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  • Animar nuestra conversión pastoral- Homilía- 6/12/2020-Domingo II de Adviento

    Animar nuestra conversión pastoral- Homilía- 6/12/2020-Domingo II de Adviento

    “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados….Proclamaba: Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

    Este segundo Domingo del Adviento la liturgia presenta a Juan Bautista, cumpliendo su misión, la cual tiene dos aspectos: invitar al arrepentimiento de los pecados, de las equivocaciones, de las negligencias, de los atropellos y del incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios; el arrepentimiento de corazón obtiene el perdón de los pecados y su consecuencia es el cambio de conducta, adecuando la vida personal a la observancia de los Mandamientos; esto es lo que llamamos: Conversión personal.

    El segundo aspecto de la misión de Juan Bautista es anunciar la inminencia de la llegada del Mesías y sus características. La misión del Mesías, es más grande e importante, por eso Juan ha dicho: “viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias”. Juan predica el arrepentimiento, anuncia la llegada del Mesías, y señala con claridad que el Mesías ofrecerá algo totalmente nuevo y sorprendente: “él los bautizará con el Espíritu Santo”.

    Para responder a la llamada de Juan Bautista basta reconocer nuestras faltas y pedir perdón. Para responder a la misión de Jesucristo, el Mesías anunciado, es indispensable recibir el bautismo con el Espíritu Santo y aprender a dejar conducirnos por él, con plena fidelidad y generosa entrega, creyendo en el anuncio y presencia del Reino de Dios entre nosotros; es decir, creer y proclamar que Dios camina con nosotros para edificar la civilización del amor. A este proceso la Iglesia lo ha llamado Conversión Pastoral.

    En efecto, la Conversión Pastoral es creer el anuncio de la Buena Nueva, Dios está en medio de nosotros, y esa presencia ha llegado con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y trae el encargo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón:… Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo… Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

    En nuestros días, son muchos los que habitualmente reaccionan a este gozoso anuncio, afirmando que la venida de Jesús, el Hijo de Dios vivo, el mundo no ha cambiado nada en estos 21 Siglos, que sigue siendo vapuleado por la maldad, y la relación entre los pueblos y naciones continúa siendo belicosa, y que en general los criterios de la sociedad y de la gente, favorecen la actitud de someter y controlar al débil y desprotegido.

    Para explicar esta constante afirmación, san Pedro recuerda con gran claridad, que Dios Padre ama entrañablemente a todas las creaturas, al afirmar: “No olviden que, para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”.

    En efecto, Dios vive en la eternidad, y para él, todo es presente, no hay pasado ni futuro, conoce a fondo nuestros pensamientos y nuestras acciones, sabe nuestro recorrido existencial, y propicia los caminos de salvación para el pecador, a través de quienes lo reconocemos como el verdadero Dios, de quien procede la vida y por quien se obtiene la vida eterna. En una palabra, Dios interviene en la Historia a través de quienes le corresponden aceptando y testimoniando las enseñanzas del Evangelio. Por eso san Pablo exhorta a los que creemos en Jesucristo, camino, verdad, y vida: “nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”.

    El Adviento, al prepararnos para el recorrido hacia la Navidad, en que recordaremos el inicio de la Encarnación del Hijo de Dios, que asumió la condición de creatura, para hacer presente en el mundo el amor y la misericordia de Dios Padre, es la oportunidad para todos los cristianos, discípulos de Jesús de renovar nuestra convicción en la Buena Nueva: El reino de Dios ha llegado y está presente en semilla, en desarrollo, dependiendo su fuerza del dinamismo con que asumamos las enseñanzas de nuestro Maestro Jesús en nuestra propia vida.

    Pero, para eso nos necesitamos, nadie puede aisladamente hacer esa hermosa y siempre urgente misión evangelizadora. En esto consiste la Conversión pastoral, en asumir el compromiso de acción conjunta, en favor del prójimo necesitado. Cuando el Papa Francisco convoca a la comunión y a ser una Iglesia en salida y misionera, está llamando a la Conversión Pastoral. Es conveniente reconocer la diferencia y la complementariedad entre la Conversión personal y la Conversión pastoral. La primera es mi convicción de cuidar que mi conducta esté acorde a los mandamientos de Dios, la segunda es la expresión de mi conciencia para testimoniar, con mi participación eclesial en comunión, la presencia del Reino de Dios.

    Así edificaremos la única familia, la familia de Dios, y por ello, colaboraremos por la vida digna de todo ser humano y por la relación fraterna con todos, hombres y mujeres, independientemente de sus contextos culturales, sociales, y económicos, conjugando los esfuerzos necesarios para tener como objetivo de todas las actividades la previsión del bien común, por encima de intereses de grupo. Estos deben subordinarse, respetando lo que afecta a todos. Un claro ejemplo es el cuidado de nuestra casa común, la tierra.

    Pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que anime nuestra Conversión Pastoral y acompañe nuestro caminar como testigos del Evangelio.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Qué significa permanecer alerta?-Homilía- 29/11/20- Domingo I de Adviento

    ¿Qué significa permanecer alerta?-Homilía- 29/11/20- Domingo I de Adviento

    “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre… Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”.

    Al iniciar un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, la Palabra de Dios recuerda la relación filial de Dios con nosotros los humanos, que siempre debe estar en nuestra mente y en nuestro corazón: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor”.

    Nuestro Creador, quien nos ha dado la vida, es alguien que nos ama entrañablemente como un buen Padre, que está atento al desarrollo y al comportamiento de sus hijos para redimirlos; es decir, para rescatarlos cuando se encuentran en peligro, cuando han extraviado el camino, cuando su conducta se ha desviado, y en lugar de corresponder al amor, se han entregado al odio y la violencia contra sus hermanos.

    Además, afirma el Profeta: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Entonces, si estamos en sus manos y somos hechura de Dios, por qué no obramos el bien como Él lo hace, por qué permite que obremos mal y en contra de su voluntad y de sus proyectos. Incluso el Profeta va más allá al lanzar la pregunta con sabor a reclamación: “¿Por qué, Señor,  has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”.

    También nosotros, cuántas veces hemos considerado ante las injusticias y crímenes horrendos, que Dios parece impasible, indiferente, y que tarda en intervenir. Dichos acontecimientos cuestionan especialmente al hombre que los sufre y con frecuencia se pregunta: ¿Dónde está Dios? La impaciencia y desesperación humana en esos casos elevan ruegos como lo hace el profeta Isaías: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”. En una palabra, se desea en esas circunstancias que Dios actúe y resuelva favorablemente las injusticias provocadas por el mismo hombre. Pero no sucede así, Dios no parece intervenir para corregir y castigar al hombre criminal, ni a las organizaciones delincuenciales.

    La explicación es muy sencilla, Dios nos ha creado para el amor, pero para lograr el aprendizaje y alcanzar la experiencia de amar, es indispensable la libertad. Si Dios interviniera cada vez, penalizando una mala acción, entonces nuestra experiencia de Dios sería de temor, por el miedo actuaríamos conforme a la normatividad, así jamás alcanzaríamos la experiencia de amar; y seríamos incapaces de la eternidad, ya que ésta consiste en compartir la vida divina que es el amor.

    ¿Cuál es el camino para afrontar las tragedias, los dramas, y cualquier desastre? Seguir el ejemplo de Jesucristo, que precisamente vino al mundo para redimirnos, para rescatarnos de esas situaciones, para que no quedemos en la orfandad y la desesperanza. Él asumió la injusta sentencia de muerte en la cruz, con plena confianza en Dios, su Padre, quien envió al Espíritu Santo para fortalecerlo en el sufrimiento y muerte, y para devolverlo a la vida, resucitándolo de entre los muertos.

    Es evidente que en Cristo vemos el caso extremo del sufrimiento que lleva a la muerte, pero hay muchas formas menores de sufrimiento que padecemos en esta vida, y en ellas, quien sigue el ejemplo de Cristo, recibe la fortaleza y la sabiduría para superarlas y salir adelante, logrando más convicción y experiencia del amor de Dios, nuestro Padre.

    A este propósito entendemos la recomendación de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: “Velen y estén preparados, porque… no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

    En estas palabras está una indicación final muy contundente: “permanezcan alerta”. ¿Qué significa esta recomendación? Permanecer alerta significa tomar conciencia de la naturaleza pasajera de la vida terrena. Nuestra vida es transitoria, y tiene la finalidad de prepararnos para la vida eterna. No debemos perder de vista nuestro destino, por ello Jesús advierte que recordemos siempre, que no sabemos a qué hora terminará nuestro viaje.

    ¿Qué debemos hacer? San Pablo ofrece su experiencia y recomienda la gratitud de los dones que vamos recibiendo de Jesucristo al escuchar su palabra, al conocerlo, y al seguirlo fielmente: “Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por Él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento… Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es, quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

    En este tiempo del Adviento, para prepararnos a la Navidad, la Palabra de Dios ofrecerá con insistencia elementos para generar la esperanza. Hoy se ha centrado en el amor que Dios tiene por todas sus creaturas, en el destino final que nos ha preparado, y en la fidelidad absoluta para cumplir sus promesas. Pero especialmente en este tiempo de pandemia, que ha generalizado e intensificado las partidas inesperadas de tantos seres queridos, encontramos un gran consuelo en recordar que han partido a la casa del Padre, y que el dolor y el sufrimiento experimentados son transitorios y su final es la vida eterna.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe así lo vivió, acompañando a su Hijo en la Cruz, y recibió ella primero, la gran noticia de su resurrección. Nuestro Pueblo de México hace 5 siglos sufría la gran desolación generada por la conquista, y entonces vino ella a visitarnos, como un faro de luz y de esperanza, y se ha quedado con nosotros para acompañarnos y consolarnos durante estos siglos, como una madre pendiente de sus hijos, y ahora en este tiempo de pandemia permanece alerta, para recordarnos que, con su Hijo Jesús, resucitaremos también nosotros a la vida eterna.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Cristo Rey, su reino está en nosotros- Homilía- 22/11/20- Fiesta de Cristo Rey

    Cristo Rey, su reino está en nosotros- Homilía- 22/11/20- Fiesta de Cristo Rey

    “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’. Y el rey les dirá: Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

    Esta página del Evangelio suele interpretarse como el momento del Juicio final sea el particular al fallecer o el universal al final de los tiempos. Sin embargo, también y sobre todo es una motivación muy fuerte y alentadora para mover nuestro corazón a la médula del mensaje y a la práctica de las enseñanzas de Jesús, para invitar de manera convincente a vivir el amor a los pobres, especialmente a los más necesitados, como camino para ejercitarnos en el amor, y encontrar experiencialmente en esta vida la comunión con el Espíritu de Jesús.

    Dios, nuestro Padre sabe perfectamente de la fragilidad y de la debilidad de nuestra condición humana ante las tendencias y pasiones originadas en la relación interpersonal. Por eso, la Parábola que hoy hemos escuchado del Profeta Ezequiel manifiesta el interés y la prontitud de Dios para auxiliar y proporcionar a la comunidad humana, en todas las expresiones culturales, su inmenso amor y misericordia: “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas… e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad”.

    ¿Qué significa dispersarse en un día de niebla y oscuridad? Dispersarse consiste en separarse de la habitual relación establecida, donde la ayuda mutua fortalece la voluntad y proporciona la motivación necesaria para mantener las buenas y positivas relaciones con los demás.

    La dispersión sin embargo está latente cuando se pierde la luz y la claridad para seguir caminando ante la niebla, que no permite ver las cosas a distancia; es decir, cuando se pierde un proyecto que me ilusionaba, una amistad o una persona que me acompañaba favorablemente, cuando el futuro que confiaba alcanzar se ha diluido o perdido, cuando una situación y estado de vida se quiebra, se fractura y no se ve cómo recuperarla.

    En este tiempo de pandemia hemos entrado en una fuerte experiencia de dispersión, y sobretodo estamos caminando en un tiempo de niebla y oscuridad. En estas circunstancias es cuando mas necesitamos ayuda, aliento para generar de nuevo la esperanza, por eso dice Dios: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

    El Señor está pendiente de nosotros, tanto para atender al que sufre como para robustecer a quien se encuentra en una condición de vida favorable y se disponga a ayudar. Ambas situaciones a la vez, explican la fuerte exhortación de Jesús, incluso expresando como condición necesaria e indispensable, que debemos ayudar, y acompañar, levantar y consolar al prójimo, porque ahí encontraremos a Cristo sufriente en la cruz. Y además, viviendo este proceso para desarrollar y descubrir que en el prójimo necesitado se hace presente Jesús, aprenderemos a amar sin condiciones, a la manera como Dios nos ama, preparándonos así para la vida eterna, que consiste en participar de la naturaleza de Dios Trinidad, que es el Amor.

    Por eso al final de nuestra vida escucharemos a Jesucristo que nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”.

    Este hermoso y consolador futuro que Jesús nos anuncia hoy, debemos asumirlo con el realismo indispensable de la presencia del mal en el mundo. San Pablo expresa con claridad que la victoria sobre el mal está garantizada, pero eso no significa que lo esté mientras seguimos peregrinando en esta vida terrestre: “Cristo… resucitó como la primicia de todos los muertos…En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo. Enseguida será la consumación… después de haber aniquilado todos los poderes del mal”.

    Ahora queda esclarecido que el Reino de Dios está ya presente a través de cada uno de nosotros, que hemos decidido seguir a Jesús, ser sus discípulos, y disponer nuestra voluntad y corazón para practicar la caridad, para ejercitarnos en el amor, atendiendo a nuestros prójimos necesitados.

    Hoy es la fiesta de Cristo Rey, hoy es la celebración del Reino de Dios en medio de nosotros, y hoy es el día del Laico; es decir, del bautizado en el nombre de Cristo, que hace presente el Reino de Dios en nuestros días. Hoy los Obispos, Presbíteros y miembros de la Vida consagrada, pedimos muy especialmente a Dios Padre por todos Ustedes los laicos, discípulos de Cristo, que en sus ambientes y contextos de vida hacen presente el amor de Dios, auxiliando al necesitado que encuentran en su diario caminar.

    Y, ¿quién es la primera laica, que nos ha da ejemplo constante de cómo vivir fielmente las enseñanzas de Jesucristo? Ya lo han recordado, claro, es Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien con ternura nos auxilia y nos fortalece para salir adelante en la lucha contra el mal, nos consuela y nos alienta a descubrirnos hermanos, miembros de la familia humana, y nos llena de esperanza ante cualquier adversidad.

    Pidámosle a ella por todos nuestros laicos, para que todos manifestemos en el mundo de hoy, que el Reino de Dios está en marcha, y con ella, proclamemos que su Hijo Jesucristo es nuestro Rey. ¡Viva Cristo Rey!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • Cierre de la Megamisión 2020- Homilía- 15/11/20- Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

    Cierre de la Megamisión 2020- Homilía- 15/11/20- Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

    “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno” (Mt. 25, 14-15).

    ¿A quién representa ese hombre, que sale de viaje a tierras lejanas, y que sirve de ejemplo para explicar en qué consiste el Reino de los Cielos? Sin duda es Jesucristo, que se ha encarnado para manifestar el Reino de los Cielos, y ha regresado a esas tierras lejanas; es decir, la casa de su Padre, dejando a sus discípulos, servidores de confianza, la tarea de anunciar, explicar y compartir los dones, que expresan el Reino de los Cielos.

    Pero este Señor volverá cuando menos lo esperemos, como afirma la parábola: Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Representa el transcurso de nuestra vida terrestre, del cual al final de nuestra vida daremos cuenta al Señor sobre la encomienda que ha dejado, a todos y cada uno de los discípulos suyos, de hacerlo presente en el mundo, y dar a conocer el inmenso amor que nos tiene.

    Quienes hayamos cumplido nuestra misión, conforme a nuestras capacidades y recursos, escucharemos con asombro: “Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”. En cambio, serán reprobados, quienes hayan tenido miedo y no hayan aprovechado sus pocas o muchas cualidades y dones, como el tercer servidor de la Parábola: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

    Casi siempre al escuchar esta Parábola consideramos el aspecto personal de poner a trabajar los recursos y habilidades, que hemos recibido o adquirido sin embargo la aplicación de esta enseñanza se extiende mas allá de las responsabilidades individuales, como lo ha desarrollado la enseñanza y doctrina social de la Iglesia. Tenemos una responsabilidad social fundamentada en la enseñanza de Jesús, al clarificar que el mandamiento más importante y fundamento de todos los demás, es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a tí mismo.

    Bajo esta enseñanza entran realidades importantes que debemos atender, como el cuidado y la eficaz responsabilidad de todas las Instituciones para que presten servicios de calidad, de acuerdo a la finalidad para la que fueron establecidas. Aquí corresponden la honesta administración financiera, la profesionalidad del personal, la buena gestión de los servicios, y el respetuoso trato, a quienes acuden para ser atendidos. Buenas Instituciones y bien calificadas en su servicio expresan, como sociedad, que manifestamos el Reino de Dios en medio de nosotros.

    Por eso toda administración, incluidas las mismas Iglesias, no debe tener como primer objetivo enriquecerse, ya que la bonanza económica viene por añadidura, de acuerdo al dicho de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y hacer su voluntad, todo lo demás les vendrá por añadidura” (Mt. 6, 33). Toda administración debe tener siempre la finalidad de producir de manera eficiente y honesta los recursos y productos que requiere la Institución; y destinarlos para servicio de la sociedad.

    Por tanto, la responsabilidad personal se extiende a todos los campos, y la primera instancia para formar, con esta mentalidad y actitud, es la familia. En este sentido es elocuente escuchar el elogio de la Mujer hacendosa, que complementa con su trabajo el esfuerzo de su marido para bien de su hogar, de sus hijos, y de los pobres: Adquiere lana y lino y los trabaja con sus hábiles manos. Sabe manejar la rueca y con sus dedos mueve el huso; abre sus manos  al pobre y las tiende al desvalido.

    De ahí la claridad del texto afirmando, que es mayor el valor del capital humano, que el valor del capital monetario: Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa: muy superior a las perlas es su valor. Su marido confía en ella y, con su ayuda, él se enriquecerá; todos los días de su vida le procurará bienes y no males.

    No dudemos en desarrollar nuestras capacidades, habilidades y recursos para ser bien administrados, y den el mayor fruto posible; ya que es ésta la manera para caminar en esta vida terrestre como Hijos de la Luz, como testigos del Reino de Dios, como mensajeros de la Paz y el Amor. Hagamos así nuestra la recomendación de San Pablo: “ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.

    Este Domingo, previo a la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, el Papa Francisco lo ha declarado día de la Jornada Mundial de los Pobres. En ella estamos concluyendo la Megamisión 2020, realizada en el contexto de la pandemia. Demos gracias a Dios por lo que se ha hecho, y pidamos que recompense a todos los que de una u otra forma han participado. ¡Pero la Misión de la Iglesia no termina, ésta debe estar siempre presente en todas las actividades de los bautizados!

    Unámonos a este gran esfuerzo, que requiere anunciar y testimoniar con nuestra vida que el Reino de Dios ya está presente entre nosotros. Cada quien en su campo, en sus contextos, mirando y apreciando siempre a los demás como hermanos, y auxiliando las necesidades más apremiantes de los pobres que encontremos en nuestro camino.

    Esta ha sido la razón, de la presencia en nuestra Patria, de nuestra Madre, María de Guadalupe, siempre atenta y dispuesta a mostrarnos el camino para encontrar a su Hijo Jesucristo, a través del servicio a los demás, especialmente a los necesitados. Pidámosle a ella nos anime y fortalezca en la misión de la Iglesia: anunciar y testimoniar que ¡Cristo vive y está en medio de nosotros!

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

  • ¿Qué es la sabiduría?- Homilía- 8/11/20- Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

    ¿Qué es la sabiduría?- Homilía- 8/11/20- Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

    “Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean” (Sab 6, 12-13).

    ¿A qué sabiduría se refiere este texto? Indudablemente a la sabiduría que procede de Dios. ¿Cómo podemos describir en general la sabiduría? Primero es conveniente diferenciar los conceptos entre la ciencia y la sabiduría humana. La ciencia es el conocimiento de las realidades del mundo, de las cosas existentes en esta vida, y de la relación entre ellas. Mientras que la sabiduría humana es el arte de aprender cómo proceder correctamente en las relaciones y situaciones de la existencia terrestre.

    Pero la sabiduría descrita en este texto, y en general, en los libros sapienciales, y entre ellos el libro de la Sabiduría, la describen con rasgos y actitudes de un ser vivo. Algunos la personificaron en el Rey Salomón; sin embargo, quien la personifica plenamente es Jesucristo, quien siendo el Hijo de Dios y Palabra de Dios Padre, revela en su persona todas las características de la sabiduría descritas en la Biblia.

    La Sabiduría que proviene de Dios, permite iniciar y recorrer el aprendizaje sobre la naturaleza de Dios, y obtener el conocimiento de lo que Dios ha proyectado para el desarrollo de la humanidad. Pero, ¿cómo se logra semejante propósito? A través de la propia revelación que Dios ha realizado mediante los profetas y su intervención divina, y llevada a término por la Sabiduría Divina, que es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

    En Cristo se hace realidad la descripción que hemos escuchado de la Sabiduría: con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones. A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos.

    Así podemos entender que al conocer y contemplar a Cristo, nos atrae y lo buscamos, y él se anticipa a quienes lo desean conocer y amar. Y en efecto, las dos cualidades descritas de la Sabiduría, radiante e incorruptible, las manifiesta Jesucristo en plenitud, porque El es la Luz del mundo que irradia y da sentido pleno a todas las circunstancias de la vida humana; El es la Verdad incorruptible e imperecedera que nada la mancha ni deteriora, El es la Vida verdadera y eterna porque es la revelación del verdadero Dios, que es amor.

    La afirmación de San Pablo en la segunda lectura queda clarificada, reconociendo que Jesucristo ofrece la Vida Eterna y la ha garantizado al vencer la muerte y resucitando de entre los muertos: “no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”. La resurrección es la raíz de toda esperanza. Es fundamental adquirir la convicción de la eternidad y de la vocación a esa eternidad. De aquí la razón de afirmar que si Cristo no resucitó vana es nuestra fe.

    También la parábola que hoy escuchamos de labios de Jesús, la interpretamos mejor a la luz de la reflexión sobre la Sabiduría: Las 10 jóvenes representan a la humanidad destinada a compartir la vida divina, que necesita estar preparada para el momento del encuentro con el esposo, que llegará a medianoche, de repente, y será necesario disponer de luz, proporcionada por suficiente aceite, para recorrer en medio de la oscuridad y de las tinieblas, que siempre se encuentran en el camino de la vida.

    El aceite para la luz, es la experiencia personal de conocer a Cristo, Luz imperecedera, para entrar al Reino de los cielos. Por eso no se trata de egoísmo, el no compartir el aceite cuando “las descuidadas dijeron a las previsoras: Dénnos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”. Hay que vivir la experiencia de encender la luz con el aceite, que es la relación con Cristo. Por eso la clave de interpretación está al final de la Parábola: Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.

    Naturalmente todos entendemos que las experiencias son imposibles de compartir, al igual que sus efectos; se puede sin embargo hablar de ellas y de su valor para invitar a otros a vivirlas. Se puede indicar dónde encontrar el aceite, que en este caso de la Parábola se está refiriendo a una experiencia personal, que no es posible vender ni traspasar.

    En esta vida hay la oportunidad y garantía de conocer a Jesús, para eso se encarnó y se hizo semejante a nosotros. En conclusión a todos se les ofrece la oportunidad de acceder y entrar en relación con Cristo, Sabiduría divina y Luz del mundo, y obtener el aceite necesario, que es la experiencia eclesial de conocerlo, amarlo, y servirlo.

    De ahí la necesidad de orar para pedir la Sabiduría, que es un don, un regalo del Espíritu Santo. A partir de la Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se ha abierto la puerta para el aprendizaje de la Sabiduría, la verdadera, la que salva. Quien la busca la encuentra y quien la practica adquiere la prudencia para ser de los previsores que al final de la vida, al tocar la puerta del cielo, nos abra Cristo y nos diga: yo te conozco entra a participar del banquete eterno del Reino de Dios.

    En el recorrido de la vida terrestre no se necesitan influencias para entrar en relación con Cristo. Basta con buscarlo, atendiendo al anuncio de la Iglesia y de sus miembros, que somos todos los bautizados.

    Por eso, la Iglesia debe siempre proclamar a Jesucristo, y darlo a conocer, por eso siempre debe ser misionera. Así ha sido Nuestra Madre, María de Guadalupe, discípula y misionera, pidámosle a ella, que nos fortalezca con su ejemplo y su cariño para que la Iglesia de nuestro tiempo sea intensamente misionera.

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

     

  • Solemnidad de Todos los Santos- Homilía- 1/11/20

    Solemnidad de Todos los Santos- Homilía- 1/11/20

    “Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel. Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap. 7, 9).

    El apóstol Juan narra su visión, en la que escucha el número de los convocados: 144,000 procedentes de las doce tribus de Israel, provenientes de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y de todas las lenguas. Se trata de una narración reveladora del destino al que está llamada y convocada la humanidad entera. El número de los convocados, simbólicamente expresa la plenitud 12x12xmil y representa a todos los que proceden de las 12 tribus de Israel y a todos los que proceden de la convocatoria de los 12 apóstoles que eligió Jesús, el Cordero, quien ha obtenido, en beneficio nuestro, un destino glorioso y triunfante, proyectado y realizado por Dios, así lo declara la misma multitud: «¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

    Sí, Dios participa la Santidad a todos, como lo expresa San Juan en la segunda lectura: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos… ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él”.

    Así expresa el apóstol Juan, el proyecto salvífico de Dios, que ha sido diseñado para todos sin excepción, pero para ello es indispensable la respuesta de cada uno, aceptando las tribulaciones y sufrimientos, no por la firmeza del carácter sino por la fortaleza obtenida gracias a unirse al sacrificio de Jesucristo en la cruz. Eso es lo que significa lavar y blanquear la túnica con la sangre del Cordero: “Entonces uno de los ancianos me pregunto: “¿quiénes son y de dónde han venido los que llevan la túnica blanca?”. Yo le respondí: “Señor mío, tú eres quien lo sabe». Entonces él me dijo: « son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero»”.

    Pero, ¿cuál es el concepto que habitualmente piensa el común de la gente sobre la Santidad? De ordinario la Santidad es considerada una exigencia a la heroicidad, fruto del esfuerzo y de la voluntad del hombre. Así la Santidad se convierte en una meta casi inalcanzable para la inmensa mayoría. Pero además, quienes asumen esa concepción y buscan por sus propias fuerzas el cumplimiento de las leyes y normas, desarrollan la terrible soberbia espiritual, que los conduce irremediablemente a la ceguera espiritual, se incapacitan para descubrir la intervención de Dios en sus vidas y en la vida de los demás, como lo muestra en tiempo de Jesús, la actitud de los fariseos y saduceos, que no supieron reconocer la presencia de Dios en la persona de Jesucristo ni en sus obras.

    Entonces, ¿la Santidad en qué consiste, cómo se logra? La Santidad es la participación de la vida divina, que el hombre acepta como regalo de Dios, y que nutre y alimenta con la indispensable lectura y meditación de los Evangelios, con el seguimiento en el propio contexto de vida, del ejemplo dado por Cristo, y confiando en la asistencia del Espíritu Santo para asumir a la luz de la Fe las diversas situaciones vividas sean dolorosas o gozosas, compartiéndolas en comunidad eclesial, y adquiriendo la buena disposición con todo ser humano, con quien se encuentre a lo largo de la vida.

    Las bienaventuranzas expresan la alegría y el consuelo, que experimenta el discípulo de Jesucristo, al seguir su ejemplo ante las distintas experiencias y contextos de la vida humana: “Dichosos los pobres en el espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia: porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

    Los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia son el parámetro para clarificar que mi conducta refleja mi respuesta al amor de Dios. Recordemos siempre, la Santidad no la adquirimos por mérito de nuestra buena conducta, sino por consecuencia de nuestra correspondencia al amor de Dios; así, recibimos la gracia para imitar a Jesús y vivir acordes al testimonio de su vida, y de quienes han logrado corresponder a la Santidad, que Dios les regaló; por ello, la Iglesia los declara Santos.

    La Iglesia, consciente del proyecto de Dios de compartir la Santidad a la Humanidad, proclama una y otra vez la Vocación Universal a la Santidad, ¿pero realmente es para todos? En efecto, es el deseo explícito de Dios. Por eso es tan importante entender, que la Santidad no se obtiene por la práctica de las virtudes y las buenas obras que hagamos en favor del prójimo, éstas son la consecuencia que verifican con nuestra conducta, que hemos emprendido el camino a la Santidad.

    En la Eucaristía, nosotros una y otra vez, al participar en ella, blanqueamos nuestra túnica y garantizamos nuestra participación en la multitud gloriosa de los santos. Por tanto, no es por el mérito de nuestras buenas obras que ganamos el cielo, sino por creer, confiar, y unir nuestra frágil condición humana con el único Santo, Jesucristo a través de Él, y por el Espíritu Santo la comunidad cristiana entra en comunión con Dios Trinidad y con los difuntos.

    Por eso, la Iglesia enseña que mientras llega el final de la Historia, hay tres sectores de la Iglesia: La triunfante que ya está en comunión permanente con Dios, la purgante que son los difuntos que no han logrado entrar aún al cielo, y la peregrinante, que somos nosotros los que aún transitamos en la vida terrestre. En la Solemnidad de este día la Iglesia celebra a todos los que ya forman parte de esa multitud, que llegará a la plenitud con nuestra llegada. Ellos ya gozan de la vida divina, de la Santidad, de la vivencia plena del amor.

    Nuestra Madre, María de Guadalupe vivió y experimentó las bienaventuranzas, ella ha venido para auxiliarnos en nuestro camino a la Santidad, invoquémosla con esperanza y gratitud:

    Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

    Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

    Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

    Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.