Con esta experiencia de vida, podrán como San Pablo, reconocer y transmitir a sus fieles con su entrega generosa, su confesión de fe: “Me arrodillo ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que, conforme a los tesoros de su bondad, les conceda que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite por la fe en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender con todo el pueblo de Dios, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, y experimentar ese amor, que sobrepasa todo conocimiento humano, para que así queden ustedes colmados con la plenitud misma de Dios”. ¡Que así sea!