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  • ¡Cristo está vivo, resucitado! -Domingo de Resurrección- 17/04/22

    ¡Cristo está vivo, resucitado! -Domingo de Resurrección- 17/04/22

    Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

    ¿Qué significa aspirar a los bienes de arriba y no a los bienes de la tierra? ¿Acaso no son dos realidades distintas cielo y tierra? ¿Y nosotros que vivimos en la tierra, no deberíamos aspirar solamente a los bienes de la tierra? Ciertamente son realidades distintas, pero íntimamente relacionadas: la vida en la tierra es preparación y camino para la vida del cielo, que es el destino, para el que fuimos creados.

    En efecto, una fase es preparar una fiesta y otra es celebrarla. La fase de preparación necesita tener en cuenta, qué tipo de fiesta deseo, y qué debo prever para que así suceda. Por tanto, aspirar los bienes de arriba es poner los bienes actuales: lo que soy, lo que tengo, las relaciones con los demás, y las responsabilidades presentes, en función de prepararme para participar de la gran fiesta eterna.

    ¿En qué consiste esa preparación? En aprender a amar y ejercitarme a vivir el amor. ¿Quién puede conducirme para aprender a amar? Sin duda, el mejor maestro es Jesucristo, quien se entregó plenamente al servicio de sus hermanos, y en consecuencia de esa entrega sufrió en carne propia la violencia extrema hasta la muerte.

    Con la muerte termina nuestra travesía en esta vida, y siguiendo el ejemplo de Jesús, entregándonos al servicio de nuestros hermanos, buscando siempre el bien de los demás, obtendremos la nueva vida, resucitaremos como Jesús, quien confió en el amor de Dios Padre, como afirma el Apóstol Pedro: “que lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos”.

    ¿Cómo podemos nosotros dar testimonio, con esa fuerza y convicción propia de quienes vieron a Cristo resucitado? Para que pudiéramos hacerlo, Jesús dejó la Eucaristía.

    En la Eucaristía escuchamos la Palabra, la voz, la orientación de Dios; y al escuchar la Palabra, y la atendemos, adquirimos la capacidad de descubrir a Jesús resucitado en nuestra propia vida. Pero además, al participar en la Eucaristía, también podemos decir como los primeros discípulos: “hemos comido y bebido con Él” (Hch. 10,41).

    ¡Cristo está vivo, resucitado! Cuando comulgamos el pan y el vino, que es transformado en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibimos a Cristo, viene a nuestro encuentro en la comunión. Esto es lo que nos hace capaces de dar testimonio de Él.

    Entre la Palabra de Dios escuchada, y la fortaleza del Espíritu a través de la comunión con Él, domingo a domingo, el discípulo de Jesús se hace capaz de descubrir la intervención de Dios en las circunstancias, que le toca vivir durante la semana. Mediante la oración y la revisión de vida, tanto personal como comunitaria, el discípulo descubre cómo se hace presente el Espíritu Santo, en los acontecimientos de su entorno y contexto de vida.

    Lenta pero firmemente se adquiere la convicción, que Dios nos acompaña siempre, en las buenas y en las malas, con las buenas fortalece nuestro espíritu, con las situaciones más difíciles, dramáticas o trágicas que afrontamos, el discípulo descubre el inmenso amor misericordioso, que nos acompaña de múltiples maneras, y a través de tantas otras personas.

    Y éste es nuestro gran reto hoy: testimoniar en la vida de todos los días, y en todos los ambientes sociales los valores, que Cristo nos ha anunciado. Somos elegidos por Dios. Él ha puesto sus ojos en cada uno de nosotros, y nos ha ofrecido una misión: ser testigos del amor.

    Nuestra sociedad hoy está viviendo tantas situaciones contrarias a la dignidad humana: injusticia, odio, violencia y muerte sin ninguna justificación. Es urgente manifestar que Dios, el Dios del Amor, no está ausente y distante, sino presente y activo en medio y a través de nosotros. Por ello, es indispensable nuestro testimonio, en los diversos círculos de relación, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en cualquier circunstancia de encuentro con los demás. La vida en la tierra es peregrinación, es camino, es preparación. Por eso, los bienes temporales deben estar orientados a los bienes eternos.

    Hoy es urgente ayudar a la humanidad a redescubrir el camino que conduce a la vida, a salir del desconcierto y tribulación que causa la violencia, y la muerte; y a plantear de nuevo la pregunta del evangelio de hoy: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.”

    A Jesús no lo encontraremos en la muerte sino en la vida pero: “¿Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo: es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite”. Lo cual significa que las adversidades se presentarán siempre, pero practicando las enseñanzas de Jesús Maestro iremos en camino de la resurrección, en camino de la vida.

    Retomemos por tanto, nuestra propia realidad existencial, nuestro contexto socio cultural, con la mirada de fe en la resurrección de Jesús, y observemos el mundo con los ojos del creyente, con los ojos del que tiene fe. Y preguntémonos: ¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, partiendo del testimonio de las Sagradas Escrituras, de la tradición de la Iglesia, y de quienes me han transmitido la fe?

    Con San Pablo, animémonos los unos a los otros afirmando: “Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. ¡Que así sea!

  • Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    Homilía- La fe en la Resurrección- Celebración de la Pascua-4/04/21

    El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”.

    Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

    Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma. La conmoción de ver removida la piedra del sepulcro, es una clara señal que algo ha sucedido,

    ¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles. Prefiere compartir la noticia, porque imagina lo peor: “Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

    Así es la reacción ordinaria que tenemos cuando vemos señales, de que han cambiado las cosas o las personas, imaginamos lo peor, nunca se nos ocurre pensar en que haya ocurrido algo agradable y sorprendente. Nuestra habitual expectativa ante las sorpresas es imaginar algo trágico, así fue la sorpresa de María Magdalena. Pero las sorpresas que depara Dios son buenas noticias, es especialista en sorprendernos gratamente cuando correspondemos a su amor.

    Ante la noticia Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, espera que llegue Pedro y entre primero, indicando la primacía de Pedro, como cabeza del grupo apostólico. Los dos constatan el hecho, pero el efecto es muy distinto en cada uno, Pedro regresa interrogándose qué habrá pasado, mientras que Juan vio y creyó. La fuerza del amor le hace intuir, que el Maestro amado está vivo.

    Esta primera reflexión nos plantea las siguientes preguntas: ¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, por las evidencias de su presencia, aunque físicamente no lo vea? ¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado? ¿Respeto como Juan, la figura establecida por Jesús, de su vicario en la Tierra, el Papa, Sucesor de San Pedro?

    Llegar primero o segundo no importa, antes o después en la niñez, en la adolescencia, en la madurez de la vida o en la senectud, tampoco importa el tiempo, el momento o el cómo, eso es secundario. Lo importante es conocer y seguir a Jesús escucharlo, responderle, y amarlo.

    Así vemos a Pedro en la primera lectura dar un fuerte y convencido testimonio de la resurrección de Jesús y su misión. Pedro tomó la palabra y dijo: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”.

    Nosotros, cada generación de discípulos de Cristo estamos llamados a dar testimonio de la Resurrección de Jesucristo; Pero nosotros, que no nos tocó visualizar a Jesús Resucitado, como les tocó dicha gracia a Nuestra Madre María, a los Apóstoles, a María Magdalena, y algunas otras mujeres, ¿en qué se sustenta mi fe en la Resurrección de los muertos?

    Solamente será posible si logramos aprender a percibir la acción del Espíritu Santo, al poner en práctica las enseñanzas de Jesús Maestro, si escuchamos los Evangelios, y a las preguntas que me surjan de la lectura y meditación, y que yo responda favorablemente, actuando en consecuencia del amor al prójimo. Entonces por el desarrollo de los acontecimientos experimentaré el acompañamiento de Dios en mi vida.

    Por eso debemos hacer nuestro la recomendación que hoy san Pablo ha propuesto: “Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado”.

    Al constatar los grandes desafíos actuales en las relaciones entre las personas, vecinos, grupos, y reconociendo con tristeza la presencia de la violencia o de la injusticia, es muy conveniente renovar nuestra decisión de seguir a Jesús, y convertirnos en la levadura que transforme la masa, y le dé el sabor del amor: “Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad”.

    Es por tanto indispensable, meditar y contemplar con frecuencia que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida. Es un esfuerzo personal y comunitario, pues la comunidad fortalece mi fragilidad ante las tentaciones, y me mantiene firme en la fe y en la confianza en el amor de Dios.

    El amor a Dios y al prójimo transforma el estilo de vida de una sociedad. Fortalezcamos nuestra conciencia de la importancia del espíritu eclesial de la comunión, especialmente participando en la Eucaristía dominical, recordando que Dios Padre me ama sin haberlo amado primero; que el Hijo entregó su vida para que conociera el camino, y me guía como excelente Maestro; y que el Espíritu Santo, me dará vida y vida en abundancia, hasta alcanzar la vida eterna. Confiemos en el amor que me manifiesta a diario la Santísima Trinidad. Amén