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  • Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Homilia- ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?- 23/08/21

    Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Muchos discípulos de Jesús que lo habían oído, decían: «¡Es dura esta enseñanza! ¿Quién puede aceptarla?”.

    De todos los que seguían a Jesús, la mayoría lo hacía por las obras de Jesús en favor de los enfermos, necesitados o hambrientos, no lo seguían por sus enseñanzas. Por eso no se preguntaban, ¿quién es Jesús?

    Cuando Jesús les habla del alimento espiritual, del pan de la vida, y les confiesa que él es el pan de la vida, y que habrán de comer su carne y su sangre para obtener esa vida del Espíritu, la mayoría de los discípulos ni lo entienden ni lo aceptan.

    Dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, Jesús les preguntó: ¿Esto los escandaliza? Entonces, ¿qué sucederá cuando vean al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne de nada ayuda. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.

    Ante el escándalo que causan sus enseñanzas, Jesús interpela a sus discípulos, aclarándoles que para aceptar su doctrina y seguirlo, es indispensable la Fe: Creer que Jesús viene de lo alto, que se ha encarnado, y creer en esta verdad es aceptar que el Padre de Jesús es Dios. Por eso Jesús les advierte: “Hay algunos entre ustedes que se niegan a creer”…”Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo abandonaron y no andaban más con él”.

    Ante la deserción de los seguidores, que debió ser una situación dolorosa y quizá frustrante, Jesús plantea la pregunta al grupo de los doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Es necesario expresar pública y abiertamente la decisión de seguir con Jesús. Hay que definirse. Después de un tiempo de conocerlo, escucharlo y relacionarse con Jesús, es necesario optar por él, asumir conscientemente la decisión de seguirlo y convertirse en un discípulo que se suma al grupo.

    El pueblo de Israel debió optar claramente y expresar su aceptación: “Josué dijo al pueblo: Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir… en cuanto a mi toca, mi familia y yo serviremos al Señor…El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor…El fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y en los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

    ¿Agradezco a Dios el haber conocido a Jesús? ¿Agradezco la llamada, la vocación que he recibido para ser su discípulo? ¿Pido la gracia para corresponder a la llamada? ¿Soy ya un discípulo que ha optado por Jesús?

    Es interesante considerar que es el mismo Jesús, quien suscita el cuestionamiento, y provoca la deserción. Está convencido que necesita discípulos creyentes de su palabra, y que sostenidos por la fe puedan dar testimonio con su vida, de que creen en sus enseñanzas y viven acorde a ellas.

    La respuesta de Pedro en plural manifiesta que es el sentir de todos: “Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros hemos creído y reconocido que tú eres el Santo de Dios”.

    Jesús había aclarado: “Les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. La llamada y la elección es del Padre, a través de Jesucristo, y la decisión de responder al llamado es del discípulo.

    ¿Asumo como Pedro y los doce mi identidad de pertenencia al grupo de discípulos de Cristo? Si he asumido esta identidad, entonces debo ser consecuente y preguntarme:

    ¿Me identifico con la Iglesia, me siento perteneciente a ella, contemplo el misterio que entraña?¿Amo a la Iglesia y estoy dispuesto a servirla?

    La fe que sostiene mi opción por Cristo, necesita ser nutrida por el Pan de la vida, que se nos ofrece en la misa. ¿Es la Eucaristía, el momento pleno de mi participación en la vida de la Iglesia y en la comunión con Dios? Esta experiencia de vida manifestará la coherencia de mi fe, al compartir con la comunidad eclesial mi identidad y pertenencia como miembro activo de la comunidad de discípulos de Cristo.

    En este contexto entenderemos muy bien la exhortación de San Pablo que hoy hemos escuchado sobre la relación del esposo con su esposa, fundamento de la familia como Iglesia doméstica: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor…Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

    La familia así constituida y bien fundamentada en el amor, transmitirá de manera contundente y convincente la fe a los hijos. De ahí que se le llame a la familia, la célula básica, no solamente de la Iglesia, sino también de la sociedad. Será una sociedad, que estará expresando los valores evangélicos, que son los mismos valores humano-espirituales, que anhela el ser humano por instinto natural, valores que Dios Padre ha sembrado en el corazón de la humanidad entera.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe ha venido a nuestras tierras para testimoniar el amor que su Hijo Jesucristo manifestó al mundo, entregando su vida por la redención de la humanidad. Pidámosle a ella, que seamos discípulos fieles de su hijo, y demos testimonio del amor en nuestros tiempos tan desafiantes.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

  • Homilía- Todos estamos llamados a ser profetas- 04/07/21

    Homilía- Todos estamos llamados a ser profetas- 04/07/21

    El espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía: Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

    Estas palabras dirigidas al Profeta Ezequiel son una óptima ocasión para reflexionar sobre nuestra personal vocación de ser Profetas, misión que se nos ha encomendado desde nuestro Bautismo, porque en el, fuimos incorporados a Cristo Sacerdote, Profeta, y Rey. Es decir, todo bautizado en el nombre de Jesucristo, está llamado a ser profeta, transmitiendo de palabra y de obra las enseñanzas de Jesucristo, y llevando a cabo dicha tarea en comunión con su respectiva comunidad eclesial.

    La advertencia de Dios, al decir que el profeta debe transmitir el mensaje lo escuchen o no, es porque la respuesta de quien escucha debe ser libre, y si no escucha es su responsabilidad personal, pero el profeta no debe supeditar su misión excusándose que no le hacen caso.

    Dios conoce los corazones de sus hijos y sabe que unos son más testarudos y obstinados, otros soberbios y rebeldes, pero su paciencia no tiene límites, ya que somos sus hijos y nos ama por encima de nuestra conducta. Dios exige al profeta transmitir con ocasión y sin ella, lo escuchen o no, porque desea que no exista el pretexto y digan: No hubo un profeta que nos advirtiera nuestros errores.

    En este primer punto de las enseñanzas que hoy presenta la Palabra de Dios, es oportuno cuestionarnos con la siguientes interrogantes: ¿He ejercido mi misión de Profeta, he compartido mi experiencia como discípulo de Jesucristo? ¿Me han escuchado o me han rechazado? ¿Qué actitudes han surgido en mí ante los éxitos y ante los fracasos?

    Por lo que respecta a la segunda lectura, el Apóstol San Pablo advierte desde su propia experiencia, que la aceptación humilde del sufrimiento personal por alguna enfermedad, por dificultades insuperables, por burlas o insultos, por amenazas y persecuciones se convierte en fortaleza y desarrollo espiritual para afrontarlas, generando la sensibilidad para descubrir la intervención divina ante el rechazo explícito a la predicación de la Palabra de Dios: “Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte”.

    Esta experiencia de relativos fracasos y sufrimientos en la misión para transmitir la Buena Nueva es un magnífico auxilio para superar la soberbia, que espontáneamente surge ante los éxitos y reconocimientos recibidos y reconocidos por la Institución Eclesial.

    La soberbia es la gran tentación de todo ser humano, porque nuestro instinto y anhelo de superación, seduce a nuestro espíritu para asumir los éxitos como resultado exclusivo o preponderante de mi personalidad, y en esa ruta se desarrolla en mi una sordera para escuchar las opiniones de los demás, una ceguera para valorar las experiencia ajenas, y una intolerancia ante los propuestas diversas a mis puntos de vista.

    En este sentido es muy provechoso y oportuno escuchar la confesión de San Pablo: “Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

    Les propongo preguntarnos: ¿He sabido conducirme ante las tentaciones de la soberbia? ¿He desarrollado la necesaria humildad, confiando en la misericordia divina, cuando me he enfrentado al sufrimiento? ¿He aceptado mis debilidades y fragilidades o las descargo culpabilizando a otros de lo que me sucede?

    El Evangelio de hoy presenta las dudas de los nazarenos sobre la sabiduría expresada por Jesús, ejemplificando la frecuente dificultad de los más cercanos para aceptar el buen desarrollo de quienes lo conocieron antes: “Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y estaban desconcertados”.

    ¿De dónde le viene la sabiduría y las demás virtudes, a quien yo conozco desde niño? Con este cuestionamiento surgen los celos, la envidia y el rechazo al que desarrolla cualidades y habilidades que yo no tengo, a quien despunta por encima de los demás, y a quien a pesar de su menor edad puede superar a los mayores.

    ¿Cuál ha sido mi experiencia en mis relaciones con los demás, he dejado crecer la soberbia en mí o he reconocido mis propias cualidades y mis limitaciones y las de los demás? ¿Cuál ha sido mi actitud ante mis compañeros de escuela, en el campo laboral, e incluso en mi propia familia cuando percibo que me superan?

    Recordemos las palabras de Jesús “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos, imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos”. La incredulidad obstaculiza descubrir la acción de Dios en favor de nuestra persona o de la comunidad.

    Contemplemos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, y pidámosle que aprendamos de ella a mirar con amor y misericordia a quien me acompaña, a quien se me acerca, a quien me solicita ayuda.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Homilía- ¿Tenemos el deseo de ser libres?- 14/03/21

    Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

    La fe cristiana cree en un Dios que es amor, según lo reveló Jesucristo, y la explicación del mal es consecuencia de la libertad del hombre, quien fue creado como imagen y semejanza de Dios. El amor exige necesariamente la libertad, y la verdadera libertad es tener la capacidad de decidir el bien o el mal. Al decidir el mal, se violenta de distinta manera el orden de la Creación, el orden tan admirable del Universo y de la Tierra en particular,  generando constantemente complicaciones y deterioro de las condiciones  de vida. Cuando las decisiones por el mal de la humanidad se multiplican, vienen las terribles consecuencias de destrucción y muerte.

    La presencia del mal en el mundo siempre ha sido, es y será una interrogante para todas las generaciones. En general la humanidad ha respondido a la interrogante, dejando la responsabilidad a Dios o a los dioses, según cada creencia religiosa; e incluso muchos ateos sostienen como argumento a su posición de incredulidad, que si hubiera un Ser superior llamado Dios, no existiría el mal en la tierra.

    En la Historia bíblica, casi en todo el antiguo testamento, se encuentran constantes expresiones en que el Pueblo de Israel también interpretaba el mal como castigo de Dios, cuando en realidad era consecuencia de sus malas decisiones: “El Señor, Dios  de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio”.

    Es muy fácil descargar nuestras lamentaciones atribuyéndoselas a Dios, sin embargo,  Él tiene paciencia milenaria, compasión y misericordia para fortalecer el espíritu de todos los que obran buscando el bien de los demás. Lentamente en un largo proceso, que culminó con Jesucristo, quedó manifiesta la naturaleza del Dios de la vida, cuya capacidad de amar se expresa en la infinita paciencia y misericordia con la humanidad: “La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran”.

    La libertad es una condición indispensable para amar, solo el ser libre puede elegir, decidir y actuar en consecuencia para bien o para mal. A pesar del gran riesgo que implica, no hay otro camino que la libertad para capacitarnos en el amor. La definición de amor, no es simplemente dar gusto a los sentidos, ni tampoco es dar o recibir halagos, bienes, o la ayuda para cumplir metas, no obstante que sean buenas.

    El amor al que se refiere san Juan es el que vivió Jesucristo como hombre al haberse encarnado, entregar su vida buscando el bien de los demás, servir sin esperar recompensa, amar hasta el extremo de entregar su vida misma, revelando la verdad sobre Dios y sobre el hombre; para darnos así ejemplo vivo del amor de Dios su Padre, y para revelar lo que espera Dios de nosotros: que aprendamos a amar para compartir con él su naturaleza por toda la eternidad.

    Encontramos una amplia gama de enseñanzas que muestran una y otra vez, que Dios es misericordioso y quiere nuestro bien. Como lo escuchamos en voz de san Pablo: “Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados”.

    Si Jesús afronta el sufrimiento de la pasión y muerte es para mostrarnos que también nosotros debemos seguir su ejemplo cuando nos encontremos ante el sufrimiento, el dolor, la injusticia, o la muerte misma. La fortaleza nos vendrá como don del Espíritu de Dios, nuestro Padre, que tanto nos ha amado, y por eso envió a su Hijo al mundo. El es, el Dios de la vida y no de la muerte: “Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

    Es conveniente preguntarnos en esta Cuaresma: ¿Tengo deseos de ser libre y caminar acorde a la Verdad; o prefiero seguir en la noche, sumido en las tinieblas, sin rumbo en mi vida? ¿Me dirijo a Dios con la conciencia de que me ama entrañablemente y que hará por mí todo lo que me auxilie y ayude para seguir a Jesús?

    Cuando se opta por el bien común, pensando en toda la sociedad, la consecuencia son bendiciones y prosperidad no necesariamente material de comodidades, sino una prosperidad de crecimiento en la fraternidad universal, solidaria, subsidiaria y de vida digna para todos, y consecuentemente en un ambiente de Justicia y de Paz.

    Por ello, los invito a preguntarse: ¿Descubro el plan salvífico de Dios para la humanidad? ¿Me entusiasma y me llena de esperanza conocer la razón por la que Dios Padre envió a Jesús al mundo?

    Sin embargo uno debe tener muy en cuenta lo que afirma san Pablo, para no caer en la soberbia espiritual de considerarnos mejores que los demás, porque hemos descubierto su amor y su misericordia: “En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”.

    Debemos transmitir el amor,  por gracia de Dios, como lo hace Nuestra Madre, María  de Guadalupe. Invoquemos su auxilio para seguir sus pasos y llegar a ser humildes y fieles discípulos de su Hijo, y así promovamos ante esta pandemia, una sociedad fraterna, donde nuestros vecinos y conocidos encuentren un ambiente propicio de ayuda mutua y de solidaridad.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo  de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.